28. Cuarentena
https://youtu.be/YJS5HnO-dQc
"He perdido tantas cosas...
Durante mucho tiempo he estado buscando mi camino...
Sigo adelante, sigo adelante..."
Alive - X Japan
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Dos hombres luchan en la arena. Uno de ellos, el más grande, un hombre macizo del altiplano, como aquellos albañiles de obra gruesa que de tanto trabajar y cargar bolsas de cemento se terminan hinchando de músculos. El otro, un pequeño y delgado ejemplar aymara con una cicatriz enorme en la cara. Ambos están con el torso desnudo uno frente al otro; una multitud grita, se embriaga y los azuza a matarse entre ellos.
El más grande, confiado en su fuerza, embiste descuidadamente a su presa, seguro de taclearlo con el poder de un búfalo, pero el pequeño es ágil. El gigantón intenta sujetarlo, es demasiado lento, jamás lo logrará. Las apuestas le daban cuatro a uno al Goliat del Ande; no obstante, el resultado parecía favorecer a los pocos que apostaron por el más pequeño.
Luego de quince minutos de persecución por el octógono, el gran gladiador está agitado y cansado, el pequeño aún parece tener energías. Solo bastó un tropezón de su rival para que el menudo gladiador aymara lograse subir a espaldas del toro altiplánico con el que luchaba. Sus manos fueron directo a la cabeza y sus pulgares, a los globos oculares que casi reventaron cuando los dígitos invadieron las órbitas. Ciego, el titán cae de rodillas al suelo y en un segundo, su escurridizo verdugo lo engancha del cuello con las piernas, causándole un crujido cervical que indica el final de la pelea. David venció a Goliat.
En ese momento, un blackero con un maquillaje que recordaba a una calavera hace su ingreso a la jaula infernal y levanta el brazo del ganador anunciando: "¡El Chaski es el vencedor!". Los apostadores, blackeros en su mayoría, vitorean la victoria mientras los que perdieron dinero maldicen a sus anchas. La siguiente pelea a muerte estaba por empezar.
El Yawar Arena es uno de los centros de peregrinación blackera más importantes del occidente boliviano. Sus instalaciones son amplias e incluyen una taberna, un galpón para bandas en vivo y un octógono de peleas; todo decorado como un templo drukhari dedicado a la adoración de la muerte y la oscuridad.
Allí, las actividades ilegales más lúgubres del ambiente metalero se llevaban a cabo. Mucho dinero circula por sus predios, todos sospechan su procedencia: narcotráfico, trata y tráfico de personas, prostitución, sicariato, venta ilegal de armas, peleas clandestinas, etc. A ese lugar solo van delincuentes de las tribus metaleras, jamás ajenos. Mucho menos aquellos mafiosos reguetoneros de las juventudes evistas que tanto abundan en El Alto; a estos, los metaleros y en especial los blackeros, los tenían como principal diana de tiro al blanco. La guerra de pandillas se había cobrado ya muchas vidas a lo largo de los años por todo el territorio alteño. Facciones rotas, se odiaban unos a otros, y las balaceras entre pandillas milicianas del gobierno, metaleros, mafias de extranjeros y un sinfín de militancia política, eran usuales.
Desde luego, la existencia de un lugar así sería imposible en la ciudad de La Paz, urbe que se encuentra dominada casi en su totalidad por tribus de heavys y powers, entre otras turbias élites paceñas; por su pacto con la ley, por decirlo de algún modo. Pero la ciudad de El Alto es una cosa muy diferente. Es otro municipio con otras autoridades y otros pactos, lo cual convirtió a la urbe alteña en la capital nacional del black metal boliviano. Si La Paz es una metrópoli efervescente, El Alto es una megapoli ascendente y fuera de control.
Asmodius acababa de recibir el dinero de su última apuesta. Él puso cinco mil bolivianos a favor del pequeño Chaski Andino y se llevó casi quince mil en una noche; la casa ganó y Asmodius representa a la casa. Invertiría ese dinero en drogas de gama alta para comerciar y municiones para su facción blackera. El demoníaco metalero sabía que la realidad habría de cambiar muy pronto, la muerte se cierne sobre el mundo y el hedor de la putrefacción inunda las ciudades; Asmodius quiere estar listo junto a su facción para enfrentar el desafío.
