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Cerca de la rotonda de los Próceres el autobús se detuvo para atender una mano que apenas se distinguía en medio del aguacero, parecía que la bóveda del cielo se hubiera roto justo en ese lugar por que aquel hombre que abordó - el ahora indirecto bus de la ruta 101-B - escurría de la rodilla hasta los pies.
El joven de estatura no promedio agradeció muy atentamente al chofer, pagó su tiquete y buscando dónde sentarse eligió el tercer lugar de la fila tras del conductor por comodidad.
Trató de no ser muy escandaloso cuando se quitó la prenda que le había permitido no mojarse por completo y se sentó al lado de la jovencita que moraba con la cabeza pegada al vidrio.
Reconoció de inmediato aquel uniforme a cuadros, lo había visto por quince largos años y recordando viejos tiempos se le formó una sonrisa en su pálido rostro golpeado por el helado viento de la lluvia.
Le inquietó un poco el sueño de aquella pues ni se había inmutado con su presencia, de alguna manera el rostro a casi tres cuartos se le hacía conocido pero no podía dar con el nombre, a lo mejor y solo era una chica con la que alguna vez se topó en la calle.
Ella abrazaba fuertemente su bolso y tenía los labios entreabiertos, el chico apartó la mirada un rato intentando dejar de verla mientras ella seguía en su nirvana.
Por la lluvia el sistema de semáforos había colapsado y el tráfico era aún más pesado de lo normal y en uno de esos intentos por encarrilarse el chofer estuvo a punto de golpear a otro autobús que se le atravesó sin avisar.
Todos los pasajeros se movieron bruscamente incluyendo a Nina, pero el rápido y oportuno acompañante logró atajar el golpe contra el vidrio con su brazo izquierdo y le tomó por el cuello, evitando así un seguro moretón en la mejilla.
—Duermes como un leño —le susurro en el oído mientras quitaba lentamente su brazo y depositaba nuevamente su cabeza sobre la ventana, pero Nina se limitó a entre abrir los ojos y sonreír para luego volver a lo suyo pero ahora acomodada encima del hombro izquierdo del desconocido.
Impactado y sin palabras no tuvo la voluntad de negarle el placer de seguir durmiendo cómodamente, pensó: "a lo mejor está en temporada de exámenes" y por un instinto extraño que le surgió, sin permiso, se guardó la cabeza de roja melena en su cuello y la abrazó.
—Debes de ser una chica muy buena, eso no lo dudo, pero deberías de tener un poco de cuidado, duerme bonita. ¡Qué envidia me da no poder meterme en tu cabeza y saber que es lo que tanto sueñas! —volvió a susurrarle y no pudo evitar besarle la frente.
A Nina le gusta el invierno, le gusta la lluvia porque la tranquiliza y le provoca los más reconfortantes sueños, ahora yace indefensa y por voluntad inconsciente en el pecho de un joven con el corazón enloquecido.
A él por desgracia se le acababa el tiempo, muy pronto tendría que desprenderse de aquella chica tan singular.
La lluvia no menguaba y con mucho pesar el joven debía de bajarse en la siguiente estación, sintió como si se arrancara una parte del cuerpo mientras se desprendía a Nina para depositarla sobre la ventana, ¡qué celos le tenía a la ventana!.
—Me gustaría la menos saber tu nombre, pero, no me atrevo a despertarte, la verdad he disfrutado mucho de tu cálida compañía —le susurro de nuevo en el oído —no ha dejado de llover —continuó mientras que de su billetera sacaba una tarjeta y garabateaba unas cuantas letras con la pluma fuente que llevaba en el bolsillo de la camisa, la vio por última vez como queriendo tatuar su rostro en la memoria y le dejó la gabardina junto a otro afecto más del cual gustosamente se estaba desprendiendo y acomodó todo aquello cerca sus piernas.
Levantó la mano para halar la cuerda del timbre y el joven de estatura no promedio se levantó para bajarse sin volver a ver hacia atrás.
Se perdió bajo la intensa lluvia en aquel complejo de apartamentos muy famosos sin dejar de recordar a la bonita dormida que acaba de conocer, preguntándose si tal vez por casualidad algún día la volvería a ver.
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