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—¿Duele Bloise?
—¿Qué cosa Nina?
—El amor.
Javier Bloise dio un largo y pesado suspiro ante la pregunta de Nina Cassiani, porque a sus diecisiete años a Bloise la simple palabra amor no sólo le producía dolor sino también agonía. De un tiempo acá para él ese sentimiento dejó de ser abstracto, y se convirtió en algo tan específico que le sabía a algodón de azúcar y también a fórmula destapa caños.
Y fue así, con esa inquietud que dos adolescentes de corazones inmaduros, comenzaron una charla sin salida a mitad de un atiborrado supermercado.
Deambulaban entre pasillos saturados de cosas inservibles con sus carretillas medio vacías, pero tan pesadas por no tener nada y cargando a cuestas sus escasos años. Intentaban hallarle el sentido a sufrir por estar enamorados o al menos, en el caso de Bloise, estar enamorado era lo que le atormentaba.
Y justamente por eso, había huido de su entrenamiento de tenis y buscado refugio en la compañía de su mejor amiga, que casualmente estaba hasta el copete por culpa de ese ingrato hijo mal parido de Afrodita; definitivamente hoy no era un buen día para Cupido y sus flechazos de amores alocados.
Y si por casualidad, ese ser mitológico andaba paseando por ahí era mejor que se escondiera antes de que Nina le arrancara sin misericordia las alas y también le bajara los dientes pues por su culpa todo a su alrededor estaba hecho un desastre.
Esa misma mañana de sábado donde nada podía ser más que perfecto, luego de salir del baño, a Nina Cassiani todo le sonaba a puros signos de interrogación.
Su madre, al entregarle ese sobre amarillo, le informó del comportamiento extraño de Reuben Costa y ella corrió hasta la panadería para "disculparse" con él sin motivos o razones aparentes.
Aunque entendía que a lo mejor Rhú estaba molesto por la inesperada visita de Darío Elba, éste no había hecho más que ir a entregar una paga de dinero. Y Nina no necesitaba saber de las palabras exactas que entre ambos se habían cruzaron, porque sabía que Darío era incapaz de ponerse a la defensiva.
Según Nina, Darío Elba salía sobrando y "rascando de gratis" en el trastorno de amor en Reuben Costa.
Pero al encontrarse con el rótulo mal colgado de "Vuelvo en seguida" en la puerta de la panadería Nina Cassiani estuvo a punto de agarrarse a pedradas contra los cristales de las ventanas de esa sucursal de San Martín.
Un lugar que estuvo a punto de maldecir por desviar y desenfocar su buen juicio sobre una amistad de años y un posible noviazgo esa misma mañana. Porque si Reuben Costa no se hubiera ido de su casa ella estaba más que decidida de pedirle que se hicieran novios y no hubiera necesitado que su madre le pegara cinta adhesiva para unirlos porque se habría encerrado con él hasta hacerlo ver que ella ya no era una niña sino una mujer.
"Si esto es amor, el amor es un incivilizado"
Le garabateó Nina a Rhú en la acera afuera del local con el único lápiz labial que tenía hasta acabárselo y luego se fue entre enojada y triste por no saber que hacer. Estaba hastiada y no pensaba seguir en plena vía pública rogando por un perdón que definitivamente no tenía por qué rogar.
De camino al supermercado y en medio de sus canciones de desahogo, la llamada de Bloise le hizo reaccionar un poco y acudir en su ayuda para echarle una mano. A fin de cuentas para qué son los amigos sino para apoyarse y aunque a ella en ese momento necesitaba sujetarse de alguien con más estabilidad emocional que la de Javier Bloise, fue capaz de escuchar las quejas causadas por el amor imposible que a su amigo le nublaba la razón y del que sólo ella era cómplice por saberle el nombre y hasta el color de su ropa interior.
—Todos los amores duelen Nina, pero el que arde más que una herida abierta es el no correspondido. ¿Alguna vez te has metido una espina? ¿O has tenido algo adentro de tu cuerpo que no te pertenece? —preguntó él a la pelirroja mientras dibujaba corazones rotos sobre la puerta empañada del frigorífico que almacenaba bolsas con cubitos de hielo.
