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Luego de dejar armada aquella delicia de pastel de diez pisos y de expresar sus buenos deseos a los más que extasiados novios, Reuben Costa se negó muy educado a quedarse a la boda y se apresuró a solicitar un taxi para regresar a casa, y a pesar de estar demasiado cansado y de que el viaje fuera más que largo y extenuante no había podido pegar un ojo durante todo el trayecto de regreso a la Capital.

Sacó del bolsillo izquierdo de su uniforme aquel pequeño corazón de madera que había mandado a engastar hace un día y mientras jugaba con él, al tenerlo justo en la mitad de su palma y viéndolo fijamente: recordó la ironía de lo que esa forma representaba popularmente y lo que significaban los corazones para Nina Cassiani y pensando en ella estaba cuando a él su propio corazón le dio un vuelco advirtiéndole de un mal presagio.

Trató comunicarse con la pelirroja sin obtener resultado alguno porque por esa alejada zona la señal telefónica era nula. Insistió cuanto pudo y después de que su esfuerzo terminara en vano, ofuscado reclinó la cabeza contra la ventana del taxi y se dedicó a ver los inmensos pastizales que se doraban con el ocaso queriendo, de esa manera, despejar su cabeza y sacarse la sensación que tenía estancada entre ceja y ceja. Ni los destellos ahogados de sol pudieron con la espina que se colaba más y más en su intuición.

—¿Será que puede ir un poco más rápido? —pidió Reuben al conductor al ver que por donde pasaban no había ni un alma a kilómetros a la redonda.

—¡Con mucho gusto jefe! ¡Usted nomás agárrese fuerte que va a sentir un jaloncito bien rico! —contestó el chofer pisando el acelerador y metiendo la sexta marcha de la palanca de cambios.

Y Reuben estuvo a punto de arrepentirse por lo que había pedido cuando su estómago comenzó a sentir "ese jaloncito bien rico" de ir a toda velocidad y de tener la espalda pegada a la fuerza del asiento trasero, pero se aguantó con tal llegar lo más rápido que pudiera a su destino.

La noche cayó rápido por la autopista, las luces de la ciudad comenzaron a confundirse con las estrellas a lo lejos el horizonte y saberse cerca de casa le sació pedacitos de la extraña ansiedad que le embargaba y por fin consiguió reclinar la cabeza para descansar los ojos por unos minutos.

A punto de dormirse, el rostro de la pelirroja se apareció en la memoria de Reuben pero el estado en que la veía no era agradable para su espíritu. Estando muy asustado se apresuró a disipar su mal sueño porque a pesar del tiempo que había transcurrido él aún no podía contra dicha pesadilla; un recuerdo que guardaba en lo más recóndito de sus penas. Tratando de escapar de lo que era su realidad, notificaciones de mensajes en el buzón de voz que aparecieron una tras otra por la pantalla de su celular lo sacaron del trance.

Ya espabilado comenzó escucharlos todos, desde el que había entrado más temprano hasta el que había caído hacía no más de media hora.

Los primeros venían del número de Nina, pero ella no había dejado mensaje y luego tenía varias llamadas de otro destinatario que él no conocía, pero uno de esos tantos si tenía un mensaje grabado:


—¡Llevo a Nina al Hospital porque está muy enferma, devuélveme la llamada o al menos contéstame maldita sea!


Reuben Costa se quedó petrificado al encontrar con ese mensaje la justificación de su corazonada cuando logró identificar aquella voz que sólo había escuchado una vez pero que le quemaba igual que fuego en los oídos: la de Darío Elba. Sin pensarlo ni un segundo, desesperado regresó la llamada y sin embargo; luego de intentar una y otra vez el número le salía ocupado. Decidió llamar a Sandro Cassiani pero con él tuvo la misma suerte pues la línea de él también timbraba de la misma manera por lo que siguió intentando tantas veces le fue posible y en ninguna tuvo éxito.