Una canción de Cradle of Filth sonaba de fondo, los gladiadores del siguiente duelo se estaban matando en el octógono cuando uno de los hombres de Asmodius anunció la llegada de su próxima audiencia. Un visitante que el blackero hace tiempo no veía, había venido a buscarlo.
—Vaya, vaya, Akron el exiliado viene a mis dominios —saludó Asmodius.
Akron ya no lucía como antes. Llevaba la cabeza afeitada como monje tibetano, pero la barba abundante y larga como chamán vikingo. Se sentó y se retiró los lentes oscuros antes de contestar.
—Ha pasado tiempo, Asmodius. Por lo que veo aún sigues en el negocio.
—Y yo supongo que el dinero de tu padre salvó tu culo.
Akron dirigió una mirada de odio hacia el blackero antes de proseguir:
—Esta no es una visita social, sino de negocios. En este momento represento clientes que buscan otro tipo de experiencias, tú sabes, acceso a substancias nuevas.
—No negocio con fentanilo.
—No es lo que busco tampoco, quiero que me hables de esa droga que los blackeros de este lugar han estado fabricando. La llaman ayahuasca negra, ¿cierto?
Una chispa de fastidio brilló en los terribles ojos de Asmodius, mirando sin parpadear al metalero exiliado. La ayahuasca negra era una droga muy poderosa y peligrosa de carácter místico que varios gladiadores del Yawar Arena consumen antes de sus luchas a muerte. Desde hace algún tiempo, su existencia clandestina y secreta se ha estado filtrando entre los narcotraficantes. Gente de mucho dinero ha estado buscando la droga para fines recreativos. Asmodius sonrió antes de beber del vaso de whiskey que tenía a la mano.
—Tú no tienes terreno, Akron, vives en exilio. Los blackeros solo hacemos negocios con gente del metal y tú ya no eres uno de ellos. Eres nada.
—No te equivoques, aunque ya no sea un power, aún estoy en el metal. Tengo una nueva tribu —respondió Akron, notablemente fastidiado por el comentario del blackero.
—No me digas, y qué eres ahora, ¿un rockero lameculos de la alta sociedad?
Akron se inclinó hacia Asmodius, desafiándolo con la mirada.
—Tienes una boca muy grande —respondió el exiliado, desafiante, a lo que el blackero de inmediato reaccionó y en menos de un parpadeo sacó un cuchillo y lo clavó sobre la mesa, a unos milímetros de donde Akron tenía apoyada la mano.
—Ya no soy tu sparring, Akron, el contrato se acabó, ¡eres un exiliado! Es más, ni siquiera sé con qué tribu estás distribuyendo substancias. Encima vienes a mi territorio y me pides negociar como si aún tuvieras alguna jerarquía. Eres un paria en este momento, poco menos que basura. Podría arrancarte el corazón ahora mismo y no lograrías hacer nada para evitarlo porque tú no puedes hacer nada —Asmodius se relamió de forma grotesca, Akron sonrió burlonamente y respondió:
—Si vas a clavarme ese cuchillo en el pecho, hazlo de una puta vez. O me matas ahora o hablamos de negocios, tú decides. Pero no me hagas perder mi tiempo.
Asmodius vio que, aunque Akron se había convertido en un paria entre los metaleros desde que perdió aquella justa con Arturo, agallas aún le sobraban. Sonrió y echó una sonora carcajada:
—¡Ja, ja, ja! Muy bien, al menos no te has vuelto un aburrido —dijo Asmodius y le sirvió un vaso de trago a Akron, que se lo bebió de un solo sorbo. El blackero continuó—: Dices que te interesa el lote de ayahuasca negra, ¿cierto? Es una droga peligrosa, una con la que es mejor no joder. Uno nunca sabe qué entidades disformes se pueden encontrar en el imnaterium multiversal durante un trance de ayahuasca negra. Algunos dicen haber vivido vidas enteras en pocas horas, hubo quienes jamás regresaron, se volvieron totalmente locos; y lo entiendo, no querrás ver a la Diosa Ultravioleta o a sus lobos, es un mal viaje sin retorno.
—¿Y piensas que no lo sé? Mis clientes están muy conscientes de ello y van a pagar el precio. Si la droga es buena, haremos buenos negocios. Adelante, dame una cifra.
—¿Quieres una cifra? Quinientos gramos en cinco mil verdes, es el costo.
—¿Quieres un cheque?
—No agotes mi paciencia, Akron.
