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Darío Elba se quedó viendo el cielo raso, sin pestañear, por un largo tiempo mientras intentaba averiguar su próximo movimiento. Se sentía obligado de arreglar la bomba que acababa de hacer explotar en Nina, tenía que ver cómo desarmar ese nudo o cortarlo de un tajo.
Comenzó a preguntarse: ¿Qué podía estar mal en la vida sexual de Nina para decir que el sexo le daba risa?. También pensó que el lenguaje de Nina era florido y más complejo que el de sus demás compañeras dado el basto número de libros que había procesado. Lo cual indicaba que no podía tomarse aquellas palabras a la ligera.
Ante los ojos críticos de Darío, físicamente, el bendito "Chico Pan" no estaba mal ubicado en el plano de los hombres atractivos: era de constitución física fuerte, buen porte, el cabello un tanto rizado y castaño con matices rubios, los ojos azulados, se vestía ordenado y se le veía pulcro. Definitivamente era un hombre que despertaba atracción visual para una adolescente de dieciséis años.
Recordó qué, a la edad de Nina uno se consume sólo con desear a alguien, pero que el "Chico Pan" - que estaba cayéndole mal cada vez más y más - no era un adolescente, ayer que lo vio calculó que bien podría tener la misma edad que él, edad no equivale a experiencia y Darío Elba era un caso ejemplar de ello —¿será que no sabe cómo complacerla? —se preguntó y se sonrojó al encontrarse pensando en los posibles deseos sexuales de Nina Cassiani —Pero ¿y a vos que te pasa cerebro de mierda, Nina llorando a moco tendido por culpa del sexo y vos pensando en coger? —se dijo muy enojado consigo mismo.
—¿Profesor Elba, le hago pasar a la siguiente alumna? —preguntó la asistente a través de la puerta interrumpiendo así de manera abrupta aquel hervidero de ideas que le pasaban, a causa de Nina, en su cabeza.
—¿Ah? —logró responder intentando retener el hilo de su teoría en la memoria —no, no se preocupe, creo que con las que atendí está bien, mañana continuamos, gracias.
Terminó de acostarse en el sofá cruzado de brazos y se preguntó si estaba realmente capacitado para dicho trabajo, Nina era una de las quince niñas febriles que tenía que guiar, y si ella, que era la más madura, tenía esa clase de problemas no quería pensar las restantes o en la doble personalidad de Moira que también le preocupaba aunque hubiese sido en son de broma.
—Con empeño y paciencia todo se puede —recordó mientras se preparaba para bajar a almorzar, no había notado cuánto había avanzado el día y sintió que literalmente no había hecho nada.
En la cafetería de los profesores, varias asistentes lograron reconocerle como ex alumno y algunos de sus antiguos profesores también, por lo que su almuerzo estuvo lejos de ser tranquilo y no lo disfrutó como a él le gustaba.
Cuando hubo terminado y depositaba su bandeja de comida en el carrito de la limpieza, se dio cuenta que desde lejos una persona lo saludaba, dicha persona comenzó a acercarse y a medida que lo hacía, Darío Elba pidió que sus ojos lo estuvieran engañando, no quería creer que fuera él.
—¡Elbita!. ¡Cuánto tiempo sin verte!.
—Illías Alcott, ¿qué demonios haces aquí? —dijo mostrando desagrado inmediato hacia esa persona.
—¿Qué es esa forma tan descortés de saludar a tu ex compañero y ahora colega de trabajo?.
—¿Colega?.
—¡Claro!, ¿no es lo ideal que el mejor nadador que ha parido este colegio ahora sea el profesor de Natación? —dijo aquel sin nada más que altanería en su tono de voz.
—¡De una vez te digo: aléjate de mis alumnas, sino quieres que te deje sin bolas de una sola patada! —advirtió severamente y mientras su mano se cerraba a la orden de sus palabras decidido a cumplir esa amenaza sin mayor reparo donde tuviera que hacerlo.
—¡Tranquilo Elbita, tranquilo, tengo mucha carne de donde escoger, ha sido un gusto!. Me voy porque tengo clase y pretendo deleitarme en grande con unas cuantas chiquillas —dijo aquel homínido mientras se alejaba, dejando a Darío con una cara de repulsión y el estómago más que revuelto.
Illías Alcott es el "hombre" más pervertido que se pueda imaginar, era un morboso sin precedentes y lo peor: un magneto para las mujeres de todas las edades.
Darío creía que la institución se había librado de aquel desgraciado cuando éste de graduó, pero ahora se paseaba a diestra y siniestra por las sagradas paredes del colegio, libre entre las muchachitas en bikini y nada más de pensar en cuántas no habían sido victimas ya de sus repulsivas manos; hacia que el cuerpo se le estremeciera de principio a fin.
Asqueado y sintiéndose realmente enfermo se fue a su oficina, algo tenía que hacerse, no iba a dejar que anduviera toqueteando a sus alumnas y mucho menos a Nina.
Las horas se le fueron volando sumido en sus obligaciones y maquinando en su cerebro la manera en que iba a impedir que ese siguiera siendo profesor de sus niñas. Cuando sonó el timbre de las 2:45 p.m. se apresuró a llevar el material correspondiente de la que sería su primera tutoría oficial, llegó hasta el cuarto piso y tras aquella puerta estaban sus quince ninfas pacientes esperándolo.