Ni Sandro ni Darío contestarían por un buen rato porque Mercedes, aún estaba al habla brindado los datos del expediente clínico de la pelirroja sobre sus antecedentes médicos desde hace dos años a la fecha y por un breve instante sólo ella sabría exactamente por lo que Nina estaba pasando, pero Sandro Cassiani conocía más que bien a su esposa y por eso desde la lejanía de la ventana que los separaba, descifró una a una sus disimuladas aflicciones en muy poco tiempo.

Pudo ver sus intentos por controlarse, por no dejarle notar que algo estaba mal en medio de sus sonrisas fingidas, pero verla contemplando su mano derecha fue lo que la inculpó: con esa misma mano, hace dos años, ella y él suturaron a Nina luego de una operación.

—¿Sucede algo? ­—preguntó intrigado el Dr. en jefe del quirófano al mejor enfermero de turno que a media operación se había quedado varado sosteniendo un irrigador craneal por primera vez en veinte años.

—Solicito permiso para tomar mi receso Dr. —pidió Sandro, deshaciendo así el nudo que se le había formado en la garganta y con el aval de su superior se apresuró a dejar en manos de otro enfermero el arsenal quirúrgico del que estaba a cargo y caminó decidido a encarar la verdad tras ese delgado vidrio del cuarto de esterilizado donde se encontraba Mercedes al habla.

Apretó fuertemente los ojos e inspiró hondo antes de cruzar por la puerta deseando con el alma equivocarse, haber mal interpretado cada uno de sus gestos, pero cuando escuchó que ella recitaba de memoria el expediente clínico de su hermana menor se odió por tener la razón.

En medio de los términos médicos que salían de la boca de Mercedes de Cassiani y que desde hace décadas él también manejaba, comprendió casi en el aire por lo que estaba pasando Nina y la complicación que se había presentado y luego de tomar el teléfono para hacer las recomendaciones del caso y avisar que iba para allá ni bien había terminado de colgar cuando una llamada entró casi con el mismo desespero de quién estaba del otro lado intentado comunicarse con Sandro:

–¿Dónde está Nina? –preguntó muy preocupado Reuben y Sandro que estaba urgido por quitarse el vestuario sanitario se limitó a darle el nombre del Hospital al cual ella había sido trasladada.

Reuben Costa quería que al taxi o a él le salieran alas para atravesarse la ciudad entera y llegar pero ayer al lado de la Nina y se estaba ahogando de la angustia e igual le pasaba a Sandro Cassiani quien, luego de mal vestirse con su uniforme blanco, salió corriendo despavorido con su esposa tras de él.

En un silencio sepulcral y sentados en el asiento trasero del taxi que los transportaba, aquel matrimonio de dieciséis veranos se abrazó más que piel y huesos para sostenerse los nervios y sus miedos. Después de darse el apoyo necesario; Mercedes se refugió en el cuello de su esposo y con un suspiro dejó correr una lágrima no por su cuñada sino por Darío Elba.

Había escuchado la promesa de Nina y no sabía qué papel jugaba él en la vida de ella ni qué razón tenían un roto y un descocido para terminar juntos en un hospital: aquel par tenían sus demonios rondando sus inseguridades intentando hacerles doblar rodilla en cada segundo que pasaba, pero uno por el otro se habían prometido a su manera no separarse jamás.

Mercedes de Cassiani estaba llena de conmoción que se le desbordaba del pecho por lo último que le escuchó decir a quién acompañaba a la pelirroja:

—Regresa por favor, me siento pequeño sino estás —logró decir Darío Elba a Nina Cassiani antes de despedirse de ella mientras era llevada a la Sala de Urgencias para ser intervenida.

Y con aquella súplica se quedó de pie aislado de Nina, pero en compañía de todos los temores que lo habían acompañado durante once años desde que perdió a su madre.

