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Poco antes de separarse de aquel delicado rostro, Reuben Costa con voz suave y en medio de una sonrisa; de manera espontánea se acerco al oído de Leandro Hooper para susurrarle —Ya regreso.
No había indicio de arrepentimiento en él, pues lo había besado a conciencia no por impulso y aunque fue incapaz de encontrarse con su mirada, por saber que sus mejillas se hallaban tan prendidas como lo estaría un carbón en las brasas; estaba conforme con sus acciones.
Realmente le había gustado besar en la mejilla al artista, tanto que, aún sin saber de dónde, emergió en él un deseo de volver a unir sus labios con esa piel tan cálida, sentía una atracción natural por acortar cada vez la distancia entre ambos y quedarse para siempre pegado a él.
—Iré a mi casa a darme una ducha para cambiarme, luego almorzamos y nos vamos donde los Cassiani, ¿te parece? —explicó el panadero con un control que no conocía poseer.
Aunque Reuben estaba nervioso no flaqueó al hablar a diferencia de Leandro, quien no logró articular palabra, su semblante iba del blanco al rojo lava en cuestión de instantes y el —No te vayas, no me dejes por favor —se quedó en forma de súplica en su pensamiento, porque a duras penas pudo asentir con la cabeza para que Reuben se marchara.
Sin más palabras, el panadero abandonó el lugar y el artista se quedó de pie viéndolo alejarse a través de los ventanales. El cuerpo entero le revoloteaba, estaba extrañado y absorto de su inhabilidad para continuar, sus modos, astucia y mañas fueron acalladas, tomadas prisioneras por un contacto tan leve al que estaba más que acostumbrado.
Era la primera vez en su vida que quedaba así por algo tan sencillo y Leandro Hooper no necesitaba verse, pero sabía que estaba irreconocible por dentro y también por fuera.
Y lo mismo le pasaba a Reuben Costa que, cuando supo que ya no estaba a la vista de Leandro desde ningún ángulo, se echó a correr, porque el control de hace un rato, lo había perdido por completo.
Ese beso le había causado de todo, miedo, emoción, felicidad, dolor, ardor y placer. No le sobraba experiencia, pero podía jurar que no se comparaba en ninguna forma a ni un solo beso que le hubiese dado antes a una mujer en la boca y tampoco se parecía a aquel que una vez Nina le dio a él, ese único beso que recordaba que si había sido capaz de agitarle el espíritu.
Por eso, apretando los ojos con fuerza, corrió y corrió como loco hasta su casa, habían quinientos metros de distancia desde la panadería hasta donde él vivía y esos quinientos metros, eran una cuesta muy empinada que a cualquiera le robaba el aliento, pero a él no sólo le faltaba el aire, le dolía la caja torácica y ese malestar en su pecho era por culpa de su corazón que latía alocado.
Le temblaban las manos cuando se buscó las llaves en el único bolsillo del pantalón deportivo que vestía sin encontrarlas y cuando las halló, se le cayeron tres veces en el intento por atinarle a la cerradura para poder abrir la puerta.
—¿Le pasa algo hijo? —preguntó a su nieto Doña Pastora al verle la cara que traía al nomas poner un pie en la casa.
Ella no recordaba haberle visto de esa manera nunca y eso que a sus años, tenía una lucidez envidiable y juraba por la Divina Providencia que jamás había visto esa expresión en el rostro de su nieto.
—N-no no, no me pasa nada abuelita —contestó con la voz quebrada a punto de romper en llanto —S-so-solo necesito darme un baño —agregó antes de encerrarse en su habitación que contaba con su propia ducha.
Embargado en una sensación tan abrumadora como placentera Reuben Costa tenía ese olor característico a tabaco y vainilla de Leandro Hooper impregnado en las fosas nasales y grabado en el cerebro, lo sentía tan cerca de él aún sabiendo que no estaba ahí presente y para convencerse, se ayudó confrontando su imagen frente al espejo y al verse solo, ya no pudo aguantarse las lágrimas.
