
7. "Héroe"
El barullo del viento y los gruñidos de una tempestad cada vez más próxima ponían musicalidad al solitario recorrido de Marko. No era una persona especialmente cauta; la forma en que hace tan solo unos minutos había masacrado a sus rivales al pie del edificio lo dejaba en claro. Pero a esas alturas, específicamente en ese momento, su espíritu salvaje y alborotador no tenía ganas de salir. No si con eso arruinaba la oportunidad que había esperado desde hace tanto tiempo.
«Puedo sentirla» pensó, a la vez que intentaba abrir la última puerta entre él y su destino. No pudo. Al parecer ella había usado su último vestigio de poder para fortalecer la madera, un fútil intento de salvarse.
Aun malherido y cansado, Marko tuvo suficiente fuerza para atravesar la barrera de una patada y hacer una lluvia de astillas.
Del otro lado, la vio.
Se vieron.
Fue un instante eterno, una fracción de segundo en el que ni la lluvia que empezaba a caer logró que Marko perdiera el enfoque. Cómplices del viento embravecido, las hebras de su cabello marrón danzaron e interfirieron un poco en su visión, y sin embargo, la mujer a lo lejos fue perfectamente reconocible. Ese cabello rojizo, que casi competía con el granate en sus labios y ojos, nunca iba a salir de la memoria de Marko. Esa piel rosa y vestimenta oscura mucho menos. Olvidar a la asesina de su familia era tarea imposible para un corazón fraguado en venganza.
De los pisos inferiores resonaban gritos, rastros patéticos y despellejados del antiguo ejército de sombras perteneciente a aquella mujer tan retorcida. Marko sonrió. De seguro ella nunca había predicho que él, el niño que había dejado huérfano hace tantas lunas, fuera a ser el responsable de su muerte.
—Nelma —la llamó el muchacho, acercándose con ansias.
La mujer, sentada en el borde del edificio, lo miró curtida en desdén. La frialdad enredada en sus pupilas enfureció aún más a Marko.
—¿Últimas palabras? —sentenció, y con presteza desenvainó su espada. La sangre de los que había matado aún se escurría por el filo—. Te escucho, Nelma.
Contra todo pronóstico, la mujer rio. Fue una risita de desdén acompañada de truenos escandalosos.
Marko le puso el filo en la barbilla. Le dio repelús respirar tan cerca de la mujer, ese aire tan pesado y turbio que con facilidad denotaba la inmensidad de gente que ella había asesinado.
«Das asco» reflexionó, sin ignorar que eso mismo habría pensado Estefano, su ejemplo a seguir, de no haber perdido la vida a manos Nelma. La mujer que mataba a una persona diaria y que sembraba caos usurpando la identidad de sus víctimas.
—¿Qué tienes que decir en tu defensa? —insistió Marko, porque aunque no la fuese a dejar con vida, necesitaba escucharla, necesitaba cuando mucho tratar de entender sus sórdidas motivaciones.
Necesitaba consolarse con la idea de que estaba haciendo lo correcto.
La sangre, el sudor y la lluvia ya eran un solo líquido para cuando Nelma, con voz atropellada y de bajo volumen, se dignó a hablar:
—Bienvenido a mi mundo, héroe...
Era una burla, Marko lo sabía, y no hubo fuerza en él capaz de frenar la embestida furiosa de su brazo derecho. Se oyó un silbido, un tajo húmedo, un gorgoteo, y finalmente el sonido de algo circular rodando en el cemento mojado. En el suelo, la cabeza de Nelma devolvió una mirada burlona a su asesino.
El muchacho quiso sonreír para jactarse de su victoria, tal vez insultar al espíritu de la mujer o simplemente irse, mas no pudo. Un temblor inesperado hizo cimbrar el edificio, o más bien, la tierra entera. Desde su lugar, Marko oyó el disparo en ascenso de una maraña de gritos, vio a las personas de la ciudad huir desesperadas de sus hogares para ir a un sitio seguro; niños, adultos, ancianos. ¡Todos en la ciudad requerían protección! Antes de cualquier festejo, Marko se dispuso a bajar las escaleras para acudir al rescate de aquellas personas. Él era un héroe, tenía que hacerlo, salvarlos a todos.
Y aun así no pudo. Quedó paralizado a mitad de camino.
La calle se dividió frente a él, como si fuera la boca de algún animal flemático, y tragó sin decoro una ola gigante de edificios y personas. Los gritos y la sangre no se hicieron esperar, apoyo idóneo para los estruendos de la tormenta y la cada vez más aciaga tremolina.
Marko soltó un grito ante la masacre, sin pasar por alto la aparición de un aura pesada y torva, justo en el medio del cielo calinoso. ¿Qué era? ¿Por qué de repente la garganta le escocía y el corazón le bailaba inquieto? A sus pulmones les costaba respirar, le quemaban, como si el aire se hubiese vuelto tóxico.