Le asqueaba no tener ni el valor de mirar a través de los huecos de los cristales de esa bendita puerta para verla y se estaba consumiendo de adentro hacia afuera entre la rabia y la impotencia de no poder ni siquiera decir una palabra cuando le preguntaron los datos de Nina y que de no haber sido por la cuñada de ella, que aún estaba al habla por el teléfono cuando ingresó al hospital, él no habría sido capaz ni de de sus apellidos.

Esa puerta abatible que los separaba, a Darío lo aturdía y a su alrededor los sonidos de los pasos de la gente corriendo, más los de los pitidos de las máquinas a las que conectaban a Nina estaban a punto de enloquecerle y ni aún así se alejó de ella, porque él también le prometió quedarse aunque no tuviera más fuerzas para encarar la realidad.

—No debería de quedarse aquí —le decía Hirose a su hijo mayor al tomarlo de la mano e intentar llevárselo a otro lugar para evitarle más tortura de la que estaba pasando.

Tenía ratos tratando de hacerle reaccionar, a tal grado de que había entregado a Bruno a unos enfermeros para que lo llevaran a la guardería del nosocomio y así poder estar con Darío porque sabía que no podía dejarlo sólo, pero aún con todos los esfuerzos que hizo no lograba obtener respuesta alguna de su hijastro y le preocupaba que él hubiera empezado a encerrarse en el castillo de su memoria y por eso, pidiendo perdón a los espíritus en los que se fundamentaba su religiosidad oriental, se animó a decirle


—Ella no es su mamá Darío, ella es Nina y no correrá la misma suerte que Amira —dijo jugándose así la última carta que le quedaba en la baraja.


Emiko Hirose honraba y respetaba la memoria de Amira Duarte de Elba y por eso casi nunca se atrevía a mencionar su nombre a menos de que fuera sumamente necesario. Y para Darío en nombre de su madre era magia y al escucharlo pudo salir de ese letargo que lo tenía ensimismado.


—Ella prometió no dejarme solo, pero siento que yo moriré de tanto esperar –contestó Darío, desanudando así el grillete que le oprimía la garganta.


—Aunque las sombras se traguen la luz del sol, él siempre emerge de nuevo cada mañana —dijo Hirose con una lágrima colgando de los ojos y a Darío con aquella frase le bastó para dejar caer su cabeza sobre el hombro de su madrastra.

Se aferró a ella e intentó reponer las fuerzas que le faltaban y pasó bastante tiempo inmóvil en esa posición para que se animara a hablar de nuevo:

—No puedo con tanta ansiedad, necesito saber cómo está —se quejó Darío mientras se separaba de Hirose y estaba a punto de dar los primeros pasos para alejarse de esa puerta que tanto mal le causaba cuando vio a una mujer y a un hombre vestidos de enfermeros correr en su dirección y creyendo que iban a la Sala de Urgencias donde estaba Nina palideció hasta sentirse desfallecer, pero la mujer al verlo apresuró el paso y se abalanzó contra su cuerpo

—¡Gracias Darío, gracias por estar no abandonar a Nina cuando más lo necesitaba! —dijo Mercedes de Cassiani mientras se paraba de puntas y le daba un beso en la frente –¡Le debemos demasiado y la única forma que tenemos para pagarle es traerle sana y salva a Nina y eso es lo que haremos! —prometió antes de irse corriendo por otro pasillo diciéndole a su esposo —Sandro iré a buscar al jefe de piso para pedir autorización y entraré.

A Darío Elba no le dieron tiempo ni de respirar ni de acomodar su cara que estaba lejos de ser encantadora, se le notaba a distancia que tenía los nervios hechos añicos y cualquiera se lo pensaría mil veces antes de querer hablarle y cuando Sandro Cassiani se le acercó y puso sus manos sobre sus hombros él estaba realmente tenso


—¡Gracias por auxiliar a mi hermana! —expresó Sandro con mucha más que gratitud.

Darío Elba casi se va de espaldas pues Nina Cassiani le había hablado maravillas de su hermano mayor y él se había formado una imagen mental de alguien muy bonachón y hasta gordito, pero al verle el talle imponente y la voz gruesa se pensó dos veces la forma en la cual tratarlo: definitivamente no estaba listo todavía para conocer a los Cassiani Almeida.