Reía y lloraba al mismo tiempo temblando de los nervios y también por culpa de un cosquilleo que le recorría cada poro de la piel y que lo calcinaba, estaba viviendo una legítima catarsis y poco le faltó para desfallecer en su mismo llanto.
Aquel revoluto de emociones duró lo que tenía que durar hasta desahogarse y cuando creyó que había acabado, se dio cuenta de que estaba abrazado al pedestal del lavamanos y no tenía las fuerzas suficientes para ponerse de pie y por eso llegó a rastras hasta la ducha. No podía controlar sus movimientos al abrir el grifo de la regadera cuando se metió bajo ésta todavía sin quitarse la ropa ni los zapatos.
Mientras gotas de agua fría chocaban contra su cuerpo, Reuben Costa por dentro se desmoronaba a pedazos y desposeído de todo lo que creía ser, algo en su interior se fue desvaneciendo y así como el agua se perdió por el drenaje, su vieja estructura se cayó para no volver jamás a formar parte de su cabeza, de su alma, su cuerpo ni de su corazón.
Si en este planeta había aguas místicas, esas que salían de esa regadera, eran definitivamente las que él necesitaba para continuar por su camino por la vida como una persona distinta, algo que también ese otro él experimentaba en la panadería.
Allí donde Reuben Costa posó sus labios por escasos segundos, a Leandro Hooper le ardía más allá de la piel, tanto que estaba más que seguro que ese beso le sobraba intensidad para opacar a los que Darío Elba siempre le daba desde sus años de infantes y eso le hizo sentir terror.
Ese beso le había calado demasiado y a diferencia de Reuben Costa, a Leandro Hooper no le faltaba experticia, pues a sus veintiún contaba en su haber besos de hombres y mujeres por igual, besos de cariño, besos de lujuria, besos desenfadados, besos mustios y hasta besos de amor verdadero, o al menos eso era lo que hasta ese día creía.
—¿Qué he hecho? —se preguntó mientras abrazaba la vitrina vacía donde se almacena el hojaldre salado —¿Qué estoy haciendo? —se dijo enfrascado en algo que podía ser confusión y felicidad, estaba enredado en sí mismo, voluble y a punto de dar un cambio radical en su vida que duraría hasta su último día sobre la faz de la Tierra.
Al final, fue a la felicidad a lo que Leandro le dejó espacio en todo su interior, pero no por eso dejó de abrazarse a esa vitrina de cristal. Sentía que si se soltaba, aunque sonara ilógico, se perdería sin retorno inmerso en ese sentimiento tan hermoso y mortal como lo son los rayos en una tormenta eléctrica.
A solo quinientos metros de separación estaban, a causa de sus cromosomas, dos seres humanos nacidos hombres; sufriendo y gozando en medida exacta solo por un beso en la mejilla, un beso creador que nació autónomo, un beso tan sencillo e intrincado por ser tan verdadero, como verdadero es el amor que desde hace rato se cocinaba entre ambos.
Un amor que había llegado para quedarse, al que solo le faltaba un poco de maduración para poderlo vivir en su máximo esplendor, ese tipo de amor que al ser tierno se complace en hacer jugarretas, como volver olvidadizo de que en estos tiempos el agua escasea, al recién descubierto enamorado bajo la ducha.
—Manda a preguntar su abuela si es que se ahogó o si se fue por el caño —dijo Idalia mientras llamaba a la puerta del baño en la habitación el panadero, ella era la cuidadora profesional a cargo de Doña Pastora y básicamente vivía en la casa de los Costa.
—¡Dígale a la abuela que si ya se olvidó de que soy un renacuajo! —le contestó riendo a carcajadas Reuben Costa, cerrando por fin la llave del grifo luego de haberse recompuesto de sus emociones.
