Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

50.

-50-


Algo dentro de mí reclama tu compañía —le dijo Darío Elba a Nina Cassiani, sin que le temblara la voz ni apartara la mirada de esos vibrantes ojos verde esmeralda que le sonreían alegres después la promesa recién realizada —Me haces mucha falta

—Extrañaré que olvides tu carro a propósito para irte en el autobús conmigo —sorprendió Nina a Darío al hablar con la verdad y éste ya no pudo decir ni una palabra porque se quedó, perdido en su voz, escuchándola —Y que trates de convencerme tres veces al día para que reemplace el café por el té y verte sonreír desde lejos al cruzarte la calle. También me harás mucha falta Darío, sé que tienes que irte. Gracias por venir a visitarme.

—Me gustaría quedarme hasta que estés totalmente sana, pero no me es posible pues tengo responsabilidades que cumplir —agregó él con suma evidencia de melancolía en la expresión de su rostro, una expresión que se calcó precisa también en la cara de la pelirroja.

—Sé que pasaré un buen tiempo aquí y que vendrás a verme puntual cada día después del colegio, es gracioso porque está dentro de tus obligaciones —contestó Nina con algo de consuelo. Se conformaba con eso a estar totalmente distante de él y por eso bajó la mirada.

—Pero verte para mi no es una orden que está escrita en una hoja de papel: es lo que quiero hacer, es lo que deseo hacer porque me gusta estar a tu lado y no me permito dejarte sola. Y por eso te prestaré a alguien que para mí es muy valioso y que te hará compañía cuando tu familia no pueda cuidarte, sé que ellos también tienen asuntos que cumplir y comprendo la situación —agrego Darío al ver asomarse la tristeza en los ojos de la pelirroja.

—Reuben dijo que tenía libre lo que restaba de la semana y luego de eso, sé que mis hermanos se las ingeniarán para tratar de venir aunque sea por escasos minutos y mamá también hará lo suyo para no descuidar de papá y poder visitarme, pero sé que les costará demasiado. Oneida, por ejemplo, prometió venir después de las cinco, pero no vino —dijo con desanimo la pelirroja al ver el reloj marcar más allá de las siete de la noche.

—¡Eh! ¡Culpa al tránsito de locos que hay por todos lados! Aquí estoy, ya no llores por mí Cabeza de Remolacha y te traje mercadería de contrabando: lo prometido es deuda —contestó la agraviada entrando sin más preámbulos a la habitación y entregando un vaso metálico a su hermana enferma haciendo que ésta de inmediato sonriera de nuevo.

Nina no dudó ni un segundo en remover la tapilla y cerrando los ojos, olió el contenido y al comprobar que era su bebida favorita: jugo zanahorias, apio, remolacha, lechuga, perejil, espinacas, tomates y berros se lo llevó de inmediato a la boca.

—¡Oné le pusiste berros! ¿Cómo encontraste berros? ¡Ni mamá los encontró el otro día! —exclamó Nina con una alegría indescriptible al probar el primer sorbo, lo cual hizo que Darío alabará internamente aquel acto tan sencillo como una obra sublime; definitivamente Nina era más que única por demostrar tanta euforia al beber un jugo que para la mayoría no sería nada apetecible.

—Oné tiene sus métodos y contactos con los de la feria del agricultor —se jactó Oneida mientras hacía la mímica de limarse las uñas —¿No te gustan los jugos de verduras mixtas? —preguntó Oneida a Darío.

—Si pero nunca había conocido a nadie igual a su hermana que se los pasara como agua —contestó sonriendo, al ver que Nina hasta dio un largo suspiro de satisfacción luego de empinarse el vaso quedando con un leve bigote rojo encima del labio superior.

—En eso tienes razón, por lo general los jugos así los usan para mezclas de licor. Si vienes mañana preparo uno más y te lo obsequio como muestra de eterna gratitud, te gustará tanto que después querrás la receta —dijo Oneida con mucha convicción y limpió la boca de su hermana con un pañuelo desechable que sacó de su cartera al ver que Darío no le quitaba la mirada de encima a la expresión del rostro de Nina arqueando una ceja.

—Será un placer —contestó Darío al ser atrapado embobado viendo los labios de la pelirroja.