—No me dé las gracias —dijo Darío —Yo ... quisiera hacer más, pero fue lo único que pude hacer —contestó algo nervioso.

Sandro le sonrió de una manera tan amigable como sí lo conociera de antaño y aunque las cruentas ojeras que él tenía a Darío lo desconcertaban, se podía sentir al hablar que era una persona de carácter muy afable.

—Al traerla hasta aquí le salvó la vida —dijo Sandro sin dejar de sonreír agradecido —Y la verdad es que no había más que usted pudiera hacer por ella, sólo el tratamiento médico que está recibiendo la puede sanar —añadió despidiéndose con la mano y ya había dado la vuelta para irse por el mismo pasillo donde se fue su esposa cuando la voz de Darío le hizo detenerse

—¿Por qué tuvo que darle neumonía? ¿Por qué está tosiendo sangre? —preguntó con inocencia, tenía muchas consultas sin respuesta que quería saciar.

Sandro, al verle la preocupación a esa persona a plena flor de piel, decidió quedarse un rato más aunque de verdad le precisaba entrar a la Sala de Urgencias a velar por la salud de su hermana.

—Cuando la varicela se presenta en adolescentes y adultos es más agresiva y a veces viene acompañada de complicaciones como la neumonía y me parece, sin ver las placas de Nina, que ella tiene un derrame pleural y sé que se escucha feo; hasta para nosotros es horrible pensar por lo que ella está pasando contando con que estamos más que curtidos de ver casos similares o peores en nuestro trabajo. Pero Nina es muy fuerte, mucho más de lo que usted imagina y nosotros la cuidaremos hasta que esté totalmente recuperada —repuso Sandro con mucha seguridad en la voz y dirigió la mirada a la mujer que acompañaba a Darío —Su esposa se ve cansada, ambos se ven cansados, han hecho demasiado y ahora nos toca a nosotros. Pueden ir a su casa a descansar y echarse un sueñito a mi nombre —dijo muy sincero y con un guiño malicioso.

Si había algo por lo que Sandro Cassiani Almeida era famoso en su ámbito laboral, a parte de ser el mejor enfermero clase 1 y asistente de piso de cirugía, era por transmitir confianza y seguridad a las familias y amigos de los pacientes a los que trataba y había logrado quitarle un poco de congoja a Darío con lo que le dijo y los resultados fueron inmediatos pues la lengua de Darío así como su carisma se soltaron.

—Quiero quedarme, prometo no ser una molestia, necesito quedarme —contestó Darío Elba sin vacilar viendo a los ojos a Sandro Cassiani —Y no se preocupe, enviaré a mi madrastra a casa en taxi —contestó.

—Asumí que era su esposa —corrigió Sandro con vergüenza e iba a disculparse, pero Darío le interrumpió

—Oh no tenga pena, Nina también creyó lo mismo y también me confundió con un repartidor de comida —agregó con una sonrisa a recordar la vez encontró a la pelirroja en su casa en medio de aquel aguacero.

Sandro sonrió e inclinó la cabeza y se tapó la cara por pena ajena: Nina Cassiani Almeida, cuando estaba nerviosa, solía decir cosas muy incoherentes a pesar de ser una genio. Ese joven no tenía pero ni una gota de ser un simple repartidor y no entendía como su hermana pensó eso y a Sandro le dieron ganas de preguntar el contexto de esa situación, pero se quedó con las palabras en la boca al notar un surco de sangre en el cuello de Darío que ya le había empapado el cuello de la camisa, su experiencia le decía que él tenía una herida un tanto profunda que necesitaba sutura y le admiró que aún siendo un hombre de buena complexión física no se hubiera percatado pues debía de causar alguna molestia.

—Está sangrando —dijo Sandro —Y desde aquí veo que va a necesitar una buena sutura —agregó.