De su gabardina, el metalero exiliado sacó un gran lingote de oro, sellado con la cuña de una distante mina centroafricana asociada a la mafia rusa, y lo dejó sobre la mesa.
—Me llevaré un kilo, y puedes quedarte con el cambio.
Asmodius miró al exiliado, desconfiado. Tomó el lingote, lo golpeó suavemente con uno de sus anillos, le clavó un colmillo, incluso lo probó con un imán para verificar su autenticidad. Era oro puro.
—Muy bien, Akron, me has convencido. Mi asistente te entregará la mercancía. Brindemos, para cerrar el trato —el metalero llenó dos vasos con alcohol Caimán, un brindis casi ceremonial, como acostumbran los blackeros. Rechazar alcohol es considerado un insulto entre la facción blackera, así que Akron tuvo que aceptar. Asmodius prosiguió—: La peste se acerca, ¿lo sabías?
—Esa gripe china, supongo.
Asmodius asintió en silencio, bebió y prosiguió:
—El Señor de la Plaga va esparcir sus bendiciones en estas tierras. ¿Ves a esos luchadores matándose en el octógono? Es la última pelea de la temporada, voy a cerrar desde hoy el Yawar Arena.
Akron miró confundido al blackero.
—Si mis clientes mueren por la peste —Asmodius prosiguió—, eso será malo para los negocios. Recomiendo que hagas lo mismo, la provisión de drogas se interrumpirá por tiempo indefinido. No importa cuánto dinero tengas tú o tus clientes, habrá lotes que ya no estarán disponibles; como mucho encontrarás marihuana, así que administra bien lo que acabas de comprar. Es de buena calidad y ya no habrá hasta que el Señor de la Peste se haya retirado.
—¿Significa que estarás fuera del negocio? — replicó Akron, echando una profunda calada a un porro de cannabis con cocaína.
—Habrá cuarentenas y llevaré el negocio, digamos, al siguiente nivel. Es un augurio de transformaciones, el dios del cambio Tzeentch está jugando con nosotros.
—Lo sé, por eso vine aquí.
—Más te vale no traer problemas a mi territorio, Akron.
Akron bebió el alcohol de su vaso de un solo trago y se levantó sin decir nada. Cuando ya se retiraba, Asmodius lo increpó.
—¡Hey, exiliado! Aún piensas en lo ocurrido aquel día, ¿verdad? —Akrón se detuvo brevemente y dio una mirada por encima del hombro al blackero.
—Tú lo has dicho, soy un exiliado —dijo y se fue.
Lejos del Yawar Arena, en el último piso de un céntrico y lujoso edificio de la ciudad de La Paz, Xavier Mendoza realizaba su trabajo, preparando la campaña política de su padre para el próximo proceso electoral. Él sabía que las elecciones iban a retrasarse debido a la pandemia que azotaba el país, pero la política debía seguir. Tan absorto estaba en los datos que se reflejaban en la pantalla de su ordenador que no vio llegar a su asistente, quien entró a su oficina.
—Licenciado, disculpe —se anunció la asistente, sacando a Xavier de su concentración—, su padre viene a buscarlo.
Xavier se arregló la corbata y le pidió a su secretaria que lo haga ingresar. Alonso Mendoza entró apresurado a la oficina de su hijo y se sentó en uno de los sillones del despacho. Ambos se habían quedado solos, Xavier se acercó y se sentó frente a su padre.
—¿Te ofrezco algo, papá? —solícito, dijo Xavier.
—Dame un whiskey con hielo, por favor, hijo.
—Tengo un irlandés excelente, Tullamore Dew, muy herbáceo.
Mientras Xavier servía el contenido de una botella de etiqueta verde en un par de vasos, don Alonso suspiró profundo y dijo:
—Creo que vamos a tener que pausar los trabajos de campaña —Xavier bajó la cabeza y sentó frente a su padre, dejando ambos vasos servidos sobre los portavasos de la mesa.
—¿La pandemia?
Don Alonso asintió en silencio y agregó:
—La OMS habló, esto está oficialmente fuera de control. ¿Oíste las noticias? Los hospitales de los países más organizados del mundo ya han colapsado, y mientras tanto, nuestros niños aún juegan en las calles. El Gobierno va declarar cuarentena y ley marcial esta noche —bebió un sorbo de su vaso—, la situación se va poner difícil y creo que tenemos que enfocarnos en otras prioridades por el momento. Ya le ordené al Simón que se lleve a tu madre a la hacienda de Huancané. También di la orden para que tu hermana regrese de inmediato y se refugie junto a tu madre.
