Capítulo 3.
Maldición, Eleanor, que mala eres tonteando.
Nuevo día, nuevas oportunidades de cagarla.
La idea por sí misma no era demasiado optimista, aunque sabía ajustarse a la realidad de mi vida. Solté un bufido que podría haber pertenecido con tranquilidad a un gato en sus últimos instantes de vida y me giré en la cama, enredándome aún más en las sábanas.
El sol que se colaba por la ventana indicaba un día cálido y sin una sola nube en un inmenso y chocante cielo azulado.
Durante los segundos que tardaron mis neuronas en conectarse los sucesos de ayer no irrumpieron en la calma inconsciente de un recién levantado.
Después: todo vino de golpe.
La llamada de Viktor con su clara amenaza.
El beso con Kavinsky.
El confuso encuentro con James Gordon.
Todo. Sin paliativos, desordenado y caótico, lloviendo sobre mis pocas ideas vespertinas. Aunque sin duda uno pudo más que el resto y un nombre en concreto brilló con más fuerza: Luca Kavinsky.
Se me contrajo el estómago y regresó ese particular y chispeante hormigueo que estaba poco a poco descubriendo gracias a su ayuda.
Cerré los ojos unos instantes para dejar que aquellas sensaciones, tan intensas como agradables y al mismo tiempo, estresantes, vagaron con total libertad por mi sistema. Con calma, disfrutando de los matices y entonces...
Entonces, mi querida amiga, me lanzó una almohada a la cara.
—¡Despierta, Lea! —Jossie prácticamente me chilló en la cara— ¡vamos a la playa!
—Te odio —logré balbucear.
Su respuesta fue una amplia sonrisa de victoria.
Tampoco pensaba hacerme de rogar mucho más tiempo, los distintos estímulos habían conseguido despejarme. Me puse en pie y en menos de diez minutos ya me encontraba lista, con el bikini que juzgaba que me quedaba mejor y un vaporoso vestido de flores encima.
Ni siquiera quería pararme a pensar en el aspecto que debía tener cuando Luca me encontró en la playa. Empapada, muy probablemente con el rimel corrido por el rostro y los labios morados del frío.
Madre mía, era patética.
Jossie se colocó las gafas de sol sobre el puente de la nariz antes de tumbarse con comodidad sobre su enorme toalla, a merced de la radiación ultravioleta.
—Procura no salpicar arena esta vez, por favor —comentó haciendo referencia a mis torpes intentos de colocar mi propia toalla.
Resoplé, molesta.
—No es mi culpa si ha decidido unilateralmente asimilar hasta la última jodida brisa porque tiene complejo de bandera, ¡mierda!
La tela ondulaba y se arrugaba sin un sentido. Tanto daba la posición que adoptara, el viento siempre soplaba del lado contrario. Gruñí como un animal furioso a punto de rendirme cuando unas manos salvadoras acudieron al rescate.
He de suponer que me encontraba demasiado concentrada en mi tarea para no percatarme de su presencia, pero allí estaba, tan o incluso, más guapo que de costumbre.
Su piel parecía haber asimilado el moreno con suma rapidez añadiendo color a su rostro y resaltando unas escasas pero visibles pecas en su tez. Su cabello oscuro se encontraba algo más claro y mucho más rizado en los extremos dándole ese toque de chico rebelde que no terminaba de cuadrar con su personalidad.
Y joder, su sonrisa.
Luca me sonrió con total y sincera amplitud, arrugando la nariz en un gesto demasiado adorable para mi salud. Fue de efecto inmediato, como el veneno más potente del mundo. Las rodillas me flaquearon, se me secó la garganta y el corazón se me detuvo unos instantes antes de empezar un ritmo frenético.
—Buenos días, princesa —saludó con aquel endiablado acento y un perverso matiz divertido en la voz— Parece que necesitas ayuda.
Las comisuras de mis labios cedieron e imitaron su mueca.
—Parece ser, ¿también entra en tus aptitudes como superhéroe salvar a las damiselas de sus diabólicas toallas? —inquirí en cuanto por fin la tela se extendió.
Procedí a sentarme, no confiando del todo en la estabilidad de mis piernas. Luca vestía una camiseta de manga corta blanca y un bañador azul.
—Depende siempre de la damisela —se encogió de hombros y sus ojos castaños me examinaron despacio. El cosquilleo rabioso de mi vientre se intensificó de forma casi dolorosa cuando se detuvo unos segundos en mis labios— ¿qué tal has dormido hoy?
Charla casual. Vamos, Eleanor, tú puedes hacerlo.
—Bien —solté algo brusca. Fruncí el ceño, regañándome mentalmente— bastante bien, ¿tú?
—Mucho mejor que las anteriores —confesó antes de dejarse caer en la toalla— He soñado contigo.
Fue como una flecha directa al corazón que me cortó la respiración.
Enrojecí hasta la raíz del cabello.
¿Cómo podía soltar eso con un tono tan relajado? ¿Y sin avisar? Mínimo tres taquicardias me habría costado esas tres palabras.
Las cejas oscuras de Kavinsky se fruncieron ante mi prolongado silencio. Temí que se lo tomase mal. Que malinterpretara la situación y pudiera ofenderse. Pero estamos hablando de Luca. Su sonrisa se acentuó y me apartó un mechón solitario de la frente.
—¿Te apetece un baño?
Acerté a asentir y aceptando la mano que me ofreció ambos nos pusimos en pie. Se alejó un paso para prender los dedos en el borde de su camiseta y tirar de ella hacia arriba.
¿Hola? ¿Emergencias? Necesito un aparato respiratorio nuevo.
Aunque dos podían jugar a ese juego.
