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—Así se rascan los osos —dijo Reuben Costa con una gran sonrisa a Nina Cassiani estando recostado sobre el marco de la puerta.
Había decidido subir de inmediato a la habitación luego de su incidente en el jardín y tenía ratos de ver a Nina usando su ingenio para salirse con la suya rascándose contra el respaldar de la camilla —Buenas tardes Doña Maho —saludó y cargando su mochila al hombro se dirigió al baño —Con su permiso, me urge una ducha.
—Puedo meter a Nina si quieres —dijo la Señora Cassiani escondiendo su rostro tras el ramo que aún tenía en sus manos y Reuben mejor cerró con doble llave el baño por si las dudas.
—¡Mamá!—gritó Nina
—Yo sólo quería echarle una manita a Rhú y mejor le echo la manota, ven Mercedes vamos a la capilla y luego a comer y después a visitar a los enfermos.
—¡Pero Doña Maho Nina no puede quedarse sola! —dijo Mercedes, suficiente había visto de los celos de Reuben con Darío horas atrás y al saber que él no tardaría en aparecer por esa misma puerta no quería ni imaginar lo que pasaría si se quedaba la pelirroja en medio de ambos.
—A ver Nuerita: ¿Nina está bien y estable?
—Si señora
—¡Entonces si algo le pica Reuben se lo puede rascar así que volvemos como a las cinco para ser más exactas!
—¡Mamá por el amor de Dios! —suplicó, pero su madre ya estaba doblando la esquina del pasillo con su nuera a rastras.
—¿De verdad se fueron? —preguntó Reuben desde la ducha bajando la intensidad del agua para escuchar.
—Si —contestó Nina con pena
—Ni que fuera la primera vez que estamos solos y ya voy a salir y no precisamente a rascarte así que deja de hacerlo.
—Huiré y me rascaré lo quiera
—Ajá con todo ese montón de cosas que tienes pegadas dudo que llegues a la puerta ni en una hora.
A Nina le dio mucha risa y se detuvo sólo porque le dolían las costillas y la sonda que tenía pegada se movía raro y le incomodaba, recordándole de nuevo su condición médica trayéndole a Darío Elba de regreso a su pensamiento y distrajo su tristeza por pocos minutos rascándose a su antojo antes de que Reuben saliera del baño.
—Perdóname por dejarte sola Nina, es la segunda vez que te fallo y que acabas en una camilla de Hospital —dijo Reuben al sentarse a su lado.
Llevaba horas queriendo disculparse porque se sentía responsable de las consecuencias de su enfermedad primaria —Si yo hubiera estado no tendrías neumonía ni eso otro que te tiene maniatada a ese tanque —dijo señalando la bomba de drenado.
—Otra vez la culpa es mía y sólo mía no tuya Reuben, ya no tengo trece años —y Nina pretendía decir más pero un enfermero entró a la habitación.
—Buenas tardes Señorita Cassiani, vengo a cambiar el tanque de drenado ¿Gusta quedarse y aprender a removerlo? —preguntó a Reuben
—Este ... yo ... —dijo Reuben pasándose la mano por el cabello porque ese tanque con ese líquido adentro lo tenía desconcertado desde que lo vio por primera vez.
—No se preocupe —contestó Nina entendiendo a la perfección a su amigo —Si me enseña a mí a removerlo no me enojo, yo te llamo cuando termine Rhú —le dijo sonriendo al panadero.
Y besando la mejilla de la pelirroja más comprensiva del mundo se encaminó a la puerta y luego de cerrarla se llevó las manos a la cara y haciéndose a un lado de la pared se deslizó dejándose caer al piso.
—Bienvenido seas al club de los que huyen —le dijo una persona que le ofrecía la mano y que estaba a la par suya en la misma posición con tres cajas y un pesado bolso escolar que no era de su propiedad pero si de la que estaba en esa habitación.
Reuben Costa no necesitó abrir los ojos para saber que era Darío Elba quien le decía esas palabras y haciendo el esfuerzo más enorme de toda su existencia, intentó corresponder el saludo y decir lo que hace un rato había resuelto
—Gracias —contestó con ardor —Gracias por traerla.