—¡Ah! Casi lo olvido Sandy viene de camino, Omán se quedará con Egon cuidando de papá; me dijo que no te había visto desde que despertaste y no estará tranquilo hasta que te vea ¿Rubí no estaba aquí también?

—Disculpe, pero ¿Quién es Rubí y quién es Sandy? —preguntó Darío repasando mentalmente el nombre de todos los Cassiani Almeida y que él recordara, no conocía a ninguna de esas mujeres mencionadas.

—Para mi desgracia Oneida me apodó así desde hace años —respondió Sandro Cassiani que entró a visitar a su hermana menor y se abalanzó sobre ella para abrazarla y sonriendo al verla estable le desordenó el cabello y después saludó con un efusivo apretón de manos a Darío y le revisó la herida suturada por él.

—Y Rubí es Reuben —dijo Oneida y el panadero que venía entrando con todos los demás miembros restantes de la familia, se llevó las manos al rostro al ver que Darío se reía de él y de su peculiar apodo

—Hnm no creas que te escaparás de mis motes Darío, ya pensaré en uno y lo cargarás desde ese momento para toda la vida ¿Tienes otro nombre?

—¡Maximiliano! ¡Su otro nombre es Maximiliano! —se apresuró a decir Mercedes a Oneida luego de saludar a su esposo con un beso y de decirle unas cuantas palabras al oído.

Y a Oneida Cassiani se le dibujó una sonrisa pícara en el rostro y Darío cerró los ojos resignado.

—Yo ya tengo apodo desde mis tiempos de colegio, que conste que no me lo puse yo —replicó queriendo evitar un apodo femenino como fuera.

—Para, a ver dímelo —pidió Oneida y Darío se acercó al oído de ella a susurrarle ese apodo que incluso Nina conocía pero que en esos momentos le daba un tanto de vergüenza hacer público con todos los Cassiani presentes.

—¡Cálmate Alejandro Magno! —dijo Oneida luego de escuchar que su apodo era "Conquistador" —Tengo un nuevo y mejorado apodo para vos, familia les presento a Maxim.

—¿Igual que la revista? —preguntó asombrado Darío porque definitivamente no esperaba que le tocara un mote un tanto respetable.

—¡No es justo que a él le pongas un apodo masculino y a mi me toque uno de mujer! —se quejó Rhú cruzando los brazos —¡Exijo un cambio!

—No, te aguantas Rubí, seguirás siendo Rubí hasta que se demuestre lo contrario y en todo caso Maxim aquí a mi derecha es muy masculino y tiene de nenita lo que yo de virgen, o sea: nada —afirmó Oneida haciendo que Sandro le lanzara una almohada por andar divulgando cosas tan privadas —¿Qué? No estoy mintiendo, recuerden que: los ebrios, los niños y las Oneidas no mienten.

—¿Qué es Maxim? —preguntó Nina que se había quedado rezagada al margen de la disputa porque no entendía ni había escuchado nunca antes esa palabra, por lo cual no lograba descifrar el meollo del asunto.

—¡NADA! —contestaron enérgicos Darío, Reuben y Sandro negando con la cabeza.

—Luego te enseño qué es una Maxim, Panda —dijo Oneida haciendo que todos, menos Darío, se rieran de Nina.

—¡No lo había notado pero de verdad nada más te falta que te pongas unas marcas negras alrededor de los ojos para quedar como un panda! —dijo Doña Maho apretando las mejillas de su hija.

—¡Pero quiero saber ya y no parezco un panda! —y Nina pensaba seguir insistiendo pero Darío la interrumpió.

—A mi me gustan los pandas y agradezco mucho el nuevo apodo, lo usaré en memoria de mis viejos tiempos y mañana espero ansioso el licuado que me ofreció. Me complace mucho compartir con ustedes, pero debo retirarme y me despido en tranquilidad dejando a Nina en sus manos. Pasen una linda noche, hasta pronto —se retiró Darío diciendo adiós con la mano.

—¡Au revoir Maxim! —se despidió Oneida, pero a los pocos minutos se levantó excusándose de ir por un refresco para alcanzar de quien se despedía.

