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Capítulo 8.

Regresando a la realidad. 

—¡Esto no cabe aquí!

—Empuja —mascullé entre dientes, resoplando por el esfuerzo.

Coloqué mis manos mejor en la espalda de Isaac mientras los dos batallábamos por introducir nuestro equipaje en el saturado maletero del autobús. Por algún motivo inexplicable su capacidad se había visto reducida ante el aumento de maletas.

Finalmente la mole se movió los centímetros necesarios para permitir que las cosas terminasen de deslizarse en el hueco y quedasen encajadas y fuertemente presionadas con el resto. Jadeé debido a la acción a mi precaria respiración.

La broma de entrar mojada a la Siberia del hotel me había salido cara y al parecer le había caído demasiado bien al virus que me infectó, porque ni los mocos ni la fiebre baja remitían.

—Vamos —Isaac me sostuvo por la muñeca y me condujo entre la muchedumbre de adolescentes quemados por el sol—. Nos están esperando.

Tenía razón, lejos de la marea de gente se encontraba nuestro pequeño grupo reunido. Jossie fue la primera en localizarnos con la vista y antes de que ninguno de los dos reaccionara lanzó dos bocadillos al aire.

Una cosa debo reconocer: su puntería es magistral.

Isaac logró atrapar el suyo al vuelo, a pesar de disponer solo de una mano libre, mientras que en mi caso... ¿que decir? Todos los reflejos fueron robados por el usurpador de mi hermano mayor, porque tan solo alcancé a parpadear cuando me golpeó en la cara.

—Menuda bienvenida —gruñí con algo de mal humor rompiendo el papel del sándwich.

—Eso —contribuyó a mi causa Kowalski—. En lugar de agradecernos que hayamos arrastrado la monstruosidad de maleta nos atacas con comida. ¡Mira! —me señaló la cara—. Casi se asfixia ahí dentro.

La sonrisa de labial rojo de Jossie fue amplia y burlona.

—Par de quejicas, todos sabemos que Lea no tiene una potencia física admirable —me habría ofendido, pero no podía refutar una verdad tan universal—. Gracias por llevarme el equipaje, os profeso mi más sincero y puro amor.

Isaac suspiró y pasó un brazo por mis hombros, tirando de mí hacia él. Me reí contra su pecho mientras éste me revolvía el cabello.

—La próxima vez le lanzamos la ropa interior a la cuneta —me susurró en el oído.

—Me gusta el plan, Kowalski.

Nos separamos compartiendo una mirada de malicia cómplice que hizo hundir las cejas pelirrojas de nuestra amiga. Jossie se limitó unos segundos a examinarnos, como si pudiese ahondar en la mente a través de una mirada intensa, para después sacudir la cabeza en un claro gesto de rendición.

Dando mordiscos de ratón a mi comida me acerqué a Luca que hablaba tranquilamente con Derek. No pude evitar recordar la conversación que había mantenido con este último acerca de la relación que ahora forzosamente se había establecido entre nosotros. Me consolaba la idea de que, al menos, las cosas entre ellos no estuvieran plagadas de tensión y amargura.

Romper su amistad me habría convertido en una puta de proporciones bíblicas y jamás me hubiese perdonado inmiscuirme entre dos jóvenes que se conocía de prácticamente toda su vida.

Por suerte aquel no había sido el caso y podía masticar mi comida sin temer que el karma pudiese provocarme un atraganto.

—Buenas —saludé deteniéndome junto a ellos y teniendo la discreción de taparme la boca para no mostrar los trozos de pan triturado.

—Buenas, Eleanor —saludó en su habitual tono jovial Derek— estábamos comentando sobre el principio de temporada. La semana que viene tenemos un partido, ¿vendrás?

—No hace falta, si no quieres —se aprontó a puntualizar Kavinsky.

Terminé de tragar.

—¡Por supuesto que iré! Parece que han pasado mil años desde que no piso ese campo fuera del horario lectivo. Antes no me perdía ni un solo encuentro de fútbol cuando mi hermano jugaba —le di un codazo al italiano—. Allí me tendrás, animándote o recordándote lo malo que eres, depende de la situación.

Alzó las cejas en un ademan juguetón.

—Eres muy considerada.

Me encogí de hombros con sencillez.

—Lo sé —aunque su contacto visual era adictivo me forcé a carraspear y volverme de nuevo hacia Derek—. También te animaré a ti, puede estar bien. Quizás podríamos salir a cenar todos después o ir a unas de las típicas fiestas post partido que se celebran en casa de algún descerebrado.

