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Prologo


—Puedes hacerlo Ana. Estas aquí y eres capaz de cualquier cosa que te propongas. —Su fría mano estrecha la mía, continúo observando la pared frente a mí con ansiedad —Eres una guerrera, todos somos conscientes de tu historia y aun así, míralos. Están aquí por ti, porque eres su heroína.

Intento una sonrisa que no es para nada un reflejo de mis verdaderos sentimientos. Estoy petrificada, asustada, ansiosa, temerosa. Estoy hecha un lío. Pero lo prometí, aseguré a mi padre que estaría aquí hoy, que diría la verdad y que sería ese icono, el rostro de la tragedia que ayudaría a aquellos que aún siguen ocultándose en la oscuridad.

—Estamos listos, cuando ustedes lo estén. —La voz de Claudia me sobresalta. Miro hacia Esteban, mi compañero en esta travesía. Además de considerarlo un amigo ahora, él era mi terapeuta. Sí, estoy en tratamiento psicológico... aún. Después de cuatro años.

—Un momento por favor. —pide y vuelve a estrechar mi mano en una pregunta silenciosa.

Asiento y me levanto, aliso las líneas de mi pantalón y acomodo mi cabello tras mi oreja. Tomo un respiro profundo y cuadro mis hombros. Camino junto a Esteban hasta las puertas dobles del auditorio, la luz de los reflectores me ciega momentáneamente, pero unos pasos adelante y puedo contemplarlo todo.

Me congelo y mi respiración se atasca.

Esteban adivinando lo que pienso y siento, estrecha mi hombro y se detiene esperando por mí. Busco sus ojos verdes que siempre logran calmarme, me sonríe y respondo con más sinceridad esta vez. Esto no es sólo por mí, por lo que me sucedió. También lo es por ellos.

Los cientos de personas que han pasado por lo mismo que yo, de forma directa o indirecta y han venido hoy aquí, a comprobar que cuando abres tu boca y pides ayuda puedes empezar a sanar como yo.

Camino los pocos pasos hacia el podio. Joslyn, la chica que lidera la campaña a la cual estoy dándole un rostro ahora, me presenta y luego sonríe hacia mí para que pueda ocupar su lugar. Me aferro unos segundos a la mano de Esteban, pero como lo he hecho últimamente, termino de recorrer la distancia sola, porque puedo. Porque soy capaz.

—Buenas noches. —Me felicito internamente por no titubear. Aunque es muy notable la ronquera en mi voz. Carraspeo lejos del micrófono y luego continuo—. Joslyn Ferrer ha dicho poco o mucho de mí. Ustedes ya conocen mi nombre, sin embargo lo repetiré por educación. Padre aquí estoy demostrando que tus modales los he adquirido —bromeo y logro algunas sonrisas del público—. Mi nombre es Ana María Duran, tengo veinte años y he sido víctima de abuso sexual.

Cierro mis ojos unos momentos necesitando controlar las imágenes y recuerdos que se desbordan en mi mente. Tomo un respiro más y continúo.

—Sé que no es fácil para muchos aceptarlo, pedir ayuda y exponer su vulnerabilidad ante todos. Pero hoy, estoy dispuesta a hacerlo para que aquellos que aún siguen sufriendo en silencio no lo hagan más. —Personas toman sus móviles y empiezan a grabar. Aunque me incomoda, sabía que esto podría pasar. Estamos en la era de YouTube. Todo es posible de ver en estas redes—. Algunas personas consideran mi historia una estadística más, en medio del transcurrir de esta sociedad que cada día se pierde entre mares de violencia y sangre. Ojalá y fuera tan sencillo para mí, o para quienes hemos sobrevivido a una violencia como está, sería mucho más fácil si simplemente tuviéramos un botón de suprimir y los recuerdos amargos desaparecieran. Pero no es tan fácil, créanme.

Miro a cada rostro que se encuentra más cerca de mí. Hay tantas personas jóvenes, niñas incluso. Mi corazón duele al pensar que posiblemente algo como lo que me sucedió a mi pudo haberles ocurrido también.

