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53.

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Una leve capa de harina deambulaba serena por el ambiente de la panadería cada vez que Reuben Costa se dejaba caer sobre los costales que la contenían, para perder así su mirada en el blanquecino nubarrón que se formaba.

Cada día antes de comenzar su faena, cuando el reloj marcaba las dos con cinco de la mañana, repetía ésta acción con dos únicos propósitos, el primero y casi un ritual: divisar en su imaginario a Nina Cassiani.

Algo que desde ayer, el primer día en que retomó sus labores en la sucursal de "San Martín" ubicada en "Las Cinco Esquinas", era distinto pues la Nina que se le apareció y la que ahora veía no era la que recordaba por más que agitara sus manos en el aire con tal de dilucidar esa ilusión que sólo él era capaz de encontrar en ese polvillo harinoso.

Y según lo que le dictaba la lógica, todo se debía a que cuando dejó salir de su boca lo que realmente sentía por ella, también la frenética figura que invocaba poco a poco comenzó desvanecerse en su cabeza.

No negaría que se sentía distinto: definitivamente era distinto; como si hubiera soltado la carga de esponjas empapadas de agua que traía a cuestas cada vez que atravesaba el río de sus memorias junto a su única y mejor amiga.

Una carga que le pesaba en la realidad y hasta en sus sueños más alocados donde veía a Nina con un cuerpo distinto al que él conocía y que debía aceptar y amar, algo que en verdad hasta con suspiros estaba agradeciendo ojalá no volver a ver porque cada vez que eso sucedía se despertaba totalmente asqueado.

Se sentía bien estar libre de ese peso hasta cierto punto, pero no contar con la presencia de Nina en la panadería le hacía harta falta, era parte de su rutina distinguirla desde el mostrador, emerger por el camino con el solecito tras la espalda, sentir hasta en los tuétanos ese sonoro beso en su mejilla y el hormigueo extraño al cual ya estaba más que acostumbrado, pero que tampoco había percibido los últimos días que pasó a solas con ella en esa habitación de hospital.

—Creo que es tiempo de avanzar —se dijo para sí mismo mientras turbaba por última vez, difuminando así la cara de la pelirroja, la nube blanca de harina y resopló muy fuerte para mover los rizos que le llegaban debajo de las cejas cada vez que se le desordenaba el cabello.

Poco antes de que la harina se asentara, un rostro que sólo había visto una vez se le cruzó rápido como si fuera la luz de un rayo, fue algo casi fantasioso, pero tan conciso que le alegró toda la mañana.

—Hnm si que estaba muy guapa —reconoció —Ojalá me hubiera animado a pedirle su número —se dijo y así se le despertó un instinto básico.

Con esa idea clavada en la mente, tirado todavía sobre los costales, empezó un recuento mental de sus amores y tuvo que reconocer que su experiencia real con las del sexo opuesto, a la altura de sus veintitrés años en cuestiones sentimentales y de placeres estaba en cero: desde que salió del colegio nocturno no había ni siquiera hecho el intento de tener novia o de ir a una cita porque se había enfrascado en sus estudios universitarios, en su trabajo y lo que le quedaba libre del tiempo se lo gastaba feliz con los Cassiani Almeida que eran en verdad, incluidos todos y cada uno de sus errores, una familia ejemplar nada parecida a la mayoría de los Costa que eran unos vagos interesados y aprovechados.

Ese era el otro motivo por el cual llenaba de harina el aire cada día desde que obtuvo ese trabajo en la panadería: poner orden a sus ideas, planeando su futuro el cual era más tangible con cada paso que daba y así dejar atrás sus dolidas raíces porque pensar en su familia, para Reuben Costa Echegaray, no era fácil: la vida se la puso difícil al nomás tragar su primera bocanada de aire luego de salir del útero de su madre.