Xavier bebió, degustando el whiskey para que el ardiente sabor del alcohol le ayude a sofocar el estrés.
—Tienes razón, papá. Le diré a Hilda y a los niños que vayan con mi madre, no quiero que estén en esta ciudad cuando las cosas empeoren.
—Muy bien. Hoy la Mercedes regresa a su pueblo, la estoy mandando con el Macario con dos camionadas de provisiones, dinero y todo lo que necesiten para que no salgan de allá. Debemos tratar de aislarnos para evitar el contagio. Ahora solo una cosa más me preocupa. Dime, hijo, qué noticias has tenido de Arturo.
El rostro de Xavier se ensombreció.
—Aún trabaja en el mismo lugar, sigue viviendo con la misma chica, aunque al menos no se ha metido en más problemas. Todavía no me ha depositado ni un centavo del dinero que pagué para su fianza la última vez, pero creo que este no es el mejor momento para pensar en esas deudas. Yo creo que estará bien, Arturo es un hombre bastante resistente.
El rostro de Alonso se ensombreció de pesar.
—Extraño a tu hermano, espero que esté bien... —muy suavemente, un susurro final se fugó de la boca de ese padre—: dios lo proteja.
Xavier leyó a su padre, lo pudo comprender ya que él también era padre. Se acercó, tomó del hombro a don Alonso y dijo:
—Estará bien, papá. Todos lo vamos a estar.
—Espero que tengas razón, hijo. Y ahora, para mi tranquilidad, quiero pedirte un favor más —Xavier miró expectante a su padre, que hizo una pausa para terminar de beber el whiskey de su vaso—. Quiero que tú también vayas con tu madre y tu familia a la hacienda de Huancané.
—¡Qué!, pero, ¿por qué?
—Eres joven, tienes familia y un futuro por delante. En cambio, yo ya soy un hombre viejo, un capitán que no va a permitir que su barco se hunda. Tu madre te necesita, igual que tu familia. Pero yo soy más necesario aquí. Alguien debe quedarse en la oficina para mantener en funcionamiento todo lo que hemos construido, no puedo dejar que te arriesgues a quedarte en esta ciudad sabiendo que viene una pandemia en camino. Por favor, hijo, me daría tranquilidad.
Xavier se sentó al lado de su padre y tomó su mano con firmeza.
—No papá, no podría irme y dejarte solo con todo. Voy a ayudarte, me quedaré contigo. No te pienso abandonar.
—Piensa en tus hijos, Xavier. Si algo te pasa...
—La vida es un riesgo, tú mismo me lo enseñaste. Te lo debo, déjame permanecer a tu lado, papá. Juntos, somos invencibles.
Don Alonso sonrió.
—Te has convertido en un gran hombre, valiente y estúpidamente obstinado, igual que yo.
—Ya sabes, es de familia.
Un silencio breve inundó el despacho, padre e hijo cruzaron miradas y supieron que estaban al filo del fin del mundo, con toda la voluntad de desafiar al destino. Confiaban el uno en el otro, saldrían adelante.
***
Más tarde, en un café maid para otakus ubicado en la plaza del Estudiante, Sibyl y su compañera de trabajo se hallaban atendiendo a los numerosos clientes que llegaban cada noche para consumir bebidas hiper azucaradas y adornarse la vista con las camareras. La jornada había transcurrido con normalidad para Sibyl hasta ese momento.
Viéndolo en retrospectiva, Sibyl llevaba apenas pocas semanas como empleada del café cuando la cuarentena empezó. El dueño del local encendió entonces la televisión sin decir nada y subió el volumen. De inmediato, todos los asistentes y personal del local fijaron su vista en la pantalla. Un mensaje presidencial se estaba transmitiendo en cadena nacional:
—Buenas noches —saludó la Presidenta del país, con el rostro pálido—. Debido a la crisis de nuestros hospitales, estoy obligada a decretar cuarentena total y absoluta a nivel nacional y restricciones de circulación para todos. A continuación, voy a detallar las directrices del Decreto de Cuarentena:
Una larga hilera de instrucciones y restricciones anunciada con inmediatez de urgente, había dejado un silencio lúgubre que infestó el café durante unos segundos, el primer virus ya había llegado: el miedo. Conversaciones en voz baja de clientes preocupados se trasminaban. Parecía un mal sueño, y lo peor todavía no había llegado.
