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63.

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—¿Así de profundos son los sueños de Nina? —preguntó Hirose y quien debía responder, aunque quiso contestar, no pudo emitir ningún otro sonido que no fuera el de suspiros delatores.

Por tener el recuerdo tan vívido de todas y cada una de las veces que había visto a dormir a la pelirroja, Darío Elba suspiraba y no necesitaba cerrar los ojos para poder ver en su memoria esa expresión que amaba apreciar en Nina Cassiani y es por eso que también sonreía con la mirada puesta en el cielo; por tener en su mente la reminiscencia de aquella tarde de lluvia de cuando vio por segunda vez, sin reconocer su encuentro previo, ese rostro pecoso reflejado a tres cuartos sobre el cristal de la ventana del autobús.

Fue ese preciso día en que, sin saberle el nombre, Darío conoció la naturaleza de Nina en el mundo de los sueños y desde esa vez, mediante ese acto tan sencillo y sublime, quedó prendado sin remedio de ella y hasta la fecha sus sentimientos solo iban en aumento sin poder refrenarse.

En aquel entonces era marzo y ni uno ni el otro anticipaban los motivos que los llevarían a encajar sus existencias más allá de la casualidad o del azar, pues por más intrincado o enmarañado que estuviera el hilo con el que se tejieron sus vidas; cada extremo siempre terminaría atando ese primer palpito hasta el último que les fue otorgado para compartir juntos su paso sobre este planeta.

Algo que, Darío Elba rogaba fervientemente por que se cumpliera, esperando coincidir, de una u otra forma, toda su vida al lado de Nina Cassiani.

Es por eso que últimamente le sonreía a la nada y justo hoy, sentía dicha por las tantas veces que Nina había descansado entre sus brazos y deseando, de manera involuntaria, poder tenerla así por siempre, sonrojó de saberla a escasos metros de distancia entre espuma y agua.

Todavía sin poder dejar de imaginarla, Darío contestó por fin a la pregunta que hace ratos le hizo su madrastra —Cuando está tranquila y relajada, Nina duerme sin sueños y se pierde en el tiempo.

Darío había respondido con la verdad, pero con un leve error en su afirmación; de un tiempo acá los sueños de la pelirroja lo tenían a él como protagonista puntual y constante. Pero eso nadie más que Nina y su padre comatoso lo sabían, así como solo Darío era consiente de que la soñaba a diario aún estando despierto a plena luz del día.

—¿Es por eso que la llamas "Sleepy Girl"? —interrumpió Hirose el ensueño de Darío y él se obligó a salir de esa fantasía pidiéndole a su madrastra que le alcanzara una herramienta que estaba cercana para así poder distraerse y continuar hablando.

Con la llave número veinte en mano y una mueca de esfuerzo en su boca por intentar aflojar la tuerca que mantenía unidas dos piezas metálicas llenas de herrumbre, dijo —¡Exacto, por eso ella y solo ella es "Sleepy Girl"! —volviendo a sonreír, añadió —Pero ya debe de tener hambre y si no come se pone de mal humor además de que le afecta físicamente, si quiere puede ir y hacer el intento de despertarla —e iba a decirle "buena suerte" a su madrastra cuando se dio cuenta de ella ya se había encaminado presurosa de regreso a la casa, porque desde hace mucho le preocupaba el estado de la pelirroja. A ella no le incomodaba para nada la estancia y compañía de Nina, pero temía que se fuera a ahogar estando dormida o que tuviera una recaída en su salud respiratoria por lo frío que ya debía estar el agua.

Su ansiedad se duplicó cuando, al golpear repetidas veces con sus nudillos la puerta del cuarto de baño de visitas para anunciarse, no obtuvo respuesta alguna.
No quiso esperar más e irrumpió entablando una plática con la pelirroja, la cual no fue correspondida, por lo que asomó la cara por uno de los extremos del biombo y solo así se dio cuenta de qué, efectivamente, esa chica seguía en lo suyo: durmiendo tan profundo sin inmutarse de nada, lo cual a Hirose le alivió y le causó mucha gracia.

No conocía a nadie que durmiera de manera tan plácida con más de la mayoría del cuerpo sumergido en agua por tanto tiempo.

