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Con las almas apagadas y los cuerpos hundidos en pesadumbre; el dolor no les permitió, siquiera, recuperar pedazos de aliento. Sin ánimos, el aire parecía pesado, tanto que la risa quiso declararse extinta, devastados, creyeron caducas sus emociones, rodeando la orilla del abismo, palpando el fondo aún sin saltar al vacío, pensando que ya no quedaba nada más que pudiesen sentir que no les empujara al desconcierto.
Pero erraron.
Olvidaron que el dolor es una forma de la memoria para recordar que se sigue vivo, que mientras no se deje de respirar; aún se siente y había llegado la hora de sentir, de vivir más allá de lo que dictan los propios cuerpos.
Sintiendo más que dolor; amor, porque resarcidos estaban ya, los vicios de la pasión.
—¿Qué harás lo que resta de la tarde? —preguntó, con la cara entre sus manos, el que la amaba más allá de la carne, los huesos y el espíritu a cielo abierto.
—Quería pasar a su casa, pero la verdad, ella me conoce y la conozco tan bien que me delataría con solo verla a los ojos —confesó el que le tenía tanto amor como si hubiesen compartido del mismo elixir materno.
Los dos, le deseaban bien, querían verle sonreír con alegría de la manera exacta en que la sabían plena, porque le amaban con desinterés y eso; era una verdad absoluta, que nadie se atrevería a negar ni a poner nunca en duda.
—¿Se quedará sola cuidando de su padre lo que resta de la tarde? —quiso saber Darío Elba preocupado.
A Nina Cassiani la soledad no le sentaba bien y todos estaban conscientes de eso.
—Despreocúpate —contestó Reuben Costa dándole palmaditas en el hombro, a él tampoco le gustaba que la pelirroja pasara más tiempo de lo necesario a solas —Es una suerte que Bloise le pidiera ayuda con una tarea de Química, quedaron de verse después de la una, a ésta hora, ya debe estar con él.
Aliviado, Darío dejó escapar un suspiro, se le notaba muy exhausto y agradecía que Reuben estuviera cerca para no divagar en el pozo de su mente más de la cuenta, pero también le preocupaba el estado de su amigo. Ninguna persona debería de nadar tanto tiempo en las aguas en la tristeza y menos en compañía de la soledad.
No intercambiaron muchas palabras desde que salieron del consultorio del Dr. Alcázar, no precisaban más lenguaje que el de sus miradas para decirse: "No le digas a Nina nada de lo sucedido" para saber que no debían hacerlo, no al menos hasta agotar la más mínima y remota de las probabilidades respecto a la recuperación de César Cassiani, apegados a ese dogma que ya caía en la obsolescencia de: "la fe es lo último que se pierde".
Darío continuaría con la búsqueda de un especialista en el extranjero y Reuben estaría codo a codo con él para soportar la carga de las tantas posibles puertas que se cerraran con el peso de la desesperanza a sus espaldas y aunque las fuerzas menguaran, por Nina seguirían intentándolo las veces que fueran necesarias.
Ahora estaban juntos en eso y seguirían juntos en eso por ella, porque sin importar su naturaleza, eso era amor verdadero.
—¿Quieres ir a mi apartamento o prefieres irte a tu casa? —le consultó Darío —Te caería bien sacar a pasear el cerebro un rato y distraerte, allí hay mucho con que entretenerse, desde una mesa de billar hasta una bonita vista del atardecer en el balcón. Yo por mi parte me dedicaré a limpiar, suelo perder mi pensamiento de las tribulaciones entre espumas y trapeadores —confesó.
—Te acompaño si me dejas ayudarte —aceptó Reuben y de inmediato se ajustó el cinturón de seguridad para ponerse en marcha. Nada había que hacer en ese estacionamiento vacío de aquel consultorio —Da la casualidad que hago lo mismo bajo este ánimo —y Darío sintió con la cabeza. Un par de manos extra para asear no estaban de más.
Reuben, luego de escuchar las indicaciones de cómo llegar hasta la torre de apartamentos donde Darío, desde los doce años, era propietario y residente de medio piso, se dirigió a ese lugar y a medida que se acercaba a la zona, recordó sin molestias, la distancia económica que había entre él y su copiloto.