—¡Buenas tardes!. ¿Cómo están? —preguntó Darío Elba, mientras acomodaba su portafolios sobre la mesa.
Todas saludaron con entusiasmo al tutor, incluida Nina que no tenía ni un rastro de haber llorado en horas tempranas, incluso le regaló un poco de aquella mirada chispeante y una sonrisa que él interpretó como un "gracias" y esto le hizo soltar una buena poca de la tensión que llevaba cargando consigo hacía un buen rato.
—Hoy vamos a tener nuestra primera tutoría oficial, pero antes de empezar, me urge preguntarles algo —dijo muy serio mientras se dirigía al pizarrón blanco con el marcador de color rojo en la mano y escribió nuevamente asqueado un nombre:
Illías Alcott.
La cara de las niñas le demostró a Darío Elba que sabían de qué quería hablar con ellas, algunas se pusieron rojas y otras - las más avivadas - se morían de la risa, lo cual le preocupó un poco.
—¡Solo quiero decir qué: si ese bastardo les pone un dedo encima yo les juro que lo castro!.
Las alumnas de la 2-4 abrieron los ojos de par en par, estaban más que sorprendidas por la actitud que su nuevo tutor estaba demostrándoles: él estaba ciento por ciento comprometidas con ellas.
—No se preocupe Profesor, todas sabemos quién es y entre nosotras nos hemos cuidado de él —dijo Gail Hooper haciendo a un lado de su boca la paleta dulce que nunca faltaba en sus labios y estaba a su vez esmaltándose las uñas de un tono de gris casi negro —mi hermano me advirtió hace unos años atrás cuando supo que sería el profesor de natación y nunca le hemos dado la oportunidad de estar a solas con ninguna de nosotras, siempre que vamos a clases no nos descuidamos.
—¡Si que has crecido bastante "Le Petit Hooper"! —dijo Darío al comprobar que esa era la hermana menor de su mejor amigo —¿Cómo está Hooper?.
—Así es, ya crecí Elba y le agradeceré que mientras estemos aquí sea a mí a quien en se refiera por Hooper, cuando hablemos de mi hermano hágalo por su nombre y por cierto le manda saludos, dijo también que ...
—Dígale que todavía me debe aquel juego de vídeo que le presté —dijo rápidamente entre risas, porque sabía con exactitud cual era el mensaje de Leandro Hooper hacia él: era el mismo mensaje que recibía una y otra vez desde los diez años y sin poder corresponder.
Leandro Hooper fue y seguía siendo el único amigo que Darío Elba atesoraba, aunque a veces eso le pesara demasiado en sus adentros.
—Una vez intentamos que lo corrieran por obsceno, pero ese bastardo tiene una legión de niñitas piernas flojas que lo defienden —dijo Moira —no pudimos hacer mucho —remató con desgano mientras hacia pompas de jabón con un cartucho de lapicero vacío que tenía entre las manos.
—Pero ahora no están solas, de verdad les digo ese engendro es más nocivo que cualquier plaga.
—Ese habla más de lo que eyacula —dijo Nina que tenía abierto un libro y sin despegar la vista de él, sus compañeras que estaban acostumbradas a sus intervenciones directas y certeras prestaron oído: —¿Se acuerdan del rumor que corrimos de que tenía ETS y que tuvo que certificar con todo y juramento legal que no estaba enfermo y que clausuraron la piscina hasta probar lo contrario? —añadió Nina con una mueca de astucia en sus labios y todas se rieron al unísono.
Darío, que todavía tenía grabada la dolorosa imagen de Nina desmoronada en su mente, estaba muy realizado de escucharla hablar tal y como era ella: sin una pizca de miedo, con la voz clara y enfática, dueña de sí e inmutable.
Nina Cassiani era más fuerte de lo que él la creía o quizás no tanto como él lo pensaba.
Las tres horas se le fueron volando, luego de cumplir a cabalidad con los objetivos que el manual le pedía, aplicó poco ortodoxas formas de aprendizaje logrando que todas participaran y le dieran al máximo sus capacidades.
Se sentía bien trabajar con ellas, era como si ese rebaño lo hubiera pastoreado desde siempre, todas fluían como en lago más calmo cuando se los pedía y como un huracán, también, cuando lo solicitaba, ellas se sintieron a gusto y realizadas con su manera de ser y se lo demostraron cada una a su modo.
Llegada la hora de marcharse, las quince niñas se retiraron con él y bajaron las escaleras en un bullicio descomunal de carcajadas y boberías que los demás estudiantes comenzaron a envidiar; el rumor de que Darío "El Conquistador" había regresado para ser tutor nada menos que de las "Orcas" de la 2-4, se había esparcido más rápido que la pólvora.
Bloise apareció como siempre de la nada, pero ésta vez a Darío no le molestó ver como se manejaba entre sus dos amigas, ellas literalmente lo hacían a su antojo y a Bloise no le quedaba más que derretirse en sus encantos o dar patadas de ahogado cuando hacia el intento predestinado al fracaso por defenderse.
Darío debía detenerse en el marcador biométrico como siempre, pero hoy no tuvo ningún motivo para quedar rezagado en la oficina del director y logró salir justo cuando Nina caminaba sola por la acera del colegio, pretendía acompañarla en ese mismo autobús donde coincidió por primera vez con Sleepy Girl, aunque luego le reclamarían en la Administración docente el haber dejado abandonado su auto en el estricto estacionamiento donde no se hacían responsables por daños luego de la jornada diaria.
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