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Capitulo 2


—¿Qué... qué haces aquí? —Cada célula de mi cuerpo me pide que corra. Que huya y me ponga a salvo.

—No tengo idea, pero Héctor quería desearte el feliz cumpleaños.

Mis ojos van hacia el rostro del mencionado y toda mi piel se vuelve de gallina. Los ojos duros y cargados de intenciones que, aunque soy muy joven para supuestamente saberlo, tengo al menos noción de lo que es.

Me cubro, o trato de hacerlo, con las sabanas de mi cama. Héctor, para estar tan ebrio y drogado como siempre está, es mucho más rápido y me alcanza antes de que logre hacerlo.

—¿Qué demonios te pasa? ¡Suéltame! —Trato de sacudirme de su agarre, pero es demasiado para mí. Teniendo en cuenta que el chico levantaba pesas desde los trece años, ha desarrollado fuerza y músculo.

—Tienes razón. —Vuelve sus ojos rojos y divertidos a mi hermano—. Tiene garras la condenada.

—Ya se los he dicho, ella necesita un poco de mano dura para volverse una mansa paloma.

—Didier —siseo. Héctor aplica más fuerza a su apretón causando dolor. Es probable que mañana tenga una pronunciada marca en el lugar que tiene bajo su garra ahora—. Dile a tu amigo que me suelte.

—Díselo tú. Aunque creo que ya te escucho —Se burla—, como todos.

—Sabes, pequeña mocosa —Me estremezco de miedo cuando su otra mano acaricia la piel de mi clavícula descubierta. ¿Por qué carajos decidí usar una maldita batola de dormir? —. He estado observándote por algunos días. Ya no eres tan niña como antes.

—¡No me toques!

Golpeo su mano. Se ríe. Mi golpe es tan insignificante comparado con la fuerza de él. Cuando me sacude con fuerza demostrando que no tengo oportunidad contra él y que puede abordarme y tratarme como una muñeca de trapo, todos tres se carcajean, disfrutando de mi estado vulnerable y frágil.

Y es que mi pequeña estatura de 1.57 contra su 1.90  no tiene oportunidad. Además mi peso es de cuarenta y nueve kilos, el un poco y más de setenta y tres.

—Me estás haciendo daño —susurro con terror—. Por favor.

Didier camina sin preocupación hasta mi cama y se deja caer cruzando los brazos tras su cabeza.

—No pueden hacerle mucho daño. No quiero que mañana sea muy obvio que hemos jugado con ella un poco.

¿Qué?

Una gota de sudor se desliza por mi columna. Terror, el más increíble y crudo terror se cuela por todo mi cuerpo.

Corre, corre. Huye, sálvate.

—Awwww, el hermanito ahora si se preocupa por ella. —La burla de Héctor sólo hace que mi hermano ría aún más y Miguel, su otro amigo.

—Seremos un poco rudos, Didier. Pero ¿A qué mujer no le gusta duro?

Oh Dios.

Las risas de los tres hacen que mi cuerpo se sacuda y mi corazón lata desbocado. Debido a su pequeña distracción, logro esta vez con éxito, salirme de su firme apretón y entonces corro, fuera de este lugar; incluso si tengo que saltar por la ventana, lo haré.

—Atrápala. —ordena Héctor pero me tiro hacia la pared y alcanzo a evitar a Miguel y correr fuera.

De dos o de a tres, no soy muy consciente de ello en estos momentos, voy bajando las escaleras para llegar a la puerta de la calle. Escucho tras de mí los gritos de Didier y el resto de sus amigos, me concentro en seguir mi camino y alcanzar el maldito pomo de la puerta.

Sólo unos cuantos pasos más, sólo un poco y lo...

—¡Te tengo! —Un grito es cortado de mi garganta cuando el suelo me recibe y golpea el aire fuera de mí. Héctor me ha tacleado y ahora estoy bajo su cuerpo—. No te muevas así cariño. O terminaré muy pronto.

Se ríe y yo grito. Con todas mis fuerzas.

—¡Ayudaaaaaaa!

¡plas!

Un puño es conectado en mi cara y mi cabeza rebota contra el piso golpeándome en la nariz. Mis ojos se llenan de lágrimas debido al dolor y siento que todo da vueltas a mi alrededor.

—¡Calla a la pequeña puta! —grita Miguel, acercándose por un costado.

—Te dije que no la golpearas en el rostro. ¡Joder! Ahora van a preguntar qué pasó.

—Cállate idiota. Dijiste que estaba dormida, es tu culpa.