Reuben Costa era, al igual que Nina Cassiani, una persona de orígenes humildes, hechos a puro empeño y esfuerzo. De los Cassiani todos dieron sudor y lágrimas para salir adelante y así titularse como universitarios, de los Costa, únicamente Reuben había llegado más allá de ser un graduado en educación básica y muy poco le faltaba para licenciarse como Economista con énfasis en Negocios internacionales.
A esos dos amigos, la economía les apretaba bastante y varias veces, la falta de dinero quiso asfixiarles. Situación diferente en la que vivían Darío Elba y Leandro Hooper a quienes, por así decirlo, cosas que se adquirieran con monedas y billetes, nunca les hicieron falta como aún le pasaba a los amores de ambos.
Nina Cassiani siempre debía escoger entre comprar sus amados libros o ropa, tanto que hacía mucho que no se compraba "un amigo de papel" nuevo de edición reciente y aunque su casa estaba mejor surtida que una biblioteca y hasta tenía sus ejemplares clasificados con el sistema Decimal Dewey, la mayoría de sus libreras y estanterías estaban repletas de tesoros de segunda mano, lo cual le llenaba de orgullo y satisfacción no solo por hacer uso ingenioso de la precariedad de su economía.
Según ella, darles acopio a esos títulos huérfanos de manos y ojos que les supieran valorar, era ganarse el cariño de los que fueron sus autores —Un libro, no es libro si no se ha leído por completo un buen par de veces y un libro en abandono es enviado al olvido incierto y el tiempo no solo se encarga de borrar la tinta sobre sus hojas, se carcome el conocimiento —se decía y le decía a todos en el club de lectura del que era Presidenta en su colegio y ese mismo era su lema, su escudo ante la mirada de burla sin risas de cuando hasta en el autobús, los clasistas que tenían embargadas hasta las pestañas veían con prejuicio ignorante, las amarillas y usadas páginas de los libros entre sus manos y su ropa igual de gastada.
Nina Cassiani nunca le prestó atención a lo que la gente llegase a decir de las motitas en sus blusas o de sus jeans desteñidos de tantas lavadas, a ella, lo que dijeran de ella y de su apariencia externa: le valía un pepino con dos mangos y lo mismo decía Reuben Costa de quienes le tachaban de un simple "hace pan" en la universidad estatal que ya estaba más llena de pudientes sin descaro que de gente inteligente.
A Reuben Costa, desde los diecisiete, le tocó trabajar muy arduo para mantenerse a él mismo y a su abuela a flote. Era un hombre que prefería llenar cada quincena la nevera y la despensa de material para cocinar antes que comprar un plato que no le sustentaría el estómago y a sus veintitrés, a diferencia de todos sus compañeros de clase, no poseía record crediticio porque no tenía ni pensaba contar con dinero plástico, aunque sabía, por estar al tanto de cómo se maneja la economía de hoy en día, que eso le llegaría a pesar cuando de alguna u otra forma necesitara de un préstamo bancario.
Aun así, cada mueble o electrodoméstico que le había obsequiado a su abuela, fue pagado con su sueldo de contado o mediante sistemas de apartado y antes que comprarse algo para él, primero cubría con los tratamientos y medicina de Doña Pastora y después, con lo que quedaba hacía magia para verse siempre pulcro y bien vestido como le gustaba andar —El que no nace rico, se hace rico cuando aprende a economizar y a comprar —le dijo una vez un distribuidor de mercadería cuando su abuela aún tenía el mini súper y desde ese día supo que saber administrar hasta el último cinco era la clave para prosperar.
Prosperidad y abundancia fue con lo que llegaron a este mundo Darío Elba y Leandro Hooper, pero dos mujeres, ahora fallecidas, le dejaron más que razones de peso para saber que una alegría bien reída vale más que millones de bolsillos llenos.
El universo había ajustado cuentas, a su manera, con los Elba y los Hooper, al hacer de aquellos dos jóvenes aún con todos sus defectos, personas con principios, hombres consientes de la realidad detrás de la burbuja de los apellidos de buena fortuna y era por eso que ni Reuben o Nina se sentían fuera de lugar con ellos por más contrastante que fuesen sus posesiones materiales, porque ninguno presumía de sus bienes terrenales ni se vanagloriaban de excesos.