—Nina, despierta —dijo Hirose acercándose a la pelirroja después de notar que aún quedaban burbujas sobre la superficie, las suficientes para no dejar a la vista su cuerpo desnudo y fue por eso que se animó a hablarle suave y muy cerca del oído para no asustarla, pero Nina se limitó a sonreír sin abrir los párpados.
—Nina ya llevas mucho rato en el agua, te puedes enfermar —insistió Hirose y con eso la pelirroja intentó componer la cabeza que reposaba sobre el borde de la tina y por acomodarse, la sumergió por accidente y solo así se despertó.

—¡Ay Dios! —dijo Nina realmente asustada luego de toser un poco de agua jabonosa, no sabía muy bien adonde estaba pero se dio cuenta de inmediato que no era su casa y cuando se fijó que no tenía ni un poco de ropa se sobresaltó demasiado —¡No me diga que me dormí aquí!

—¡Uf, eso fue más que dormir! ¡Definitivamente eres "Sleepy Girl", llevas dormida más de una hora! —dijo Hirose riendo y tapando su boca con una mano —¡Eres una Sleepy Girl! —confirmó y le extendió una toalla para que se secara.

La risa de Hirose era amena y cálida lo cual hizo que Nina recobrara la comodidad y confianza necesaria para seguir hablando con normalidad
—Su hijo me apodó así desde la primera vez que me vio —le contó Nina riendo y trató de usar las piernas para salir de la bañera lo cual le llevó mucho tiempo porque no las sentía y cuando por fin pudo ponerse de pie, no se percataba de su propio peso por el efecto del agua y tenía esa sensación de estar flotando —¡Ay tengo los dedos más arrugados que las uvas pasas! —dijo al verse las manos.

—Ya se te pasará, ven, te cepillaré el cabello y luego te dejo para que te vistas, pero no vuelvas a meterte a la tina que ya es hora de almorzar, te he cocinado comida tradicional de mi país que te gustará —le contó y la guió hasta el espejo que se ubicaba frente al lavabo y de abajo sacó otro banquito para que se sentara.

—¿No me diga que aún no comen por mi culpa? —preguntó Nina acongojada, claro que había sentido hambre desde hace ratos, pero ella entre comer y dormir, prefería dormir y más si era Darío quien estaba en sus sueños.

—Me disculpo, Bruno y yo ya almorzamos, solo faltan ustedes dos —dijo refiriéndose a su hijo mayor y a la pelirroja.

—¿Darío no ha comido por estarme esperando?

—Descuida, no te sientas culpable, Darío se ha entretenido con sus cosas y siempre olvida comer cuando está allá atrás, con esas a él se le descompone el tiempo —explicó.

Nina quiso preguntar de inmediato que eran "esas", pero no tuvo tiempo porque Hirose continuó hablando —Toda la ropa que traías ya está seca incluyendo tus zapatos deportivos, pero si deseas puedes usar uno de los vestidos, te espero en la cocina —y dicho eso, se retiró dejando a Nina con la incógnita, imaginando tonterías de lo que "esas" podrían ser, pero estaba muy lejos de atinar qué era lo que le hacía olvidar a Darío Elba una necesidad tan básica como lo es comer.

Sacudiéndose el pensamiento, que ya tenía abarrotado de ideas descabelladas, luego de colocarse su ropa interior decidió usar un vestido, porque pensó que era justo y correcto aceptar una de las prendas que Hirose le había ofrecido.

Pero ahora tenía dos problemas que no había notado hasta ese momento, el primero: todos esos vestidos a ella le quedaban casi diez centímetros arriba de la rodilla y el más largo, no le cerraba en la parte del busto por la botonadura que tenía en el cuello al ser de estilo y corte japonés.

El otro problema restante se ramificaba en dos y aunque para una chica promedio no significarían un obstáculo, para Nina resultaban ser una gran complicación.

Por esa cicatriz de diecinueve puntos, Nina Cassiani solía usar camisas cuello redondo o de tortuga, de lo contrario se abrochaba todos los botones aún en pleno sol de verano y era casi una suerte que el uniforme del colegio incluyera corbata de uso reglamentario, porque así se escudaba de no dejar expuestas las pruebas de su infortunio y los vestidos restantes que Hirose le había dejado, uno a flores y otro blanco, eran de escote bajo.

El inconveniente no solo radicaba en lo anterior, aunque se animara a usarlos no podía; el brasier deportivo con el que había salido de su casa no era, según una charla que recordó que una vez tuvo con Gail Hooper, para usarse con ese tipo de vestido.