—¿Me estás hablando como una persona normal? ¿Te enfermaste también? Si hace menos de un día me querías matar.
—No me estás ayudando porque aún quiero matarte, pero antes debo darte las gracias
—Hnm bueno está bien, pero antes toma —dijo Darío empujando las cajas que tenía consigo hacia el panadero —Aquí está la loción para la comezón y disculpa la tardanza, hay escasez y me costó dar con una farmacia que la tuviera.
Y Reuben se echó la cabeza contra la pared hasta golpearla.
—Haces muy difícil las cosas —dijo el panadero.
—Al contrario, es demasiado sencillo: ¿Qué quieres para Nina? ¿Verla feliz? —respondió Darío
—¿Por qué ella? —preguntó Reuben.
—Lo sabes y si no: eres un idiota —le contestaron.
—Entonces quítate de mi camino.
—No estoy en tu camino ni voy a estarlo, pero no me voy alejar de ella hasta verla sonreír para siempre —afirmó sincero Darío sembrando duda en Reuben que volvió a verlo extrañado porque definitivamente no entendía a ese hombre, no había menester de que le dijera que ella le gustaba: él lo notó la vez que lo conoció en el portón de la casa de los Cassiani aquel sábado de mayo.
—¿A qué juegas Darío?
—Yo no usurpo jardines que no me pertenecen —le contestó —Ella es tuya si así lo quieres y tampoco entiendo qué te detiene Reuben ¿A qué le temes? ¿A su juventud? ¿A despertar a su lado cada mañana y ver las heridas de su pasado como recuerdo de tus faltas? Ella es más que eso ¿Por qué mierda no la besas? ¿Temes que tenga el mismo destino que su padre? Y si así fuera ¿Por qué dejaste que pasara tanto tiempo sin que se haga el maldito examen?
—A no ser suficiente, a eso le temo —dijo Reuben entre dientes y con ira —Jamás lo entenderás y mentiste ayer al decir que respetabas su voluntad.
—No, no mentí, nunca haría algo en su contra pero haré que ella sobrepase sus miedos y que por su cuenta tome la decisión correcta para su vida ¡Y deja de verla como una niña y mírala como lo que es: una mujer!
Reuben Costa enmudeció porque nadie nunca le había vapuleado el ego al extremo de no tener ni la fuerza para defenderse, Darío Elba había dicho una verdad tras otra: verdades que él nunca había tenido el valor de aceptar.
Temía amar a Nina y que ella lo dejara en esta vida y no volver a verla jamás, por eso en su cabeza la seguía viendo pequeña como antes de ese día en que todo cambió para él.
—Arréglate Reuben Costa que no vas a poder con ella si antes no sueltas lo que traes —finalizó Darío dándole un golpe en el brazo —Y no estoy jugando a los amiguitos de patio al tira y encoje y tampoco somos socios que no es un objeto numerable el que intentamos salvar: es Nina, es todo y sencillamente Nina.
—Yo ... no ... sé ... lo siento —balbuceó Reuben guardando la cara contra sus rodillas y se le habían aflojado las palabras cuando otra vez el inoportuno enfermero abrió la puerta.
—Ya cambié el tanque y ¡Oh veo que consiguió la calamina! ¿Me la brinda para aplicársela a la paciente?
—¡No! —contestaron los dos hombres que no iban a dejar más expuesta de lo que ya estaba a Nina a manos de ese que se veía con mañas parecidas a las de Illías Alcott
—¿Hay alguna enfermera disponible? —preguntó Darío
—Si, regresa en una hora para relevarme de mi ronda, pero ustedes pueden aplicársela sólo necesitan ...
—¡Ya sabemos cómo se aplica la calamina por eso no queremos que usted lo haga! —replicó Reuben
—Ella es una señorita y preferimos que la atienda una mujer y no usted sin ánimos de ofender —repuso Darío. No necesitaba otro enfermero más a cargo de Nina enojado con ella, suficiente tenía con la del colegio a la que ya había reportado y que esperaba se tomaran pronto las cartas en el asunto.