Derek sonrió.

—Gracias por el cumplido, porque está vez, yo seré ese descerebrado.

Ups. Mis ojos se expandieron debido a la sorpresa y el horror. Si me entrase, dudaba que pudiese meter tanto la pata. Era un tipo de superpoder, un arte innato e intransferible que vibraba por mi torrente sanguíneo.

—Tampoco anda demasiado desencaminada —la voz de Luca fue un salvavidas en todo aquello. Aquella estúpida voz grave y de sensual acento—. Teniendo en cuenta como terminó la última casa, no sé como has aceptado.

—Pronto os tragaréis vuestras palabras y me daréis las gracias por la mejor noche de nuestras vida —dijo con su tono debatiéndose entre la diversión y la seriedad.

El grito del profesor al mando rompió la charla y todos nos volvimos en dirección al bus donde los más rezagados sudaban con el fin de dejar su equipaje. Era hora de marcharse y una ansiedad extraña me recorrió como una corriente eléctrica. En un acto involuntario giré la cabeza para mirar la silueta del hotel y el océano de un azul oscuro brillante bajo los rayos de sol.

Habían sido siete días pero se habían sentido como una pequeña eternidad, un refugio seguro.

Ahora debía volver, mirar a los ojos a mi madre y después, los de mi hermano y mi padre cuando se enterasen de la bomba que sobrevolaba nuestras cabezas.

Regresar al instituto donde me vería obligada a ver a Viktor cada día y pensar cuándo y cómo daría su próximo movimiento en la campaña de destruirme que se había construido.

La oscuridad de la preocupación y el estrés se apoderó con rapidez de mis pensamientos hasta que un rayo de luz surcó el cielo nublado.

Luca me cogió de la mano, entrelazando nuestros dedos en un fuerte apretón. Un peso se hundió en mi estómago y ese hormigueo al que parecía imposible acostumbrarse, se propagó por mi cuerpo. Observé nuestras manos antes de alzar la cabeza hacia él.

—Oye —me ofreció una sonrisa de ánimo—. Estarás bien, ¿vale?

Tiró de mí usando nuestra unión para que comenzase a andar camino al autobús. Lancé un resoplido irregular.

—No estoy del todo segura. Acabas de comprobar que no sé me da bien abrir la boca sin decir alguna estupidez inapropiada —hice referencia a mi desliz anterior— ¿Y si se me escapa algo delante de Robert?

—Lo harás genial.

Ladeé la cabeza, resistiendo el impulso de soltar un nuevo bufido. Subí algo derrotada los escalones del bus antes de desembocar en el estrecho pasillo. Caminé delante, manteniendo el brazo extendido, aún con mi mano en contacto con la suave y cálida palma de Kavinsky.

Me dejé caer sin mucha elegancia en el asiento de la ventana y Luca se deslizó a mi lado. Era tan alto que las rodillas casi le rozaba con el de delante, mientras que yo aún pude subir las mías para mayor comodidad.

—¿Tú crees? —mi voz sonó algo inestable—. Soy un completo desastre.

—Lo sé.

Mi boca se entreabrió y dejé fluir el aire por mis labios, en un sonido de indignación.

—Serás idiota —insulté, cruzándome de brazos sobre el pecho y rompiendo nuestro romántico apretón de mano.

Kavinsky me miró. Y no de forma sorprendida o arrepentida. No, el muy truhán tenía su particular sonrisa torcida de diversión. Era una mueca atractiva y sugerente, pero no me iba a ablandar de una manera tan vil y rastreara como aquella.

—Se supone que debes decir, «no, Eleanor, no lo eres», ¡en lugar de darme la razón, tonto! ¿Acaso no sabes nada de mujeres?

Extendió una mano y el dorso de su dedo índice y corazón me rozaron el mentón con suavidad.

—Eleanor Cole, eres un desastre —lo dijo serio, sin asomo de burla— y es una de las muchas cosas que me gustan de ti. No negaré algo que es verdad y que además me encanta.

Tomé aire de forma irregular mientras mi mente cortocircuitaba.

¿Por qué disponía de esa facilidad de romperme los esquemas? Quería hacerme la dura, indiferente y fría como un témpano. Yo no era así y mucho menos que él.

Acepté mi derrota, en un tono de voz bajo y forzado:

—Eres un tramposo.

