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Capítulo 8


Dos años después...

El tiempo ha pasado tan lento para mí. Tener dieciocho años no significa nada. Podría irme de aquí, pero la vida ha sido un poco injusta conmigo. Que digo injusta, ha sido una mierda.

Hace once meses mi madre fue diagnosticada con cáncer de seno. Hemos luchado, ellos han luchado con la enfermedad, pero no han podido ganarle. Ahora, de la hermosa mujer, solo queda un saco de huesos y piel. Esta situación ha sido bien aprovechada por Didier y sus amigos. Mamá permanece más en el hospital y papá con ella, lo cual les ha permitido tenerme a su disposición.

He querido irme, he quero dejar de ser, de vivir. Pero al ver el dolor en los ojos de mi madre, la angustia en los de mi padre... no puedo.

He sido una completa perra con ellos estos años, desde la muerte de mi abuela, me convertí en un ser rencoroso, grosero y cínico. Soy más agresiva, he desertado en el colegio, tengo un trabajo de mierda como "la chica de las palomitas de maíz" en el cine y he intentado ahorrar lo suficiente para largarme de aquí.

Pero, a pesar del rencor que tengo hacia mis padres, por siquiera no enterarse de mi situación, decido quedarme. Irme los devastaría a los dos.

—Tu madre debe quedarse esta noche, también. ¿Puedes resolverlo sola, cariño?

No. No puedo, necesito que vengas a casa y cuides de mí. Necesito que alejes a esos hombres, a mi hermano. Necesito que me salves.

—Si. Puedo hacerlo.

—Gracias cariño. Estaré a solo una llamada. Cualquier cosa me dices. Cuídate y buena noche.

¿Cuidarme? No es tan fácil papá, no lo es.

—Bien.

Termino la llamada y marco mi salida de turno. Tomo mi mochila y camino hacia la parada de bus.

—¡Ey Ana! —me vuelvo hacia la voz de Marvin, mi compañero de trabajo. Es un chico agradable, es de la misma estatura que yo y un poco delgado y torpe, pero es lindo.

—Hola Mar. —Saludo. Veo que mi ruta se aproxima así que le doy un encogimiento de hombros.

—Veras, Ana. Yo estaba pensando que... —Se sonroja fuertemente—: tengo esta película sobre ese libro que te gusta, y yo me preguntaba si... ¿querrías verla conmigo?

¿En serio? Tengo la excusa perfecta para no ir a casa hoy.

—Por supuesto. —contesto. Sus ojos se iluminan inmediatamente y sonríe.

—¿Vamos? —pregunta. Asiento y le permito llevarme a su casa.

—Solo hazlo suave, si así. —jadeo. Marvin obedece y disminuye su ritmo. No cierro mis ojos en ningún momento. Necesito tener un recuerdo, algo que me libere cuando no sea yo quien esté al mando.

Ver una película es lo que no hicimos. Estaba tan desesperada por algo de contacto suave y por un nuevo recuerdo en mi cabeza, que asalte al pobre chico, segundos después de cerrar la puerta. Debo decir que aunque él parece un inocente y virginal niño, es muy bueno en la cama.

Jadeo de nuevo y el gruñe. Unos minutos después, ambos colapsamos en su sofá. Mi teléfono suena por décima vez en la noche.

—Deberías contestar. —dice con desconfianza.

—No tengo novio, ni tampoco quiero uno —aclaro. Niega con su cabeza y va hacia el baño.

Reviso mi teléfono, es otro mensaje de Didier.

Será mejor que vengas perra. ¿Dónde y con quien putas te andas revolcando?

Turno doble. Regreso en una hora.

A mí no me engañas. Lo pagarás.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo, al imaginarme lo que me sucederá esta noche. Mis ojos se humedecen, pero me limpio el rostro, tomo mi ropa y me visto.

—¿Qué haces? —pregunta Marvin, ha terminado en el baño.

—Me voy. Gracias por todo. —digo. Sus ojos se abren y luego entrecierran.

—¿Qué? ¿Gracias? ¿En serio te estás yendo, después de lo que pasó?

—Sí. Solo fue sexo con un compañero. —Abrocho mi camisa del uniforme y tomo mi mochila—. Cuídate, Marvin.

No me detengo a esperar por su respuesta. Camino rápidamente hacia la calle y detengo un taxi. Llego a mi casa, a mi torturador en menos de treinta minutos.

—Te dije que ibas a pagarlo muy caro. —No alcanzo a responder antes de que su puño golpee mi rostro. Escucho una risa a lo lejos, pero no logro identificarlo bien, el golpe me ha dejado aturdida y casi inconsciente.