Aunque Reuben no negaría que, mientras subía por ese ascensor de lujo en el cual Darío se veía más que cómodo, se sintió un poco intimidado e iba preguntándose cómo, a fin de cuentas, había entablado amistad con Darío si hasta sus presencias, eran exageradamente distintas.
Darío siempre se notaba en total seguridad y confianza, apacible y capaz de lograr lo que se propusiera y era sumamente gracioso, que solo Nina, con sus dieciséis años y sus miles de pecas, tuviera la potestad de hacerle titubear y equivocarse sólo con que le mencionaran su nombre.
Por recordar esto último, a Reuben se le soltaron un poco los nervios y pudo respirar con normalidad, pero aquella paz comprada a costa del enamoramiento de su amigo no le duró mucho, porque estaba a punto de sucumbir ante su propio achaque de amor.
Al llegar al último piso y abrirse la puerta; al panadero inclusive la galaxia en la que estaba se le sacudió con más poder que en una hecatombe, porque había olvidado que con Darío vivía alguien más.
Alguien que a él lo traía volando tan alto y tan bajo como para poder rozar el cielo y el suelo con una sola ala, alguien que con su dulce voz, le hacía caminar sobre nubes que juraba podía tocar, alguien que le hacía desaparecer de la realidad y que lo transportaba a un mundo que no conocía, pero que adoraba visitar.
—"When marimba rhythms start to play
Dance with me, make me sway
Like a lazy ocean hugs the shore
Hold me close, sway me more
Like a flower bending in the breeze
Bend with me, sway with ease
When we dance you have a way with me
Stay with me, sway with me
Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you
Only you have that magic technique
When we sway I go weak
I can hear the sounds of violins
Long before it begins
Make me thrill as only you know how
Sway me smooth, sway me now"
Cantaba Leandro Hooper, "Sway" en la versión Michael Bubble al mismo tiempo que venía moviéndose al ritmo de la tonada en dirección al recibidor con los ojos cerrados. Aquella canción resonaba por todo el amplio apartamento por tener, como era su costumbre, el equipo de sonido a todo volumen y como venía a ciegas no se había percatado de que aparte de Darío Elba, tenía una visita más que no imaginaba ni esperaba: Reuben Costa.
Él, al verle con su icónico y singular traje de pintor, solo con esos tirantes tapándole el torso, sintió una mezcla perfecta de pudor y desenfreno: quería correr hasta él para abrazarlo y así cubrirlo, no deseaba que nadie más que él lo viera.
Pero quería también, cogerle de la mano y desprenderse de más que la ropa para continuar bailando y formar una única silueta con sus cuerpos, pero no pudo. Solo los brazos le reaccionaron cuando sintió que se iba de bruces para poder sostenerse de la puerta.
Con un pie adentro del ascensor y el otro afuera, tambaleándose y anulando todo lo demás que no fuera Leandro, Reuben estaba en una especie de ensueño Divino y perpetuo, solo fue sacado de su delirio, cuando su mirada se encontró con la de él.
A los dos bien podría usárseles como pigmentos de tanto color que tenían sus mejillas, Reuben tuvo que volver a ver hacia una esquina y Leandro, sintió, quien sabe por qué, vergüenza y quiso taparse llevándose sus manos a los pectorales. Por primera vez en su vida se supo expuesto y salió corriendo despavorido a buscar una camisa de entre las varias que tenía desordenadas por todo el piso de su habitación.
Darío Elba, rezagado y totalmente desplazado de aquella escena que de momento no encajaba en su cabeza, alzó una ceja con incertidumbre. El comportamiento de aquellos dos era inusual, se suponía que tenían amistad mutua, pero Reuben y Leandro se veían muy nerviosos y otra vez, la curiosidad acudió puntual sus pensamientos.
—¡Buenas tardes Hooper, yo también te extrañé! —saludó con más efusividad de la normal Darío a su mejor amigo de años —No se si se nota, pero tenemos visitas, pasa adelante Reuben que si no mueves el pie de donde lo tienes, en minutos los de seguridad del edificio, me llamarán para preguntarme si todo está bien —le dijo al panadero poco antes de darle palmaditas para que se moviera y así reaccionara, porque Darío no podía pasar.