Nina asintió ante la retórica de Bloise y recordó que una vez tuvo un objeto extraño adentro suyo que casi le cuesta la vida y en esa ocasión sintió que moría de dolor.
—A veces el amor es así Nina, es tener algo adentro de uno que a la larga comienza a doler y cuando por fin decides avanzar, te queda un enorme vacío y sientes que ese agujero es capaz de tragarte entero. Entonces vacilas y no quieres arrancarte ese sentimiento de encima por lo que vuelves a recaer una vez y otra más. Hay heridas que sanan de afuera hacia adentro y el amor también es así, sólo que con el tiempo lo que te queda es una cicatriz del tamaño de Texas.
—Entonces el amor apesta Bloise —se quejó Nina Cassiani con desdén, sumándose al graffiti colectivo patrocinado por la condensación y mientras dibujaba una cara larga decorada con una mueca de tristeza ella reconoció su olor
—Pero cuenta la leyenda que no se puede vivir sin amor –le contestaron a sus espaldas.
Según dictan las leyes de la ciencia es la luz la que viaja más rápido que el sonido, pero en Nina Cassiani esas leyes no aplican y fue su olfato lo que anticipó la llegada de esa persona que acababa de desordenarle el mundo en cuestión de segundos y una corriente le subió por toda la espina dorsal al escucharle hablar.
—¿Me andas siguiendo Darío? —cuestionó severamente, cerrando de golpe la puerta del frigorífico y haciendo que a la carita dibujada por ella, unas gotas de agua le hiciera un surco muy similar al de las lágrimas.
—Te juro que si quisiera seguirte saldrías corriendo muy lejos de mí y te aventarías a la calle buscando los brazos del panadero —le dijo Darío Elba a Nina Cassiani, al recordar esa vez que en enero quiso alcanzarla y ella salió huyendo —Y apuesto a que es ese panadero quien te tiene quejándote del amor. Hola Bloise, veo que también cargas tus penas a rastras. ¿Te puedo ayudar en algo?. —saludó Darío muy ameno a esos dos particulares jovencitos.
—Gracias por el intento de ayudarme, pero creo que mejor iré ver si el camión de la basura se apiada de mi y me lleva con él. Mándame un mensaje cuando termines Fahrenheit —dijo, mientras se daba la vuelta para perderse entre la muchedumbre de familias que hacían sus compras de quincena en el supermercado de la zona y era eso lo que hacia Darío Elba al encontrarse de imprevisto con aquellos dos. Llevaba desde verduras mixtas hasta tarros de leche en polvo para su hermano menor.
—Siento mucho haberte causado problemas, no era mi intención. Yo sólo quería darte el dinero y de haber sabido que él estaba allí no me hubiera acercado. Creo que esto se presta para malos entendidos, definitivamente se interpreta como algo que no es —dijo señalando su labio inferior un poco inflamado por el altercado de ayer con su cigarro.
Darío Elba entendía el comportamiento de Reuben Costa porque alguna vez sufrió por algo similar, pero de eso ya hace muchos años. Aunque no negaría, pero sólo para él, que sintió un poquito de "algo" que no podía explicar cuando la mirada de Reuben se encontró con la suya en lo alto de esa habitación que pertenecía a Nina Cassiani.
—Lo siento, si que se ve mal. La culpa es mía —aseveró Nina sin dudas.
—No es tu culpa Nina, sólo está celoso y los celos son ciegos. Son incapaces de ver los daños que hacen por su paso y nos hacen hacer tonterías —le dijo muy comprensivo —Ya se le pasará y para que no tengas más dificultades de las que ya tienes, entiendo a la perfección que no quieras volver a cuidar de Bruno —dijo Darío resignado. Se había convencido de que después de lo sucedido Nina no iba a volver a poner un pie en su casa.