—¡Como gusten señores! Y si necesitan algo estoy a la orden —dijo el enfermero luego de comprender la causa y aprovechó para ir a comerse su almuerzo antes de tiempo.
—Toma y al toro por los cuernos —empujó Darío a Reuben por la puerta cuando ya se habían puesto de pie los dos y sin tiempo de renegar: ahí estaba Rhú frente a Nina que se rascaba como podía viéndolo a él con cara de sorpresa.
—¿Con quien hablabas? —preguntó Nina
—Ah ... con el enfermero y aquí está la calamina.
—¿Eso me quita la comezón? ¡Dámela! —dijo la enferma de varicela con emoción y Reuben comenzó a sacar de la caja que traía en mano los botes y notó que no era la que él conocía.
—Eh Nina si quieres empieza a ... ¡Bueno eso que estás haciendo! —concluyó viendo que la pelirroja se untaba desesperada la loción por los brazos y salió en busca de Darío que seguía afuera de la habitación —¿Por qué compraste de la blanca?
—No había de la traslucida y de eso a nada.
—Va a quedar ...
—Como ratón blanco de panadería ¿Crees que no lo sé? —interrumpió Darío —Y no te hagas y ayúdala —y le empujó de nuevo a la habitación.
—¿Esto al secarse se desvanece? —preguntó la pelirroja al ver que estaba quedando blanca como una geisha.
—Lo siento Cabeza de Remolacha, no se va a desvanecer así quedarás hasta que te bañes.
—¡Pero al menos es efectiva y me quita la comezón!
—Hnm pero sólo dura un rato, debes de volver a ponerte más tarde y tengo una duda ¿Ocupas ayuda?
—¡Pues si hay partes que no me alcanzo! —respondió con obviedad.
—¿Y mas o menos por dónde no tienes?
—Mejor pregúntame dónde no tengo —contestó la pelirroja sin pena.
—¡Ay Nina no me hagas esto!
—Ahí, allí y por allá yo me pongo sólo date la vuelta si quieres ¡Oh por Dios que rico! —exclamaba la pelirroja feliz de que por fin se le quitaba la comezón de "esos" lugares donde rascarse era mal visto.
—¿Podrías ahorrarte los sonidos de placer por piedad a mi? —rogó Reuben totalmente enrojecido.
—¡Que siento rico y no me da la gana de callarme! ¡O te tapas los ojos o los oídos escoge!
Pero Reuben no pudo y mejor salió de la habitación.
—Y yo que creí que por fin estabas ...
—¡Cállate! —le gritó Reuben a Darío no dejando que continuara la oración.
—Iba a decir que la estabas besando, mal pensado ¿La vas a dejar que se lo ponga ella misma sólo porque no te atreves a verla sin ropa? ¿Qué nunca has visto a una mujer desnuda? Hnm bueno al menos no en tus cinco sentidos —se contestó Darío y aprovechó para saciar una duda que desde aquel día que lo sacó del cuarto privado del club nocturno donde lo encontró la vez que se emborrachó —¿No me digas que todavía eres virgen Reuben?
Y agarrándose de los colochos Reuben Costa buscó una esquina lejos de la mirada de Darío Elba, no iba a permitirle que le descubriera ese secreto que ni Sandro sabía. Sería el colmo que él, especialmente él lo supiera.
—Olvídalo Reuben ya me contesté de nuevo, pero casualmente ya se me olvidó. Regresa con Nina
—¡Que no seas majadero que no puedo verla! ¡Yo no soy como vos!
—¡Rhú ayúdame que ya me enredé en las sondas y no me alcanzo la espalda! —gritaba Nina a todo pulmón desde el fondo de la habitación.
—¡Te llaman y en el expediente dice que no debe gritar! —presionó Darío muerto de risas al panadero.
—Si tanto presumes autocontrol: toma, pero si le llegas a tocar un solo pelo —se volvió Reuben amenazándole con el puño a Darío.