Al igual que Sandro Cassiani, él nació de una adolescente, con la gran y marcada diferencia de que entre Maho de Cassiani y Oriana Costa había un abismo desmesurado, porque después de parirlo y apenas pudo poner un pie afuera del hospital, huyó al Norte dejándolo totalmente olvidado y a la suerte que su abuela materna pudiera darle.

Reuben nunca conoció a la mujer que lo trajo al mundo y pensar en ella le desagradaba tanto que cuando escuchaba ese nombre "Oriana" donde fuera, la sangre le hervía de rencor: le dolía demasiado que ella no hiciera ni la lucha de aunque sea regalarle su calostro, una de las razones por la cuales fue un bebé más que enfermizo y delicado. Pensar en eso solo le servía para atizar sus recuerdos de cuando era pequeño:

Flaquito, un tanto cabezón y con los colochos tan enredados que prefería cortárselos para que no le estorbaran, con el otro beneficio agregado de que así no se los jalaban sus primos y tíos, le fue mancillada la existencia de una manera muy cruda, por desgracia por los mismos Costa que le decían que su puesto en la familia y en la casa era el de nadie por ser el más débil y menos astuto de todos.

Tan indefenso era Reuben de niño que una vez, entre todo lo que tuvo que soportar fue casi morir ahogado adentro de un barril lleno de agua al que le pusieron una tapa y varios ladrillos encima para "ver cuánto aguantaba bajo el agua Reuben El Renacuajo".

De esas "bromas" sólo su abuela salía a socorrerlo y con los regaños más severos de su parte les recordaba, sin excepción alguna, a esos mal llamados "su sangre" y que la traían contra Reuben que era ella, con su pequeño negocio de minisúper, quien aportaba a la casa todo para que esa bola de lagartos comieran a sus expensas.

A Doña Pastora Echegaray, su nieto Reuben le partía el corazón porque era muy blandito y por eso los demás de su estirpe se ufanaban en atacarlo y por más que ella le insistía en que debía de aprender a defenderse con puños o palabras él sólo se quedaba callado y nunca daba la cara, hasta se escondía para echarse a llorar y un día cansada de tener que salir a su rescate le dijo que o se cuidaba por sí mismo o le tocaría dormir en las gradas de la casa.

Fue una larga noche para el Reuben Costa de trece años, porque su abuela cumplió con su palabra a cabalidad y lo dejó afuera; con una manta y un vaso de leche caliente a pasar el frío del invierno con la única compañía del ruido los escasos autobuses que transitaban la calle a esas horas.

Ella deseaba que él entendiera de una buena vez que no tenía que dejarse doblegar por nadie y a pesar de que es una señora de las de antes y muy estricta, Doña Pastora esa noche, no se fue a su habitación: se quedó en una silla junto a la puerta y sin pegar un ojo toda la noche cuidando a su nieto por la ventana hasta que su corazón maternal no aguantó más y le exigió ir por él y éste se rehusó a entrar porque se propuso aprender la lección que se le estaba impartiendo esa misma noche.

—De alguna forma tengo que aprender —se dijo esa vez para armarse de valor y llegar así a un nuevo amanecer. Ya que ni con palabras entendía y menos a palos, tal vez estar ahí sentado sin más nada que él mismo le servía para aleccionarse.

Pero como a esa edad aún conservaba su inocencia infantil, también se llenó de coraje para cumplir con el castigo porque bajo la manta; tenía escondido un cachorrito desnutrido que se le acercó y se quedó a su lado. Con ese perrito se dio calor, se sintió querido y necesitado, tanto que por eso después le adoptó y nombró: Taco Paco.

Después de esa experiencia, entendió lo que debía entender y nunca más dejó que nadie lo denigrara, ni sus tíos, primos y menos sus compañeros de clases; aunque en silencio, a veces lloraba porque se sentía solo sin más compañía que la de su abuela y la de su perro que hasta la fecha seguía con vida, pero ya no era un esqueleto con pulgas: era un semejante can qué con costos se movía porque estaba muy obeso de ser tan consentido por él.