—¡Volveré a cuidar de Bruno cuando me dé la gana! —dijo alzando la voz y muy enfática —Bueno, perdón, siempre y cuando me lo solicite la Dra. Hirose.
Darío Elba sonreía de alivio al saber que ella volvería a cuidar de su hermano y aunque trataría de no estar en casa cuando eso sucediera para no incomodarla; el simple hecho de saberla caminando adentro de esas paredes le bastaba para alegrarse y ante esa noticia se animó a hacer algo que su madrastra le había pedido que hiciera, sacando una nota de su billetera
—Hirose quería invitarte a desayunar cuando tengas la disposición de ir y ésta nota es para vos, pero la saqué del sobre por si en un dado caso Reuben revisaba el contenido y así no se enojara más de la cuenta. Si me preguntas que dice, no lo sé. No leo las correspondencias que no son mías —concluyó y Nina tomó aquella hoja doblada en cuatro y la guardó en su bolso que era el mismo que usaba ayer y en eso se le cayó la tarjetita que tenía el numero de teléfono de Darío Elba, él se agachó a recogerla y le dijo —Ayer nadie sabía uno del otro, aunque si hubieras puesto éste papel a contra luz
—Habría sabido que eras vos —aseguró Nina.
—Cuando veas un rectángulo de papel en blanco, piensa en mi y aún más cuando venga de parte de mi familia, recuerda siempre que nunca está vacío. Solemos esconder nuestros nombres y una que otra cosa bajo marcas de agua —le dijo y Nina recordó aquel otro cartoncito con las mismas dimensiones que usaba como separador en uno de sus libros favoritos y que era de la primera vez que coincidió con Darío Elba en un autobús.
—Si me voy a morir por un amor, elijo mejor una muerte por diabetes —dijo Javier Bloise que apareció como siempre de la nada, cargando dos galones de helado de choco almendras y barquillos waffles.
Y con una actitud similar a la que siempre mantenía le dijo a Nina:
—¡Larguémonos a tu casa que vamos a ver películas hasta que se nos tuesten los ojos!.
Nina sonrió de felicidad, aunque Bloise andaba con los ánimos por el suelo siempre hallaba como volver a ser el mismo de siempre y la idea de ver películas juntos la emocionaba; pues desde que inició el año escolar no hacían más de sus famosas maratones de sábados "Hasta que nos ardan los ojos" como solían llamarlas y Darío Elba se sintió satisfecho de ver aquellos dos jovencitos haciendo lo que a sus años deberían de hacer: disfrutar de una amistad sin ataduras ni dolores de corazón.
—¡Esa es la actitud Bloise! —le apoyó Darío alzando un puño al cielo —¿Se van en taxi o les hago la cortesía de llevarlos? —agregó muy amable.
—Gracias Profe, pero ando en mi carro —contestó Bloise, que tenía un permiso de menor conductor desde los dieciséis y se desplazaba en su auto siempre que podía.
—Entonces no olvides: manos en el volante y ojos hacia el frente, cinturones de seguridad y usa correctamente el retrovisor —advirtió muy serio Darío. Él desde la edad de Bloise, también sabía conducir. Pero hoy en día los jóvenes de ver tantas películas baratas de fugas en coche, se agarraban las calles como pistas de Nascar y lo menos que quería era que se par se accidentara.
—No te preocupes Darío, yo le jalo las orejas si se le pasa la mano con la velocidad —agregó Nina y se despidieron.
Y gastarse unos cuantos minutos con Darío Elba hicieron que Nina Cassiani se distrajera un rato de sus problemas y que de alguna forma se sintiera completa y casi olvidara su malestar con Reuben Costa.
Pero ya en el auto, Javier Bloise notó la cara larga de su amiga, la había visto apachurrada desde que se encontraron en el supermercado, pero como él andaba más que hundido en el desamor no le prestó la debida atención.
—¿Y Rhú? —se animó a preguntar Bloise que sabía qué, hasta la fecha, él era el único capaz de hacer reir y entristecer a Nina en un dos por tres.
