31 de diciembre de 2023
—No puedo creer que haya venido de nuevo —expresó Rudolf, mientras se dejaba caer en el sillón—. ¡Dos veces!
—Sí, dos veces —le dijo Charlotte, en voz un poco más baja, ya que era ella quien estaba poniendo a Rudolf al corriente de los nuevos acontecimientos respecto al príncipe de Liechtenstein—. Y aseguró que volvería hoy. ¿Qué crees que signifique?
—No lo sé. ¿Culpa tal vez? No piense demasiado en ello. Lo importante es que Kitty se recupere. Dentro de unos días estoy seguro de que la vida de cada uno seguirá su rumbo o tal vez tengamos mayor certeza de las intenciones del príncipe y se vuelva un buen amigo. Es demasiado pronto para saberlo y quizás sea estéril que estemos haciéndonos conjeturas por solo dos visitas. Tal vez ni siquiera regrese hoy.
Rudolf se calló pues sintieron los pasos de Kitty por la escalera. Iba bajando con cuidado pues en la noche durmió poco y mal a causa del dolor intermitente.
—Hola, ¿llevas mucho aquí? —preguntó cuando entró al salón de estar, ya que percibió el perfume característico de Rudolf, además de las voces que había escuchado en la distancia.
—Apenas unos minutos. —Rudolf le dio un beso y le cedió su puesto en el sofá—. He venido a despedirme pues no volveremos a encontrarnos hasta el Año Nuevo. Como sabes, iré a ver a mi padre a Ginebra por unos días.
—Sí, lo sé. Te deseo que pases unos días felices. ¡No dejes de llamarme!
—Por supuesto que te llamaré. Prométeme que te cuidarás, para que pronto podamos entrenar.
—Haré mi máximo esfuerzo.
Iban a despedirse cuando tocaron a la puerta. Charlotte y Rudolf se miraron con cierta complicidad, apreciando también la sorpresa aflorar al rostro de Kitty: probablemente estuviese pensando en el príncipe. La dueña de la casa atendió. Para su asombro era un empleado de la Casa Real de Liechtenstein con el envío de una cena obsequio de parte del príncipe por Noche Vieja.
—Es un obsequio de Su Alteza —explicó Becker, el secretario privado—. ¿Podemos pasar?
—Sí, por supuesto, muchas gracias… —balbuceó Charlotte aún sorprendida.
Se hizo a un lado mientras dos empleados de la Casa Real dejaban sobre la mesa tres bandejas con la cena. La última, en cambio, era la más impresionante, ya que era la célebre tarta Dreiknigskuchen, que era conocida como el pastel del Rey, de un gran tamaño en forma de corona y era un dulce tradicional de Liechtenstein. La masa del pastel tenía pasas y chispas de chocolate
Rudolf, al lado de Kitty, le iba describiendo la escena. La joven agradeció al secretario privado, mas luego se regresó a su puesto.
—Tendremos comida para dos días —observó Charlotte—. Compartiré con los vecinos. ¿No quieres llevarle tarta a tu padre, Rudolf?
—Muchas gracias, Charlotte, pero disfrútenla ustedes.
—Supongo que esta sea la manera de Max de disculparse por no venir hoy, como había prometido. Yo lo prefiero así, y no lo digo por la comida —expresó Kitty pensativa—, sino porque Max debe tener mejores cosas en que emplear su tiempo.
Charlotte iba a replicar cuando sonó el teléfono de Kitty. El programa para invidentes que utilizaba, le indicó que era una llamada de su hermana Lisa. Kitty le contestó en el acto:
—Hola, Lisa. ¿Cómo estás? Rudolf está aquí, ha venido a desearnos feliz Año Nuevo. ¿Quieres hablar con él? Ah, ya hablaron. —Kitty soltó una risita—. Bien, entonces te paso a mamá para que te salude y yo iré a despedir a Rudolf, enseguida regreso.
Kitty se levantó del sofá y acompañó a Rudolf a la puerta.
—Creo que hay cosas que no me has contado —soltó.
—No hay mucho que contar, te lo aseguro. Me parece que, en ese aspecto, tu vida está siendo más entretenida que la mía. Y eso que siempre has sido una ermitaña. Algo debes haber hecho para cautivar la atención del príncipe…
—Casi morir —replicó. Aunque estaba roja como la grana, no quería reconocer que quizás aquel gesto de buena voluntad por parte de la Casa Real pudiese interpretarse como algo más. Estaba convencida de que no. Aquello era sumamente descabellado. Lo único cierto era que el príncipe cargaba la culpa de casi matarla y eso pudo haber perjudicado tanto su vida, que cualquier cosa que hiciese por ella podía considerarla él como demasiado poco.
—Por favor, cuídate. Estaré al tanto de ti. Te llamaré a la medianoche —dijo dándole un beso en la mejilla.
—¿Antes o después de llamar a mi hermana? —precisó con una sonrisa.
—Después.
—¡Lo sabía!
—Después, porque en Pretoria se recibe el año nuevo una hora antes, listilla —le explicó riendo.
—Sí, tienes razón —sonrió Kitty—. No lo había pensado.
Se separaron al fin. Sin embargo, cuando Kitty entró al salón de estar escuchó, para su consternación, cómo su madre le contaba a Lisa que habían recibido una cena obsequio de la Casa Real. Lisa, quien estaba en altavoz, estaba muy extrañada y no dudó en preguntar los motivos. Charlotte no tuvo más remedio que contarle, al fin, que Kitty había tenido un accidente con el príncipe de Liechtenstein, pero que estaba bien.
—¡Mamá, no puedo creer que no me contaran! —exclamó—. ¿Cómo está Kitty?
La aludida le quitó el teléfono a su madre.
—Lisa, lo siento. Estoy bien, no quería preocuparte.
—Pero, ¿cómo fue?
—El idiota del príncipe Max creyó que yo lo vería y se acercó a una distancia peligrosa, sin advertir que era invidente, a pesar de que llevaba mi peto amarillo identificativo.
—Sí que es un idiota —murmuró sonriendo, hablando para sí. De todas las personas del mundo con las que podía colisionar, Max lo hacía precisamente con su hermana. Y justo se enteraba el día en el que pensaba escribirle para felicitarle por año nuevo.
—Pero no te preocupes, ha sido muy gentil con nosotras y todo está bien. —No quiso dar más detalles—. ¿Puedo pedirte un favor? No le cuentes a papá sobre esto. Sé que se disgustaría mucho y me pediría que abandone el deporte.
—De acuerdo, no le diré nada. ¿Podrás asistir a la Copa Mundial?
—Aún no lo sé, pero haré mi mayor esfuerzo.
Charlotte se puso al teléfono de nuevo y continuó contándole a Lisa lo amable que había sido Max con ellas en estos últimos días. Lisa se preguntó si, además de la culpa por el accidente, Max habría descubierto que eran hermanas. Con sus contactos y relaciones bien pudo haberlo hecho. ¿Significaba eso que debía escribirle y darse por aludida de lo sucedido? Pensó en abrirse con su madre y hermana y contarles que ya lo conocía y que incluso habían tenido una cita, pero no lo hizo.
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Allí estaba. Tocó a la puerta y fue ella misma quien le recibió de nuevo. Llevaba dos trenzas y parecía una niña.
—¿Max?
—Me aseguré de utilizar el mismo perfume, para que me reconocieras.
—El olor a príncipe azul —repitió ella con una sonrisa irónica, aunque en realidad la habían impresionado sus palabras y el hecho de que pensara en ese detalle—. Por favor, pasa. La verdad es que no te esperaba. Debo tener un aspecto horrible en pijama.
Él sonrió. Kitty estaba vestida con un pijama de sweater rojo y pantalón a cuadros.
—¿Por qué pensabas que no vendría? Te aseguré que lo haría. Por cierto, no me molesta para nada tu pijama.
—Por favor, siéntate. —Ella lo condujo al salón principal. A Max lo maravillaba siempre el hecho de que Kitty se moviera con una soltura indescriptible por los espacios, con una precisión casi milimétrica—. Muchas gracias por la cena, ha sido muy gentil de tu parte, pero no tenías que haberte molestado.
—Es un placer. En el Castillo siempre hacen suficiente comida y pensé que la disfrutarían. Debe ser bonito cenar en una casa normal, en la intimidad del hogar.
—Cuando recibimos la cena creí que era porque no vendrías…
—Comprendo. La próxima vez te llamaré antes de venir…
—No, no es preciso.
—Toma. —Max le tendió una tarjeta con su número, la cual puso en la palma de su mano. No pudo evitar pensar que hizo lo mismo con Lisa—. Puedes pedirle a tu madre que me llame.
—Yo puedo llamarte, Max —le dijo riendo—. Solo necesito registrar tu número. Aunque no lo creas, mi teléfono celular está equipado para que pueda realizar llamadas de manera autónoma, incluso me lee mensajes o los escribe por mí, gracias a un programa creado para invidentes.
—Vaya, no sabía eso. Es increíble lo que la tecnología puede hacer para las personas con cierta discapacidad.
—He escuchado sobre muchas nuevas tecnologías, que quizás en un futuro puedan estar a mi alcance. El mundo evoluciona constantemente.
—Es cierto. ¿Y tú madre?
—Ha ido a casa de la vecina a llevarle un poco de comida. Dice mamá que nada más con la tarta hay para alimentar a todo el barrio.
—Me parece bien, aunque espero no regalen la parte de la tarta donde hay un obsequio para ti. Sabes que es tradicional añadir algo dentro, y he pedido que colocaran un detalle especial para ti. Es una tontería —añadió—, pero espero que te guste.
Kitty quedó sumamente desconcertada.
—Muchas gracias, Max. No sé qué decir…
—No tienes que decir nada. Debía competir con el pastel de queso…
Kitty soltó una carcajada.
—El pastel de queso no era tan grande como tu torta ni tenía sorpresa dentro, pero lo hizo Rudolf con sus propias manos… Ese es un punto a su favor. Si quieres sorprenderme bastante tendrías que cocinar para mí.
—¡Bah! Te sorprendería de lo que soy capaz de hacer… —Inevitablemente pensó en Lisa y en el auto averiado, a quien le había dicho exactamente lo mismo, pero desechó ese pensamiento—. Cocinaré para ti un día de estos, lo prometo.
—Estás haciendo demasiadas promesas, Max.
Él se puso un poco más serio, recordando el accidente.
—Te confieso que hace unos días, en la pista, temí que te hubiera matado. No imaginas el terror que sentí, por ti, por mí… Ha sido un alivio ver que te estás recuperando.
—¿Entonces haces esto por remordimiento? ¿Lavando tus culpas? Si quieres que te exculpe para que sigas con tu vida, puedo hacerlo ahora mismo. Sé el riesgo al que me someto por practicar deporte. Estas cosas pueden suceder. Cometiste un error, es cierto, pero yo juego con el peligro todos los días.
—Me expresé mal cuando hablé —rectificó él de inmediato—. Si hubiese sido solo culpa te habría enviado el cheque yo mismo. Sé que te llegó y te ofendiste en consecuencia, pero quiero decirte que no fue idea mía, de hecho, estaba en contra de algo así. Estoy aquí porque me agradas, y eso va más allá del accidente, Kitty.
Se hizo un largo silencio. Ella meditó sus palabras, con cuidado.
—También me agradas, Max —dijo al fin.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Qué bueno, creía que no. Dices que no te gustan los príncipes azules.
—Me agrada Max, no el príncipe.
—Eso me alegra más. Muchas personas que me conocen solo se acercan a mí por mi título.
—Y muchas se alejan de mí por mi discapacidad.
—Por eso nos llevamos bien —meditó—. Somos polos opuestos…
“Los polos opuestos se atraen” —pensó cada uno. Pero Max no lo dijo y Kitty tampoco quien, sobre todo, se ruborizó.
—¿Qué harás esta noche? —preguntó ella con curiosidad, para cambiar el tema de conversación.
—Cenaremos todos juntos en el Castillo, aunque echaré mucho de menos a mi hermana. Este año no estuvo en las festividades, ya que está embarazada y vive en otro país.
—Yo también echo de menos a mi hermana, quien también está fuera del país.
—¿Son muy unidas?
—Bastante, aunque a consecuencia del divorcio de mis padres hemos vivido separadas por muchos años. No es lo mismo cuando se comparte techo, aunque siempre nos pasábamos las vacaciones juntas y eso mantuvo estrecho nuestro vínculo.
—Comprendo. Kitty, ya tengo que marcharme. Quedé en regresar temprano al Castillo. Ya sabes, actividades familiares, una foto oficial…
—Lo dices como si fuera lo más aburrido del mundo.
—No tienes idea, aunque después de conocerte he pensado en algo interesante.
—¿En qué? —preguntó curiosa.
—Ya te contaré. Por el momento es solo una idea. Que pasen una linda velada.
—Gracias, Max. —Ella se puso de pie con cuidado para acompañarlo a la puerta. Sin embargo, sintió cómo los pasos de Max se acercaban a ella. Sintió su perfume y respiración demasiado cerca—. ¿Max?
Él se había inclinado para darle un beso en la mejilla, pero no le advirtió. Se dio cuenta demasiado tarde de que Kitty no podía ver sus intenciones y corresponder al gesto despedida. La joven se volteó hacia él justo en el mismo instante en el que Max iba a besarla por lo que, con cierta torpeza, su boca encontró la de Kitty en lugar de su mejilla. Fue un roce de apenas unos segundos, fue algo rápido e inesperado. Fue solo eso. Un beso demasiado corto, que dejó a Kitty perpleja, incluso con dudas de si había sucedido en realidad… Fue la reacción de Max la que la hizo comprender la magnitud de lo acontecido.
—Oh, cielos. Discúlpame… —dijo apresuradamente—. Oh, Dios, yo… Solo quería despedirme. Debí haberte avisado, yo…
Kitty ni siquiera pudo responder, puesto que su madre entró en ese momento.
—Señora Meyer —expresó Max dirigiéndose hacia la puerta con rapidez—. Disculpe mis prisas, pero… ¡Debo marcharme ya! Mis mejores deseos para el Año Nuevo.
—Igual para ti, Max. Gracias por la cena —añadió, pero ya Max estaba cruzando su jardín en dirección a la calle—. Cielos, ¿qué le ha pasado? —Charlotte cerró la puerta—. Se ha marchado rojo como un tomate…
Kitty no respondió. Todavía no podía creerlo. ¡Max le había dado un beso! Y por supuesto que había sido un error, lo comprendía, pero… ¡Qué error tan bonito! Y, a la vez, que miedo de sentirse así.
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Esas cosas podían suceder. No debía darle mayor importancia de la que debía. Sin embargo, ¿por qué no había dejado de pensar en ello? Temía que para Kitty hubiese sido importante. Y, no obstante, era él quien experimentaba un cosquilleo en el estómago cada vez que recordaba la escena. No había habido tensión sexual, ni anticipación, ni deseo de su parte antes de su error. Sin embargo, la naturalidad del hecho despertó algo en él y cuando lo recordaba, un sobresalto se apoderaba de todo su ser.
Tras la cena, Max salió al antiguo patio interior del Castillo. Eran las once de la noche. Tomó su teléfono y llamó a Caroline:
—¡Feliz Año Nuevo, querida hermana! —¡Qué alegría sentía de poder hablar con ella!
—¡Feliz Año Nuevo, Max! ¡Qué bueno escucharte! —se le escapó un bostezo.
—Tienes sueño, ¿verdad? —Rio.
—Un poco. Ya sabes, el embarazo me da sueño. ¿Cómo está la familia? Reconozco que tu llamada es la primera de este año. Mamá y papá me llamaron después de cenar.
—Todos estamos bien. ¿Y mi bella sobrina? ¿Y Luan?
—Alisha duerme y a Luan lo tengo al lado, te lo pondré para que te felicite.
Los cuñados hablaron por unos minutos, pues tenían una comunicación estupenda. Sin embargo, Carol muy pronto reclamó de regreso la llamada.
—Max, debo decirte que mamá me ha puesto al corriente sobre lo sucedido en Malbun. Debiste habérmelo dicho.
—Lo siento, no quería preocuparte. Todo está bien.
—Sí, ya sé que la chica se está recuperando, gracias a Dios, y que has ido tres veces a su casa.
—Dios, ¿cómo saben nuestros padres eso? No sé por qué me extraña, pues tienen maneras disímiles de controlar nuestros pasos.
—Así es. ¿Hay algo que deba saber, Max? —indagó Caroline con una entonación particular.
—No, por el momento no hay nada más que decir. —“Por el momento”. ¿Por qué diablos había hablado así?—. Te quiero, Carol.
—Yo también a ti, Max.
La familia toda se reunió en el exterior justo antes de las 12. Los fuegos artificiales brillaron en el cielo del principado a la hora justa. ¡Había llegado el 2024! Max felicitó a su abuelo, padres, hermanos menores y demás invitados… En medio de la alegría habitual, sintió que un mensaje llegaba a su teléfono. Era un mensaje de ella.
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