Sibyl, cabizbaja por las noticias, de inmediato pensó en Arturo y su hermana. Beatrice aún estaba en recuperación posoperatoria en casa de su madre, su salud era delicada. Encima, la peste se abalanzaba sobre el mundo y Sibyl sabía que eso era un riesgo mortal para todos. Además, entendió que quedaría otra vez sin ingresos económicos pues el café no podría volver a atender hasta que la cuarentena termine. La angustia de la incertidumbre se clavó profundo en su alma, sintió la necesidad de llorar, pero no lo haría, aún tenía una jornada laboral, la última, por delante.
***
En otro punto de la ciudad, Arturo también terminaba su jornal luego de empastar numerosas tesis. Cuando la cuarentena empezó, aún se recuperaba de todas las palizas recibidas, estaba cansado, pero eso sí, estoico. Tan absorto estaba en su trabajo que no tuvo tiempo de ver las noticias y enterarse de las nuevas medidas tomadas por el Gobierno. Entonces don Leónidas llamó a todo su personal a su oficina. Cuando ingresó, Arturo vio que el rostro de su jefe expresaba gran preocupación.
—Equipo, tengo malas noticias. Quizá algunos ya se enteraron, pero si no es así, el Gobierno acaba de decretar cuarentena total por la pandemia, por lo cual vamos a tener que pausar nuestro trabajo. Solo está permitido el funcionamiento de actividades económicas esenciales y la fabricación de libros no es una actividad esencial. Eso se traduce en que, posiblemente, tampoco tendremos feria del libro este año y eso va golpear duramente nuestros ingresos. Voy a hacer todo lo posible para mantener a todo el personal de nuestra imprenta, pero temo que no podré pagarles por los días no trabajados —algunos empleados palidecieron, Moira bajó la cabeza—. Desde luego, esto no será eterno, yo espero que la editorial sobreviva hasta que pase la crisis, pero por ahora es más importante cuidar nuestras vidas. Esta enfermedad no es algo que podamos tomar a la ligera, tengo un amigo en Brasil que murió por Corona Virus, realmente nos estamos jugando la vida. Vayan a sus casas. Moira abrió un grupo de Whatsapp para mantener comunicación, allí recibirán noticias de la editorial y cualquier otro instructivo de trabajo. Cuando todo esto haya terminado, volveremos al trabajo, pero ahora solo quiero que se mantengan con vida. Cuídense mucho por favor, no se mueran. Eso es todo, pueden irse y que Dios los bendiga.
—Cuídese mucho usted también, don Leo —respondió Rick.
Algunos empleados se quedaron a conversar su situación contractual con don Leónidas, pero Arturo y Rick no tenían nada que decir, lo entendían.
—Qué haremos ahora —dijo Arturo—, seguramente ya no habrán tocadas en ningún under.
—Supongo que nos queda ensayar en nuestras casas, quizá podamos grabar algo para subir a Youtube. Los Azeroth han estado subiendo sus composiciones a internet y parece que les ha funcionado.
—Una banda de tocadas en vivo tocando para internet, qué deprimente —Arturo se quejó—. Sin público, no va a ser lo mismo.
—Es cierto, pero tampoco tenemos alternativa. Mañana empieza la cuarentena total y todavía no hemos podido reunirnos para coordinar este asunto.
—Quizá una pausa sea prudente, aún necesito tiempo para recuperar nivel.
Rick suspiró, sacó un cigarrillo y le ofreció otro a Arturo, oferta que no rechazó.
—Uno de los pendientes, Arty, era justamente eso. Yo sé que ya llevas tiempo como segunda guitarra y eso. Entiendo que quieras volver a ser la primera, pero...
—Lo sé, no estoy aún a la altura, perdí mucho nivel. Pero no es algo que no pueda arreglar. Saldré de este pozo.
—Y yo sé que sí, eres terco como mula, conchudo; sé que retomarás ritmo.
—Sabes, Rick, quizá no nos veamos por un tiempo. Pero de todos modos estaremos en contacto por videollamada, con toda la banda —Arturo agregó, tratando de expresar esperanza—. RainHell es eterno.