En su paso por la vida y a medida que crecía, a Reuben Costa no sólo se le estiraba el cuerpo o las ganas de salir adelante, también los problemas económicos y de salud se le volvían inmensos y el día que creyó que ya no daba para más fue la vez que Doña Pastora se enfermó de gravedad y que nadie de los adultos con los que seguía viviendo en ese entonces, se dignó en llevarla a que la atendieran sólo él qué, estando enfermo de una gran infección en las vías respiratorias y mas bien parecía un caso de dengue, actuó rápido y se la llevó al Hospital Geriátrico para que la ingresaran.

Esa fue la noche en que conoció a Sandro Cassiani, el día que su vida cambió para bien porque aprendió lo que era sentirse valioso, irónicamente de parte de un enfermero al cual desconocía, pero que destilaba calidez y confianza, tanto que se quedó dormido a su lado en total seguridad, mejor aún si compartieran un mismo lazo de sangre.

Mientras Doña Pastora se recuperaba en el hospital, su prole se encargó de devastar tal cual langostas el negocio de décadas en cuestión de meses y al salir de su ingreso lo único que le quedaba en la bodega del minisúper era una caja con latas de sardinas picantes.

Las cuales Reuben todavía no come para no traer esos tristes momentos de su pasado.

Fue Sandro Cassiani, que en todo ese tiempo había velado por el Reuben Costa adolescente, quién ayudó también a Doña Pastora y la convenció de vender el local donde se ubicaba el negocio y también la casa que tenía para que con ese dinero se alejara y se mudara a otro distrito lejos de esas personas tóxicas que le amargaban sus años y no la dejaban descansar.

El tiempo venidero desde entonces fue indulgente y ahora su nieto ya no era debilucho, era un apuesto estudiante muy sobresaliente de una Universidad Estatal, de la carrera de Economía y que trabajaba muy fuerte para ganarse la vida, literalmente, usando sus manos y así ser ese alguien que quería ser y en el cual se había empecinado ser.

Por eso estaba tan enfrascado terminar la universidad y en cumplir con su trabajo, pero sintió de que era hora de salir de su zona de confort, debía desanudarse la corbata un poco y salir aunque fuera para
ventilarse. No sólo por que Sandro hace poco se lo pidió, también porque su abuela le decía que era pecado que ella se muriera de ganas por ir a sacudir el cuerpo y él que podía hacerlo, no se animaba a pasar más allá de la sala de la casa de Nina Cassiani.

Pero el circulo social en el que Reuben se manejaba no era muy variado, descontando a los Cassiani Almeida, a Taco Paco e Idalia, la cuidadora profesional que se encargaba de Doña Pastora y que fue recomendada por Sandro, ellos eran los únicos seres vivos con los se relacionaba.

En la universidad, no es que fuera un cero a la izquierda: era muy bien cotizado por las chicas, pero como andaba tan perdido en Nina y en sus propias aspiraciones no las notaba, al grado de que varias veces otros compañeros le habían felicitado por ese "truco" de hacerse el importante para atrapar más mujeres a lo cual él siempre respondía con un despistado "¿Ah?" y el único compañero con el que normalmente hacía las tareas por tener el mismo nivel de empeño y compromiso académico, Boris Perdomo, le decía que debería de al menos avisparse más, porque Reuben no atrapaba una ni una aunque se le pusieran en la boca.

Por eso y entre otras cosas, Reuben Costa tuvo que aceptar que hacía maravillas en su oficio de panadería y que era un estudiante dedicado, pero no sabía como tratar a una mujer y menos tenía la idea de cómo abordarlas.

—Por algún lado tengo que empezar —se dijo al sacar su teléfono celular y comenzó revisar sus contactos y en favoritos volvió a hacer un recuento de su nula vida social, más allá de Nina, Sandro y Oneida no se relacionaba con nadie más para salir a pasear.