Luca se inclinó hacia delante y me dio un corto beso en la punta de la nariz en el preciso instante en el que el bus, una vez lleno, arrancó. El motor encendido finalmente echó a andar y comenzamos a alejarnos, de vuelta a casa.

—Ahora intenta descansar, va a ser un viaje largo —aconsejó y volvió a unir nuestras manos, esta vez, entrelazando, también, los brazos, de tal forma que tuviese accesible su hombro para apoyarme.

—No te discutiré a eso —me acurruqué contra él y cerré los ojos, pero no pude evitar preguntar—. ¿A ti te apetece volver?

El italiano suspiró y paseó el pulgar por la zona interna de mi muñeca.

—Por una parte, sí. Echo de menos a mi madre y a mi hermano, y ya llevo demasiados días, me necesitan en el restaurante. Pero otro lado... este viaje ha sido como una dimensión alternativa y también extrañaré poder verte a todas horas.

Sonreí, aún con los ojos cerrados y finalmente permití que el sueño fuese haciendo mella en mí. Poco a poco mi respiración fue haciéndose más pesada y profunda y las ideas perdieron dimensión en mi mente, volviéndose un borrón. En los instantes de consciencia antes de terminar cayendo rendida lo único que percibía era el cuerpo de Kavinsky y su aroma.

No solía dormirme en los buses pero, quizás debido al resfriado, en esta ocasión caí rendida.

—¡Tortolitos, hemos llegado!

Emití un gemido de molestia por la voz estridente que me perforó el cráneo, de lado a lado. Abrí los ojos apenas unos milímetros antes de enfocar el rostro sonriente de Jossie. Ella se había sentado con Derek todo el viaje para dejarnos juntos.

—Vete al infierno —balbuceé, incorporándome a duras penas.

Tenía el cuerpo agarrotado, el trasero adolorido y la cabeza me palpitaba como si fuese a estallar. Apenas podía respirar por la nariz por el considerable tapón de mocos repartido entre mis orificios nasales. En resumen: era un despojo humano.

Me levanté cual zombie siguiendo a mis amigos hacia el exterior. Luca me ayudó a bajar mi equipaje y permaneció a mi lado unos minutos más.

—Llámame si lo necesitas, estaremos todo el tiempo en contacto —me apartó un par de mechones del rostro que se habían liberado de mi desastrosa coleta.

Arrugué los labios.

—Estarás ocupado, no puedes estar disponible para mí de forma continua.

Su sonrisa fue sincera.

—Lo intentaré. Ciao, bella.

Dicho esto me dio un beso en la frente antes de marcharse. A lo lejos pude distinguir la silueta de una mujer con un niño pequeño de la mano que echó a correr en el momento que vio a su hermano. Y hablando de hermanos, ahora me faltaba encontrar al mío.

Salí de la zona más concurrida del aparcamiento, área de reencuentros de los estudiantes con sus familiares, cruzándome con Jossie e Isaac que me hicieron un gesto de despedida. En parte, me sentía culpable por no haberles contado el asunto de mi madre, pero hasta que ella no lo compartiese con los demás me resultaba imposible volver a expresarlo en voz alta.

Ahí estaban.

Reconocí la camioneta de mi hermano, sorprendiéndome de lo concurrida que se encontraba. Era tarde y ya era de noche, además hacía un frío de mil demonios que no contribuía con mi estado de fatalosidad. No me esperaba semejante expectación por mi regreso.

Robert me vio en algún punto del trayecto y nuestros ojos se encontraron. He ahí el pinchazo en mi pecho ante su cara sonriente. Antes de que pudiese reaccionar comenzó a caminar en mi dirección. Sentí mi cuerpo pesado unos instantes en los que me quedé quieta con los pies fijados al suelo, pero conforme se acercaba no pude resistir el impulso de correr hacia él.

Dejé la maleta abandonada unos metros por detrás cuando me lancé hacia delante, aterrizando en los brazos de mi hermano mayor. Todo me acogió: su abrazo, su calor y el típico aroma a desodorante y perfume masculino. Era como estar en casa y a salvo de los demás.

—Joder, enana, te he echado de menos —murmuró contra mi cabeza antes de sujetarme con suavidad por los hombros para apartarme unos centímetros y poder mirarme a la cara—. Estás horrible.

Me reí, de forma nasal y penosa.

—Muchas gracias, Rob —contesté con tranquilidad—. Yo también te quiero, imbécil.