Nina Cassiani, a su edad, no era coqueta para vestirse, era muy práctica aunque tuviera que repetir mucho las mismas prendas una y otra vez pues prefería que le regalaran y comprarse libros antes que ropa, pero estaba consiente de que ya era una señorita y por eso no saldría si un sostén que le cubriera los senos.

Desesperada de estar, por primera vez en su vida, ante el dilema adolescente de "no sé qué ponerme" y muy urgida por salir de ese cuarto de baño en el que ya llevaba demasiado tiempo, casi se viste con la ropa deportiva que traía puesta y por su desanimo, no había prestado atención a un sobre con letras japonesas sobre la mesada del lavabo, del que si no hubiera tenido ilustraciones no habría entendido que era un brasier desechable y especial para ese tipo de escotes que Hirose anticipó que necesitaría y por eso lo dejó a la vista de la pelirroja.

Realmente aliviada, se colocó ese artilugio que cubría y sostenía lo que debía de sostener como por arte de magia y se ajustó al cuerpo el sencillo vestido de encaje blanco y falda amplia, ese era el menos escotado y solo dejaba asomar las primeras cinco puntadas y pensando en que Darío le había dicho que su cicatriz no le causaba pavor si no que le gustaba, se armó del valor suficiente para salir, no sin antes abrir el bálsamo sabor a granada y aplicárselo para dejarse los labios con un poco de colorete al cual tampoco estaba acostumbrada, pero que consideró contrastaba muy bien con el color de sus pecas y ojos.

Calzando unas zapatillas de estar en casa, llamadas surippa y que ya una vez había usado, asomó la cabeza por la puerta del baño y al no ver a nadie por el pasillo, se encaminó hacia la cocina donde sabía que Hirose la esperaba.

—¡Te ves preciosa! —dijo Hirose y recibió a Nina con un abrazo sin notar la cicatriz en el pecho de la pelirroja y ella enseguida pensó que quizás solo en su imaginación las puntadas eran tan llamativas como para creer que todo el mundo las miraba y eso la hizo sentirse en libertad.

—¡Gracias, gracias por la ropa y el detalle del brasier! —dijo muy feliz —¿Puedo ayudar a servir la mesa? —preguntó.

—No debería, mas acepto gustosa, pero primero te voy a explicar lo que vas a comer este día —dijo Hirose con mucha alegría al ver en los ojos de Nina entusiasmo y ni una pizca de pena —Te voy a dar un paseo gastronómico por las calles de Osaka, a esa ciudad la expresión Kuiadore le sienta a la perfección, porque significa "comer hasta arruinarse" y eso es en sentido literal, así que hoy comerás de todo un poco y ese "de todo un poco" no comprende comida saludable, pero como dicen aquí en Occidente "una vez al año no hace daño" —se excusó Emiko Hirose y a Nina, que no se enfadaba por comer, hasta le brillaban los ojos de ver todo lo que estaba a punto de probar.

—Esto es Tako Tamago —y le señaló un pequeño pulpo ensartado en un palillo que se veía más que antojadizo para comer de inmediato —Aquí hay Yakiniku y Horumon —dijo mostrando algo parecido a pequeños filetes de carne —Uno de los favoritos de Darío es Tsukune, no sé si sea de tu agrado porque se come con huevo crudo y salsa de soja dulce, esto de acá es Kitsune Udon y aquí tenemos Negiyaki, para finalizar esto es ...

—¡Butaman! —gritó el pequeño Bruno que se había asomado a la cocina dejando de lado las hojas de colorear con las que se había entretenido todo ese tiempo y que le había obsequiado su "otro hermano" Hooper, como se refería el infante a Leandro y le pidió a su madre uno de esos bollos chinos al vapor rellenos de cerdo y verduras, después sonrió satisfecho y se volvió a sentar de nuevo en su mesita.

—Darío dijo que te preguntara donde querías comer, si gustas puedes acomodarte aquí en el comedor o allá afuera, cerca de donde él está hay una mesa de picnic y así disfrutarías del aire libre, la tarde está fresca —sugirió muy servicial Hirose.

Nina Cassiani decidió comer en el exterior y en lo que Hirose acomodaba la comida para ser trasladada a hacia fuera, le pidió que le llevara una bebida a su hijastro y le indicó donde encontrarlo.