Algo tenía que hacer y por eso sumó una prioridad a su lista de pendientes y pensando en prioridades, recordó que ahora tenía que añadir una más: darle clases a un tal Leandro y para empezar a ordenar sus próximos quehaceres decidió llamar a una persona con la que ya no le disgustaba tanto codearse y con la cual debía ponerse de acuerdo.

De pie, con las manos limpias y los ingredientes sobre la mesa listo para preparar masa hojaldre y con el altavoz puesto, esperó que del otro lado de la línea le contestaran, aunque casi cancela la llamada al notar que a penas eran las tres con cuarenta de la madrugada.

—¿Le pasó algo a Nina? —preguntó desesperado Darío Elba antes de siquiera saludar.

—No que yo sepa, en todo caso no te llamo por eso —respondió Reuben Costa —Y ya cálmate que hasta aquí me llega tu angustia y es contagiosa —pidió el panadero al notar a Darío un tanto desbaratado al preguntar por la salud de su Cabeza de Remolacha.

—Buenos días —dijo recomponiéndose Darío —Dime en que puedo ayudarte

—Sandro me dijo que un amigo tuyo necesitaba inducciones sobre Economía, por eso te llamo y ¿Puedo saber que haces despierto tan temprano? —preguntó un tanto extrañado al no encontrar ni una pizca de sueño en la voz de Darío y en el fondo se escuchaba como si estuviera en bosque o una montaña.

—Hnm cumplo con una promesa, ¿Puedes llegar hoy al hospital para que te presente a Leandro?

—Si, llegaré antes de la hora, tengo pensado acompañar parte de la tarde a Nina antes de irme a la universidad.

—Me parece excelente que vayas a visitarla, gracias por el esfuerzo. Dime ¿Cuánto costarán las tutorías? Me gustaría pagarte de una vez —propuso Darío.

—¿Pagarme? No había pensado en eso —contestó muy sincero Reuben.

—Deberías de hacerlo aunque ya tenía pensada una suma —añadió Darío y al decir la cantidad con la que pensaba remunerar a Reuben éste dejó caer el rodillo sobre la mesa, porque Darío pensaba pagarle por unas sencillas clases la suma total de su salario por seis meses. Algo que le pareció excesivo y desconcertante.

—¿Acaso estás loco? —le preguntó casi gritando.

—Yo no devalúo tus habilidades y estudios Reuben, además es una cifra justa que consulté con Hirose y ella fue quien la propuso, pero yo le agregué unos ceros de más y puedo aumentarla si no estás conforme.

—No quiero que me pagues —dijo sacando un poco de su orgullo a relucir, ese orgullo que no le servía de nada y para nada, pero pensándolo mejor añadió:

—A cambio quiero otra cosa —pidió esperando que Darío no le dijera que no.

Y sin rodeos le solicitó a Darío algo que éste jamás pensó que Reuben llegaría a pedirle —Y no te vayas a reír burlándote de mí, que es enserio lo que te acabo de pedir.

—¿Pero me puedo reír al colgar? —preguntó Darío intentando contener la risa llevándose a la boca la mano en la que tenía puesto el guante de jardinero lleno de tierra, porque estaba cortando flores para Nina y abonando a esas horas el jardín de su mamá.

—¡Ay Darío facilítame un poco las cosas!

—Está bien ya no me reiré y acepto, pero también recibirás el dinero.

—¡Eres un majadero!

—¡Eh pero si lo que me estás pidiendo tampoco es fácil para mi! Yo ya dejé mis antiguos hábitos y no pretendo regresar a ellos, pero con tal de que guíes a Leandro te voy a ayudar. Así que compensa mi esfuerzo y toma el dinero.

—¡Ah está bien! ¡Será como quieras!

—Acabas de empezar a caerme mucho mejor Reuben Costa.