—Hnm eso creo que es lo único que no voy a tocarle y ni se te ocurra intentar golpearme porque he destrozado varias manos y creo que necesitaras las tuyas para ...
—¡Que te calles y entres Darío Elba!—gritó desesperado Reuben.
—Las necesitarás para tomar de la mano a Nina y ponerle el anillo cuando te cases con ella ¡Sí que mal piensas todo Reuben Costa! —repuso con una risa socarrona y tomando el pomo de la puerta abrió logrando ver a Nina escabullirse bajo las sábanas.
Ella había escuchado cuando Rhú dijo su nombre y no estaba lista para ver a Darío. Tenía miedo asustarlo y de que no se volviera acercar a ella más porque estaba llena de cables por todos lados, con la piel más brotada que los cráteres de la luna y para colmo hasta con los labios blancos de calamina.
—¡No estoy deje su mensaje después del beep! —dijo inocente Nina, sentada en la camilla con la sábana sobre su cabeza tapándose completa.
—¿A quien le haré caso? ¿A la máquina ficticia o a las de verdad que me dicen que si estás? —preguntó haciendo referencia al monitor cardíaco que delataba lo acelerado que estaba el corazón de Nina desde que Darío puso un pie en la habitación, algo que no le pasaba con nadie más que con él y la pelirroja maldijo al armatoste ese que la traicionaba.
Darío cruzó por todo el lugar hasta buscar una silla y ponerla al lado de la camilla y Nina lo siguió con la mirada a través del tejido de la sábana y cuando él giró la espalda notó que había algo distinto en su cabeza.
—¿Te cortaste el moñito? —preguntó con gran asombro.
—¡Ey es no es justo! ¡Que me puedas ver y yo no! —se quejó Darío acercándose a la sábana y Nina retrocedió hasta el respaldar de la cama y él se regresó hasta su asiento.
—Tómalo o déjalo Darío —repuso decidida.
—De Nina Mercedes Cassiani Almeida acepto, humildemente, lo que ella quiera darme así sean las semillas, la fruta o el árbol —contestó sincero Darío Elba —Juro que haré maravillas con lo que me regalen tus manos.
El corazón, Nina lo tenía en la boca y los pitidos en el monitor cardíaco eran cada vez más insistentes y ella, por todos lo medios intentó tranquilizarse sin éxito.
—No soy cardiólogo Sleepy Girl, pero eso se llama taquicardia supraventricular —dijo Darío poniéndose de pie para revisar la máquina.
Aprendió a leerla e interpretarla tiempo atrás y a la perfección tanto como para saber que Nina estaba bien, mas quería que se aliviara, no se permitiría lastimarle y jamás pensó que su corazón latiera tanto por las palabras que cruzaba con ella —Llamaré al especialista.
—No, es que la máquina no me ayuda, los sonidos me desesperan y ya intenté desactivar el volumen, pero no se puede —confesó la paciente.
Ella conocía cuales eran los parámetros normales de su corazón para ser los de una persona que una vez lo tuvo afuera de su cuerpo y ese sonido la atormentaba en sus sueños desde la primera pesadilla que una vez tuvo y que esa mañana se repitió con violencia.
—Si te desconecto un rato ¿Estarías bien? —preguntó comprensivo.
—Si me desconectas pensarán que me morí —respondió Nina —Trabaja con una Tablet que registra todos mis signos vitales a distancia y si se activa el código vendrán corriendo y ese carro de paro que está a tu lado ya tiene un desfibrilador a la mano y con mi historial no dudaran dos veces en usarlo.
—No si yo me pongo los electrodos y para estar seguros de que estás bien, usa esto —dijo sacándose su reloj deportivo inteligente y entregándolo a la pelirroja que al sentir cerca suyo a Darío su corazón se agitaba de nuevo.
—¿Por qué haces todo esto?
—Porque me gusta verte sonreír y aunque en estos instantes, por esa sábana con la que te ocultas tenga que usar mi imaginación, sé que estás sonriendo ¿Por qué no me dejas verte?