Rick sonrió de manera melancólica y asintió. No era el fin de la banda ni mucho menos, pero la situación había cambiado drásticamente. Con un abrazo de convicción al despedirse, ambos cofrades susurraron un pensamiento: moriré con las botas puestas.
Como cada noche, Arturo ya estaba frente al trabajo de su novia, esperándola. Sibyl salió con el rostro triste, su jefe también anunció el cierre del café sin goce de haberes para su personal, hasta el final de la cuarentena. Incidentalmente, ambos habían quedado desempleados. Ni bien se vieron, se abrazaron fuertemente. Solo entonces Sibyl se dio la licencia de llorar, mojando el pecho de Arturo con sus lágrimas de angustia. El metalero tomó a su novia por el mentón, de forma delicada, y depositó un beso en sus labios salados de lágrimas.
—Vamos a salir de ésta, amor, te doy mi palabra. Confía en mí —dijo Arturo para consolar a su angustiada pareja, y ella confió en él. Arturo la protegería, era su destino.
—Y cómo vamos a hacer para pagar los medicamentos de la Beita —Sibyl cuestionó, preocupada.
—Hallaremos alguna manera, te doy mi palabra que no haré faltar el dinero.
Sibyl suspiró, no muy convencida, pero Arturo ya le había demostrado que era capaz de solucionar problemas de liquidez. Era un hombre en quien se podía confiar.
La pareja tomó rumbo a casa de doña Vera, allá en villa Macondo. Desde la operación de Beatrice y el inicio de la cuarentena parcial por la pandemia, Sibyl ha estado viviendo con su madre y hermana para ayudarlas a superar la fase post operatoria de la niña. Entre las dos se daban tiempo para atender las necesidades de la pequeña, Sibyl tuvo que pausar temporalmente sus estudios para tener el tiempo, cosa que de todos modos iba a terminar ocurriendo de un modo u otro, ya sea porque debía apoyar a su hermana o porque la pandemia forzaría a las universidades a cerrar. Sea como sea, ya sin la carga horaria universitaria, Sibyl podía dedicar mucho más tiempo a su hermanita y sí que necesitaba esa atención. El post operatorio no estaba siendo sencillo, la niña estaba mejorando, pero su mejoramiento era lento.
Ni bien llegaron, Arturo y Sibyl saludaron con besos y abrazos a Beatrice, ambos eran muy cariñosos con la niña, formaban un núcleo familiar temporal que abrigaba al trío con fragor de hogar. Vera sabía que sus hijas y Arturo habían forjado un vínculo poderoso. Aunque desconfió de él en un inicio, luego de lo ocurrido con Beatrice y todos los sacrificios que aquel hombre hizo para ayudar a sus hijas, no le cabía duda de que estaba ante un individuo tanto noble como tonto. Vera creía que el exceso de inteligencia hacía malvados a los seres humanos, ya sea por la facilidad con la que la gente lista cae en el nihilismo o en el más asqueroso utilitarismo. Vera pensaba que la gente tonta, a veces, también conservaba su inocencia y no hay maldad en el corazón de alguien inocente; así razonaba Vera.
Luego, en la cocina de la vivienda, Sibyl, su madre y Arturo se reunieron para decidir cómo se iban a organizar. Arturo y Sibyl vivían en San Pedro, zona que se halla muy lejos de villa Macondo. Con las nuevas restricciones a la movilidad, Sibyl debía decidir dónde iba a pasar la cuarentena total. No era una decisión difícil. Arturo estuvo de acuerdo en dejar que su novia permaneciera con su madre y Beatrice en tanto durara la emergencia. Por su lado, el metalero seguiría en busca de recursos económicos para la familia y haría llegar el dinero por giro de celular. Y para evitar el contacto social y que la familia se enferme, Arturo logró convencer a Vera y Sibyl de no abandonar la vivienda salvo emergencia. El metalero se encargaría del aprovisionamiento de suministros y medicamentos para la familia, evitando el contacto físico. Sería una rutina desgastante
Faltaban treinta minutos para la media noche, Arturo ya se había ido, fue una amarga despedida para él pues sabía que no podría besar o abrazar a Sibyl hasta que la emergencia pasara, o corría riesgo de contagiarla. Era una dolorosa medida necesaria que también le dolía profundamente a Sibyl, aunque entendía que eran determinaciones imperantes ante la situación.
Fue esa noche, que un visitante inesperado llegó a casa de Vera.
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