–Enojado conmigo —dijo Nina mientras se deslizaba en el asiento del copiloto, ya era medio día y por más hipnosis que le hiciera a su teléfono Reuben Costa se rehusaba a hablar con ella también por medios electrónicos.
—¿Ya están saliendo?
—No, seguimos igual que siempre o peor diría yo.
—¿Por qué?
—Hoy se puso celoso y además no se atreve a nada conmigo por eso de que me lleva siete años.
—¡Si que hay gente a la que le encanta complicarse la vida! —dijo Bloise para luego empezar a cantar "Satisfaction" de The Rolling Stone y con esa canción, ella otra vez se sintió un poco mejor.
Nina abrió la guantera del carro en busca de algún confite de los que Bloise solía cargar y con su mano palpó algo rectangular y frío. Sintió curiosidad y descubrió, al sacarla, que era una cigarrera.
—¿Estás loco?. ¡No me digas que también te ha dado por fumar!.
—Loco de amor sí, pero eso no es mío. Y si me encontrara con el idiota que me lo aventó desde el cuarto piso, mínimo se sacaría el dedo —dijo con referencia a esa cajetilla de metálica que ayer pasadas las cinco de la tarde surcó los cielos del colegio y le dio justo en la cabeza y casi le saca sangre.
Nina Cassiani logró reconocer el esbozado de las iniciales D. M. E. D. y con eso ella ya intuía de quién era esa cigarrera. Hundiendo su nariz comprobó que sí, era él su dueño.
—Pensaba regalársela a Adler porque él si fuma y esa cigarrera es muy cara, es casi de lujo y tiene mucho valor aunque esté personalizada. Pero luego de lo que vi hoy, mejor la tiro a la basura o si quieres quédatela. La verdad no sé qué hacer, sólo sé que nada más soy capaz de poner mis ojos en Adler y veo a Adler en todas partes —confesó volviendo a pasar el dedo por la herida de su amor no correspondido por incompatibilidades de género.
Hace unos años atrás, Javier Bloise le había comentado a Nina Cassiani que sentía cosas extrañas cuando estaba cerca de Marcelo Adler, que de un tiempo acá se ponía nervioso de verlo en las regaderas del colegio, que estaba dudando de su orientación sexual y Nina le recomendó ir a hablar con algún experto.
Con el tiempo, luego de varias terapias y de un suceso que Bloise no se esperaba; un día en que por culpa de un reto lo besó uno de los integrantes del equipo de tenis y con eso sintió un ardor extraño en cada vena que nunca había sentido por una mujer: aceptó que era gay.
Entonces, armado hasta con piedras encaró a sus padres y aunque la más dolida fue su mamá a fin de cuentas decidieron apoyarlo. Claro que en el colegio esto nadie más lo sabía a parte de Nina Cassiani que era una especie de tumba para guardar secretos, ni Moira Proust que era la otra compinche de ese trío lo sabía, porque ella solía ser muy despistada y decía las cosas sin pensarlo ni un segundo.
Y era por Marcelo Adler que Bloise sufría de amor, porque Adler era heterosexual y tenía que verle a diario pues estaban en el mismo salón de clases, en las duchas después de la hacer educación física y de por sí lo veía hasta en la sopa del almuerzo. Ahora para colmo de males también lo veía los sábados, pues se le ocurrió la magnífica idea de invitarlo a formar parte del equipo y hoy él había llegado a relucir a su nueva novia.
A Bloise verlo con ella, hizo que le dieran ganas de hacer puras tonterías, pero antes de hacer algo que le pesara y le hiciera perder su amistad; buscó consejo y distracción en la pelirroja que es quien siempre le escuchaba.
Por Javier Bloise, Nina se sabía de memoria todos los lunares en el cuerpo de Marcelo Adler y hasta de qué color era el bóxer usaba cada día por que cuando estaban a solas era de lo único que Bloise conversaba.
—Sabes que yo estaré siempre sin importar lo que sea. Ya sea para que me digas que Adler cambió de posición el adornito que está en su casillero o para desahogarte cuando lo ves coqueteando con las chicas de otras secciones.