—¡Buenas tardes Darío, buenas tardes Reuben! —saludó Leandro finalmente tras aparecer de nuevo por el recibidor ya vestido y algo recompuesto de la sorpresa de ver a esa persona por la cual cantaba.
Que Reuben hubiera mostrado preocupación por él con aquella llamada no ordinaria, le había dejado fascinado y por eso pasó dibujándole y pintando uno de sus tantos lienzos dedicados a ese rostro de melena colocha por el resto de la tarde y eso hacía antes de escuchar el notificador de acceso al piso, lo cual le recordó de ir a cerrar el estudio y colocar en la manija de la puerta el rótulo que Darío le había mandado a hacer y que rezaba: "Artista y Obra en proceso" y ya de regreso, a esas dos personas que representaban su todo, les dio la cálida bienvenida con la que siempre les recibía: un abrazo y un beso en la mejilla, pero al darle esa muestra de afecto a Reuben, el achuchón duró más de lo que se extendió el de Darío, quien taciturno todavía por lo de la noticia sobre el padre de Nina, ésta vez dejó pasar ese hecho primordial por desapercibido y se adentró en su propiedad.
—Buenas tardes, ¿cómo estás? —correspondió de manera verbal ya con los pies sobre la tierra Reuben un tanto deprimido y Leandro se preocupó de verles la cara larga a los dos y solicitó una explicación, la cual los afectados dieron mientras sostenían con una mano, un reconfortante cuenco con té recién hecho y servido por el artista.
Leandro Hooper entendió a la perfección el ánimo de sus dos amores masculinos y se reservó su juicio tal y como lo había hecho desde que conoció la condición de padre de la pelirroja.
Porque para el artista, en su espiritualidad, el progenitor de Nina, había perdido su alma desde hace mucho tiempo atrás y lo que quedaba de él era, un envase vacío que no se podía reparar.
Aún así, en plena convicción de sus creencias, no dejaba animarles y de darles la fuerza necesaria para seguir, porque también, según Leandro, solo el universo sabía cual era el verdadero futuro de César Cassiani y por ende, el de su hija menor e hilvanado a ella estaba, el de su amado amigo de infancia.
Y a veces cerraba los ojos pidiendo que su intuición fallara. Leandro le pedía al Dios que le enseñaron a rezarle en su colegio, misericordia y raciocinio para lo que se avecinaba.
Leandro Hooper no era un tonto del azar ni marioneta del destino, cada paso que daba, era por antojo y a conciencia. Había descifrado el secreto de las margaritas de su abuela justo cuando ella partió de éste mundo y era por eso que creía con fidelidad en ellas.
Fue una margarita la que le dijo una vez que le había llegado la hora de amar hasta enajenarse y ahí, frente a él, estaba a quien debía de querer más que a las ganas mismas de vivir y de sentir.
Solo que tenía miedo a equivocarse, pero eso no evitaba que tentara a la suerte de cuando en cuando.
Mas ésta vez, la suerte de Leandro Hooper con Darío Elba para recuperarle las sonrisas, no surtió efecto, pero se volcó a favor de ese otro que también estaba triste. Sabía que para que Darío se soltara de la maraña de pensamientos en la que estaba, recurriría a limpiar como loco el apartamento hasta dejar impecable, inclusive, detrás del artilugio que movía las persianas y así sucedió ni bien vio el fondo del cuenco, dejándole solo con Reuben Costa en la sala principal.
A Leandro le fue fácil acomodarse a la estancia de Reuben en su ambiente y trató de hacer que él también lo sintiera como suyo al invitarle al balcón para ver juntos el sol pagarse con lentitud hasta teñir al cielo de vetas naranjas.
En un principio, hablaban de todo y nada con la soltura de sus charlas de panadería, sonrieron jugándose bromas de todo tipo, de un momento a otro y sin mediar palabra, sus cuerpos se buscaron y al unirse, terminaron deslizándose en un vals al ritmo de la música que continuó toda la tarde y entrada unas horas de la noche.