—No quiero asustarte y que no vuelvas más. Cuando estás a mi lado me das seguridad —contestó con la verdad Nina.
—Te prometí que no te dejaría y sí, no mentiré: me fui porque desfallecí. Sentí que me derrumbaba y necesitaba componerme y ya lo hice por eso regresé.
Nina quería quitarse la sábana y abrazarlo, darle las gracias por ayudarla y por otro montón de cosas, pero se detuvo y optó por la oferta que él le hizo hace un rato, quería aunque fuera poder disculparse sin delatar a su corazón acelerado.
—Siéntate a mi lado, cuenta hasta diez y te pasaré el brazalete con los electrodos, ojalá y no se note la diferencia.
Y como niños traviesos en complicidad mutua hicieron lo planeado: ahora Darío estaba conectado al monitor de signos vitales y Nina ajustaba en su puño el reloj que él con gusto le prestaba y que llevaba un conteo de su diástole y sístole de manera efectiva y casi médica.
Todavía bajo la sábana, Nina soltó un pequeña carcajada que reprimió con sus manos.
—Si ya sé que me quedó el corte algo disparejo, más tarde me lo arreglan y si lo prefieres largo pronto crecerá de nuevo —dijo al sentir que ella lo miraba pensando que era por su melena corta.
—No es eso, es que ahora yo sabré cuando tu corazón se acelera.
—Todo mi cuerpo late distinto desde que te encontré, tanto que he llegado a desconocerlo —confesó sin titubeos.
En la pantalla del reloj que Nina usaba, otra vez quedaba en evidencia el efecto de Darío sobre ella y vio el drástico aumento cuando él le dijo sus intenciones:
—Escuché que no te alcanzas la espalda ¿Me dejarías ayudarte con la calamina?
Ella echó la espalda hacia atrás sin descubrir su cuerpo ni su cara, no quería que él viera las otras dos cicatrices que la marcaban.
—No me niegues más tus verdades Nina. Sé a qué se deben esos diecinueve puntos que cortan tu torso y sé también de las dos heridas que debe tener tu espalda y por todo lo que tuviste que pasar para estar aquí. Sólo hasta ahora entiendo todo aquello que nunca me atreví a preguntarte por respeto, no quiero que sigas escondiéndote no te tengo miedo.
—¿Mis hermanos te mandaron a convencerme de tomar el examen de resonancia magnética? ¿O vienes a decirme que desconecte a mi padre? —preguntó con enojo Nina buscando el rostro de Darío tras la sábana que los separaba.
—Ni uno ni lo otro, jamás te haría actuar en contra de tu voluntad, vengo a ofrecerte mi mano para acompañarte a caminar porque yo ya crucé ese abismo que intentas saltar.
—No vives lo que yo vivo.
—En eso se equivoca señorita bonita, así como usted debe un examen yo debo de tomar casi una docena por cada año en busca del "¿y si?" heredé el cáncer que acortó la vida de mi madre y aunque lo hago desde que tengo de uso de razón al abrir esos sobres todavía me corroe la incertidumbre de no saber dónde parará ésta vez el carrusel de la feria: nunca sé con exactitud de qué lado me bajaré, si del lado negativo o positivo.
—Y no temo al resultado ni a la muerte sino al dolor de otros después de mi partida —concluyeron los dos al mismo tiempo, haciendo que ambos se llenaran de asombro.
Ni uno ni el otro habían conocido a alguien semejante que tuviera la capacidad de obviar el dolor propio por considerar primero el ajeno.
—Desconectaría a papá si conociera su voluntad aunque condenara mi alma al hacerlo, el temor a Dios también me retiene, pero papá no merece el lugar que ocupa por mi culpa y por eso guardo la fe de que pueda despertar algún día. Quiero creer eso, me aferro a eso.
—De niño mamá solía explicarme las cosas del modo en que yo las entendiera y me dijo que el día que no abriera más los ojos: significaba que tenía que dejarla domir, por eso no se le reanimó cuando murió respeté su voluntad a costa del amor que aún le guardo en mi pecho y de la necesidad de tenerla a mi lado —confesó Darío —Respeto tus decisiones y no dejaré que nadie las sobrepase.