—Lo sé Nina y me siento más seguro cuando hablo de estas cosas con vos —repuso Bloise con una sonrisa que no tenía precio, sin Nina no hubiera sabido que hacer con todo aquello que estaba atravesando, ojalá y para él sólo fuera un problema ser gay, sino qué para rematar su corazón tuvo que fijarse en un heterosexual.
Llegaron a las doce veinticinco a la casa de Nina y Nina torció el cuello lo más que pudo por el parabrisas trasero para comprobar que Rhú había desparecido de la panadería, las cortinas metálicas estaban puestas fuera de horario y de seguro tampoco estaba en su casa.
Bloise saludó a la mamá de Nina entre las bromas y ocurrencias que siempre lo caracterizaban y luego fue hasta la habitación de César Cassiani a hacer lo mismo. Le dijo a Doña Maho que si gustaba de que la fuera a dejar hasta la Iglesia donde ella se reunía cada sábado sin falta en su grupo de oración y ella aceptó gustosa.
Cada sexto día de la semana después del medio día, Nina siempre se quedaba en esa casa sólo en compañía de sus libros cuidando de su papá.
Al regresar, Javier Bloise traía consigo el almuerzo, para ser exactos: una mega cubeta de pollo frito extra crujiente, puré de papas para acompañar con salsa gravy, un refresco gaseoso de malta para él y para la pelirroja uno de toronja.
Sentados en el piso de la sala ésta vez decidieron ver sólo películas basadas en los grandes clásicos de la literatura. Bloise era un aguado para estas cosas, tenía la fragilidad de un huevo y además de andar con los ánimos bajos era muy probable que terminara llorando, por lo que con anticipación y para prever interrupciones Nina fue a traer la caja de pañuelos del baño.
Pocos minutos habían pasado desde el inicio y de repente el celular de Nina comenzó a vibrar y antes de abrir los ojos para ver quien le escribía: le pidió a Dios que fuera Reuben Costa, deseaba hablar con él y aclarar el mal entendido.
Pero no era Rhú
—¿Qué película van a ver? —preguntó Darío Elba por medio de un mensaje de texto.
—Ahorita Anna Karenina
—¿Y ya empezaron?. ¿Por donde va la película?
—Acabamos de darle play, ¿porque? —contestó con curiosidad Nina.
—¿Puedes decirme exactamente por qué parte va?
—Están rasurándole la barba a Stiva
—¡Ponle pausa por favor! —pidió Darío.
Nina le puso pausa a la película y Bloise se apresuró a preguntar haciendo gestos con las manos qué pasaba, ella le dijo que esperara
—Ya le puse pausa. ¿Qué pasa? —preguntó extrañada.
—Cuenta hasta diez y luego dale play de nuevo
—¿Por qué? —cuestionó Nina, que ya a éstas alturas no entendía nada de nada.
—¡Por favor, concédeme un capricho Nina! —pidió Darío, casi en medio de un ruego.
Ella comenzó a contar y quitó la pausa se sentó de nuevo y siguió comiendo. La película transcurrió sin más, los dos estaban metidos en la trama y justo cuando Anna bailaba con Vronski, Bloise le dijo a su amiga:
—Nina: no eres un puto pollo de engorde —viendo el muslo de pollo que tenía en la mano y del cual comía —Es estúpido estar esperando tener dieciocho sólo para que la gente no hable o para que Rhú no se sienta mal porque te conoció en calzones de ositos y ahora se muera de vergüenza por verte en tanga, usa la cabeza —y dicho eso siguió viendo la película como si nada.
Javier Bloise solía hacer ese tipo de intervenciones tan certeras pero a la vez tan casuales que nadie las creería que vinieran de él.
Nina Cassiani escuchó cada palabra de su amigo con detenimiento y viendo aquella pierna de pollo que era más huesos que carne encontró que la metáfora no podía ser mejor explicada.