Con una bandeja en la mano y dos vasos de refresco, la pelirroja se encaminó al lugar donde estaba Darío y para llegar hasta allí, se atravesó el cuarto de lavado, el mismo donde lo descubrió a él fumando y una especie de nostalgia le inundó los recuerdos, parecía que habían pasado años desde entonces cuando solo habían sido meses.

Todo y nada había cambiado entre ambos, lejos de las paredes del colegio él era su mejor amigo, pero al regresar a ese sagrado recinto; continuaría siendo su tutor por el tiempo que dicta lo que resta del año lectivo en curso y por eso Nina comenzó a cuestionarse si de verdad podría mantener el control sobre todas las emociones que solo Darío era capaz de despertarle.

—Cerebro olvídate de pensar por un rato, déjame sentir —se dijo, luego de una breve pausa para apagar su bulliciosa lógica y razón aunque fuera por unos instantes.

Era conocedora de la realidad que enfrentaba y de casi todos los posibles efectos que tendría cada paso que diera de hoy en adelante, pero quería vivir eso que todas sus demás compañeras le habían contado sentir más de una vez desde que empezaron la adolescencia y que ella había omitido hasta casi dar por inexistente: tener atracción por alguien y rebozarse en ese sentimiento de enajenación momentánea aún con los riesgos que conllevaba y de los cuales estaba a punto de comenzar a experimentar.

Caminando muy decidida se acercó al final del cuarto de lavado donde había una discreta puerta de la que no se habría percatado si no se la hubieran mencionado y según las indicaciones recibidas, detrás de esa puerta estaba el patio de atrás y por consecuente "el rincón de juegos" de Darío como se refirió Hirose a ese lugar en específico.

Luego de cambiarse de nuevo las surippas por otras que solo se usaban para salir al exterior, Nina se quedó perpleja y con la mente en blanco porque si a eso que estaba después de la puerta, Hirose y Darío le llamaban "patio de atrás", ellos dos no sabían dimensionar. Eso estaba lejos de ser un patio, era prácticamente un bosque: senderos de helechos a simple vista daban la ilusión de no tener final y altísimos árboles contrastaban con una solitaria edificación que parecía ser un garaje y al acercarse a las cortinas metálicas que hacían de puerta, el asombro de Nina creció más, al ver que allí había un complejo y completo taller de mecánico automotriz profesional parecido a los que tenían en el colegio los chicos de esa especialidad técnica.

Si ese era el "rincón de juegos" de Darío Elba, Nina Cassiani comprendió de inmediato cuales eran sus juguetes y la verdadera pasión de él por la mecánica: "esas" cosas que le quitaban el hambre eran autos y motocicletas reales.

—¡Oh Dios! —exclamaba Darío que estaba de espaldas a la puerta, intentando aflojar la misma tuerca de hacer ratos —¡Vamos, solo un poquito más!

Con un pujido extraño que bien hubiera confundido a cualquiera que no supiera lo que él hacía, por fin logró desatascar la dichosa tuerca que salió disparada y rodó hasta detenerse entre los pies de Nina quien estaba quieta junto a la puerta, sosteniendo con ambas manos la bandeja de refrescos, anonadada de verlo trabajar usando la fuerza.

Siguiendo con la mirada ese pedazo de metal que se había resguardado tras un par de piernas pecosas, a Darío el corazón casi se le detuvo, al darse cuenta de a quien pertenecían.

Cuando Darío Elba subió la mirada y vio a Nina Cassiani en vestido y con los labios coloreados de un rosa carmesí, se le olvidó desde lo que hacía hasta cómo se hablaba, algo que nunca antes le había sucedido con nadie más hasta que la conoció a ella y desde entonces solo por ella el mundo entero le daba vueltas de maneras jamás pensadas.

A Darío, Nina siempre le había parecido bella, ya fuera que estuviera en pijama, en bata hospitalaria, embarrada de calamina y hasta con marcas de varicela, pero así tal y como estaba vestida, era una divinidad.

Ella era la mujer más hermosa que sus ojos hubiesen visto y lo seguiría siendo para toda la eternidad aún con el paso de los años reflejados en las arrugas de su piel y en las canas cobrizas que le llegarían a aparecer cuando envejeciera y de tanto contemplarla como si de una visión irreal se tratase, se había quedado tieso y sin poder hacer nada.