Nina sabía que le debía mucho a Darío y de entre tanto, lo primero era: confianza, y estaba dispuesta a entregarla por completa a cambio de una simple garantía.
—¿Puedo confiar en vos Darío?
—Así fuera que mi alma se deprenda de mi cuerpo
—¿Prometes que no huirás si ves mis heridas?
—Aunque quisiera: no puedo. Estoy atado por mandato propio hasta con el aire que te rodea y también a una máquina por si no lo recuerdas —añadió Darío sabiamente con una sonrisa.
Su objetivo era ver feliz a Nina aunque no fuera a su lado, no había porque exponerle más allá de lo que podía frenar y con aquellas palabras la pelirroja lo dejó entrar a ese rincón de su alma que encarcelaba.
Pidiendo que se sentará tras ella y descubriéndose por fin la sábana, dejó caer los tirantes de su bata y mostró por fin su espalda mal tratada.
—Esto es lo que soy detrás del uniforme: una criatura que siembra dolor a su paso desde que se me ocurrió aferrarme al vientre de mi madre y no me avergüenzo de las marcas que casi me cuestan la vida, las veo como lo que son: un repaso de mis errados actos. Pero a ellos les duele por eso las oculto.
Por las circunstancias de las enfermedad que la abatían, el cuerpo de Nina estaba lejos de ser agradable a la vista, en especial su espalda que fue el primer lugar donde la varicela apareció y que estaba tan llagada y casi en carne viva.
—No necesito que digas que no tienes miedo Darío, entiendo tu silencio —soltó la pelirroja al no escuchar ni una palabra de él.
—Me perdí intentando unir las pecas que habitan en tu espalda para formar constelaciones —dijo Darío anonadado por descubrir que detrás de todas las ampollas que reinaban en la piel de Nina para él estaba tatuado el cielo, ese cielo nocturno que tanto admiraba por las noches antes de dormir.
—Lo haces sonar bonito, entre tantas que tengo mínimo una debe de ser cancerígena —dejó salir de su boca imprudente Nina justo cuando Darío le aplicaba un poco de medicina con un algodón empapado y al escuchar esa palabra que lo incomodaba apretó tan fuerte que una gota gruesa surcó por la espalda y él la detuvo con su mano envuelta en la sábana, la pelirroja entendió su error de inmediato y quiso enmendarlo —Lo siento, lo siento.
—No hay nada que disculpar y juro que ninguna de tus pecas es eso que piensas, son estrellas y éstas —dijo tocando, con el índice y anular de su mano izquierda, las dos entradas de bala que había en la espalda de Nina y juntando sus dedos los unió en el punto exacto donde se hallaba su corazón —Son dos supernovas de donde renaciste hace dos años. No eres una criatura o un ser Nina, eres una mujer
Nina Cassiani apuñó sus ojos y dejó correr dos únicas lágrimas al sentir la piel de las manos de Darío Elba en esas cicatrices que dolían más allá de lo que puede palparse y un escalofrío le caló hasta los huesos no pudiendo evitar arquear su espalda hasta atrás y chocó su cabeza con la de Darío que se la guardó sobre su hombro y buscó su oído para dejarle caer una de las primeras bombas para hacer que su vieja estructura comenzara a caerse a pedazos.
—Deja de correr, deja de correr y camina conmigo. No voy a retenerte ni seré peso muerto a tu lado; tampoco pido que te detengas, pero todo este tiempo te has empujado diciéndote: ¡Corre Nina, crece! olvidando lo que es estar viva y sin respirar más allá de la burbuja de tu cuarto donde te encierras imaginando que eso blanco y desabrido es la mente de tu padre. Despierta Nina, despierta. Es hora de que recuerdes lo que es estar viva.
Luego de aquellas palabras el silencio reinó casi mutilante y sólo el monitor cardíaco unido a Darío Elba aguardaba pacífico: hasta que Nina Cassiani cayó frente a su pecho dejándose envolver en sus brazos y con su llanto, aceptó que lo que había escuchado era la verdad que por dos años había callado y Darío, por unos instantes, se olvidó de pensar y se dedicó a sentir a su corazón latiendo feliz y desenfrenado.