A Reuben la espiritualidad de Leandro le calmaba como un bálsamo refrescante en la herida recién re abierta sobre la salud de Don César y agradecía de manera infinita por esa forma tan especial del artista para transmitir felicidad sin reparos.
—Gracias —dijo Reuben al depositar su cabeza sobre el hombro de Leandro —Creo que no aún no imaginas el bien que me haces, ojalá y yo pueda darte un décimo de todo lo que me das.
—No me debes nada, por favor no me agradezcas —contestó Leandro mientras sorbía un poco del perfume de Reuben, una fragancia que ya le había enviciado con más potencia que el tabaco.
Leandro Hooper, envuelto en esa obnubilación que le producía Reuben Costa, se preguntaba, cómo un aroma había llegado a saciarle el espíritu mejor que todos sus más refinados cigarros. Se cuestionaba a diario con un debate existencial, qué tenía la piel de aquel para provocarle ese sin número de sensaciones con el más mínimo de sus roces.
Se devanaba los sesos imaginando, el sabor de sus labios al unirse con los suyos y si se había había aguantado de robarle uno, era porque detrás de sus deseos, con Reuben todo era distinto de los mimos que alguna vez dio a otros hombres y por eso se detenía, aunque cada vez le resultaba más dificultoso.
Ahora, entre sus brazos e impulsado por ese sentimiento casi fantasioso, se atrevió a expresar lo que le embargaba —He de confesarte que también sufro por Nina, pero verte entristecido por cualquier motivo, por más diminuto que sea, me duele demasiado. Quiero verte sonreír por siempre, me gusta la forma que en tu boca nacen las risas, es uno de tus gestos que más se ha grabado en mi memoria.
—A mí me encanta el de tus ojos cuando sonríes —contestó Reuben sin titubeos —Tanto que me robó más que el habla la primera vez que te vi, con tus miradas, anudas mi lengua y también me desatas.
A dosis de gotero, los dos comenzaron a dejar salir la verdad detrás de aquellos suspiros fugaces. Tenían el corazón a punto de explotar y aunque había mucho que decirse, se quedaron abrazados hasta perder la cuenta de tiempo, les podía llegar el acabose del cosmos y sin notarlo, porque no se sentían ajenos, sino complementos necesarios uno del otro, velándose las almas con devoción sin dejar escapar ni el más mínimo detalle.
—¿Qué negocio era el que debías atender para haberte puesto un saco y corbata? —le cuestionó Reuben sin demostrar más señales que la curiosidad normal, necesitaba saber adónde fue usando un atuendo del cual disgustaba vestir.
—Oh, eso —se limitó a decir el artista y rió —Creí que lo habías dado por olvidado.
—¿No vas a decirme? —consultó ya un poco ansioso.
—Aún no.
—¿Fuiste a ver a Gail? —preguntó por preguntar Reuben, porque cuando fue a dejar el traje de Darío al auto, le había llamado a dicha jovencita para preguntarle si él estaba con ella y la respuesta, después de unos minutos de ironía, fue negativa.
—A Le Petite Hooper hace tres días que no le veo —respondió.
—Solo di que no has ido a las tiendas, di que no has visto a tus padres, eres libre de hacer lo quieras, lo único que quiero es saber que estás bien, que nadie te ha lastimado ni siquiera con un pestañeo —confesó Reuben con humildad el interés detrás de su insistencia.
—No, no hice nada de lo anterior y no puedo mentirte sobre mi estado de ánimo, estaba feliz y sigo feliz, nadie me ha causado dolor ni pena y lo que hacía es una sorpresa —explicó Leandro y rió con nerviosismo, quería desviar el tema porque conocía la terquedad de Reuben cuando se le metía entre ceja y ceja el querer saber algo, pero ese detalle no le disgustaba. Que fuera así, solo le despertaba más de lo que ya sentía por él.
—Hm, ¿una sorpresa?, ¿qué clase de sorpresa requiere que salgas tan temprano de casa y que uses ropa ejecutiva? —dijo Reuben, preguntándole esto último muy cerca del oído para inquietarle, le encantaba la forma en que Leandro hacía de todo para distraerle —Anda, dime que hacías, mira que mi mente se alborota pensando de todo por culpa de esa risa tuya que llevas ratos aguantándote.