Lo único que se había ido por el caño, era un buen poco de miedo y toda la desesperación de no saber qué hacer con eso que sentía, dando como respuesta concluyente que solo tenía que dedicarse a vivir.
—"Tienes los sentimientos a flor de piel Reuben" —resonó esa frase en su memoria con la voz arenosa de Gail aún fresca y la omitió con un ferviente: —Escojo sentir sin olvidar mis fragilidades.
Quitándose lo que vestía y con ayuda de ese recordatorio, Reuben Costa se bañó de manera correcta para salir de la ducha, se alistó y puso ropa, pero no la que solía usar para andar por el barrio que era casual, ni tampoco la que acostumbraba llevar a la universidad. Se vistió para ver a Leandro como cuando salía con Nina de paseo, se perfumó y peinó varias veces porque intentó verse distinto, aunque por su melena de rizos algo rebeldes no había mucho que pudiera hacerse.
—Regreso en la noche abuelita, estaré en casa de Sandro toda la tarde —dijo Reuben a Doña Pastora hincándose para poder estar a su nivel y abrazarla, porque ella descansaba sobre ese sillón reclinable que él le había obsequiado con el salario completo de su primer pago como panadero, de eso ya habían pasado casi siete años y ese sillón había salido bueno, pues mantenía su brío y era de uso diario.
—¿Tan guapo y perfumado sólo para ir donde los Cassiani? —preguntó la Señora Echegaray —Me saluda a Sandro y a Doña Maho me le recuerda que ya casi nos llega la hora de hacer los tamales para el turno de la iglesia —pidió antes de echarle la bendición a su nieto —También me le da un abrazo a Mercedes de mi parte y a Nina dígale que si puede pasar a traer unos berros que le encargué temprano en la feria del agricultor.
—Sandro y Mercedes creo que no llegarán hoy, pero si los veo les saludo de su parte y Nina no está —le contó —Yo paso por los berros y se los llevo más tarde.
—¡Ah, ya veo! Entonces usted va donde los Cassiani para cuidar de Don César, a él me le dice que sigo pidiendo con devoción porque abandone esa cama, ya lleva mucho tiempo dormido —dijo Doña Pastora con un poco de tristeza al recordar al padre de la pelirroja —¿No almuerza antes de irse? Hay potaje de garbanzos con espinacas recién hecho, en la mañana prendimos leña con Idalia y lo cocinamos en el fogón —le ofreció así a su nieto, una de sus comidas favoritas, de esas que al comerlas a Reuben le era imposible no chuparse los dedos y más si estaban preparados a la antigua.
—¡Abuelita! Aunque me encanta la comida a la leña, usted ya no debe de andar respirando ese humo, eso le hace mucho daño, por favor cuídese más —dijo Reuben con esa seriedad que a Doña Pastora le sacaba risas por recordarlo cuando era solo un niño enclenque.
Pero aún siendo un flaco despistado, solo él velaba al cien por ciento por ella desde que era un chiquito y lo seguía haciendo con fervor ya de adulto, por eso le hacía caso a su vástago, el único que redimía con honor a su familia entera.
—Y claro que quiero garbanzos, pero si no es mucha molestia, iré a buscar un depósito para llevármelo y comerlo en la casa de Nina, ¿saldrán dos raciones? —preguntó.
—¡Ah! ¡Así que a fin de cuentas estará acompañado toda la tarde y por eso se puso todo mono! —dijo Doña Pastora y le apretó las mejillas a su nieto —Si salen más de dos porciones, tome las que quiera y se las lleva para comérselas con quien las desea disfrutar —y le alzó las cejas.
—¡N-no no es lo que usted está pensando abuelita! —se apresuró a rectificar Reuben —¡Es para compartir con mi amigo Leandro!
—¡Oh Leandro! Su "amigo" al que no conozco —dijo Doña Pastora cruzándose de brazos —Mire Colocho, si no me presenta para ayer al famoso Leandro, pensaré que es uno de esos bichos imaginarios que solía tener usted cuando era un chiquillo, de esos que le espanté a puros escobazos.