Tras la puerta de la habitación Reuben Costa yacía con la cara escondida entre sus manos. Había escuchado lo suficiente como para entender todo lo que él había hecho mal desde el día en que descubrió sus sentimientos por Nina Cassiani: no la conocía más allá de lo que ella le dejaba ver.
No había escarbado hasta llegar a las raíces de su verdadero malestar porque no se había tomado la molestia de descubrir a la mujer que Darío sí había encontrado y que en pocos meses protegía hasta de ella misma como al mayor tesoro que se podía ganar.
Sacó del bolsillo de su camisa aquel corazón que pensaba regalarle a Nina y creyendo que era ridículo su significado, decidió deshacerse de el y cuando estaba a punto de lanzarlo lejos: Darío lo retuvo sosteniéndolo por el brazo.
—Es de ella, no se lo niegues. Es una pieza muy curiosa ¿Puedo saber dónde la adquiriste? —preguntó Darío luego de conseguir que Reuben abriera el puño y soltara eso que le lastimaba.
—Era un botón que una chica llamada Hope me obsequió para entregar al amor de mi vida. Sólo lo mandé a engastar y lo convertí en un dije, pero por las prisas olvidé comprar la cadena.
Darío Elba buscó su billetera y de un pequeño compartimiento sacó un listón de terciopelo negro que tenía una pequeña cruz de plata con una piedra rojiza en el centro y la unió el botoncillo de modo que quedara al frente y lo entregó a Reuben Costa.
—Se durmió, entrégalo cuando despierte. ¿Qué? ¿No es suficiente? Puedo comprarle una de platino.
—¿Era de ...
—De mi madre y agradeceré que no se lo digas —contestó Darío dando la vuelta para marcharse.
—¿Qué digo cuando despierte y pregunte adonde estás?
—Que regresaré luego de atender un asunto en el colegio. Debo hacer lo correcto.
—Si renuncias no le harás ningún bien.
—Si digo la verdad no tendré porque renunciar y tampoco quiero hacerlo. No te asustes si dentro de poco suben a cambiar el monitor por otro menos escandaloso, pediré que lo cambien porque ese que tiene la asusta y no le ayuda a descansar —concluyó diciendo adiós con la mano y desapareciendo por el pasillo en busca del jardín para ir por su amigo.
No le costó dar con Leandro, lo conocía tan bien que sólo debía buscar el árbol más frondoso que hubiera en el lugar y justo ahí lo encontró: sentado contra el tronco, con las piernas estiradas y dibujando.
—¿Por qué la sonrisa Hooper? —preguntó Darío.
—Oh es que tropecé con alguien que me agradó.
—¿Y cómo se llama?
—De momento "Colochitos maliciosos", no me atreví a decirle una palabra. Ya sabes
—Te confundió con una mujer.
—Si. Pero así estoy bien, dudo volverlo a ver hasta que lo pinte y lo cuelgue en la pared del apartamento. ¿Puedo seguir quedándome con vos? Mis padres ya saben que estoy aquí porque tuve que llamar a uno de los choferes para dar con la playa donde estabas y ya comenzaron a joder con lo mismo de siempre.
—Con esa pregunta me ofendes y la duda ofende Hooper, la duda ofende. Vamos a comer y luego te llevo a casa, te dejaré unas horas porque debo volver al colegio.
—¿Me ayudas a ponerme en pie? Tengo dormidas las piernas y ésta me duele —dijo Leandro señalando esa que fue confundida con una raíz hace un rato y extendiendo la mano fue ayudado por Darío a levantarse tal y como siempre lo había hecho con el paso de los años.
En la habitación Nina Cassiani dormía sin sueños porque una de las pesadas cargas que traía a cuestas se disolvía en su mente con las palabras que Darío Elba le había dicho y que resonaban melódicas en su cabeza:
"Deja de correr Nina, deja de correr y camina conmigo".
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