—¡Darío! —le gritó justo cuando casi se cerraba la puerta de salida del hospital

—Dígame

—Las flores, las flores le ayudaron hoy temprano en la mañana, he probado durante todos este tiempo con diferentes cosas y me hasta hoy algo resultó de buenas a primeras. Gracias.

—Perdón, no logro entender a qué se refiere —respondió pasmado

—Nina tiene una pesadilla recurrente, mejor dicho un terror nocturno desde lo que pasó en aquel bar. Nunca me ha contado de que trata y Reuben se sabe sólo pedazos y con lo que podemos hemos tratado de ayudarle sin mucho éxito. Hoy temprano tuvo otro episodio y le costó despertarse, pero fueron tus flores lo que la trajeron de regreso. Detesto verla así y no poder ayudarla y sin querer vos lo hiciste, por eso quería darte las gracias.

—Puedo traerlas a diario si me lo permiten

—¿Harías eso por Nina?

—Eso y mucho más de ser necesario, me gusta verla feliz —contestó con una sonrisa plena y se despidió nuevamente luego de estrechar la mano de Oneida en señal de pacto de que desde ese día a Nina Cassiani no le faltarían las flores que él cultivaba; habrían flores en esa habitación de hospital y en su alcoba cuando ella regresara a casa y con esa idea en mente se subió a su auto dejando atrás el lugar donde la pelirroja pasaría por los próximos quince días si su cuerpo respondía bien a los tratamientos administrados.

—Tengo que encontrar una manera de que esa pesadilla desaparezca, debe de existir una forma —pensaba Darío Elba mientras introducía la llave electrónica para subir por el ascensor que lo llevaba hasta el medio piso de apartamento que le pertenecía y donde vivía desde los doce años y a medida que avanzaba hasta el último nivel planeaba que otra cosa aparte de las flores podían ser de ayuda para Nina y en eso estaba cuando se llevó un gran susto porque escuchó música a todo volumen al nomás abrirse la puerta y al dar el primer paso para salir del elevador y así averiguar el motivo de tal escándalo, se paró encima de algo que explotó e hizo que se resbalara y quedara con una pierna adentro y otra afuera y eso le multiplicó la ansiedad de saber lo que ocurría dentro de su propia casa.

—¡Me tosté en tus mejillas como el sol en la tarde, se desgarra mi cuerpo y no vivo un segundo para decirte que sin ti muero! —cantaba Leandro Hooper al ritmo de una canción de Juan Luis Guerra al acercarse al recibidor para saludar a su amigo y pidiéndole la mano para que bailara con él, siguió cantando a todo pulmón con la alegría que siempre lo caracterizaba.

Darío sintió alivio al descubrir el motivo de la música y le dio mucha risa ver que lo que había majado era un tubo de óleo color azul cerúleo que ahora estaba embarrado en el piso y en sus zapatos los cuales se quitó de inmediato para corresponder a la invitación de baile que le hizo Hooper.

Algo que hacían desde niños porque su madre Amira y Aída, la abuela paterna de Hooper, les inculcaron a los dos; bailar sin pena en pareja aunque fueran del mismo sexo.

—Yo no tengo las mejillas tostadas ¿Puedo saber a quién le cantas? —preguntó Darío desplazándose al compás de la música con Leandro tomado de su mano por la amplia sala de su lugar de habitación.

—Oh le canto a "Colochitos maliciosos", me puse a pintarlo desde que llegué y me estoy enamorando de él con cada pincelada que doy ¡Se ve tan mono cuando se sonroja!

—¡Ah eso explica el reguero de tubos de óleo por todos lados! —repuso Darío recogiéndolos al terminar la canción.

No era la primera vez que vivía con Leandro Hooper y cuando compartían el mismo techo todo era mejor, aunque el invitado en cuestión fuera un total desordenado. Nada más llevaba media tarde en casa y había dejado las maletas botadas al lado del ascensor y el estuche de guitara que usaba para cargar sus implementos de pintura estaba abierto vomitando pinceles y espátulas.

—¿Te llevo las maletas a tu cuarto? —preguntó el dueño del apartamento a quien el desorden no le agradaba mucho.

