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Comfortable beside you

El ruido de la televisión no ayudaba en nada para cubrir los rasposos ronquidos de Seungcheol.

Les había tocado a ambos compartir habitación de hotel, pero Seungcheol había terminado atrapando un resfriado y Jihoon había sido el elegido para cuidar a Seungcheol día y noche hasta que se recuperara.

Jihoon se cansó. Se levantó de su cama y caminó hasta la de Seungcheol. Lo miró por un segundo; tenía un hilillo de saliva seca y la boca medio abierta.

Estaba resignado. Se hizo un hueco a un lado de Seungcheol y los
ronquidos desaparecieron, en su lugar fue apresado por el pesado cuerpo de su amigo. No se quejó. En realidad no le molestaba.

Le gustaba fingir que sí. Le gustaba fingir que el tacto del mayor le desagradaba, porque si hacía eso entonces conseguiría un bonito puchero de Seungcheol.

Y a Jihoon le encantaban los pucheros de Seungcheol.

En realidad había muchas cosas que le gustaban de su amigo: su cabello largo y negro, los hoyuelos en sus mejillas y sus ojos obscuros. Le gustaban sus piernas largas y tonificadas, su piel blanquecina y sus bíceps bien marcados.

Se sentía cómodo a su lado.

Sonrió. Después rodó los ojos. Odiaba pensar cosas tan cursis y odiaba que Seungcheol lo hiciera pensar así sin siquiera hacer el intento.

Trató de acomodarse un poco mejor en la cama, pero Seungcheol terminó despertando por el movimiento. Jihoon observó sus rasgos, al menos observó lo que la tenue luz del televisor encendido le permitía.

—Despertaste.

Seungcheol lo miró, parpadeando con lentitud.

—Sí. Me di cuenta —obvió, a lo que Jihoon se sintió un tonto. Y Jihoon jamás se sentía un tonto. Era un aclamado productor, el líder de la unidad vocal y un orgullo del país, pero jamás un tonto—. Creo que el ruido del televisor me despertó. ¿Qué haces aquí?

Cierto. Jihoon aún seguía acostado a un lado de Seungcheol. Enrojeció violentamente y giró al lado contrario, esperando no ser descubierto.

—Pensé que tenías frío —mintió. Seungcheol alzó una ceja—. No te iba a dar mis sábanas. Esperaba que te conformaras con mi temperatura corporal. De todos modos ya me estaba por ir.

Se enderezó un poco. Antes de que pusiera un pie fuera de la cama fue detenido por Seungcheol. El mayor sostuvo su muñeca suavemente mientras acariciaba su piel con su pulgar.

—Quédate. Me gusta cuando dormimos juntos; no lo hacíamos desde el predebut.

Ah. El predebut.

Jihoon a veces extrañaba el predebut. Ahí podía permitirse ser un niño con grandes sueños por delante, sin responsabilidades definidas hacia su compañía ni miedo del amor.

Al menos no tanto miedo del amor.

Le gustaba Seungcheol desde el predebut, si tenía que admitirlo. Disfrutó cada momento a su lado y saboreó un futuro como su compañero. Aunque las cosas fueron cambiando de a poco mientras crecía. Seungcheol maduró, y Jihoon aprendió a ocultarse dentro de sí.

Pero así eran las cosas, suponía. No podía exponer sus sentimientos ni su forma de pensar ahora que era parte de un grupo reconocido. No podía arruinar a sus amigos así.

—No seas un llorón. Seguro quieres dormir conmigo porque le temes a la obscuridad.

Los hoyuelos de Seungcheol se mostraron en una bonita sonrisa.

—Me atrapaste.

Jihoon sabía que Seungcheol no le temía a la obscuridad. De hecho, creía que Seungcheol no le temía a nada.

De cualquier manera no iba a desaprovechar la oportunidad de quedarse a su lado.

—Solo esta noche.