—Lo mismo digo, te veo más tarde y gracias por las banditas para los ronquidos, he dormido mejor desde que me las regalaste y antes de que se me olvide dile a tu amigo que ni crea que porque ser conocido tuyo le voy a tener compasión. No es la primera vez que doy una tutoría y conmigo o aprende o aprende —sentenció Reuben que no jugaba a la hora de hablar sobre Economía y Finanzas, un mundo donde si flaqueabas o dudabas un instante un imperio de millones se desplomaba más rápido un pastel de bodas más equilibrado.

—Trato, pasa un buen día y me alegra saber que ya no roncas como elefante marino, sigo sin entender cómo no habías notado ese grave problema que tienes —le confesó, porque en las madrugadas mientras él llevaba las flores a escondidas se dio cuenta del horrible ronquido que Reuben emitía y que se escuchaba desde lejos — Nos vemos como a las tres de la tarde —se despidió Darío Elba para seguir en lo suyo y empezar a carcajearse a gusto por la petición que le había hecho Reuben Costa.

El día pasó sin más variables tanto para Darío como para Reuben, cada uno en sus cosas y cuando dieron las doce del medio día el panadero se cambió su uniforme y se vistió para ir a visitar a Nina llevándose una sorpresa al encontrarla saboreándose, con sonidos un tanto insinuadores, un postre que él no había hecho, lo cual le tocó su ego de repostero.

—¡Ay Rhú pero si está rico, ven acá y abre la boca!

—No, no quiero —se rehusó Reuben apretando los labios y cruzado de brazos con una cara de ofendido en una esquina hasta donde la pelirroja no podía alcanzarlo por estar aún condicionada a lo largo que daba la sonda de oxígeno y de las intravenosas que tenía en cada brazo.

—¡No es justo! ¡Hasta allí no llego! ¡Que vengas Reuben Costa o me vas a enojar! —le dijo Nina al darse cuenta de los planes de Rhú.

—¿Y que me harás? Cosquillas no porque no me puedes tocar —se jactó Reuben sacándole la lengua tentando y desafiando a Nina como sólo él sabía hacerlo.

—Así que crees que no puedo llegar hasta allá —dijo la pelirroja mientras hacía el ademán de arremangarse las mangas largas inexistentes y se sacaba la cánula nasal, dejando de respirar el oxígeno que de verdad necesitaba y empujando los porta sueros acorraló al panadero a una esquina y cuando por fin pudo acercársele el aire que respiraba por su cuenta fue insuficiente y casi se desvanece, pero Reuben la retuvo entre sus brazos.

Llevando de regreso a la camilla a Nina, que estaba tan agitada como si hubiera corrido una maratón, le colocó de nuevo el oxígeno y sentándose a su lado abrazándola, se disculpó

—No quise hacerte mal, quería jugar porque sé que te gusta y me hace falta

—No es tu culpa, yo tampoco pensé que ni eso pudiera hacer, ya veo porque no me dejan ir más allá de la habitación y el baño —contó ella resignada, de verdad estaba re jodida como le dijo ayer el Dr. Uberti.

—¿Estás aburrida Cabeza de Remolacha? —le preguntó cuando vio su cambio de humor, porque él no sabía aún lo que había platicado con el Dr. sobre su nuevo tratamiento.

—No, ya no, desde ayer me la paso bien con Leandro, él es genial —contestó

—¿Más genial que yo? ¡Oh Nina si que me quieres matar de celos! —dijo con algo de verdad en el tono de voz, porque no le gustaba que nadie se acercara a ella a pesar de que ya tenía claro que no la tendría para él. Reuben tenía mucho que aprender y mucho que soltar.

—A todo esto ¿Dónde está el susodicho? —preguntó pensando que era un tanto irresponsable al dejar a Nina sola si supuestamente debía de cuidarla.

—Acaba de irse, dijo que iba a sacar unas copias, es más creo que te topaste con él en el ascensor.

