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El nuevo tutor no tenía pero ni una pizca de nervios al dirigirse al aula donde había sido recién asignado y aunque se había retrasado bastante por probar y cambiarse una cantidad exagerada de atuendos para lucir, según él adecuadamente, caminaba como si aquel colegio fuera el patio de su propia casa.

Él de manera natural tenía un encanto ameno pero sofisticado: sencillamente destilaba galantería a cualquier lugar donde se presentaba y su viejo centro de estudios no sería la excepción por eso se lo pensó tanto frente al espejo antes de arribar a su nuevo trabajo.

Repasó con sus ojos cada escalón de las gradas piso por piso mientras jocosos y cálidos momentos le pasaban uno a uno por la cabeza.

No consideró que regresaría a esos recintos y menos como profesor, o este caso como tutor, pero cuando se topó con Garita hacía no más de quince días mientras hacía el supermercado no pudo negarse a devolverle un poco a la institución que lo mantuvo desde que aprendió a leer hasta el día de su graduación. Además se había tomado un descanso de su penúltimo año de universidad y no le caería mal tener un ingreso extra para concluir el proyecto en el que estaba trabajando desde los quince años y por el cuál había regresado a su país natal.

El color de las paredes había cambiado como todos los años, aunque los tonos eran similares, la regla de "no le digan a Doña Patty que es el mismo color que ya esta en pared" seguía en pie, pues definitivamente el espectro luminoso ya se estaba quedando sin gamas tonales y dentro de poco habría que considerar los colores infrarrojos o en su defecto usar luces negras para que aquello se volviera "más lleno de vida", pensar eso le sacó una risa que se apresuro a callar llevándose una mano a la boca por instinto porque aquellos pasillos vacíos nunca lo estaban.

Apostados en rincones estaban los monitores que seguían teniendo fama de "mala onda" y él mismo, una vez durante sus años locos, le bajo dos dientes a puñetazos a uno que luego le costó una fortuna volver a poner en su lugar.

—Ahora yo los mando –dijo y se rió malvadamente en sus adentros, recordando que ningún pero ningún monitor era bueno en su quehacer al tener como líder a ese que él tanto detestaba.

—Durmiendo no se vigilan los pasillos jovencito —se apresuró a regañar al primer mocoso que se encontró con la distintiva insignia en la manga derecha que estaba recostado sobre un montón de boletas de infracción.

—¡No volverá a suceder señor! —dijo casi de memoria el irresponsable alumno acomodándose en su silla —que así sea —repuso fríamente y con gozo el nuevo tutor.

Siguió su camino, directo hasta el cuarto piso justo a las últimas aulas de "El palomar" aquella alejada zona del edificio mayor que estaba en la parte más alta y solitaria de todo el colegio.

Dos puertas de metal continuas: la 2 -5 con el letrero de Msc. Aldana y otra, la suya, sin letrero.

Sacó del sobrecito donde le habían guardado su placa y la colocó no sin antes darse cuenta que la puerta vibraba sin siquiera tocarla, pegó el oído y empezó a escuchar la música, las risas, el parloteo.

Desde el alma recordó cuando con sus amigos hacía exactamente lo mismo tan sólo cinco años atrás.

Sacó la llave del bolsillo del pantalón y muy suavemente la introdujo hasta dar las vueltas completas al cerrojo, abrió con total cautela centímetro por centímetro hasta encontrarse con aquel jardín griego.

Una horda de quince ninfas agitaban el paisaje como lo harían las ramas abatidas por el huracán de la adolescencia, eran todas y cada una de ellas un estallido de emociones y hormonas viajando a través del viento y al unísono de la música.

De encontrarlas en ese estado en la edad media las habrían quemado vivas por depravación, brujería, asociaciones ilícitas y vaya dios a saber que otras cosas.

Estupefacto, extasiado, confundido y un tanto decepcionado, pero más que todo alborotado también habría dado lo que fuera por unirse a la fiesta pero en su posición de tutor eso no le estaba permitido.

Sus ojos grisáceos recorrieron una a una a las quince jovencitas, él sabía que debía detener aquel desorden de manera inmediata pero su joven corazón y los recuerdos frescos en su memoria no se lo permitieron y menos aún cuando divisó aquella flama que quemaba hasta el aire.

El exquisito baile de aquella señorita era digno de admirar: todo un derroche de juventud y sensualidad, él hubiese querido sentarse en una silla y admirarla hasta que la vida se le acabara, tenerla bailando así y con la mayoría de edad, pero sólo para él y con privacidad exclusiva.

Nina Cassiani Almeida se había perdido, se perdió justo en el "All night long Let me see that thong" se le olvidó que estaba en el colegio, que de seguro las iban a castigar a todas incluyéndose —"una vez en la vida" —pensó mientras se soltaba la corbata seguido del serpenteo de su cuerpo  y deslizaba las manos por la botonera para arrancarse el chaleco.

"Mira nada más donde te vengo a encontrar"

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