El celular de Nina volvió a vibrar de nuevo y otra vez no era quien esperaba
—¡Pobre Kitty, ha caído por Vronski! —escribió Darío Elba en referencia a la escena donde se veía que la protagonista se ahogaba de ver a Vronski bailar con Anna la mazurca y no con ella.
—¿Cómo sabes por donde vá?
—Tengo el poder de estar en dos lugares a la vez y ahí estoy aunque no me ves. ¡Broma!. Estoy viendo lo mismo en mi casa, al principio me sentí ridículo pero la verdad me gusta pensar que hago lo mismo que vos aunque no esté presente. Creo que ya me está afectando juntarme demasiado con adolescentes, usted me afecta señorita. Y mejor ya no escribo más para no molestar. Disfruten.
A Nina se le subió el color hasta a las orejas y Bloise que creía que era por la película la abrazó y le desordeno el cabello, pero no sin que Nina se quejara de que se lavara primero las manos pues estaba dejándole el cabello apestoso a pollo y lleno de grasa por el aceite.
Fue una tarde como las de antaño para Nina Cassiani, mas para que fuera perfecta le hacía falta Reuben Costa.
Cuando ya era de noche y Bloise se iba a su casa más tranquilo y sereno: Nina tenía el corazón en la garganta porque Reuben seguía sin aparecer y disimuladamente le había preguntado a Sandro si sabía dónde estaba, pero él le dijo que tampoco le contestaba sus llamadas y le pidió a la pelirroja que no se preocupara, que de todos modos Rhú estaba lejos de ser un niño y que sabía cuidarse sólo.
O al menos eso era lo que Sandro Cassiani pensaba, antes de esa noche, de Reuben Costa.
Cuando las luces de su casa se apagaron, Nina se fue a su cama a contar las vetas de la madera en el cielo raso sobre su cabeza, no se puso pijama y no podía conciliar el sueño porque Rhú no aparecía por ningún lado. Hasta la abuelita de Reuben le había preguntado que si su nieto estaba con ella y Nina con más que pena le mintió diciéndole que le había dicho que tenía tareas que hacer con unos amigos de la Universidad.
Y desde ese momento Nina no dejó de ver su teléfono esperando saber algo de Rhú.
A la una de la madrugada el teléfono le avisó de una llamada entrante y Nina otra vez se equivocó porque, de nuevo, no era quien esperaba
—Nina, disculpa la hora. ¿Estás despierta? —preguntó Darío Elba con su melódica voz.
—Si, no puedo dormir —confesó Nina, de por sí le era difícil dormir a menudo y hoy que no tenía ni idea de adonde estaba Rhú le era imposible pegar un ojo.
—Es que traje un regalo, bueno algo muy parecido a un regalo —contestó Darío.
—¿A mi? —dijo extrañada.
—Si y ya sé que es tarde, pero ¿Podrías salir de tu casa? Me urge entregarte lo que te traigo.
Nina Cassiani no tenía idea de a qué se refería Darío Elba, pero tenía curiosidad por saber qué le era eso que no podía esperar hasta mañana.
A hurtadillas bajó hasta la primera planta y al ver las luces de un auto acercarse, corrió con sigilo todos los cerrojos y abrió la puerta. No deseaba despertar a su madre y a lo mejor era algo sin importancia.
Darío Elba se bajó de su carro y se acercó a la pelirroja para decirle entre susurros:
—Me hubiera gustado traerte flores, chocolates, cualquier cosa que rayara lo cliché estaría bien y demás ... Pero creo que te traje algo mejor que eso, nada más me dices adonde te lo dejo.
—¿Qué no me lo puedes dar en la mano? —preguntó ella sin entender qué tan grande era el regalo que le traía Darío Elba un domingo por la madrugada.
—No creo que el panadero te quepa en una mano Nina —añadió Darío al abrir la puerta de atrás de su vehículo enseñándole lo que le traía de obsequio:
A un Reuben Costa en deplorable estado de ebriedad.