—No yo subí por las gradas, además nunca le he visto ¿Y que tal es su carácter? Me gustaría saber cómo es

—Dulce, alegre, ocurrente, muy tierno y comprensivo. Además de que es un gran artista, mira —le dijo Nina tomando la libreta que tenía a la mano, esa donde ya habían suficientes dibujos de ella como para que Reuben quisiera arrancar todas las páginas y enmarcarlas para tapizar con eso su casa entera.

—Si que sabe dibujar, me encanta como te ha retratado, es como yo te veo y recuerdo antes de lo que pasó —dijo imprudente y sin pensarlo.

—Y así como dibuja así de deliciosos le quedan los postres ¡Que abras la boca! —insistió de nuevo la pelirroja, obviando lo último que él dijo, tomando así desprevenido a Reuben embarrándole un poco lo que quería darle a probar en los labios y a él no le tocó de otra de relamerse, sólo para darse cuenta de que esa variante de Coulant de chocolate Blanco sabía demasiado bien, tanto que le impactó el paladar y no pudo evitar el gesto de placer que se le armó en el rostro cuando en su lengua, la masa crocante se deshizo en cuestión de segundos, haciéndole sentir algo inusual en todo el cuerpo.

—Dame el tenedor —le dijo a Nina, luego de tragarse ese poquito y con la profesionalidad que había obtenido con los años en su oficio comenzó a desmenuzar con el gusto la receta y hasta el proceso, sin dejar de poner una cara extraña por cada trocito que comía.

—Sé la receta, pero hay algo que no me cuadra y no sé que es —afirmó sin poder distinguir eso otro con lo que estaban hechos todos los postres de Hooper.

—Debe ser que Leandro le pone mucho amor, él aprendió a hacerlos exclusivamente para Darío.

—El amor no le da buen sabor a la comida ni a los postres Nina —dijo cortante por anda buscando el por qué le sabía tan bien y pensando en cómo podía superarlo.

—Difiero —contestó la pelirroja decidida —Lo que me preparas a mi cada mañana me sabe a gloria, ya sea un huevo poché o tostadas con mermelada de mango.

—Eso es porque soy perfeccionista y lo sabes bien, nunca te he servido algo que ni yo comería.

—Entonces, ese sabor que yo siento aquí —dijo señalando su pecho y su estómago a la vez —¿Eso es un simple calculo complejo de elaboración minuciosa? ¿También eso soy yo para vos? ¿Algo que sabes cómo y con qué complacer?

Reuben Costa vio la mirada de Nina Cassiani rayar la melancolía por la sandez que acaba decir, claro que él ponía todo su empeño en hacerle a ella las mejores comidas y panes, pero nunca pensó ni creyó hacerlas con el ingrediente mágico del amor: le satisfacía cuando ella alababa sus dotes culinarios y por eso se esmeraba tanto, dando lo mejor en cada mañana.

—Como que últimamente sólo sirvo para bajarte a pedradas tus expectativas sobre el amor, perdóname Nina. No me falta afecto para darte, sólo que yo no puedo ver las cosas de esa manera, lo siento.

—Nada haces con disculparte, si esa es la realidad ¿Qué se le va a hacer? Para mientras prefiero creer que lo que Leandro le pone es amor y seguiré feliz comiendo —dijo Nina haciendo a un lado ese malestar que sintió al escuchar de Reuben su apreciación de hacer algo con amor.

¿Entonces qué carajo es el amor? —se cuestionó en su cabeza.

Definitivamente las enfermedades y la distancia cambian las perspectivas de las personas en cuestión de horas y en el caso de Reuben Costa, admitir sus verdades lo dejaba expuesto a ese lado suyo un tanto frívolo en el que se escondió de niño para no sentir más dolor.

—¿Cuántos eran? —preguntó Reuben al ver dos bandejas desechables vacías en el basurero para romper el silencio que conocía cuando había metido la pata lastimando a Nina.