Reuben Costa no pudo aguantarse la risa y hasta quedó sentado en el piso frente al mullido reclinable donde estaba su abuela, hacía mucho que ya no recordaba que alguna vez tuvo "amigos imaginarios", los cuales efectivamente Doña Pastora Echegaray, los "barrió", literalmente hablando, a punta de escoba, para que no le embotaran la cabeza a su nieto con babosadas y si no se iban así, pues lo pensaba llevar donde el Cura de la parroquia para que lo zambullera en agua bendita en la pileta bautismal y se alejaran de una vez por todas de su noble alma pura.
Para Doña Pastora, en su humildad, eso de los "amigos imaginarios" de su nieto Reuben Costa, era cosa de espíritus chocarreros, aunque para el que se los inventó, eran un salvavidas de las penurias en las que vivía. Esos "bichos" no le maltrataban ni mancillaban su infancia y el día que su abuela se los espantó, se fueron para no volver jamás y se quedó en soledad por muchísimos años hasta conseguir amigos de verdad.
Ahora a sus veintitrés, no tenía "Un millón de amigos" como cantaba de niño con aquella vieja canción de Roberto Carlos, la que sonaba en la destartalada radio de su mesita de noche, pero de manera incondicional tenía a Sandro, Nina y a todos los Cassiani, era feliz teniendo como amistad a Darío, pero se sentía más que realizado contando como su amigo al artista.
—Esta semana lo invito a la casa sin falta —dijo Reuben después de dar un suspiro, al recordar que Leandro ya le había pedido conocer a su abuela y él siempre le cambiaba el tema, sin ninguna razón válida para no presentarlos mutuamente y reconocer ese mal actuar de su parte, le valió de un retorcijón en su conciencia. Había dos cosas en la memoria que le pesaban a Reuben y una, quizás la más importante, iba a corregirla esa misma tarde frente a su amigo —Mejor me apuro abuelita, que aparte de que se me hace tarde, Leandro se ha quedado solo en la panadería y no me gusta dejarlo sin compañía.
Dirigiéndose a la cocina y buscando en la alacena los recipientes adecuados para conservar el potaje que se veía tan bueno que hasta le hacía agua la boca, Reuben notó como Taco Paco se acercaba ni lerdo ni perezoso hasta sus piernas para pedirle comida arremetiendo contra él a puros empujones con el hocico, esa era la única manera de que se levantara de su cama ese can, pero estaba en una dieta estricta de alimento especial para el hígado que ya lo tenía un poco dañado por la edad.
—No, ni aunque me hagas esos ojos te voy a dar una cucharada de garbanzos, son míos y de Leandro —le dijo Reuben Costa al ver a Taco Paco moverle la cola y hacer cara de pedigüeño muerto de hambre y el panadero intentó ignorarlo, pero el perro sabía que si insistía, su mejor amigo humano cedería, por lo que siguió y siguió rogando y el gesto con el que siempre lograba lo que quería era pararse sobre sus dos patas traseras, aunque eso significaba para él un esfuerzo titánico por ser un obeso.
—¡Eres un mañoso, pero así te quiero Taco Paco! —y con eso, Reuben buscó un plato desechable y se inclinó hasta darle por fin lo que el perro ansiaba: una cucharada de deliciosa comida casera hecha por Doña Pastora —Y ahora te quedas quedito, que si no, la abuela nos regaña a los dos —lo sentenció y Taco Paco se comió satisfecho lo suyo en silencio y en la parsimonia que lo caracterizaba, más que agradecido, regresó a su cama que estaba en el patio trasero de la casa, donde la solera dejaba pasar el sol del medio día sin molestias y con la panza feliz volvió a dormir y roncar toda la tarde.