Como a la media noche, Darío Elba había decidido no ir a dormir a su apartamento y se quedó en casa con Hirose y Bruno, estaba a punto de acostarse cuando su madrastra llamó a la puerta de su habitación con su celular en mano diciéndole que Reuben Costa estaba en la línea hablando puras incoherencias.
Darío tomó el celular y entre todo lo que escuchó logró identificar el lugar adonde estaba metido el desconsiderado panadero y como le importaba mucho Nina Cassiani, decidió ir en busca de él hasta encontrarlo.
Darío Elba tenía bastante experiencia para tratar con ebrios por que le había tocado lidiar con Leandro Hooper cuando ambos se iban de juerga, pero a diferencia de Leandro a Darío por más licor que tragara, nunca se emborrachaba y cuando a su mejor amigo se le pasaban las copas era él quien lo cuidaba. Por eso se conocía varios o casi todos los antros, bares y clubes respetables de la capital y la periferia y así fue como al quinto intento logró dar con el panadero.
Nina abrió los ojos de par en par, jamás creyó ver así a Rhú y menos que fuera Darío quién lo asistiera.
—¿Dónde lo encontraste? —dijo con emoción, tristeza y pena a la vez.
—Literalmente dormido en la barra de un bar, está tan ahogado de alcohol que no se dio cuenta de que me lo traje y mejor dejémoslo así. Sé muy bien del orgullo de hombres y quién sabe qué cosas no hará si sabe que fui yo quien lo encontró.
—¿Cómo puedo pagarte Darío? —preguntó Nina con tanta congoja en la cara que resumía la vergüenza que tenía con él y con la Dra. Hirose luego de saber que fue por esa llamada a ella que Darío se enteró de él.
—Existir es lo único que debes de hacer Nina —logró decir Darío Elba antes de que Nina Cassiani le diera un abrazo más emotivo que el de ayer. Darío estaba desarmándose y por eso dejó salir lo que en fondo sentía sobre Nina Cassiani —Nada más existe Sleepy Girl, por que todo lo demás que hagas después de eso es magia y te ruego que nunca dejes de sonreír, mientras sonrías yo seré él recompensado.
Darío entendió por qué Reuben Costa había terminado tal cual estaba: Nina Cassiani era capaz de transmitir sus sentimientos con acciones tan sencillas, ese abrazo era tan poderoso que era difícil no querer pasar prendido de ella para toda la vida.
—Confieso que no me desagrada en lo más mínimo abrazarte, pero es muy tarde y ya que te traje la causa de tu desvelo y de tus penas deseo hacerte la entrega completa y antes de que se me olvide no te le acerques mucho que huele demasiado fuerte y está lleno de vaya Dios saber de qué cantidad de virus de bar, créeme que sé por qué te lo digo.
Y desprendiéndose con lentitud de ella se apuró a sacar al pesado cuerpo de Reuben Costa y a hacerlo pasar por aquella ventajosa puerta ancha y luego de dejarlo caer sobre el primer sofá que encontró por la oscura sala se despidió de la pelirroja.
Darío Elba se fue de la casa de Nina Cassiani satisfecho de poder ayudarla a encontrar a su ebrio enamorado y definitivamente algo tenía esa jovencita que le impulsaba a hacer cosas que jamás en su vida siquiera había imaginado.
Como convencer a su estricta madrastra de no reprender académicamente a un desbocado Reuben Costa por haberle dicho una cantidad ininteligible de improperios. Tener que pagar una suma exorbitante de alcohol del cual él no había probado ni una gota.
Omitir el detalle de que Reuben no estaba desmayado en la barra de un bar, pero sí en un salón VIP y por eso no quería que Nina se le acercara, por que lo encontró con dos strippers a las cuales, gracias a su mañas de animal nocturno y un fajo de dinero, Darío logró sacarles la verdad sobre si Reuben había tenido sexo esa noche con alguna de ellas o con alguien en el bar y la respuesta fue negativa, porque aunque ellas muy sinceras dijeron que intentaron por todos los medios de convencerle: él dijo rotundamente que no, que sólo se acostaría con una bendita pelirroja con la que estaba obsesionado.