—Mi madre diría que es amor y no pretendo morir desangrado —le contestó Darío ya con la voz y el temple con la que siempre se manejaba por la vida.

Sandro Cassiani no lo sabía, pero el simple hecho de cruzar unas cuantas palabras con Darío le había ayudado para volver a tener la calma y a ser positivo ante el estado de salud de Nina y mientras seguía caminando al lado de Hirose, Sandro enalteció su acto de nobleza desinteresada al ponerle prioridad a Nina y no a su propio cuerpo.

Ya en la entrada principal de ese taxi donde Hirose y Bruno iban a subirse se bajó una mujer de cabello oscuro que se pasó llevando a Darío y hasta le majó un pie de la prisa que tenía, pero ella ni se molestó en disculparse y se limitó a verle de reojo por el desganado quejido que el ofendido dejó escapar.

Él se apresuró a dar las instrucciones para que llevaran a su madrastra hasta Bleu Chapel y luego de despedirla siguió su camino sólo para toparse con esa misma mujer en el en el pasillo que daba a la Sala de Urgencias donde estaba Nina.

Y de nuevo le tomaron por sorpresa cuando fue recibido con un abrazo seguido de un beso en cada mejilla

—¡Te vas a ir al cielo con todo y zapatos por ayudar a mi hermanita! —le dijo ella seguido de —Soy Oneida Cassiani y ni idea tengo de cómo pagar por todo lo que hiciste.

Darío no pudo evitar sonrojar porque Oneida era tal cual Nina la había descrito: guapa, jovial, extrovertida y con mucha presencia.

—Pues si que le debemos bastante y no sólo gratitud Oné —dijo Mercedes que apareció por el pasillo adyacente con una bolsa traslúcida que contenía la escasa ropa de la pelirroja y en la otra mano traía una Tablet donde estaba el expediente en línea de Nina, con su estado actual más un detalle con los costos de todos los procesos a los que la habían sometido hasta estabilizarla.

Tanto Oneida como Sandro se acercaron a ver a lo que Mercedes se refería y palidecieron un poco: al ser un hospital privado hasta los apósitos eran caros.

—Al ritmo al que vamos, entre los tres tardaremos por lo menos cinco meses en pagar esa cantidad —dijo Oneida que de profesión era Contadora Pública —¡Pero mientras la Cabezota de Remolacha se recupere no importa si me toca ir a ponerme a la esquina!

—¡Oné comportate por amor a Dios! —cortó Sandro a su hermana dándole un codazo por las costillas haciendo que ella se quejara.

—¡Ay si yo sólo digo la verdad! ¡Pero está bien Sandy, ya no diré más y pondré mi cara de Magdalena penitente si es lo que quieres! —agregó haciendo un puchero.

Darío Elba no pudo aguantarse la risa y tanto dos retoños mayores de la familia Cassiani Almeida como Mercedes se le quedaron viendo y se pusieron a reír con él.

—Disculpe —dijo Sandro —Como verá somos una familia "especial", pero sin necesidad de que Oneida haga lo que dice le vamos a cancelar hasta el último cinco.

—No necesito que me paguen y tampoco dejaré que lo hagan —respondió Darío.

—¡Pero si estás pagando con tarjeta de crédito te van a cobrar los intereses al triple por esa suma! —repuso Oneida haciendo cálculos mentales y juntando las cejas del montón de ceros que se añadían a la cuenta por pagar.

—Oh yo no tengo ni una sola tarjeta de crédito, estoy pagando con una de tres cuentas que tengo a mi disposición en el banco y la verdad no me gusta hablar de dinero, así por favor no insistan —contestó sonriendo.

—¡Hombre pero al menos deje que le suture esa herida que tiene en la cabeza! —repuso Sandro —Prometo que tengo muy buena mano y no le voy a lastimar.

—¿Cuál herida? —dijeron al unísono Mercedes y Oneida.