Luego de terminar de empacar la comida, Reuben salió de su casa más tranquilo de cuando llegó ya con la mente vacía y despejada, llorar le había servido para ajustarse y aunque no iba a proceder como si fuera un kamikaze sobre lo que creía que sentía, ya no estaba asustado para querer huir —Como dice Darío: Al toro, por los cuernos —se dio valor el mismo antes de abrir la puerta de la panadería, donde el artista continuaba pegado a la vitrina.
—¿Por qué estás abrazando la vitrina Leandro? —le preguntó al ver que el artista no se inmutó con su llegada.
—Necesitaba un abrazo y a falta de Sabanero, aquí estaba solitaria la vitrina —contestó.
—Te he traído almuerzo —dijo Reuben estirando el brazo entregándole los dos recipientes que venían unidos mediante un paño —Y no es cocina internacional, esto lo hizo mi abuela y es una de mis comidas favoritas, ojalá sea de tu agrado —añadió.
Tras parpadear un par de veces, Leandro Hooper se soltó de la vitrina y tomó lo que le ofrecían y después de ponerla comida sobre el mostrador, se dio cuenta de lo bien vestido y mozo que se veía Reuben Costa, lo cual le hizo sonrojar y sonreír de manera nerviosa.
Vestido de cualquier forma el panadero siempre le pareció demasiado apuesto, pero ahora se veía atractivo en exceso.
—¡Te ves muy majo, me diste un beso en la mejilla y encima me traes comida hecha por las manos de tu abuelita! —enfatizó realmente feliz Leandro antes de abalanzarse sobre Reuben y casi botarlo al colgarse de su cuello para abrazarlo —¡Este cuenta como uno de los mejores días de toda mi vida!
—¿Aún con el golpe que te di? —preguntó el panadero envolviéndolo con sus brazos extasiado de tenerlo a su lado.
—Mucho más por eso, aunque la verdad es que todo me es distinto desde que te conocí —confesó el artista.
—¿Aunque ese día también te dejé un moretón en la pierna? —declaró Reuben nuevamente cerca del oído de Leandro y el primero pudo sentir un doble palpito proveniente del corazón del artista, delatando que era conocedor de eso que ya no era un secreto.
—No fue en la habitación donde permanecía Nina hospitalizada el lugar en que te vi por primera vez —confesó de esa forma el panadero, aquella verdad que había ocultado por varios meses y que sentía necesaria dejar salir de su interior, quería ser totalmente transparente con Leandro y deseaba disculparse con él.
—Fue bajo la sombra de un árbol de grandes raíces que yo me tropecé con tu cuerpo y vos me atravesaste hasta el alma —dijo Reuben, abriéndose por primera vez ante alguien por quien tenía más que aprecio —Perdóname por haberte negado, espero que en lo que me queda de vida pueda compensar esa grave falta si me permites continuar a tu lado, gracias por brindarme tu amistad.
Leandro abrazando a Reuben, con una fuerza desmesurable, no tuvo necesidad de decirle nada, ese abrazo estaba repleto de emociones desbordadas. El artista ya sabía que, culpa de las margaritas o no, el panadero era esa pieza única que le faltaba en el rompecabezas de su existencia y el panadero sentía igual, por eso al separarse de ese abrazo lo hicieron sonriéndose uno al otro, de una forma que antes no se había visto en sus rostros.
Ni Leandro era capaz de catalogar ese sentimiento que le nacía por Reuben y también pasaba en viceversa, de lo que no había duda era de que, amistad u otra cosa, ambos estaban maravillados de colindar en un mismo universo ya fuera con miradas esquivas o roces discretos entre pieles, con insinuaciones de lo que sucedería a futuro cuando perdieran lo que quedaba de pena o besos en sus mejillas que se marcaban a fuego hasta en los huesos.
Entre bromas y pensamientos trascendentales, luego de dejar todos los utensilios del oficio de panadería limpios y acomodados, aquellos dos hombres cerraron el local y salieron juntos en dirección de la casa de Nina Cassiani con la comida para degustarla en ese lugar.