—¡Si! Y antes de que se me olvide hice Petit Gâteau de postre así que te toca la cena, revisé el refrigerador y hay material para hacer Saltimbocca ¡Se te agradece! —indicó Leandro para después perderse por el estudio para seguir con su cuadro.

—¡Aquí no es restaurante pero su orden estará lista en pocos minutos! —le gritó Darío muerto de risas y se apresuró en ir a su habitación a cambiarse el traje para quedarse en pantalón de descanso y sus pantuflas de pies de dinosaurio.

Se asomó a la despensa y se dispuso a cocinar las apetencias gastronómicas de su amigo no sin antes pegarle un pellizco al postre que sabía de maravillas y sin poder resistir la tentación, cogió un tenedor para comerse su porción antes de tiempo.

—¡Sé lo que estás haciendo y es de mala educación comerse el postre antes que la cena Darío! —dijo Hooper alzando la voz desde donde estaba.

—¿Para qué haces mi postre favorito si me prohíbes comerlo a mi antojo? ¡Ey tu hermana te mandó una carta, dijo que era urgente!

—¿Le Petite Hooper me envió algo? —preguntó Leandro que se había corrido hasta la cocina para impedir que Darío siguiera comiendo el postre.

—Si, revisa mi portafolios lo dejé en el sofá —y haciendo lo que le pedían el dueño del recado fue a revisar qué era lo que Gail le enviaba y luego de leer el contenido del mensaje se quitó su icónonico sombrero que usaba para pintar y se quedó sentado con la cara apachurrada y Darío al ver su reacción se le acercó curioso para averiguar el por qué del cambio de ánimo tan brusco

—¿Sucede algo?

—Mira —dijo Leandro extendiendo la carta para que él le echara el ojo

"Mon chéri: Papá y mamá ya saben que estás aquí y no descansarán hasta que pongas un pie en las tiendas o en la casa. Discutí con ellos y llegué a un acuerdo, hice lo mejor que pude por tu bienestar y entiendo que no quieras verlos, pero has el intento. Recuerda que te toca la custodia de Sabanero aunque a mí no me molesta seguirlo cuidando. Tu hermana. P.D. Elba sé que estás leyendo esto, cuida al aguado de mi hermano" —leyó Darío Elba en voz alta y se quedó sentado a la par de su amigo

—¿Debo ir? ¿Puede Sabanero quedarse con nosotros?

—Mi casa es casa de Sabanero, además que él ni hace desorden y no dice ni pío y por lo otro: no te preocupes Hooper, no hagas nada obligado, pero si quieres a ver a tus padres yo te acompaño.

—¡Gracias! Lo pensaré mientras el tiempo que me tome terminar mi cuadro, llámame antes de servir la cena.

Darío, mientras esperaba que la cena estuviera en su punto, se llevó su ordenador portátil a la sala y comenzó a trabajar en el reporte que debía llenar con la bitácora de trabajo y se le hizo un tanto penoso tener que recordar la ausencia de Nina en el salón de clases al igual que anotar su estado de incapacidad en el expediente en línea y echando la cabeza hasta atrás, suspiró.

—¡Ese fue un legítimo suspiro de amor! —dijo Leandro que dibujaba de lejos, sin ver el papel, el rostro de Darío con la calidad exacta a la de una fotografía, algo que había hecho desde siempre y luego de firmar el bosquejo se fue corriendo hasta su habitación en busca de una de las tantas cosas que le traía como presente —Toma —dijo al lanzarlo.

—Gracias Hooper, pero hace poco más de un mes que dejé de fumar —se disculpó Darío al atrapar con una mano lo que le regalaban, dejando a un lado con indiferencia la cajetilla con sus cigarros favoritos: "Treasurer Aluminiun Black"

—¿Cómo dices que acabas de decir?

—Que dejé de fumar —y con aquella respuesta a Leandro casi se le cae la libreta de dibujo al piso.

Desde que se lo encontró en la playa notó que Darío no había probado ni un cigarro e igual pasó durante el trayecto de camino a casa pero no imaginaba que su amigo hubiera dejado de fumar.

—¿Cómo, cuando y por qué? —preguntó Hooper sentándose frente él y esperaba escuchar esa historia con suma atención.