Solté un quejido cuando me revolvió el cabello.

—Eres una pequeña granuja.

El traqueteo de las ruedas de mi maleta por detrás me hizo girarme. Allí estaban Troy y Noah, mirándonos con una sonrisa imperceptible en los labios. El moreno iba delante y no dudé en dejarme llevar por un arrebato y rodear su cuello con mis brazos.

—Wow, hola, Eleanor —saludó y su pecho vibró en una sonora carcajada. Me acarició el pelo el medio minuto que duró el abrazo—. ¿Cómo estás?

Iba a responder, pero no me dejaron. Bueno, él no me dejó.

Spellman tiró de mi muñeca, desplazándome con brusquedad hacia la izquierda y provocando que colisionase contra su torso. Prorrumpí una protesta antes de relajarme entre sus brazos y llevar los míos entorno a su cintura. Olía a menta y a tabaco, pero no de una forma desagradable, más bien familiar. Escuchaba su corazón latir al lado de mi oreja.

—Eres cruel, Cole —se quejó. Una de sus manos se había posicionado en mi nuca— no vuelvas a dejarme el último.

Sonreí.

—También te he echado de menos, Noah.

El rubio se separó, guiñándome un ojo con aire juguetón.

—Sé que te mueres por mí.

—Antes de que alguien muera —intervino mi hermano, rodeándome los hombros con el brazo— será mejor que vayamos al coche. Hace frío aquí fuera y a no ser que te haya cambiado la voz mucho diría que tienes un considerable resfriado.

No opuse resistencia. Los tres mosqueteros se encargaron de hacerme sentir como una princesa; mientras que mi hermano encabezaba el grupo y me llevaba del brazo, Troy arrastraba la maleta y Noah había insistido en colgarse la mochila al hombro.

—¡Hola!

Parpadeé, registrando a Rowen sentada como copiloto en el coche. Se apeó unos instantes para apretarme entre sus brazos. Estaban todos y eso llenó mi corazón de ternura y calor. Madre mía, amaba a esos idiotas.

Me encajé en el la parte trasera, entre los anchos hombros de Troy y Spellman.

—¿Qué tal te ha ido el viaje? —tomó la palabra Rowen en el momento que mi hermano arrancó el coche.

—Genial. Aunque me he traído de recuerdo un bonito catarro, a margen de eso, todo perfecto.

Me aparté un poco cuando Noah empezó a mover los brazos en el espacio reducido del que disponíamos. No le presté atención y me limité a mirar la carretera.

—Me alegro —dijo la universitaria y se giró un poco en su asiento—. Y no te preocupes, ahora cuando lleguemos a casa puedo hacerte una sopa de pollo caliente.

Rob soltó una carcajada.

—Intenta que se coma la sopa cuando hemos traído pizza para cenar. Entre ellas, tu favorita.

No había tenido hambre hasta aquel momento en el que me imaginé la imagen humeante en mi cabeza.

—¡Lo sabía!

La voz de Noah nos alteró a todos. Esta vez sí que me giré y contemplé con horror como sostenía entre sus manos una de las tres cajas de preservativos. En concreto, la que estaba abierta.

—Faltan cuatro gomitas, enana —sus ojos se entrecerraron a la par que su sonrisa se ensanchaba. El calor se agolpó en mis mejillas— ¿algo que decir al respecto?

El coche describió un giro abrupto a la derecha y escuchamos el fuerte bocinazo de los conductores de atrás mientras Rob volvía a incorporarse con normalidad en el carril correcto. Sus dedos apretaron con fuerza el volante.

—Que orgulloso me siento —Noah siguió con su discurso y me rodeó la cintura con su brazo— nuestra pequeña ya no es virgen. Ahora falta saber el nombre. No te importa, Rob, ¿a qué no?

—No —gruñó en un tono nada convincente.

Troy se rió a mi derecha.

—Esto promete.

Tierra, trágame.

—¿Y bien? —presionó el rubio.

Era inútil no responder y prolongar el momento.

—Luca Kavinsky —solté en apenas un susurro.

—Já —Noah extendió el brazo hacia su amigo— me debes veinte pavos, Moore.

EL LUNES EMPIEZO OTRA VEZ LAS CLASES.

Mamá, ya no quiero jugar más a la universidad, jo. Me espera un febrero intenso de prácticas y vuelta a la realidad, pero en fin, la vida sigue.

Hoy la introducción reglamentaria de mi vida es breve y nos centramos en la historia.

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