Doña Maho todavía estaba a medio vestir para poder irse a su reunión semanal de la iglesia donde se congregaba, cuando escuchó la voz de Reuben cerca del portoncito de la entrada y se apuró a estar presentable para recibirlo.
—¿Quién de los dos quebró la botella de perfume? —preguntó Doña Maho cuando, al abrir la puerta, un olor masculino muy delicioso le llenó los pulmones —¡Buenas tardes hijos!
—¡Buenas tardes Señora Cassiani! —saludó Leandro a la madre de Nina —¿Verdad que Reuben huele muy rico? —delató al panadero el artista.
—¡Así que fuiste vos quien se bañó en loción! —afirmó Doña Maho —¡No solo hueles rico, estás pa'co' Reuben Costa! —dijo con una sonrisa maliciosa en la cara —Y te noto algo distinto, ¿qué te hiciste hijo?
—¡Doña Maho, cómo me dice eso! —respondió el panadero apenado seguido de —Nada más intenté acomodarme las mechas.
—¡Pero si mentir es pecado hijo! ¿Y mentir de camino a la iglesia? No gracias, ya pasó el día de la confesión —añadió sonriendo y sacándole la lengua —¡Además, allá vos si le pones la "m" o la "g" antes del "er", interpreten mi piropo como quieran! Y lo que sea que te hicieras por dentro o por fuera te sienta bien, hijo lindo. Que pasen una buena tarde, hay refresco natural de sandía en el refrigerador, sírvanse a su gusto y ahí les queda merienda para más tarde y no olviden que si toman café ¡deben de deshacerse de la evidencia por Nina! —se despidió de los dos jóvenes con beso y abrazo para después cerrar la puerta e irse, dejando a Leandro muerto de la risa y a Reuben con la cara entre las manos y pasó un largo rato para que se le fuera la vergüenza, aunque después era el artista el que se había puesto un poco huraño.
Para Reuben Costa, la casa de Nina Cassiani era su otra casa, sabía la ubicación exacta de todo y también disponía a su antojo de lo que allí hubiera, pero no pasaba lo mismo para Leandro Hooper que pocas veces había visitado ese lugar y por eso no pasó de la sala de estar.
—¿Te vas a quedar ahí de pie? —preguntó el panadero a Leandro al verlo junto a la puerta —Ve a lavarte las manos y me ayudas con lo que resta de la comida —le apuró, pues ya se les hacía tarde para el almuerzo.
Solo así se animó a caminar el artista para hacer lo que le pedían y ya al lado del panadero, en esa cocina de escasos metros, los dos preparaban el entremés, arroz y ensalada para complementar el potaje de garbanzos y más de tres veces se pasaron llevando el uno al otro porque no estaban acostumbrados a estar en un espacio tan reducido y aquella noche de principios de agosto, en la que prepararon el Postre Pavlova en esa casa, ya era muy distante para la fecha en la que estaban.
Tras varios codazos, tropezones y hasta pies majados por falta de sincronía, no solo para caminar, sino para sentir, al final el almuerzo estuvo listo y ya el comedor expansible de seis puestos, Reuben y Leandro se sentaron frente a frente para tomar los alimentos.
—¡Oh por todos lo dioses del universo! —exclamó Leandro al llevarse la primera cucharada de la comida hecha por Doña Pastora —¡Tu abuelita es puro amor, éste potaje es la esencia del amor a la leña! —aseguró al degustar esa humilde pero exquisita comida que Reuben le compartía.
—Mi abuelita cocina más que rico —aseveró el panadero, muy orgulloso de la sazón de su abuela y satisfecho porque el artista hiciera justicia en ese delicado paladar que él ya conocía a la perfección.
En medio de una plática suelta, risas, piropos camuflajeados, continuó el almuerzo de forma espontánea y en tranquilidad hasta que llegó la hora de estudiar.