Nina se acomodó la bandeja en una mano y se acurrucó para entregarle la tuerca y pudo ver que él estaba totalmente enrojecido, lo cual a ella le provocó la misma reacción, pero Nina pensaba que el sonrojo de Darío se debía a la fuerza recién ejercida y quiso ayudarle.

—Creo que si te ruborizas un poco más vas a reventar, ten, toma un poco de refresco —le ofreció Nina y le dio uno de los vasos, el cual Darío agarró con la mano llena de temblores y hasta se golpeó los dientes de lo nervioso que estaba.

Agarrando coraje y luego de aclararse la garganta varias veces para poder pronunciar bien las palabras, Darío Elba le sonrió con la naturalidad de siempre a Nina Cassiani, que se notaba impaciente por la forma en la que él actuaba.

—¡Despertaste! —le dijo mientras la ayudaba con la bandeja y la dejaba sobre una mesa cercana —Espero que disfrutaras del baño y no sé si hice bien, pero te dejé algo cerca de la puerta, disculpa mi intromisión y la tontería de comprar todas esas cosas, pero no pude evitar hacerlo.

—Me gustaron demasiado y no son tonterías, eso fue lo que hizo que se me olvidara que estaba en una casa ajena y hasta me dormí en una tina, perdón por hacerte esperar para almorzar.

—No te preocupes por eso, mientras soñabas yo me dediqué a esto —dijo enseñando con sus manos el lugar donde estaban.

A Nina Cassiani a quien antes de ese día los carros no le llamaban la más mínima atención, además de ver el equipo de mecánica, solo alcanzaba a comprender piezas oxidadas y un esqueleto de algo a medio armar en el suelo y en el fondo una motocicleta que si era muy llamativa e interesante.

—¿En esto venías aquel día? —preguntó al adentrarse para verla a detalle.

—Si, esa es mi motocicleta, es una Triumph Bonneville armada desde cero, que modifiqué según mis gustos y bauticé como Psique —especificó Darío y seguido de eso comenzó a hablar de los años que le tomó conseguir todas las partes originales que usó junto a las que adaptó para poder traer de su mente a la realidad la motocicleta que él deseaba armar. Después comenzó a hablarle del motor, del cilindraje, los frenos y otro montón de términos que la pelirroja desconocía.

Para Nina Cassiani las motocicletas eran bicicletas con motor y ya, por eso de todo lo que Darío Elba le estaba diciendo no había entendido nada y en especial porque dejó de prestarle atención en el preciso momento en que él comenzó a hablar con muchísimo entusiasmo.

Nina se distrajo viendo de manera minuciosa la forma en que Darío gesticulaba la boca y en su lenguaje corporal, porque nunca le había visto tal emoción en el rostro, ella estaba absorta de verlo ser quien era más allá de lo que conocía de él y se desconcentró a totalidad cuando lo vio comenzar a quitarse el traje enterizo de mecánico color azul que usaba.

—¡Dios te pido que debajo de eso tenga más ropa! —pidió en su mente y cuando lo vio quedarse otra vez en camiseta de tirantes y otros ajustados jeans que le marcaban los muslos, se sintió un tanto aliviada.

Aunque ahora era Nina la que no recordaba cómo pronunciar las palabras, tuvo el tiempo suficiente para controlarse, por que Darío no había parado de hablar.

—... Y por eso no encontrarás otra motocicleta igual a Psique en ningún otro lado, puede que veas alguna parecida, pero no una exactamente igual —le explicó muy orgulloso de su creación.

—Si es una moto "Bonnie" muy bonita —concluyó ella usando su retentiva, esa que no le había fallado hasta el día de hoy.

—¡No es solo una "moto" y no se llama "Bonnie" se llama Psique! —le corrigió Darío consternado, pues acababa de compartirle la única pasión material de la que disfrutaba casi igual que si del té se tratase —¿No escuchaste todo lo que acabo de explicarte Nina? —quiso saber algo entristecido.

—Lo siento Darío, pero yo no entiendo nada de nada de todo lo que me acabas de decir, para mi las motocicletas tienen dos ruedas, los autos cuatro y funcionan con un motor a gasolina, más allá de eso soy una total ignorante de cómo se mueven —confesó Nina apenada —¡Pero quiero aprender! ¡Quiero ayudarte! ¿Este esqueleto también lo estás armando por tu cuenta? —preguntó muy interesada en el armazón que se hallaba en el centro del garaje.