—Ya no necesito fumar, me di cuenta en mayo ¿Sabes también qué más no te he contado? Dejé de caer con Debra Ponce: llevo cuarenta y tres días libre de mis dos vicios terrenales y seguiré limpio de aquí en adelante.

Si Leandro Hooper no hubiera estado sentado se había desmayado, definitivamente el universo por fin se estaba componiendo del lado de Darío Elba.

—Lamento mucho que no podamos fumar más juntos, te felicito por ser abstemio a la nicotina y respeto tu decisión. Pero librarte por fin de la Debraciada ¡Eso merece un trofeo con medalla triple de oro! Odié que siempre recayeras con esa cosa desalmada ni bien ponías un pie en el país ¿Cómo fue que resolviste todo?

—Ella, fue todo por ella —contó Darío refiriéndose a Nina Cassiani, sonriendo muy alegre al pensarla —Lo hice por mi para ella que me pidió al menos contar lo que consumía y me detuve una noche en el cigarrillo número dieciséis.

—¿Nina logró todo eso sin siquiera propornerselo? ¡Ella es magia! ¿Puedo conocerla? —preguntó emocionado Leandro a Darío

—De hecho estaba por pedirte un favor: ¿Te gustaría hacerle compañía en el hospital? A partir del lunes pasará sola y eso no le hace bien ¿Podrías gastar un poco de tu valioso tiempo con ella?

—¡Será un gusto! ¿Puedo llevar mis cosas de dibujo? —preguntó Leandro

—No veo el inconveniente ¿Harías eso por mí?

El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla ¿Que no estás aprendiendo nada en tus clases de teología Darío? —le reclamó entre risas  mientras le daba con el cuaderno de dibujo en la cabeza —Además, no es ningún favor: lo hago con más que placer y también ... ¡A lo mejor y "Colochitos maliciosos" anda por ahí y tal vez me atreva a preguntarle el nombre y quien sabe!

—¡Cuida con quienes te relacionas Leandro que detesto que te juzguen sin conocerte y a cualquiera que te vea mal y si ese bendito colocho te lastima juro por Dios que se arrepentirá de haber tropezado con vos! —sentenció Darío porque muchas veces tuvo que socorrer a su amigo cuando sus conquistas, en especial las masculinas, se salían de control —Y gracias por aceptar cuidar a Nina —dijo para levantarse de donde estaba por el sonido de temporizador que anunciaba que la cena estaba lista.

—Prometo ser cauteloso, si lo vuelvo a ver estudiaré el terreno ¡Deja de comerte el postre Darío Elba! —reclamó Leandro de ver que su amigo de nuevo se llevaba el tenedor cargado de ese delicioso postre.

—¡Shhh! Lávate las manos y déjame comer —contestó el regañado escondido tras la puerta del frigorífico llevándose otro bocado más grande del que ya tenía saboreándose —¿Cómo haces para que te quede tan delicioso?

—De mis manos con amor, ese es mi secreto.

—Bueno pues espero que mi Saltimbocca tenga suficiente amor para corresponder y estar a la altura de tu exquisito postre.

—¡Todo lo que me has cocinado desde que tengo uso de memoria me sabe a gloria Darío! —aseguró Leandro Hooper al recordar que desde hace mucho tiempo se enamoró de las habilidades culinarias de su amigo y por esa razón, para tener una forma de agradecer y aportar algo a la hora de compartir los alimentos, aprendió a preparar los postres que a él más le gustaban. Su especialidad con la cocina era lo dulce y la de Darío la cocina internacional, aquel par era un dúo que dominaban el horno y la estufa como profesionales y que podrían morir de cualquier otra cosa menos de hambre.

Y con la soltura de sus charlas de siempre se sentaron a la mesa, donde hubieron dos que tres tragos preparados con calidad de Bartender, tantas risas como recuerdos y varias historias de amores desvariados de Hooper en Sorbona de los últimos meses; los cuales hicieron enrojecer a Darío por lo poético y salvaje que narraba su amigo sus conquistas pasionales recién pasadas.

Mientras que en el hospital, Nina veía una guirnalda de flores sobre su cabeza hecha y colgada del cielo raso por Oneida que le dijo que era por "un experimento" poco antes de que con su familia hicieran una "encerrona" apuñados en el baño de la habitación junto con Reuben Costa que estaba preocupado de verlos a todos con los ojos puestos en él.