—Hay ataques físicos que dejan cicatrices, pero cuando dicho ataque no sólo lastima tu cuerpo, sino también tu alma. Te pierdes, te rompes. He intentado acabar con mi vida, dos veces... —Levanto mis manos y enseño mis cicatrices. Cicatrices que hasta hace dos años volvieron a abrirse para acabar conmigo—: porque creía que no podía más. Que no podría continuar con tanto dolor dentro de mí. Las cicatrices de nuestro cuerpo pueden incluso ser maquilladas, pero las de nuestras almas ni siquiera llegan a cerrarse, y si lo hacen, son tan frágiles que en cualquier otro momento vuelven a abrirse.

Algunas personas asienten en comprensión, otras derraman algunas lágrimas y tratan de disimularlo ocultando sus rostros en los folletos o sus teléfonos móviles.

—Decir la verdad no es tan fácil. Y menos cuando la sociedad en vez de apoyarnos y acogernos para protección nos juzgan y señalan "Ahí va aquella a la que violaron" "pobre chiquilla, tan joven y ya la echaron a perder". Si tan sólo supieran el daño tan profundo que hacen esas palabras, calan hasta los huesos y asientan la idea que han sembrado dentro de nosotros. De que no somos nada, de que no valemos nada, que estamos perdidas y de que es mejor no vivir. Me tomó dos años, dos años para abrir mi boca y gritar no más —Una lagrima se derrama de mi ojo y recorre con tristeza mi mejilla. No la limpio, dejo que vean en ese pequeño camino de agua salada todo mi dolor—, dos años para detener a aquella persona que día tras día, noche tras noche, violentó mi cuerpo y mi alma. Y todo por temor, por el miedo a ser señalada, rechazada, desechada y humillada, más de lo que lo ya era.

>>Se suponía que él debía protegerme, se suponía que me amaba. Yo era su familia, sangre de su sangre. —Río sin ganas y niego con mi cabeza—. Se supone que una niña de catorce años debe sonreír y emprender el camino a buscar sus sueños, que debe pintar arco iris y corazones con el nombre del chico de la escuela que le gusta, que debe planear las pijamadas y escapadas a las ferias, y todas estas maravillosas cosas que hacemos en nuestra adolescencia. Pero en mi caso no fue así. No. —Mi garganta se reseca y mi corazón empieza a latir, porque sé que viene en la siguiente confesión. Tomo un poco de agua para continuar, acomodo mis hombros y con la cabeza en alto continuo—. A mis catorce años, justo unas horas después haberlos cumplido, mientras dormía en mi habitación y frente a la ausencia de mis padres, mi hermano mayor, ese hombre que se suponía debía cuidar de mí y sus dos mejores amigos, entraron en mi cama, quitaron mis sabanas y robaron mi inocencia de la manera más cruel, vil y dolorosa. —Ignoro los jadeos colectivos y no me permito buscar sus rostros. No puedo hacerlo si quiero seguir hablando y no romperme—. Pero no sólo fue esa noche, fueron demasiadas. Tantas que he perdido la cuenta. Sin embargo, las imágenes no se van, la sensación de sus manos sobre mi piel, sus horribles palabras, sus miradas lujuriosas y morbosas, sus voces... nunca se van, nunca las olvido, jamás las pierdo.

—Esos hombres robaron mi ser, quebraron mi alma y mancharon mi cuerpo. No ha sido fácil, no crean que estar aquí frente a ustedes diciéndoles todo esto es como quitar una curita. No lo es, pero soy consciente de que es necesario, porque muchas y muchos están pasando por algo semejante y por ese temor, por el miedo; se callan y permiten que sigan rasgando su ser. He venido aquí a contar mi historia, a darles testimonio de que aunque herida, rota y un poco perdida; he encontrado razones para querer sanar, querer unir mis piezas y querer reencontrarme conmigo misma. Porque aunque esta vida no siempre es justa, hay muchas otras razones para querer vivirla...

Esta es mi historia.


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