—Aquí —dijo Sandro mientras se le acercaba por atrás a Darío y éste se sintió un tanto intimidado cuando sin permiso le deshizo el moño y le hurgaba buscando el origen de la hemorragia.

—¿Con qué se golpeó? —preguntó Sandro.

—Creo que con las gradas de concreto de su casa —dijo Darío recordando la molestia que sintió justo en esa zona cuando hace unas horas la pelirroja se desplomó encima de él y por no dejarla lastimarse ni atención le prestó al dolor en el momento.

—No se diga más, usted se viene conmigo y si bien es cierto que no morirá desangrado: sí de sepsis si no le aseo y le trato esa herida de inmediato —dijo Sandro tomándolo de la mano y llevándolo con él por otro pasillo hasta una puerta que estaba rotulada como "Curaciones y suturas".

Sandro Cassiani saludó al enfermero que estaba de turno a cargo de los curetajes y aunque ése no era su lugar de trabajo se apropió de él como si lo fuera y le bastó con enseñar su licencia de enfermero más su carné de trabajador del Hospital de Infantes para que su colega de blanco no se negara en irse a tomar un café para espantarse los sueños a los que él estaba más que acostumbrado.

—Usted es diferente —le dijo Sandro Cassiani mientras limpiaba la herida del cuero cabelludo de Darío Elba y éste no negaría que se sentía cohibido por estar a total disposición de él.

—¿A qué se refiere? —preguntó temeroso Darío.

—¡Oh no! No lo tome a mal —dijo Sandro sonriendo y viniendo al frente para sentarse en el banco que estaba libre y quedando así al mismo nivel de Darío —Cualquiera se hubiera limitado a dejar a la deriva a mi hermana al nomás llegar acá, teniendo en cuenta de que por su edad y a simple vista la tildarían de una mocosa más y la verdad no necesito que me diga qué motivos tiene para seguir aquí y tampoco pienso reprenderlo, mi gratitud con usted es real y afectiva —dijo Sandro mientras enhebraba el hilo a la aguja.

—Pueda que Nina tenga dieciséis años —dijo Darío —Pero tiene una gracia y un don para tratar con personas mayores a ella y me incluyo en la lista —confesó sin que le temblara la voz.

—¡Ah eso! —dijo Sandro —Es que nosotros estamos re viejos a la par de ella: Oneida le lleva catorce años y yo veinticuatro y así con esa edad tan distanciada se crió un buen tiempo entre nosotros. Por eso sus modos no suelen ser los de una adolescente normal y común y corriente. Hasta Reuben que es su mejor amigo le lleva siete años de ventaja y hace un tiempo casi logramos que fuera acorde a los comportamientos de los jóvenes de su edad pero desde lo de papá ella ...

—No veo que sea malo su comportamiento, en el colegio ella se mezcla bien con sus compañeros —interrumpió Darío —Y me interesa conocer qué sucede con el Señor Cassiani y disculpe que no sea el momento ni las circunstancias indicadas pero de verdad necesito saber —dijo al encontrar la oportunidad perfecta y no pensaba dejarla escapar.

—Ese un tema complejo —añadió Sandro mientras se alistaba para hacer la sutura —¿Qué le ha dicho ella? —preguntó Sandro al punzar el cuero cabelludo de Darío por primera vez y tan buen mano tenía que el remendado ni se inmutó.

—Nada —contestó con decepción Darío —Siempre que le he preguntado por él me esquiva la respuesta, he llegado a pensar que mi trabajo como tutor está lejos de ser efectivo —se quejó.

—No diga eso Darío, Nina es buenísima escondiendo sus verdades y si está haciendo un magnifico trabajo, por favor no se menosprecie como tutor ni como su amigo. ¿Cree usted que si no se hubiera ganado su confianza ella lo habría dejado estar aquí? Aunque no le tocara de otra sino confiara ciegamente en usted, nunca se habría dado cuenta de su estado de salud y sin Reuben que la ayudara o alguno de nosotros cerca, siendo realistas: habría muerto.