—Es que tu barba me hace cosquillas —dijo el artista sintiendo un hormigueo por todo el cuerpo. Hace una semana le había preguntado a Reuben si podía dejarse crecer el vello facial y éste le contestó que sí, entonces le pidió que por favor lo hiciera, pues quería retratarlo, pero eso último no se lo dijo.
—Puedo volver a dejarme la cara lampiña si no te agrada y deja de hacerte el despistado, por favor, cuéntame donde anduviste ésta mañana.
—¡No, no te afeites todavía! Quédate así unos días más y bueno, con lo otro; pues hay dos sorpresas, ¿cuál deseas escuchar?
—La que quieras contarme.
—Ha sido una gran sorpresa el no sentirme incómodo con traje, creo que podría empezar a usar ese tipo de ropa, solo es cuestión de costumbre y de ...
—¡Eso jamás! —lo interrumpió Reuben y le miró a los ojos. Tomó su rostro ente sus manos y le pidió —Nunca dejes de vestirte como lo haces, eres irreemplazable, no pretendas verte como ellos.
—¿Aunque de vez en cuando, o casi siempre, me confundan con una mujer? —dudó Leandro. Temía que Reuben solo fuera capaz de ver esos rasgos que le hacían parecer lo que no era y que olvidara qué, básicamente eran iguales en anatomía.
—Eso no debería de importarte, así como a mí tampoco me importa —le recordó, luego se acercó a su oído para continuar —No debes de ponerle un velo a tu gracia.
Y con aquello, Leandro sintió que se desvanecía en los brazos de Reuben y a éste, un sentimiento de extrañeza y complacencia, le llenó cada pedacito de su ser.
Reuben, se quedó en silencio por unos segundos repasando lo que acababa de decir, esas no eran sus palabras y no tenía idea de cómo ni de donde las había aprendido, pero le gustaban, porque eran dignas para halagar a Leandro y quería decirle todo lo que le provocaba desde que coincidió con él bajo aquel árbol.
A veces se soñaba con Leandro en el instante exacto en que miró sus ojos delineados y siempre se despertaba de golpe y agitado, en algunas ocasiones, siempre en tierras oníricas, se sentaba a su lado para hablarle y decirle cosas que en la realidad, moría por dejar libres y justo por eso, no quiso detenerse
—No cambies que a mí me ... No cambies porque a mí ... a mí ...
Aquella oración quedó suspendida, haciéndole cosquillas a Reuben Costa y queriendo estallar en su mente al ser interrumpido por sus propios pensamientos, que en un remolino confuso, no le permitieron continuar hablando.
Los ojos de Leandro Hooper, al igual que su oído y su corazón vibraban y se quedaron esperando la confesión de lo que intuían eran las palabras restantes y el silencio llegó a palidecerles más que la piel que se deja ver tras paños.
Incapaces de separarse, incapaces también de continuar, hubo un poco de impaciencia y bastante ansiedad, urgían de aclararse mutuamente, pero ni uno ni el otro pudieron dar el primer paso.
—¿No creen que ya es hora de cenar? —dijo una voz melódica que llegó en el momento preciso a darles una mano, un leve empujón para liberar eso que ya no se podía callar.
Era Darío Elba que, en suma calma ya tenía largo rato viéndoles, acababa de descubrir que Leandro Hooper y Reuben Costa se atraían mutuamente con más fuerza que los cuerpos a la Tierra por la gravedad.
Como Darío, en su tristeza, no tenía a nada más a qué abrazarse que no fueran sus utensilios de limpieza; con las manos enfundadas en sus guantes de nitrilo y su bandana amarrada a la cabeza, al poco rato de haberse levantado del sofá de su sala principal, estaba listo para limpiar su apartamento y como precisaba de sacarse de sus pensamientos la condición del padre de su amada Nina, empezaría por una parte del lugar que necesitaba ser aseada con prontitud: la habitación de Leandro Hooper.
Había pasado una semana de que en "la madriguera" nadie más que el creador del caos incursionaba y ésta daba gritos de auxilio por al menos un acomodo de ropa y hoy el fanático del orden, con una carcajada maniática: daba gracias por tener en qué entretener su mente, pues ya nada cabía en dicha habitación tanto que el piso le imploraba que lo redescubrieran al igual que a los muebles.