—Leandro triste por culpa de Reuben —dijo éste con un puchero, decepcionado por no lograr convencerle de que pusieran música porque él era, al igual que Nina, un ser musical y ya tenía mucho sueño como para seguir haciendo el intento de estudiar en silencio.
—Debemos de estudiar y la música no ayudará a concentrarnos —repuso el panadero a quien siempre le había gustado el silencio.
—Puedo saber por qué insistes en que estudiemos si es sábado y deberíamos de estar descansando, sabes que eso que estoy leyendo ya me lo sé de memoria, ¿verdad? —le reclamó Leandro sacudiendo la cabeza para ver si podía mantenerse más tiempo despierto —¡Estoy por quedarme dormido sobre los libros, necesito música!
—Porque ya tenemos encima el mes de diciembre y debes de estar más que preparado y lo que necesitas es seguir estudiando en silencio —volvió a contestarle de la misma forma que hace un rato, pero con Leandro a la par: silencio era lo que menos tenía, en especial cuando se ponía a cantar.
—¿Qué vas a hacer? Me preguntó sonriendo —comenzó Leandro su canto a capela esa canción de Juan Luis Guerra mientras se suponía que leía un grueso libro de Administración de negocios —Lo que tu quieras, respondí.
Reuben suspiró y puso su mano sobre su mentón y se dedicó a escucharlo muy atento, cada canción que Leandro había cantado desde que se reunían a estudiar se le quedaba atascada en la cabeza y no había poder que se las sacara de la mente.
—Fuimos al mar y mojamos los sueños —continuó cantando y al percatarse de que Reuben lo veía comenzó a hacer ese movimientos de cejas que era capaz de subirle el color en las mejillas al panadero —Guiñé mis ojos y un delfín, pintó una ola rizada en su pecho —añadió y jaló uno de los rizos de su melena.
Reuben Costa le arrebató el libro para cerrarlo de golpe y sin quitarle la mirada al artista dejó caer la cabeza sobre éste, nada más le quedaba rendirse ante la armónica voz de Leandro Hooper, porque siempre le había gustado que le cantara.
—Luego reí y rompimos el hielo —continuó Leandro insistiendo al ver que, por debajo de la mesa nuevamente como siempre sucedía cada vez que él cantaba, Reuben había comenzado a mover las piernas de manera inquieta —Nos mordimos los dedos, como viola en un solo de chelo —siguió mientras le extendía la mano a Reuben quien no entendía qué le estaba pidiendo Leandro hasta que lo vio moverse al ritmo de la música.
—Eh no Señorito, gracias por la invitación, pero yo no bailo —rechazó el panadero la oferta.
—¿Ah si? Dime Reuben, ¿y qué harás el día de la graduación de Nina? —le preguntó tentándolo —¿Le negarás a ella también una pieza o no quieres bailar conmigo solo porque soy hombre?
—¡No digas estupideces! —se apuró Reuben a reprenderlo —No bailo porque no sé hacerlo bien, las veces que lo he intentado he majado a Nina y a Doña Maho, así que me di por vencido —le contó la verdad sobre el porqué había declinado la invitación.
—Ven y baila conmigo, yo te enseño —volvió a pedirle.
—Que no —dijo Reuben.
—Es una lástima que me toque seguir bailando solo con Darío —se quejó el artista, consiguiendo de esa forma que Reuben se pusiera de pie y fuera él quien le pidiera la mano haciéndolo salir del asiento.
—Bueno, ahora no sé que más hacer —dijo el panadero estando de pie frente al artista y escasos segundos habían pasado cuando tuvo que moverse casi a rastras impulsado por una energía contagiosa que despedía cada movimiento que provenía de Leandro.
—Aflójate, no seas tan tieso —dijo Leandro metiendo una de sus piernas en ese espacio cerrado que tenía Reuben en la parte baja del cuerpo para que se moviera correctamente como lo exige ese tipo de danza.