—¿Tan grave está? —dijo con pánico en la voz y moviendo la cabeza para intentar ponerse de pie, pero Sandro lo retuvo con ambas manos.

—Nina es fuerte y usted también lo es y no sé a que traumas le habrá sometido la vida, pero hay mucho más que valor y coraje en su persona Darío —contestó Sandro —Aún hoy a mis cuarenta años yo lucho con mis propios miedos y de no ser por mi esposa y mi familia también habría caído en un abismo sin retorno hace tiempos.

Pocas personas se dirigían con esa soltura hacia Darío Elba y por eso, luego de sentir el corte en el hilo, él deseaba agradecer esas palabras de aliento de hombre a hombre pero una persona más irrumpió en la sala de curaciones

—¿Te aprovechaste de la enfermedad de Nina para verla desnuda? —dijo Reuben Costa que traía lo que quedaba de la camisa de la pelirroja en una mano y su brasier en otra.

Había llegado por fin al Hospital todo agitado y al encontrarse con Oneida y Mercedes en el pasillo que daba a la Sala de Urgencias del Hospital y ver la ropa de Nina en una bolsa quiso sacarla de ahí y guardarla en la mochila para llevársela a casa y al verla hecha añicos le ganaron de nuevo los celos antes que la gratitud hacia Darío Elba y sin dejar que aquellas dos mujeres le explicaran bien las circunstancias salió en busca del degenerado ese que había visto sin nada.

—¿Vio a mi hermana sin ropa? —preguntó Sandro un tanto insólito, pero con calma.

—¡Que no entienden que Nina se estaba ahogando! ¡Me extraña de vos Sandro! —dijo Mercedes que venía tras Reuben y con ella Oneida intentando agarrar de las mechas para refrenar al panadero al cual ya le conocían la fama de celoso si de Nina Cassiani se trataba.

—Primero: hice lo que me pedían —dijo Darío Elba un poco molesto por la actitud infantil de Reuben Costa —y segundo: para ser sinceros aunque Nina tenga un cuerpo muy bonito yo estaba muy ocupado viendo y enumerando diecinueve puntos de sutura que si no es mucha molestia me gustaría que me dijeran de qué son y sino cuéntenme de una vez por todas a donde puedo ir a hablar con el Señor César Cassiani para saber la verdad sobre su estado de salud. Porque algo me dice que tanto su enfermedad y esa cicatriz tienen relación.

Reuben Costa, que venía iracundo, se apaciguó en menos de un segundo al escuchar sobre las diecinueve puntadas en el pecho de Nina, él las conocía muy bien porque vio lo que tuvo que suceder para que ella las ganara y se dejó caer al piso recostándose a la par de la puerta.

Mientras que Sandro y Oneida Cassiani dirigieron la mirada hacia otro lado sin decir nada.

Fue Mercedes la única que todavía tenía agallas para empezar a hablar con la verdad

—Puede ir a hablar con mi suegro si quiere —dijo viendo a Darío a los ojos.

—Pero papá está en la libertad de no contestarte –dijo Oneida.

—Se tomó la libertad desde hace dos años de no decirle nada a nadie —añadió Sandro.

Y Darío Elba al ver sus caras de desconsuelo se sintió demasiado avergonzado por haber tocado tan abruptamente ese tema, pero Reuben Costa se puso de pie y continuó con el tema:

—El Señor Cassiani no te va a contestar porque lleva dos años en coma y ese estado de salud que sufre lo sufrimos todos, pero a quien le duele y carga con eso cada día es Nina. Y si tienes toda la razón: esa cicatriz los une a ellos dos en sangre, carne y dolor.

A Darío Elba le flaqueaban las piernas, abrió los ojos de par en par y luego se llevó las manos al rostro para dejarse caer sobre el banco donde recién lo habían suturado y en medio de lo que sentía tuvo que componer sus emociones para escuchar de la boca de dos hombres y dos mujeres la historia que Nina protegía con más que pesadas puertas sobre ella y su padre César Cassiani.

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