Una manos van a mi torso y rompen la tela furiosamente, caigo en el suelo y siento la sangre correr desde mi labio y mi nariz. Toso y trato de removerme, pero el dolor de cabeza y las lucecitas no me dejan. Alguien patea mi estómago, una mano hala fuertemente mi cabello. Siseo de dolor y escucho más risas, otro golpe a mi cabeza, esta vez es más fuerte, mi visión se torna borrosa, pero aun los puedo sentir tocándome, riendo y gritando.

No sé exactamente cuántos fueron, no tuve siquiera tiempo de pensar en Marvin, pero de lo que si me di cuenta, es que fui usada, como una muñeca y saco de boxeo por más de un hombre.

Al siguiente día amanecí en cama, dolorida y drenada mental y emocionalmente. Me reporté enferma en el trabajo y les dije a mis padres que alguien me había atracado anoche, pero no recordaba mucho y me negué a denunciar.

Ni siquiera en mi horrible condición, Didier me dejó descansar esa misma noche.

Nueve semanas después...

No, esto no puede estar pasando, no, no, no.

—Creo que deberíamos remitirte a tu clínica de atención, Ana. La prueba es positiva.

No puedo si quiera responder a la enfermera del trabajo. Estoy tan aterrada en estos momentos. Mi corazón se ha detenido, ¿o es el tiempo? No lo sé, pero el frío que siento en mis huesos es intenso.

¿Embarazada?

Estoy embarazada.

—¿Ana?, ¿estás bien?

¿Qué clase de pregunta más estúpida?

No, por supuesto que no estoy bien. Estoy embarazada, a los dieciocho años, no tengo idea de quien sea el padre y me aterra, tanto mi estado, como el saber quién es él.

Voy a entrar en pánico. Estoy entrando en pánico.

Me cuesta respirar, siento un dolor en el pecho y el abdomen, mi corazón se ha acelerado y... no puedo ver. No puedo...

Corro, corro rapído y sin mirar a nada ni a nadie. Abordo un taxi y a medias le pido que me lleve a casa. Lagrimas se derraman por mis mejillas, sollozo y jadeo tan fuerte que el conductor detiene varias veces el auto, y me pide que le permita llevarme a un hospital. Le grito que no lo haga.

Tropiezo por la puerta de mi casa y corro al baño para devolver lo poco que ha retenido mi estómago hoy.

¿Cómo es que no lo vi venir?

Las náuseas, el cansancio y sueño, el retraso, los mareos. Era muy claro, o tal vez solo estaba en negación. Otra ola de arcadas me sacude el cuerpo y debo inclinarme más sobre el retrete.

Esto no puede estar pasándome. ¿Qué demonios le he hecho yo a Dios para que me castigue de ésta manera?

Un hijo, un bebé de alguna de esas bestias, de esos monstruos. No puedo, no puedo tener algo así dentro de mí.

—¿Por qué?, ¿Por qué me haces esto? —grito al techo. Golpeo el suelo del baño hasta que mis nudillos sangran— ¿Qué te he hecho? ¿Por qué permites esto?, ¿acaso disfrutas verme sufrir? Eres un sádico hijo de puta. Maldita seas, hijo de puta. ¡Maldito seas!

Golpeo todo lo que veo en el baño, estoy furiosa, iracunda, dolida, herida. ¿Cómo es posible? ¿Acaso no le basta con lo que ellos me hacen? Ahora me da un bebé, un bastardo. Estoy acunando en mi vientre alguna descendencia de las personas más horribles de este mundo. Ellos vienen, arrebatan todo de mí ¿y ahora los voy a premiar dándoles un hijo?

No, no lo haré.

—¡Te odio! —rugo. Arranco el cajón de la pared y lo arrojó al suelo. Los vidrios del espejo se derraman por el suelo, los filos me recuerdan mi anterior y fallido intento de quitarme la vida. Esta vez no hay nadie que me detenga.

No les voy a dar el gusto, no los dejaré ganar. No esta vez. Una risa histérica se desliza de mis labios. Esos hijos de puta no me tendrán más. Camino hacia mi cuarto y tomo la caja de música de mi abuela, regreso al baño y la dejo a un lado de la tina, le doy cuerda.

Tomo uno de los pedazos quebrados y me arrodillo, miro mis muñecas y corto las manillas que he dispuesto en ellas, para ocultar las marcas que me hice anteriormente. Con otra carcajada me deshago de ellas y suspiro satisfecha con el primer corte y las primeras gotas de sangre. Pero no me siento tranquila, hasta que es lo suficientemente profundo, como para que la sangre se convierta en un rio.

Corto la siguiente muñeca y sonrío satisfecha. Me adentro en la tina y dejo abierta la llave. Me recuesto y estiro mis piernas, solo espero que todo pase rápidamente. Cierro mis ojos y sin dejar de sonreír tarareo la melodía de la maldita caja de música.

El sueño pronto llega a mí y le doy una dichosa bienvenida, más que feliz de encontrar, por fin, la oscuridad. 

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