—¡Eh saca esa pierna de ahí y no me presiones que hago mucho con seguirte! ¡No me pidas más de lo que no puedo dar! —reclamó esquivando esa inesperada intromisión separándose inútilmente porque más tardó en liberarse que en regresar cerca de las caderas de Leandro.
—O mas bien de lo que no me quieres dar —sentenció Leandro viéndolo a los ojos aprovechando que lo tenía cara a cara y que no había por donde escapar —Eres como una hormiguita, que me besa y me pica —siguió cantándole.
—Leandro te estás ganando una ... —iba a decir "patada" pero fue interrumpido, para variar.
—¡Oh un castigo de parte tuya! —volvió a tentar la paciencia del panadero —¿Qué me harás?
—¿Por qué no puedo ganarte una? —se quejó éste dejando caer su cabeza sobre el hombro de Leandro, resignado a seguirlo en ese compás contagioso.
—Porque realmente no quieres ganarme Reuben por eso; nada más déjate llevar —recomendó Leandro sin esperarse lo que desataría al pedirle eso al panadero.
—Eres como un trapecista que atraviesa mi lengua —le cantó ésta vez Reuben a Leandro, cerca de su cuello dejándolo tan sorprendido que hasta se quedó quieto —Y tu circo de flores me carga y me suelta perdiendo la cuenta, perdiendo la cuenta —logró decir el panadero mientras se ahogaba en el perfume del artista.
No era solo porque se supiera la canción o por el contenido de la letra que Leandro Hooper se había quedado perplejo, era porque en su vida, alguien le había cantado a él hasta esa tarde, en la que también tuvo ganas de llorar de felicidad y por eso se quedó pegado al cuerpo de Reuben Costa sin pensar ni en medir el tiempo.
—¿Qué crees que estarán haciendo Maxim y Pelitos de Elote? —preguntó Leandro cuando ya había perdido la cuenta de las veces que se habían mecido al ritmo del tarareo de esa canción sin pasar del mismo lugar.
—Por la hora que es, si Nina pasó más allá de la puerta, debería de estar almorzando, porque de lo contrario se descompensa y se pone enojona —dio como respuesta Reuben, al ver que el reloj del comedor de los Cassiani marcaba pasadas la una de la tarde —Eso si es que no viene ya de camino —repuso sonriendo de imaginarla todavía al pie del portón principal.
—¡Oh te juro que Darío logró más que eso! —aseveró —¡Si no, yo dejaría de ser quien soy!
—¿Por qué estás tan seguro?
—Yo hice que me dieras un beso y que me sacaras a bailar —le contestó con una sonrisa traviesa —Y si conseguí eso, Darío pudo hacer que Nina ganara más que confianza.
—Y yo te dejé sin que pudieras moverte dos veces, en una hasta tuviste que abrazarte a la vitrina y en la otra te quedaste pegadito a mi pecho y sigues aquí entre mis brazos y te juro que eso no te lo esperabas —asestó Reuben, dándole a entender que los planes y estrategias no rigen sobre las voluntades. Todo lo que él había hecho ese día: lo hizo por puro gusto y placer.
Diciendo aquello, el mejor amigo de Nina Cassiani no se había equivocado, porque el que ella siguiera en casa de Darío Elba a esas horas y no en la mesa almorzando, si no dormida adentro en la tina del cuarto de baño de visitas, no había sido un táctica de la pericia de quien antes había sido "El Conquistador", todo aquello fue una obra del destino que se empeñaba en unirlos hasta en los sueños.
—Shhh cállate Reuben Costa, cállate —pidió Leandro Hooper, aceptando su derrota en ese juego de las sensaciones, hablándole con el corazón en la boca se refugió en ese espacio entre el cuello y hombro de a quien se abrazaba muy ansioso —Cállate y sigue moviéndome así como el viento agita las olas en pleamar.
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