Más que acostumbrado a dejar todo con brillo militar, Darío no gastaba más de hora y media en poner cada cosa en su sitio en la habitación del artista y cuando el piso de Basaltina pudo ser visto, era tiempo de pasar la escoba y después la aspiradora, al meter ésta última bajo la cama, golpeó sin querer algo que sobresalía de la parte donde reposa el cochón y como se le había atascado la manguera, lo que fuera que estaba sujeto de esa superficie se desprendió y cayó con un golpe estruendoso, provocándole a Darío un susto con sobresalto que lo dejó atontado, pero más grande fue su asombro al darse cuenta de lo que había caído al suelo:
Un retrato de Reuben Costa.
La primera impresión de Darío fue súbita porque ese cuadro era el mismo que Leandro pintaba desde hace meses, en el cual estaba retratado a cuerpo completo a quien Darío solo conocía como "Colochos maliciosos", ese mismo que ahora había invitado a su casa, el que era también su amigo: Reuben.
No quedaba pero ni una pizca para la incredulidad de que ese hombre en ese cuadro era Reuben, ahí estaba con su melena rizada y las mejillas enrojecidas, con ese rojo que era como su propia marca. En el paisaje, ese era el mismo frondoso árbol de raíces centenarias que estaba plantado en el centro del jardín del hospital donde su pelirroja permaneció internada por varias semanas.
El tipo al que el artista había buscado con ansias y casi con afiches por toda la ciudad era el panadero.
A Darío sus neuronas adormecidas se le despertaron y la sinapsis comenzó a orquestar su crescendo y ató los respectivos nudos del caso con todas las pistas que antes viajaban en el aire, esas que no había visto por la bruma que le causaba el amor por Nina.
Buscó la bolsa de lavandería que contenía la ropa que recién había levantado del piso y que pertenecía a Leandro y con ella en mano, se fue al estudio. Estaba asustado y hasta sudaba frío al estar frente a esa puerta, porque sabía que allí encontraría la realidad y no negaría que tenía el corazón inquieto.
Que Leandro hubiese puesto sus ojos en Reuben le alarmó en demasía, pues hasta donde tenía entendido, el panadero era, como él, heterosexual y no pensaba ni iba a permitir que su mejor amigo se enamorara de otro hombre que no le correspondiera sus sentimientos. Suficiente había sufrido al no poder darle el tipo de amor que Leandro merecía y por eso, se había jurado protegerle para toda la vida de él mismo como del amor que pudiera resultar engañoso para su desinteresado corazón.
Darío, al poner la mano sobre la manija de la puerta en busca de pruebas irrefutables, se sentía entre la espada y la pared porque tampoco deseaba ver a Reuben creyéndose atraído por los encantos de Leandro, para después darse cuenta de que no era más que una chispa momentánea que se apagaría con un soplo. Le había visto supuestamente enamorado hasta los tuétanos por la pelirroja y hasta cierto punto creía que aún había un poco de ese amor en él, una vez le dijeron que aquello era un capricho y así lo tildó hasta que le conoció propiamente y aunque amaba a Nina, si ella llegase a escoger a Reuben: no temblaría en retirarse del camino de ambos aunque se muriera de amor por ella.
A Darío no solo le precisaban pistas para darse por enterado de hasta donde había llegado aquel par, necesitaba la verdad e iba a encontrarla y por eso, decidido y rompiendo una regla de Leandro, entró al estudio.
Recostado sobre la puerta y con los brazos sobre el cuello, ahí estaba Darío apretando los ojos y respirando hondo, sabía que al abrirlos no había vuelta de hoja y cuando sus pupilas dejaron pasar la luz: cientos de dibujos y pinturas de Reuben Costa le miraban por cada paso que daba y eso le robó un par de lágrimas por saber lo que significaba aquella galería que tenía como partícipe único al panadero.
La ventaja de conocer a Leandro y de tenerlo como su mejor amigo, es que le sabía no solo los modos, si no las costumbres. Conocía que por cada conquista amorosa, Leandro dibujaba una serie de retratos de los hombres o mujeres que le atraían y a medida que la pasión se asentaba, los dibujos se detenían.