—Como veinte, creo —mintió ella viendo hacia otro lado, eran treinta pequeños Coulant los que Leandro le había entregado y quedaban sólo diez. Ella se había comido los demás con el transcurrir del día.

—¡Glotona! —le dijo al ver la oportunidad de volver a hacerle sonreír.

—No me critiques que mira que ya llevas tres y no te excuses diciendo que andas en busca de la receta, que sé que te han gustado tanto como a mi y no has reparado en la cantidad que llevas —le dijo dándole un empujoncito y él se lo devolvió.

Tal y como lo habían hecho por seis años, por más "dime que te diré" que se dijeran entre ambos, seguían llevándose como si las palabras que hablaban salieran sobrando en la amistad sincera que se tenían desde siempre y por eso continuaron como si nada hubiera pasado.

Leandro Hooper, por su parte, caminaba desanimado en las afueras del hospital, llevaba dos días buscando al susodicho colocho sin dar con él en ningún lado y como también cumplía su palabra fue sacar las copias del retrato a lápiz que había hecho y le dio coraje cuando le dijeron que no aceptaban tarjeta de débito en el centro de fotocopiado que le quedaba cerca y cuando intentó pagar con su talonario de vales de $500 dólares americanos canjeables en las famosas tiendas "Hoobert", de las cuales era forzosamente heredero, lo vieron feo y más cuando les ofreció que se quedaran con el cambio y sólo desistió cuando le dijeron "raro" cuatro letras que a él le molestaban en serio.

El colmo llegó cuando fue al cajero automático y al tercer intento no le atinó a su clave secreta para poder retirar unos míseros $5 y se le bloqueó la cuenta y de inmediato fue contactado por personeros del banco para atosigarlo hasta saber si era él en realidad quien estaba intentando sacar dinero en efectivo de sus fondos, poco faltó para que le preguntaran de qué color eran los bóxer que usaba el día que fue por última vez a una sucursal bancaria para actualizar sus datos.

—¡Ey! ¿Pero por que andas apachurrado? —le gritó Darío Elba desde su auto a Leandro Hooper al verlo atravesarse el estacionamiento, sin siquiera prestar atención por donde caminaba, bajándose de inmediato.

Y cuando por el aire viajó la voz de Darío a Leandro se le dibujó una sonrisa que cambió totalmente la expresión de su rostro, a él le bastaba con escuchar esa voz para olvidarse de todo y que él notara su estado de ánimo desde lejos le hacía feliz: sólo un amigo de verdad es capaz de reconocer a millones de kilómetros de distancia lo que aqueja a su contraparte.

—Estaba triste por una tontería, pero ya no lo estoy más ¡Buenas tardes y bienvenido seas al hospital! ¿Cómo te fue en el trabajo? —contestó con esa alegría que lo caracterizaba dándole un fuerte abrazo a Darío.

—Muy bien y aún más porque te traigo una sorpresa —dijo antes de encaminarse de nuevo a su vehículo con Leandro siguiéndolo —Mira quién ha venido a quedarse con nosotros —añadió mostrando a Sabanero, el burrito de tela manta cruda que venía sentado en el asiento de copiloto con todo y cinturón puesto, pues Darío sabía lo valioso que era ese objeto para su amigo.

El mismo humilde burrito que tenía veintiún años de haber sido confeccionado sin más decoraciones que sus ojos de redondos botones y una risa bordada que la abuela de Hooper, Aída, cosió a mano y que había entregado a su nieto con mucho cariño. Era la memoria viva del amor que ella le tenía a él y que junto a su hermana Gail custodiaban y atesoraban mejor que a sus propios cuerpos.