—Eso es la razón por la cual hice un receso en mis estudios universitarios —le contó recuperando la emoción —Llevo desde los quince años recolectando las piezas originales, tanto Hooper como papá me han ayudado a encontrarlas en diferentes partes del mundo y hasta este año las conseguí todas —contó en medio de una euforia propia de quien adora los coches clásicos —Nina te presento a "Dakini", si también le di su nombre propio y a diferencia de mi motocicleta, éste AC Shelby Cobra 427 de 1967 no será una modificación, será una restauración total, mis intenciones son regresarlo a sus años de gloria y dejarlo como recién salido de la fábrica.

—¿Cuánto tiempo te llevará la restauración? —preguntó Nina que si prestó oído atento ésta vez.

Ella le había escuchado decir a él en varias ocasiones que estaba en el país por un "proyecto" y cuando Darío le dijo que esos fierros eran la causa por la cual había terminado siendo tutor del colegio se alarmó de inmediato.

Nina siempre estuvo consiente y creía que el haberlo conocido fue una casualidad, pero ya no podía ni quería que él fuera un imprevisto en su vida, lo quería como parte de ella porque eso era en lo que realmente se había convertido: parte de algo que antes no poseía y que no quería perder.

—Meses —contestó Darío luego de un rato con la mano en el mentón y la mirada en el techo y muy pensativo.

A Nina Cassiani con esa única palabra se le revolvió el estómago y algo que nunca antes había experimentado le tocó cada fibra del cuerpo, era una mezcla de dolor, enojo y desesperación.

Pensar a Darío Elba a océanos de distancia de ella la traumatizó en cuestión de segundos.

—¿Te irás cuando termines? ¿Regresarás a Oxford a retomar tus estudios cuando Dakini esté restaurada? —preguntó con zozobra y mucha molestia que le provocó ganas de huir, de correr sin rumbo fijo y escapar, pero no era de Darío de quien quería alejarse; era de sus sentimientos por él.

Quería regresar al pasado y amurallarse para prevenir el sufrimiento de que él no estuviese a su lado porque no concebía un día sin poder verle o de saber que en cualquier instante podría respirar y compartir el mismo aire mientras platicaban.

A Nina algo parecido a un animal furioso le reclamaba en su interior y muy rápido comprendió que eso era de lo que Bloise siempre le había contado que él sentía cuando se pensaba lejos de Marcelo Adler al terminar el colegio: impotencia. Impotencia de no poder saber con certeza si podía habitar el mismo espacio con Darío aunque fuera solo como su amigo y por su cabeza, el tornillo sin fin de su imaginación comenzó a girar sin detenerse, hasta que escuchó esa voz que anhelaba sentir hasta con los cabellos.

—Esos eran mis planes —dijo Darío al acercarse para abrazarla, él entendió a cabalidad esa mueca de angustia en su rostro porque era la misma que hacía él cuando se pensaba lejos de ella —Esos eran mis planes antes de conocerte Nina Cassiani, yo no quiero ni puedo sacarte de mi cabeza, si te veo hasta en el rojo del óxido de éstos fierros, ¿cómo podría alejarme? Nadie puede apagar esto que solo vos lograste encender en mí, yo iré a donde me mandes, aquí me tienes Nina, mi vida depende de lo que quieras reservarme.

—¡No quiero que te vayas! —dijo muy segura de sus deseos —¡Pero tampoco voy a retenerte de continuar con tus estudios, pedirte que te quedes me convertiría en alguien egoísta y retrograda! —aceptó eso con la cabeza fría, para luego decir la verdad que no podía ocultar más —Pero también me contradigo y por eso debes perdonarme, porque yo quiero estar siempre a tu lado, por favor no te vayas —y se abrazó tanto a Darío hasta que sintió dolor, el mismo dolor y angustia que siente alguien que está enamorado y que piensa que no es correspondido.

Pero Nina se había equivocado, porque cada emoción y sentimiento que tenía por Darío, si tenía una réplica que él definitivamente, con esas últimas palabras de la pelirroja, ya no podía seguir reteniendo de sus anhelos.

—No voy a irme, no quiero irme a ninguna parte —le contestó sin dejar de abrazarla y asfixiado en amor, necesitaba continuar lo que recién había desatado y arriesgando todo le ofreció una propuesta que hace algún tiempo se había planteado —No me iré a menos que quieras acompañarme.

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