Y tal cual lobo de viejas costumbres, Darío Elba también coincidía con la opinión de aquellas damas de la noche a las que había interrogado de más, hasta saber que lo de Reuben con Nina no era amor sino obsesión y codependencia. Darío no le deseaba ningún mal a Nina Cassiani y lo que menos quería era verla sufrir por un sentimiento al cual él era ajeno y distante, pero que sabía que era peor que la más cruda de las enfermedades, mas sabía que aunque él le advirtiera sólo la experiencia era la mejor maestra y nunca tenía reparos en la edad a la hora de enseñar.
—Eres un tonto Rhú —le dijo Nina al oído a su inconsciente mejor amigo —Sabes que no aguantas ni una cerveza y mira como terminas, si yo apestaba ayer a cigarro si a vos ahorita te prenden un fosforo capaz que te incendias porque estas que destilas alcohol.
—¿N-Nin-Ninaa? —logró balbucear Reuben Costa e intentaba agarrarla en el aire abatiendo sus brazos con movimientos brutos si poder tocarla.
—Dime —le contestó muy atenta y acercándose desobedeciendo la solicitud de Darío.
—Bbe-bb-beso
—No, no me besó ni yo lo besé, pero yo si le hice eso cuando el arranqué de un tiro el cigarro así como te había quebrado la botella a vos en la cabeza de haberte visto beber.
—Mii-mmi-miedo
—¿De perderme? La única forma de que me pierdas es que te sigas comportando como un irracional.
—¿Meehsperhass?
—¡Mierda Rhú mi "ebrio" ya no es tan bueno como antes! Desde que Sandro dejó de beber por lo de lo de papá ya no sé hablarlo bien, pero creo que me acabas de decir que te espere y justo hoy me hicieron ver que no soy un puto pollo de engorde Rhú —contestó Nina desafiante —Pero de nada me sirve decírtelo porque más tarde no te vas a acordar de nada, así como tampoco recordarás esto
Y Nina Cassiani se inclinó a robarle un segundo beso, el segundo de su vida a Reuben Costa y por la ebriedad ésta vez él si le respondió, pero no con amor sino con la misma ansiedad y desorden que besó a otras mujeres y así el primer beso de Nina estaba cargado de deseos mal pagados. Rhú no sabía ni recordaría de a quién había besado, tanto había bebido que luego de un suspiro tan cargado de lúpulo digno de la fábrica de cervezas a los pocos segundos se quedó dormido de nuevo.
Nina Cassiani no pudo saborear amor únicamente el evidente sabor del alcohol en la boca de Rhú, no habían estrellas ni mariposas en su interior, tal como le dijo Bloise: sólo tenía dolor y también compasión.
—Te voy a esperar hasta que me embarre de amor por vos Reuben, sólo por vos yo soy capaz de correr para alcanzarte y también de hacer pausas —le dijo antes de abrazarlo y cobijarle para que no fuera a enfermarse más de la cuenta, esas noches de mayo estaban más que frías cuando entraban las horas de la madrugada.
Con una pena menos en su espalda, Nina Cassiani fue a cepillarse los dientes y a ponerse pijama, pero antes de tocar la cama recordó aquella nota plegada en cuatro que no había leído y que le había escrito la Dra. Hirose
"Vuelve cuando quieras y no pienses más en los prejuicios o reglas morales. Le haces tanto bien a mis hijos Nina Cassiani, que conocerte es un honor. Reuben Costa está enamorado de vos, pero creo que eso ya lo sabes. Lo que no sabes es que Darío es distinto desde que te conoció, por favor, aunque Reuben acapare tu atención guárdale un espacio aunque sea mínimo a mi hijo mayor".
Nina esbozó una sonrisa mientras leía esa nota: porque de un tiempo acá ya le había asignado un espacio a Darío Elba en cada lugar que le quedaba libre hasta entre las pecas que adornaban su inocencia, no sólo en su corazón.
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