Leandro corrió a sacarlo del asiento y dejando en el piso del auto la libreta que cargaba en sus manos lo abrazó, aspirando el olor que guardaba

—¡Mmmm aún hueles a la abuelita mezclado con el aroma de Gail! —le dijo al burrito de tela para luego acomodárselo del lado izquierdo a la altura del corazón y se dispuso a entrar de nuevo al hospital con Darío que venía a visitar a Nina y a presentarlo con Reuben Costa.

—¿En serio eso fue lo que pasó? —preguntó Darío a Leandro mientras subían por el ascensor cuando éste le comentó el incidente en el centro de copiado.

—Si —dijo formando una mueca de enojo con la boca.

—Me hubieras esperado —repuso Darío dándole unas palmaditas en la espalda a modo de consuelo.

—No, intento hacer cosas por mi propia cuenta.

—Eso me gusta, pero detesto que te hagan sentir mal —confirmó como siempre lo hacía. Si había algo que a Darío le molestaba en exceso era cualquier persona que lastimara a Leandro.

—Deja así, ya no tiene importancia. Verte y tener a Sabanero hace que todo se me olvide —añadió Leandro al encaminarse a la habitación donde estaba la pelirroja, pero se quedó rezagado porque una de las cintas de las botas altas que usaba, las mismas que Sandro Cassiani le mandó al cielo temprano por la mañana, se le había desatado.

Cuando Darío Elba llegó a la habitación de Nina Cassiani y la encontró dándole como si fuera un infante a Reuben Costa del postre que había preparado Leandro Hooper, sintió una leve punzón oprimirle el estómago, pero esa sensación desapareció de inmediato al quedar anonadado por el abrazo que se apresuró a darle la pelirroja antes de decirle "Hola" y al verla sonreír como le gustaba, saludó al panadero con gran tranquilidad.

—¿Qué tal? —preguntó a Reuben mientras éste se aún tenía un poco de postre en la boca.

—Bien ¿Ahí viene tu amigo? Quiero preguntarle la receta, definitivamente sabe muy bien —dijo luego de estrechar la mano de Darío y tragarse el bocado

—Si aquí está —contestó dándose la vuelta sólo para ver que Leandro no estaba tras él ni a su lado —Eh aquí estaba.

Y mientras esperaban a que Leandro apareciera Reuben siguió devorándose más de esos Coulant y a medida que se los comía le era imposible parar.

—Mmmm —se saboreó Reuben dejando escapar hasta un suspiro y un poco de chocolate blanco se le salió por la comisura de la boca justo cuando apareció la persona que esperaba conocer.

—Siento el retraso —dijo Leandro cruzando la puerta.

—Reuben él es Leandro Hooper, mi mejor amigo y el mismo que preparó lo que estás degustando —dijo Darío un tanto entusiasmado.

Reuben Costa se giró hacia la puerta y reteniendo el tenedor entre sus labios, se frotó la mano derecha contra la pierna antes de dársela a esa persona que le estaban presentando y en cuestión de segundos, comenzó a sudar al tener de frente y lograr reconocer de buenas a primeras quién era Leandro Hooper, que se había quedado congelado por volver a coincidir sin planearlo con esa persona que tanto había estado buscando.

Reuben era el bendito "Colochitos Traviesos", ese mismo que le dejó un violáceo golpe en la pierna derecha, al que dibujó y había estado pintando al óleo y también el mejor amigo de Pelitos de Elote, por eso Leandro, al darle la mano, se quedó sin habla.

Reuben Costa Echegaray tampoco tenía palabras, porque cuando examinó con la vista y a detenimiento la fisionomía del cuerpo de quien creyó que era una señorita y se dio cuenta que tenía exactamente lo mismo que él en la entrepierna, dio su mejor intento por negar, desde ese preciso momento hasta mucho tiempo después, que alguna vez se tropezó con él y lo confundió con una atractiva mujer.

Esa misma que en medio de su ensoñación por conservar la imagen de Nina Cassiani, se le había aparecido como fantasía en la nube blanca de harina esa madrugada.

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