—Quiero pedirte disculpas Reuben —comenzó a decir Doña Maho Cassiani —Nunca imaginé que te hiciera daño al querer empujarte a iniciar una relación con Nina, perdona el no haber visto más allá de lo que quería ver.

—¿Es por eso que estamos aquí? —preguntó con una veta de duda en la voz, no entendía el por qué de la actitud de Doña Maho desde hace mucho rato con él.

—Lo siento Reuben, las paredes oyen y nosotras escuchamos todo lo que dijiste hace unas horas y no queremos cambiar la relación que tienes con nuestra familia, pero no volveremos a insinuarte a Nina para que hagan pareja. Respetamos tus sentimientos y los de ella.

—Lamento mucho no tener otra hija que ofrecerte en matrimonio, pero siempre te veré como a mi otro hijo, nada será distinto entre nosotros: siéntete libre de quedarte entre este montón de locos que te aman como si compartiéramos la misma sangre.

Reuben Costa estaba asombrado, definitivamente no entendía que había hecho para merecer tanto cariño y afecto de parte de los Cassiani Almeida y quería decirles lo mucho que los apreciaba, pero su mirada se encontró con Sandro que meditabundo, le hizo una seña para que salieran y obedeciendo, le siguió hasta donde quería llevarlo para platicar con él.

—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —preguntó Sandro.

—Como si fuera ayer

—Fue en una banca de afuera en el área de emergencias del Hospital Geriátrico, me mandaron a recoger a un mocoso adolescente que hervía en fiebre, aparentemente enfermo de dengue que se negaba a irse a su casa por no dejar sola a su abuela que había ingresado en estado de salud grave por sus años.

—Y te sentaste junto a mi y no dijiste nada, sólo me diste la mano y me prestaste tu hombro para llorar hasta que me quedé sin lágrimas y me quedé dormido a tu lado —confesó con una risa Reuben en los labios.

—Al despertar estabas en el mismo sitio, pero con una bolsa de suero y una manta, logré bajarte la fiebre en cuestión de dos horas —dijo Sandro levantando el puño derecho en señal de victoria.

—Te agradecí el no haberme llevado lejos de mi abuela y por curarme: te juré que algún día tendría una moneda con la cual pagar tu bondad.

—Y lo hiciste más que con creces, pero no el día en que le evitaste la muerte segura a Nina; lo hiciste cuando le brindaste tu amistad y lo seguiste haciendo durante todo este tiempo a pesar de cargar tus traumas y yo te juré que nunca te dejaría desvalido y que sería igual o mejor que tu hermano mayor y aquí sigo y seguiré Reuben Costa. Deja de mortificarte y no cierres tu corazón por lo que pasó con mi hermana, allá afuera debe de haber alguien que te haga sentir mil veces más que lo que Nina te provocó —pidió Sandro Cassiani revolviendo el cabello de su amigo.

—No tengo ganas de ponerme a buscar, pero algún día tal vez me encuentre con una mujer que me haga olvidar mis miedos —dijo dejándose caer sobre la silla donde estaban y poniendo sus manos sobre su cabeza.

—No tiene porque ser una mujer —respondió Sandro dejando atónito a Reuben Costa que se incorporó súbito y volvió a ver a su mejor amigo a los ojos —El amor de verdad es capaz de ver más allá de la piel y los huesos, el amor a veces se viste con cuerpo de mujer y en otras con cuerpo de hombre, pero no deja de ser amor a final de cuentas.

—Yo ... yo ... no sé que decir —balbuceó Reuben volviendo la mirada hacia el horizonte

—Ese es el punto en el amor: no decir nada, sólo dejarlo ser libre y sentirlo —concluyó Sandro para luego ponerse de pie y darle la mano a ese niño de veintitrés años al que una vez ayudó a salir adelante y al cual seguiría ayudando por lo que le restara de vida con la fuerza de los amigos y el amor que se tienen los hermanos.