Una noche era suficiente, trató de convencerse. Sentir el aliento de su amigo a su lado era suficiente como para saciar su tonto enamoramiento.

No pensó que tendría que ocultar el latido desenfrenado de su corazón cuando Seungcheol apagó el televisor y sostuvo su mano. Jihoon dudó, pero se atrevió a entrelazar sus dedos.

En la habitación obscura se escuchó la risa del mayor.

—A veces, cuando te veo, me da un poco de vergüenza hablar contigo como antes solíamos hacer.

—¿Antes?

—Antes todo era más sencillo. Cuando éramos niños.

Jihoon mantuvo sus ojos abiertos a pesar de que le era imposible mirar algo.

—¿Y ahora que no me estás viendo es más sencillo hablarme?

Seungcheol asintió, Jihoon lo pudo sentir a su lado.

—Lo es. No me siento intimidado así, pero me hace sentir un cobarde.

Jihoon casi rio por la absurda declaración.

—¿Bromeas?

—No.

—¿Te intimido?

Silencio.

—Lo haces.

Jihoon se mantuvo callado. Giró un poco sobre la cama quedando frente a frente con Seungcheol. No lo podía ver, pero lo podía sentir.

—¿Por qué?

Llevó su mano a la frente de Seungcheol. Estaba hirviendo.

—Porque eres muy bonito.

No pudo creer en sus palabras. Se levantó y lo desarropó un poco.

—Tienes fiebre.

Ignoró los quejidos del mayor cuando prendió la luz de la habitación y le puso un trapo húmedo en la frente. Arrastró una silla a un lado de la cama de Seungcheol y se sentó ahí.

—Jihoon —lo llamó Seungcheol después de un tiempo—. Dije que eres muy bonito.

—Y yo dije que tenías fiebre. Quizá en este momento estés alucinando.

Seungcheol rio. Jihoon amaba la risa de Seungcheol. Escribía la mitad de sus canciones pensando en el bello sonido de la risa del mayor, y la otra mitad pensando en el lastimoso sentimiento que le debía ocultar.

—No estoy alucinando.

Jihoon lo dudaba un poco. Seungcheol estaba tan rojo como un jitomate y sus ojitos se cerraban de vez en cuando debido al cansancio.

—Dímelo cuando tu piel no arda cuando la toque —retó.

—Arde porque estás aquí.

—Basta, Cheol —ordenó, aunque aquello sonó más como una súplica dolorosa—. Duérmete un rato, yo cuidaré de ti.

Seungcheol juntó sus cejas. Abrió sus ojos, olvidando la fiebre y el cansancio y se quitó el trapo de la frente. Se incorporó sobre la cama y le dedicó una mirada acusatoria al menor.

—Deja de ignorar mis palabras. Estoy tratando de... por primera vez estoy tratando de ser valiente a tu lado.

Jihoon no habló por unos segundos; estaba confundido. No tenía idea de qué decir. Ni siquiera estaba seguro de estar despierto en su totalidad.

—¿Qué?

Seungcheol suspiró con fuerza y cerró los puños antes de liberar la presión.

—Trato de decir que yo... —vaciló un momento, desviando la mirada de los ojos de Jihoon, pero pronto recuperó la compostura que había adquirido—. Te quiero.

Jihoon alzó una de sus cejas. Su corazón latía tan fuerte que podía sentir el golpeteo dentro de su pecho.

—Sabes que yo también te quiero.

Seungcheol negó.

—No me refiero a ese tipo de querer. Yo te quiero, pero no solamente como mi compañero de grupo o mi amigo. Jihoon, yo te quiero como las personas quieren a sus almas gemelas.

Jihoon en realidad no creía en las almas gemelas. Le parecía un poco absurda la idea de encontrar a alguien que te complementara de aquella manera tan fantasiosa. Pero justo en ese momento deseo creer que las almas gemelas existían.