—Ayu... —Soy sacudida nuevamente, gimo de dolor cuando me tapa la boca y lastima mi nariz. Me levanta del suelo y llevándome a su pecho, me ubica frente a frente.

—Será mejor que cierres el pico cariño. —Parpadeo y luego veo el cuchillo en su mano—. Si no quieres que te enseñe lo que puedo hacer con esto en cada espacio y orificio de tu cuerpo.

Me estremezco fuertemente cuando mi mente asimila sus palabras.

¿En qué momento llegamos a esto?

—Así está mucho mejor. —Palmea mi mejilla. Lágrimas se derraman de mis ojos manchando mi rostro.

—Lindos pantys, hermanita. —No puedo mirar a Didier en este momento. Estoy demasiado petrificada entre las garras de Héctor, que me impide mover cualquier músculo de mi cuerpo.

—Que ternurita. Y yo que te creía más de vaquitas y cerditos. —Vuelvo a estremecerme, cuando uno de sus dedos traza el triángulo de mi ropa interior. Un gemido de agonía se escapa de mis labios y las ganas de gritar y correr se hacen más intensas—. Ni lo pienses. Voy a hacerte mucho daño si abres esa boca y pides ayuda nuevamente.

—Nadie va a ayudarte, mocosa. —La risa vacía de Didier hace que mi piel pique y mi corazón se sacuda violentamente.

—Didier... por favor. No me hagas esto —sollozo—. Por favor. Soy tu hermana. Diles que no me lastimen.

—¿Por qué habría de hacer algo así? —Camina hasta donde Héctor aun continua aprisionándome— Sólo nos estamos divirtiendo.

—Didier. —ruego. Se encoje de hombros y palmea la espalda de Héctor.

—Ahora sabrás mocosa, que se siente perder todo lo que eres.

Alguien ayúdeme. Por favor.

—Que empiece la verdadera fiesta. —Sonríe. Y se ve igual de tenebroso que mi hermano—. Vamos a darte el mejor regalo de cumpleaños, chiquilla.

—Por favor —susurro en pánico.

—Estarás diciendo eso más adelante, bebé. Vamos.

—¡NO! —Peleo contra el agarre de sus brazos. Gruñe cuando golpeo su mandíbula. Didier viene y ayuda a retenerme mientras Miguel intenta tapar mi boca.

—¡Hijo de puta! La perra me mordió

—Deja el maldito escándalo y ayuda a callar a esta estúpida.

Sigo sacudiéndome y ellos siguen aprisionándome. Me aprietan tan fuerte que sollozo de dolor. Contra mi voluntad y luchando con toda mi energía, entre los tres me llevan hacia mi cuarto. Muerdo y pateo sus cuerpos pero logran someterme fácilmente.

Agitada y dolorida por la fuerza que sus manos ejercen en cuerpo, intento recobrar el aliento que me falta. Pero aun así, cansada y agotada, reúno nuevamente las fuerzas para continuar luchando.

—¡Suéltenme! ¡Ayu...

—Que te calles, ¡joder! —Mi antebrazo arde y siento algo líquido correr por mi brazo

—¡Te puedes calmar de una puta vez!

Didier se abalanza sobre Héctor y golpea su cara. Aprovecho ese momento para alejarme de ellos, reviso mi brazo y encuentro una cortada de no más de siete centímetros y poco profunda.

—Les he dicho mil veces que no podemos dejarle marcas.

—¿Y crees que no va a decirles a todos? —gruñe Héctor—. Necesitamos mostrarle que si abre la jodida boca, una vez más, la próxima cortada será en otro lugar... —Sus ojos centellan maldad pura—: o en alguno de sus padres. Tal vez podríamos visitar a esa abuelita que vive sola y sin quién la cuide.

Jadeo y regreso su atención a mí. Esta vez no hay puerta o ventana cerca, por lo que, para salir debo enfrentarme a ellos. Tomando la lámpara de mí cama, amenazo hacia ellos como si fuera una espada.

—Tómala y hagámoslo de una vez. —Miguel sonríe ante la orden de Héctor—. Has estado tentándonos por mucho tiempo. Creyéndote demasiado buena para una jodida revolcada. Te probaré esta noche, que te has perdido de mucho.

—No se acerquen.

—¿O qué? —ríe Miguel—. ¿Vas a golpearnos con esa lámpara de unicornios?

—Lo intentaré —Aunque no voy a acabar con ellos ni aplastarlos como cucarachas; por lo menos podré defenderme y hacerles algo de daño, y así poder huir y pedir ayuda.