—¿Puedes quedarte a pasar la noche con Nina? Ninguno de nosotros puede hacerle compañía por las noches, pero no lo hagas si te sientes coaccionado. Ella es valiente y puede arreglárselas, sé sincero

—Quiero quedarme, estaré bien y la cuidaré. Me siento distinto después de todo lo que hablamos

—Eso me hace sentir aliviado, vamos —dijo Sandro poniendo una mano sobre el hombro de Reuben dirigiéndose de nuevo al interior del hospital.

—¿Hay algo que yo no sepa de mi mismo que vos si? —preguntó Reuben a Sandro poco antes de cruzar por el pasillo que conduce donde estaba Nina, había quedado con la intriga por lo de "el amor a veces se viste con cuerpo de mujer y en otras con cuerpo de hombre, pero no deja de ser amor a final de cuentas" que él le dijo hace un rato.

—No que yo recuerde, pero a veces pareciera que Oneida sí. Debe de ser por la vez que te llevamos a celebrar tus veintiún años y que se nos pasó la mano con las bebidas.

—Definitivamente yo no sirvo para el alcohol —confirmó Reuben Costa —No sé si bendecir o maldecir el no recordar nada —concluyó al entrar a la habitación donde todos estaban ya despidiéndose de la pelirroja y le agradecían por quedarse a cuidarla.

—Rhú ¿De verdad te quedarás conmigo? —preguntó la Nina cuando todos sus familiares ya se habían ido a sus respectivos hogares y a sus rondas de trabajo nocturno, al verlo preparar el sofá cama que había y que nadie había descubierto hasta hoy.

—Si y me quedo aquí no porque no pueda dormir a tu lado —contestó al persignarla y anudarle la pequeña abertura de frente de la bata por donde se asomaban las diecinueve puntadas —Quiero que descanses bien y con tanto cable terminaríamos enredados o capaz y se te desprende la sonda esa que está conectada al tarro con gelatina diluida como le llamó Moira hace ratos ¿Dónde vas?

—Al baño, no tardaré mucho —contestó Nina quitándose por un momento la cánula nasal que le daba oxígeno y llevando consigo el tanque y los dos porta sueros a lo que estaba confinada, puso pasador a la puerta.

Hace mucho que tenía algo que quería hacer.

De pie, desnuda, frente al espejo de medio cuerpo empotrado a la pared del baño sonrió, porque después de tanto tiempo al fin pudo ver más allá de sus cicatrices; aceptándolas ya no como parte de la sentencia por sus errores: las abrazó como parte de ella y al acariciar sus heridas aquel ardor que estaba presente desde hace años comenzó a menguar su intensidad y deseó con todas sus ansias que algún día alguien la quisiera no sólo por lo que era por dentro, también por todo aquello que tenía por fuera.

A varios kilómetros de distancia, luego de la cena y de terminar su trabajo, Darío Elba se asomó al balcón de su apartamento a ver las estrellas como siempre lo hacía antes de irse a la cama, pero el cielo ya no era igual al de hace dos noches, ahí ya no sólo estaban las constelaciones: estaba también dibujada la hermosa espalda de Nina Cassiani con aquellas dos marcas de bala a las que catalogó como supernovas y recordarlas no le dolía: le provocaba amanecer cada día viéndolas para toda la vida y luego de sonreírle a la nada, se dirigió a su cuarto tarareando aquella pegajosa canción con la que Leandro lo recibió esa noche "Estrellitas y duendes" y la que sería como un himno de guerra para los tiempos de amor desconocido que silbaba el viento y que acechaban sin aviso previo a su corazón inexperto.

Me haces mucha falta y hoy al ver tu asiento vacío tengo que aceptar que te extraño, pero no extraño a mi alumna ausente: extraño a la Sleepy Girl que me comparte su música del siglo pasado; a la que me habla de Szymborska, Kerouac, Keats y de Plath como si fueran sus vecinos de al lado. Me hará falta la señorita bonita que una lluviosa noche de mayo me confundió con un repartidor de comida, esa que con un abrazo lo dice todo. La misma que hace veinticuatro horas me invitó a meter los dedos en las llagas de su dolor para saberla inmortal, esa es la Nina que me hace falta —dijo Darío Elba poco antes de cerrar los ojos para dedicase a soñar, desde esa noche, con la divina pelirroja que había comenzado hacerle suspirar.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro