Cuando giró sobre sus talones, abrumada por lo que escuchaba, se topó con la pared del baño de huéspedes que, en medio de su aturdimiento, no esperó encontrar en esa posición; el resultado fue que terminó golpeándose en la frente contra un cuadro que se precipitó al suelo causando un gran estruendo. Por fortuna, no estaba herida, al menos visiblemente, aunque tenía la sensación de que abundante sangre manaba de su corazón roto.
—Oh, por Dios, Kitty... —Rudolf cortó la llamada y corrió hacia ella de inmediato. La tomó por los hombros para observarla con detenimiento—. ¿Te has hecho daño?
—No. Por favor, suéltame. —Él lo hizo de inmediato.
—¿Desde cuándo estás ahí?
—Llevo lo suficiente como para corroborar que Maximilian viajó a Pretoria para ver a Lisa. Y sí, ya estaba enterada acerca de ellos: ayer lo descubrí por una indiscreción.
Kitty habló con un aplomo que le asombraba. Tras la conmoción, no lloraba ni se mostraba molesta, tan solo estaba muy triste y decepcionada.
El teléfono de Rudolf comenzó a sonar, el pelirrojo no tuvo necesidad de decir de quién se trataba pues era más que evidente que se trataba su hermana.
—No quiero hablar con ella —dijo Kitty con voz baja pero firme y luego se dirigió a su habitación, esta vez con más cuidado de no golpearse.
Al cabo de un par de minutos, Rudolf tocó a su puerta y luego entró, incluso sin que ella le diera permiso. Kitty se hallaba recostada en su cama, demasiado tranquila.
—¿Cómo estás? —Rudolf se sentó a los pies de su cama—. Bueno, ya sé que es una pregunta estúpida. Te conozco lo suficiente como para imaginar cómo te sientes, aunque intentes mostrar esa entereza que me admira pero a la vez me preocupa sobremanera, porque este es un asunto que no puedes manejar en solitario. Lo único que te pido es que hables con tu hermana, Kitty. Alega que existe una explicación a todo esto y que fue solo una casualidad que se encontrara con Maximilian. —Aunque Rudolf no había conversado mucho con Lisa tras el disgusto que sostuvieron y la interrupción de Kitty, Lisa se había esforzado en dejar claras esas dos cuestiones en una subsiguiente llamada.
—¿Desde cuándo sabes lo de Max y Lisa? —Y hacer esa pregunta le costó demasiado, porque era asumir de una vez que entre ellos había existido —o existía—, algo.
—Lisa me lo confesó hace unos días, cuando le de dije que la quería de verdad y que mis sentimientos hacia ella no eran un juego —confesó. Kitty no lo vio ruborizarse, pero Rudolf, que no acostumbraba hablar jamás de sus sentimientos, se estaba abriendo completamente con ella—. Lisa me aseguró que también sentía lo mismo, pero que había algo que quería compartirme y me contó entonces que fue Max su cita de Malbun, y que no había pasado nada con él.
—¿Y por qué te molestaste ahora con ella?
—Por estúpido y por celos; porque tuve miedo de que Maximilian hubiese ido por Lisa a Pretoria y que yo no pueda competir con él en ningún plano...
—Eres maravilloso, Rudolf, no tienes que compararte con Maximilian en nada. Él no es mejor que tú.
Rudolf la abrazó, emocionado.
—Cásate conmigo entonces, y olvídalo...
A pesar de su disgusto, Kitty no pudo evitar reír. Rudolf se sintió satisfecho de haber logrado su cometido.
—Habla con Lisa. Dice que Max fue por otro motivo a Pretoria, que fue una gran casualidad ese encuentro y que él está loco por ti...
Kitty negó con la cabeza.
—Lisa te quiere; entiendo que ella no ha hecho nada mal, que me ocultó la verdad para no hacerme daño y que no tiene culpa de que Maximilian haya ido a verla. Sin embargo, ¿puedo confiar en él? ¿En sus intenciones?
—Yo lo confronté hace poco, cuando ya supe de su vínculo con Lisa, y me aseguró que eres tú quien le interesas.
—¿Le intereso y me abandonó a las puertas de mi competencia para ir a Pretoria a ver a mi hermana? —dijo con voz ahogada—. ¿Le intereso y no me dijo la verdad sobre Lisa aunque hablamos de ella en muchas ocasiones?
—Kitty, sobre lo primero estoy seguro de que existe una explicación razonable; al menos eso dice Lisa. Sobre lo segundo, debes comprender que probablemente guardara silencio para no perderte. En eso, para bien o para mal, coincidimos Max, Lisa y yo. Te conocemos bien y sabíamos que algo así te haría apartarte del príncipe, avivando tus inseguridades como consecuencia de tu discapacidad. Esa es la única verdad —le dijo con sinceridad.
Kitty sonrió con tristeza.
—No sé si pueda soportar saber que a Max le gustaba mi hermana y que ella era perfecta para él en todos los sentidos...
—No digas eso, eres una mujer perfecta y completa para cualquier hombre, incluyendo al príncipe; además, a Lisa no le interesa él...
—Es que no lo entiendes, Rudolf —sollozó—. Lisa puede hasta formar una familia contigo, y yo seguiré sintiéndome la opción equivocada para Max... Lo soy en todos los sentidos... ¡En todos! —explotó al fin, llorando desconsoladamente.
Y por más que Rudolf intentó contenerla y razonar con ella, Kitty estuvo llorando por largo tiempo, cómo jamás la había visto, hasta que en la madrugada, ya sin fuerzas, se quedó dormida.
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12 de enero de 2024
Max se durmió preocupado, pues no había tenido noticias de Kitty en todo el día. Por más que la llamaba a su teléfono, seguía saltando el buzón. Frustrado, se fue a descansar temprano el día anterior pues estaba agotado luego del viaje. A consecuencia de su gran cansancio, no sintió las llamadas de Lisa en la madrugada, pero quedó extrañado cuando las vio a primera hora de la mañana. Preocupado, la llamó de inmediato. Lisa le contestó casi enseguida.
—Max, algo terrible ha pasado... —le dijo temblando.
En su ofuscación, Max se temió lo peor.
—¿Le ha sucedido algo a Kitty? —articuló.
—Ella está bien. No, no está bien —rectificó—. Sabe de nuestra cita y se lo ha tomado de la peor manera. Kitty cree que has venido para verme y por más que lo he intentado, no he podido explicarle.
—No puede ser... —Max permaneció unos segundos sin decir nada más, mientras asimilaba la gravedad de lo sucedido y los estragos que podía causar en su relación con Kitty—. ¿Cómo lo descubrió?
—No tengo detalles, fue algo muy reciente. No obstante, lo importante es que ya lo sabe y la situación no puede ser más difícil para todos nosotros. Kitty no quiere hablar conmigo y hasta Rudolf se ha distanciado. Le expliqué lo que me fue posible, pero la certeza de tus intenciones y de tu cariño, solo las podrá escuchar de tus labios.
—Me salta el buzón cuando he intentado hablar con ella.
—A mí también, lo ha apagado. Max, la competencia es pasado mañana y está muy desconcertada...
—Iré a La Molina —anunció—. Encontraré la manera de llegar a tiempo.
—Me parece que es lo mejor; espero que cuando se aclaren las cosas vuelva a hablar conmigo...
—Seguro que sí; si todo sale bien, Kitty vendrá conmigo de regreso a Sudáfrica —anunció. Y cuando Maximilian decía algo, era porque pensaba cumplirlo.
Bajó las escaleras reflexionando sobre lo sucedido. "Kitty...". Debía estar creyendo lo peor de él. ¿Por qué debía enterarse así, justo cuando no estaba a su lado para poder explicarle? A punto de competir, Max sabía que había demasiado en juego y se sentía culpable del mal momento que vivía Kitty. Si perdía el título o tenía un accidente, la culpa sería solo suya.
Tenso, tomó su teléfono y le pidió a Becker, su secretario privado, que le comprara un pasaje en clase business de Pretoria a Barcelona. Con tan poca previsión era casi imposible encontrar billetes no solo para Max, sino para su equipo de seguridad. Becker le respondió, una hora después, que sus esfuerzos fueron infructuosos. El tiempo era demasiado corto. Entonces Max se jugó la última carta que le quedaba: hablar con su padre.
Debía hacerlo bajo las mejores condiciones, así que fue a ver a Caroline al hospital. Tuvo suerte pues alcanzó a hablarle a Luan en el corredor sobre sus planes y el sudafricano le dió un abrazo y lo impulsó a hacerlo.
Luan se marchó a descansar, mientras sus Altezas Reales acompañaban a Caroline, quien recién había terminado de lactar a Lucas.
Max se acercó, saludó a sus padres y besó a Carol en la cabeza.
—¿Qué sucede? —preguntó la princesa, siempre alerta.
—¿Me perdonas si me marcho por algunos días? Prometo regresar pronto para disfrutarlos más...
—Claro que te perdono —respondió Carol sin dudarlo—. Estoy segura de que no te marcharías si no fuera importante.
Sofía, la madre de ambos, no dudó en mostrar su inconformidad.
—¿A dónde piensas ir? —preguntó su padre—. ¿Y cómo? Tu madre y yo no pensamos marcharnos tan pronto y nuestro avión privado no puede moverse sin nuestro consentimiento y mucho menos, por seguridad, dejarnos atrás.
—Por favor, padre —suplicó Max—, he intentado comprar billetes en una aerolínea regular, pero no ha sido posible...
—Aún no has dicho a dónde vas —observó Sofía.
—A La Molina, a ver a Kitty competir —respondió con sinceridad.
Sus padres se miraron, sorprendidos.
—¿Es tan importante para ti? —interrogó Louis.
—Sí, se lo prometí; además, ha surgido un gran malentendido entre nosotros que le ha causado una gran preocupación y me temo que, si no voy y le hablo con claridad, como mismo les estoy hablando a ustedes ahora, no solo pierda el título que añora sino que tenga otro accidente.
Caroline, quien estaba ajena a muchas cosas, no dudó en apoyarlo.
—Padres, por favor, es importante. Max no lo estaría suplicando si así no fuera. Además, pasarán unos días con nosotros en Pretoria y no necesitarán el avión.
—¿Cuál es tu relación con esa muchacha? —preguntó Sofía.
—Es mi novia —respondió—, o al menos eso espero.
—¡Tu novia! Max, ¿has pensado en las consecuencias de esta decisión?
—Mamá, Max ha pensado en todo —intervino de nuevo Caroline—, y una relación así puede hacerle mucho bien a mi hermano. Al menos es la primera novia que le conocemos. Deberíamos estar contentos por eso. Lo demás, se verá más adelante.
Max le agradeció desde su puesto, con su mirada, mas luego permaneció expectante, aguardando por la respuesta de su padre que era la definitoria.
—No pienso discutir ahora sobre este tema delante de tu hermana y sobrino recién nacido. Te daré el avión, pero este debe regresar al día siguiente, con o sin ti. Si quieres o no regresar será cuestión tuya, pero el avión regresará a las veinticuatro horas.
—¡Muchas gracias, papá! —Max no podía creerlo, corrió a su encuentro y le dio un abrazo.
Louis no era tan expresivo, pero lo aceptó.
—Max, estoy haciendo esto porque confío en ti —le recordó después—. Sé que has sido educado en la responsabilidad y en las obligaciones que te son propias como príncipe de Liechtenstein y espero que estas, en un futuro, primen sobre cualquier otra cosa. El deber, muchas veces, ha de anteponerse a nuestro querer y no seré yo, en estas circunstancias, quien te recuerde cuánto importan las buenas elecciones para el futuro del principado.
—Lo sé. —Aunque le dolía admitir que quizás para sus padres Kitty no fuera la mejor de las elecciones. No obstante, debía sentirse satisfecho por la batalla que recién había acabado de ganar.
—Éxitos a Kitty en su competencia, un título mundial para Liechtenstein en esquí alpino no es poca cosa —añadió el hombre, esta vez con una sonrisa.
—Se lo diré. Gracias.
Max se despidió de cada uno, pero principalmente de Caroline, su querida hermana, quien se había vuelto un apoyo invaluable para él. ¡Había llegado el momento de viajar!
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Después de recorrer la pista Barcelona con Rudolf, Kitty podía hacerse una representación mental del reto que la aguardaba: ¡una pista negra por dominar y conquistar! Debía reconocer que estaba nerviosa, sobre todo porque sabía que no se hallaba en las mejores condiciones para enfrentarlo. Cada vez que recordaba que Max había salido con su hermana, se sentía peor, menos digna de él. De no ser por Rudolf, habría impulsado a Max en dirección a Lisa sin dudarlo. Ella era la mejor de las dos.
Se hallaba descansando esa noche en el sofá cuando tocaron a la puerta. Rudolf fue a abrir y se encontró, para su sorpresa, a Alex y a Charlotte Meyer en el umbral. Lo más sorprendente era verlos juntos, ya que llevaban una década evitándose el uno al otro. Rudolf los invitó a pasar y luego los dejó a solas para que tuvieran mayor privacidad.
—¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué están haciendo aquí? —Kitty no podía dar crédito.
Los aludidos se acercaron y le dieron un beso con mucho cariño.
—No podíamos perdernos tu competencia —respondió Alex—. Quedamos en que vendría a apoyarte.
No lo dijo, pero eso había sido cosa de Max, quien lo había conminando a asistir.
—Además, Kitty, Lisa nos llamó esta mañana muy preocupada —se sinceró Charlotte—, así que tu padre y yo nos pusimos de acuerdo en venir juntos para darte nuestro apoyo en un momento tan delicado como este.
Kitty suspiró, se dio media vuelta y se dejó caer en el sofá.
—Estoy bien.
—No hay nada más que verte para saber que no es así —repuso su madre.
—Qué bueno entonces que no puedo verme al espejo...
—¡Kitty! Jamás has tenido lástima de ti misma. No es momento para que te minimices de esa manera que no ayuda. Lisa me contó todo: tuvo una única cita con el príncipe y no ha sucedido nada entre ellos. Eres tú quien realmente le interesa a Max —prosiguió Charlotte con buena dosis de convencimiento y energía para alejar los malos pensamientos de su hija.
—Yo no soy la hermana correcta para él —respondió molesta—. Papá, estoy segura de que piensas que Lisa hubiese sido una mejor elección...
—Pues te equivocas —respondió Alex muy tranquilo—. Las conozco a las dos lo suficiente como para saber que Max y tú tienen más en común. El amor por el esquí los une y Lisa jamás abandonaría el ejercicio de su profesión para asumir deberes oficiales. Puede que Maximilian haya visto en tu hermana la belleza, inteligencia y talento que le son propias, hasta que te conoció y vio eso mismo y más también en tu persona... Cuando me lo presentaste, no tuve la menor duda de que eres tú la única mujer en la que él piensa.
Kitty, quien siempre había creído que su padre prefería a Lisa, se echó a llorar. Él corrió a sentarse a su lado y Kitty escondió el rostro en su regazo.
—Lo siento... —murmuró.
—No te preocupes, cariño.
—Kitty, hay algo más que tienes que saber —, le dijo su madre, también emocionada por la escena—. Te voy a tender mi teléfono para que leas la noticia por ti misma.
Kitty tomó el dispositivo y se colocó las gafas que había dejado encima de la mesa de centro. Con ellas, fue capaz de leer una noticia publicada en un diario:
"La Casa Real de Liechtenstein ha anunciado esta mañana, a través de su portavoz oficial, el nacimiento en Pretoria del segundo hijo de la princesa Caroline de Liechtenstein y de su esposo el señor Luan Edwards".
Aunque la noticia era más larga, Kitty detuvo la lectura: ese era el verdadero motivo por el cual Maximilian había viajado a Pretoria. ¡El nacimiento de su sobrino!
—La casualidad quiso que la princesa diera a luz en el hospital donde está trabajando tu hermana. Fue por eso que se vieron por casualidad —apuntó Charlotte.
Kitty se llevó las manos a la cabeza, había malinterpretado tanto las cosas...
—¿Entonces viajó por el parto de su hermana? —Todavía no podía creerlo.
—Sí, aunque imagino que Max sea más explícito en sus motivos cuando hablen de este tema —razonó su madre.
En ese preciso instante volvieron a tocar a la puerta. Kitty se sorprendió, pues no esperaba visitas.
—Creo que deberías atender tú la puerta, Kitty... —insinuó su padre, quien estaba al tanto de los planes del príncipe, a través de Lisa.
Kitty lo obedeció y, al abrir la puerta, se quedó sin habla. El perfume conocido inundó sus fosas nasales y sus gafas le anunciaron de forma contundente lo que su corazón ya sabía:
"Príncipe Maximilian".
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