El sonido de alerta en mi móvil vuelve a distraerlos. Didier lo toma de mi mesa de noche y aprovecho para abalanzarme hacia adelante y golpear a Miguel.

—¡Mierda! —grita y se aleja de la ventana, que ahora es mi oportunidad para poder escapar.

—Mocosa del carajo. —Didier me alcanza antes de que logre moverme siquiera—. Te vas a quedar quieta, Anna. O voy a hacer que tu querida Tita pague por todo.

—No serias capaz, tú quieres a la tita.

—¿A esa anciana? Por favor —resopla y ríe—. Mira mocosa, esta familia y cada miembro de ella me importa una mierda. Y si por dejar que mis amigos jueguen contigo obtendré algunos favores, porque no habría de garantizar que puedas servir a nuestros propósitos.

—Y nuestros propósitos —Me congelo cuando siento el aliento de Héctor cerca de mi cuello—, requieren menos ropa de tu parte.

Toma con sus manos mi pijama y tira de ella. Jadeo y empujo su pecho, pero es demasiado fuerte.

—No, suéltame. Didier. ¡Papá! ¡Mamá!

Pataleo de nuevo y araño sus brazos y cuello. Maldicen y a la fuerza me arrojan sobre la cama, muerdo y grito, una mano golpea mi mejilla pero continúo gritando.

¿Dónde están los vecinos?

¿Acaso nadie me escucha?

Didier logra juntar mis manos y elevarlas sobre mi cabeza, colocándose a horcajadas sobre mí, ríe cuando me retuerzo contra su agarre y sollozo al verme impedida. Maldigo su existencia y la de sus estúpidos amigos. Levanto una pierna para patearlo en su entrepierna, una mano me detiene antes de hacerlo y ahora mis piernas también quedan impedidas.

—¡Auxilioooo! —recuerdo que hace un tiempo, en la escuela, nos dijeron que si éramos atacados gritáramos fuego. Eso llamaría más la atención de las personas. Con este nuevo conocimiento abro mi boca y grito lo más fuerte que puedo— ¡Fuego!

—¡Que te calles, pendeja!

—Creo que tendremos que callarla por las malas, por las buenas no quiso entender —Mis ojos se detienen en Héctor el cuchillo y su sonrisa diabólica—. Esto dolerá, nenita. Y no será bonito.

Usa una de mis camisas sucias arrojadas al suelo para amordazarme. Grito y meneo la cabeza pero logra adentrar la camisola en mi boca y en segundos siendo un nuevo corte en mi estómago.

—Arrrrgggg —Más y más lágrimas se derraman. Sollozo y gimo contra la tela de mi camisa. La que usé hace unas horas para celebrar mi cumpleaños.

—Qué bonito. Lástima que deba romper esas lindas y sexys bragas blancas.

—La pureza de la vida —Se burla Miguel.

—¡Nowwwww! —Mi grito no hace nada para detener las toscas manos de Héctor que desgarran mi ropa interior. El aire golpea mi piel y el pánico se incrementa con la determinación de salir de esto. Ilesa.

Sin el mayor daño posible.

Sin permitirles tomar lo que quieren de mí.

Con la mayor fuerza que puedo reunir, empujo mi torso hacia arriba. No logro quitar de encima a mi hermano pero si logro desestabilizarlo, lo suficiente para que suelte un poco mis manos. Aprovecho la oportunidad y empujo nuevamente, Héctor tropieza hacia mi mesa de noche enviando mi caja de música al suelo y rompiéndola a su paso.

—Maldita imbécil —gruñe y se recompone, pisando los trozos rotos del regalo más importante y especial para mí—. Por más que te resistas cariño, no lograrás que desista. Verte así de salvaje sólo hace que desee domarte mucho más.

Toma el cable de la lámpara astillada en el suelo y lo extiende hacia Miguel. —Amárrala. Ya me cansé de esperar.

No dejo de pelear incluso cuando el peso de Miguel también me oprime, sigo luchando.

—Eso es gatita, aráñame más fuerte. Me gusta el dolor.

—Eres un idiota, Héctor.

—No tanto como tú, Didier. Yo podré ser un maldito enfermo pero jamás te dejaría tratar así a la mocosa de mi hermana.

—¿Tu crees que si de verdad ella me importará permitiría esto? —Mi corazón se rompe totalmente cuando escucho esas palabras—. Vamos hombre, ella para mí es como cualquier puta. Sólo que esta puta ha tomado todo lo que era mío.

Me mira, directo a mis ojos. Proyectando todo el odio y resentimiento que puede tener dentro hacia mí.

—Debe pagar por ello.

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