Pero había tantos dibujos del panadero que quizás el número total bien podría alcanzar, dentro de poco, los que Leandro hacía de él desde la infancia y eso que se suponía que Darío era el amor de su vida.
Por cada hoja, donde las expresiones faciales y detalles del rostro de Reuben Costa ocupaban hasta el más reducido espacio, cada una de ellas tenía no solo más trabajo, contaban con vivacidad y denotaban, hasta para alguien que no apreciara el arte, que había un sentimiento que impulsaba la pincelada y el trazo de la tinta sobre el papel.
Darío Elba comenzó a reír de felicidad, Leandro Hooper, se había enamorado de Reuben Costa.
Tuvo que llevarse una mano a la boca para reprimir las carcajadas, porque no quería que le atraparan en flagancia y luego de la primera impresión, suspiró. Con la seriedad que le caracterizaba y pensativo, tamborileando los dedos sobre la mesa de dibujo, sacó una de las camisas que Leandro había usado durante el transcurso de la semana.
Hace bastante se había percatado de un aroma masculino que no correspondía a ninguno de los perfumes de él ni de los del artista, pero se le hacía conocido y al coger la camisa por la parte del cuello para olerla, dilucidó al fin de quién era ese aroma: de Reuben.
Y para poder impregnarse tan bien de un perfume, Darío sabía por experiencia, que la distancias debían de ser cortísimas o inexistentes.
Reuben Costa era esquivo, desconfiado y hasta cierto punto, renegaba del contacto físico, las muestras de cariño que implicaban los abrazos, no eran su fortaleza. Leandro y Reuben pasaban solo ellos saben desde hace cuánto, quizás, más cerca de lo usual para ser buenos amigos.
Que el panadero dejará que el artista invadiera a su antojo su espacio personal, significaba que había un sentimiento de por medio mayor al de la amistad.
¿Qué podía hacer Darío Elba ante semejante hallazgo que había sucedido frente a sus narices?
—Sleepy Girl me ha dejado sin nada, desbarató mi alma y me despojó hasta de la razón —se dijo Darío y se dio unos golpecitos en la frente —¿Cómo no pude darme cuenta antes de estos que están igual o peor de enamorados que yo? —se preguntó y volvió a suspirar.
Meditabundo y con la bolsa de la ropa sucia en mano, Darío cerró la puerta del estudio y se encaminó a su cuarto de lavado para cargar la lavadora y entre los giros que daba aquel armatoste; decidió que tenía que hallar la manera de que ese par avanzara o se detuviera.
Les amaba tanto que no pretendía dejar que se lastimaran y menos quería quedar en el medio de la posible disputa que se armaría si todo salía mal.
En más sigilo del que era necesario, Darío se asomó a la sala y ahí vio como, básicamente y en definitiva: Leandro quería ser más que un amigo de Reuben y quizás lo mismo pasaba con éste último. Se quedó casi por una hora viéndoles, estudiándoles el comportamiento con el ahínco de un científico con el ojo puesto en el microscopio y concluyó los pasos que continuarían esos dos, ya no en el balcón del apartamento, si no en otro lado de la ciudad.
Darío Elba aún tenía una promesa que cumplirle a Reuben Costa y esa misma noche, pensaba honrarla.
Aquello que pretendía hacer, carecía de malas intenciones o cizaña, tampoco era una prueba, porque en esos instrumentos de medición no se conocen los resultados y él sabía, con exactitud, cual era el veredicto de esa noche tan singular que estaban por experimentar el artista y el panadero.
Algunas personas caen ante la presión, desmayados, se rinden y ya no se levantan. Reuben Costa, por el contrario, ocupaba estar entre la división de la tierra y el infierno para reaccionar, él necesitaba ver la realidad en su forma más cruda y literal para tomar las riendas de sus acciones y las de sus sentimientos.
Para lo que restaba de ese sábado de octubre, era pocas palabras de las que Reuben precisaba para hacerle frente a los embates de su amor no profeso, mas eran las que perdurarían por el resto de su vida, las que sellaban el presente y su futuro al lado de un ser que llegó sin avisos, para enseñarle la virtud del querer con el alma, el corazón y también con cada pedacito de su cuerpo.
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