En las alturas, el punto del que provenían las ondas pasó a ser de un magenta saturado y vibrante. Poco después, un hoyo negro absorbió el color, y de él se asomó una mano, un cuerpo entero. Cuerpo femenino. Los atavíos majestuosos que llevaba eran blancos como su melena, que ondeaba hasta cubrirle por completo los rasgos.
Detrás de ella emergieron carrozas, caballos y personas extrañas, todo arropado por una música tan estridente que resultaba dolorosa. Un circo, eso parecía, pero no uno lindo en el que había diversión. Un vistazo profundo hizo que Marko viera que las personas que brotaban del círculo eran humanoides deformados, que aun con la piel quemada se reían como psicóticos enardecidos. Las carrozas que usaban de transporte iban prendidas en fuego, y los caballos que tiraban de ellas no obedecían la gravedad, pese a que no tuvieran alas o algo parecido visible.
Como si la hecatombe causada por el terremoto no hubiese sido suficiente, las carrozas empezaron a estrellarse contra edificios, casas, personas. La sinfonía de gritos en aumento espoleó el cólera de Marko. ¡Mierda! Justo cuando acababa de librar al mundo de un ser horrible, aparecía otro a joderlo. Tenía que acabar con la amenaza.
Seguro de que la líder del movimiento destructivo era la mujer que había salido primero, asió la espada con fuerza y dirigió la vista a las alturas para encontrarla. Pretendía, quizá, arrojarle una daga, o tal vez llegar a ella de un salto, si le era posible; así que grande fue su sorpresa cuando no la vio.
Carajo, ¿a dónde había ido?
—Gracias.
Marko retuvo las ganas de pegar un brinco, consciente de que la voz se había escuchado demasiado cerca. La dueña estaba justo a su lado, en el mismo piso que él, bajo la misma lluvia. El chico lo comprobó luego de girar la cabeza.
Era ella, la mujer del portal. Yacía agachada frente al cuerpo inerte de Nelma, y por lo que Marko pudo distinguir, al parecer quería regresar la cabeza a su sitio. Por obvias razones, sus intentos fueron inútiles, así que acabó encogida de hombros.
—¿Quién eres? —interrogó Marko. En respuesta, la misteriosa dama giró la cabeza para verlo; solo la cabeza, el cuerpo permaneció virado en dirección contraria.
Marko tragó saliva. «¿Por qué tengo tanto miedo?»
El rostro de la mujer no asustaba. De hecho, sus facciones finas le daban una apariencia hermosa. La boca de labios rosados sonreía con aire grácil y dulce.
—Gracias —repitió.
Marko enarcó una ceja.
—Verás —siguió la mujer—, gracias por matar a mi hermana. Con ella viva no hubiese podido entrar en tu mundo.
«¿Qué...?»
—¿De qué hablas? —prefirió decir el castaño, apuntando el filo directo a la mujer. Le temblaban las manos.
Ella rio.
—Ella, Nelma, una vergüenza total para la familia, ¿sabes qué hizo? —La extraña se enderezó. Su altura de casi dos metros hizo sentir intimidado al héroe de la espada—. Prefirió a los humanos antes que a nosotros. ¡Nos desterró! ¡Nos encerró! Y la muy maldita usaba su fuerza para mantener el portal cerrado. —Pateó la cabeza—. Aunque claro que ella nunca fue muy poderosa, de seguro tuvo que matar a unos cuantos humanos para tener fuerza suficiente... En fin. —Miró a Marko—. Muchas gracias por dejarme entrar en tu mundo.
La espada del joven cayó al suelo, casi sincronizada con sus rodillas temblorosas. Eso que ella había dicho... Eso que ella había dicho no podía ser cierto. No lo era, ¡no lo era! Él había sido criado para ser un héroe, vengar a su familia, impartir justicia en todo el mundo. Él era el bueno, y Nelma la mala.
La mujer de blanco sonreía con sádica fruición.
Él era el bueno, y Nelma la mala.
Algunos edificios cayeron hechos escombros.
Él era el bueno, y Nelma la mala.
Los árboles se incendiaron.
Él era el bueno, y Nelma la mala.
Niños fueron secuestrados.
Él era el bueno, y Nelma la mala.
Las carrozas se estrellaron. Marko apretó los ojos.
¡Él era el bueno! ¡Nelma la mala!
Gritos. Gritos. Se oían gritos.
«¡Yo soy el bueno! ¡Nelma la mala!»
El calle se pintó de rojo.
—¡Yo soy el bueno! ¡Nelma la mala! ¡Yo soy el...!
Marko fue enmudecido por una sujeción en la barbilla, y no de cualquiera. La mujer de blanco estaba frente a él, con una sonrisa tan grande que dejaba a la vista una hilera de colmillos filosos. Sus ojos carmines como los de Nelma refulgieron de burla cuando dijo:
—«Felicidades, héroe, no salvaste a nadie». —Y la sonrisa se ensanchó—. «Condenaste a todos».
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