—¿Estás tratando de declararte o algo así?

Seungcheol tragó duro, nervioso. Jihoon se reprendió por su irónica manera de responder, pero aquella era su única forma de esconderse.

—Es justamente lo que estoy haciendo.

Oh. Bueno.

Jihoon no sabía qué hacer. Sus mejillas se tiñeron de carmín, recayendo en la seriedad de la situación. Seungcheol no estaba alucinando y Jihoon no estaba soñando. Eso estaba sucediendo en la realidad de una habitación de hotel en Nueva York.

Sus ojos comenzaron a escocer y no se dió cuenta de que lloraba hasta que la primera lágrima rodó por su mejilla.

Seungcheol se apresuró a abrazarlo, escondiendo el rostro del menor entre su cuello y su hombro.

Era patético. Jihoon era patético. Había pasado tantos años escondiéndose del amor creyendo que Seungcheol se alejaba de él, cuando había sido él quien se había apartado primero, temeroso.

Se alejó un poco del pecho de Seungcheol, tratando de repetir el acelerado latido que escuchó del corazón del mayor.

Cuando lo miró a los ojos se perdió. Siempre lo hacía, perderse, pero de alguna forma esta vez era diferente.

Seungcheol acarició su mejilla. Cuando lo notó, Jihoon ya estaba besando al mayor. Sintió sus labios hirviendo por la fiebre, su respiración agitada y sus manos sobre su piel.

Un segundo después se apartó.

—No puedo... no podemos hacer esto —dijo—. Te amo, Seungcheol, pero si lo he escondido hasta ahora es porque no deseo ser tan egoísta como para arruinarle la carrera a mis mejores amigos.

—¿Me amas?

—¿Qué? —preguntó Jihoon, perdido.

—Me amas —declaró Seungcheol con una sonrisa boba en su boca.

—¿Solamente escuchaste eso?

Negó. Jihoon decidió escucharlo.

—Ellos, los chicos, todos ellos lo saben. Saben que he estado enamorado de ti desde el predebut —Jihoon se quedó sin palabras, la mente en blanco—. Decían que tú también estabas enamorado de mí, pero decidí creerles apenas este día. No quiero ser egoísta, y definitivamente no lo estoy siendo. Anhelar el cariño de alguien que también te quiere no es ser egoísta, es ser humano. Y los chicos lo saben.

—¿No se enfadarán con nosotros? ¿Qué hay del manager, o de la compañía?

Seungcheol tomó un mechón del cabello de Jihoon y lo pasó detrás de su oreja. Con aquel simple gesto Jihoon sintió que se hundía de a poco.

—El amor no debería esconderse, Hoonie. Y, si tú estás dispuesto y sientes lo mismo, déjame amarte como siempre he deseado. Que todo el mundo se entere que Choi Seungcheol ama a Lee Jihoon.

Jihoon sonrió. Hace mucho no se permitía llorar de algo que no fuera tristeza. Dejó que sus lágrimas cayeran de a poco hasta que se secaran. Seungcheol lo mantuvo entre sus brazos mientras tanto, acariciando su cabello y besando su coronilla.

A veces Jihoon olvidaba que su niño interior seguía ahí, dentro de él; que no tenía que ser estoico y serio siempre, que podía ser más que un idol y un productor; que podía ser un simple humano.

—¿Puedo dormir contigo?

Seungcheol parpadeo lento y con cariño.

—Puedes dormir conmigo todos los días de nuestras vidas.

Jihoon amaneció al día siguiente acurrucado en el pecho de Seungcheol. Su garganta dolía y su cuerpo se sentía cortado.

Dejó que sus preocupaciones escaparan de él. Estar enfermo no era un problema que le preocupara. En realidad, estaba tan feliz, que no creía que ningún problema lo preocupara de nuevo.

Cuando Seungcheol despertó, lo besó. De igual manera, ahora ambos estaban resfriados y enamorados.

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