Sabía que estaba nerviosa, ¡por supuesto que lo sabía! Ya me había convertido en ese pato mareado ante el chico que le gustaba. Pero no pensaba rendirme con tanta facilidad. Si la vida rodeada de varones me había enseñado era a dar la vuelta a la situación para que jugara a mi favor.
Noah era un maestro en eso, por lo que yo había aprendido del mejor.
Esperé a que terminase de quitarse la camisa para llevar las manos a mi espalda y deshacer el nudo del cuello. El tejido se desaflojó en mis omóplatos y pude tirar de la falda hacia arriba para quedar en bañador ante su mirada.
Nunca había tenido el valor suficiente como para quedarme en ropa interior frente a Viktor.
Con Luca fue de lo más sencillo.
—A ver si puedes atraparme —reté antes de echar a correr por sorpresa en dirección al mar.
La arena me quemó en la planta de los pies y aún no estaba en plena disposición de ambas piernas. Era más como un ochenta y cinco por ciento de mí misma. Había visto a Luca en los entrenamientos, incluso compitiendo con un cien por cien él podría haberme alcanzando con facilidad pero esperó a que el agua me llegara por los tobillos para actuar.
Sus grandes manos abarcaron mi cintura y me levantó con insultante facilidad.
—¿Quieres jugar? —en su voz había un claro matiz de tonteo que electrificó mis extremidades— Juguemos.
Tuve tiempo de coger una bocanada de aire antes de que se lanzase hacia delante y el mar nos engullese con su espuma salada.
Salí, escupiendo agua salada y apartándome el cabello empapado de la frente.
—Eres un tramposo —mascullé.
Luca alzó las cejas.
—Y tú una mala perdedora, Cole —ladeó la cabeza.
Me llevé dramáticamente una mano al pecho y entrecerré los ojos.
—Eso es una ofensa de alto calibre, Kavinsky —me acerqué con lentitud. Algunas olas rompían sobre nosotros dificultando la tarea—. Retráctate.
—Tendrás que obligarme —su tono bajo fue un duro golpe para mi cordura.
Me forcé en mantener la serenidad en todo momento aunque una parte de mí estaba deseando lanzarse a sus brazos y besarlo. No podía sucumbir en aquel punto ya que su jaque sería mortal. Ojalá ser buena tonteando. Era pésima, y lo sabía.
Me encogí de hombros y dejé que mi cuerpo flotara en el agua alejándome unos centímetros. Luca no se movió de su posición, evaluando mis movimientos.
—¿Sabes? No sé cuando es tu cumpleaños.
—¿Es una táctica de distracción? —inquirió y yo me limité a encogerme de hombros— De acuerdo. Es el 17 de enero.
Me mordí la esquina del labio, asintiendo.
—Eres una semana mayor que yo, entonces.
Luca sacudió la cabeza con lentitud.
—Un año y una semana, diría yo —dijo sorprendiéndome absolutamente. Debió ver mi mueca de incredulidad porque soltó un suspiro derrotado— Sí, no te lo había dicho. Cuando pasó el tema de mi padre y la denuncia, mi familia se vio arrastrada a un mundo de pleitos y peleas por las custodios. Así que repetí un curso.
Solté lo más estúpido que se os pueda ocurrir.
—Vaya...
A veces me odiaba.
Kavinsky no pareció percatarse de eso porque continuó con su habitual tono afable.
—Así que tu cumpleaños es el 24 de enero... —meditó sus palabras— Supongo que ahora es mi turno de preguntar.
Asentí despacio.
—¿Podrías hacerme un favor?
Se acercó un poco más, forzándome a tragar saliva. De nuevo el pulso se me aceleraba sin control.
—Podría...
Luca presionó los labios con el fin de retener la sonrisa que amenazaba con romper su fachada neutra.
—¿Lo harás? —volvió a preguntar mientras se aproximaba.
Me encogí de hombros con simpleza, como si fuese lo más sencillo del mundo.
—Solo tienes una forma de averiguarlo —pronuncié con una tranquilidad que realmente no sentía.
—Me parece justo —respondió y se detuvo a escasos centímetros de mí. La punta de sus pies hizo contacto con los dedos de los míos y su presencia me obnubiló— ¿serías tan amable de cerrar los ojos?
En un primer momento, mi ceño se hundió por la confusión pero ante su serenidad, terminé aceptando. Muy despacio obedecí a su pedido cerrando los ojos y dejando que la oscuridad acaparase mi visión.
Sentí la presión de su dedo índice sobre mi nariz, deslizándose con lentitud. A pesar de que me vi tentada, permanecí en la misma posición, cegada por completo, ansiosa y con el cuerpo palpitando de la expectación.
—Antes he dicho la verdad —susurró y su aliento barrió mis labios que se entreabrieron. Sentirlo tan cerca disparó mi respiración— esta noche he soñado contigo. He soñado que hacía esto...
No terminó la frase. Tampoco hizo falta.
Me sostuvo la mejilla y unas milésimas de segundo después sentí la suave presión de sus labios sobre los míos. Fue apenas un roce delicado, como el tacto de una pluma. Se separó unos instantes antes de volver, y de nuevo, otra vez, en un juego de contactos superficiales que me destrozaron los nervios.
Entonces, en una de estas veces, su boca se presionó sobre la mía con mayor intensidad y todo tomó una nueva profundidad que me forzó a sostenerme a él para poder seguir el ritmo. Fue como si de nuevo todo se desintegrase a mi alrededor y solo existiese aquel momento.
No sé si todos los italianos sabían besar así o era algo propio de Luca, pero, mama mia!
Me separé sin apenas respiración.
Abrí un ojo para cerciorarme que Luca aún los mantenía cerrados. Actué con rapidez y antes de que pudiese percatase de lo que pasaba ya era arrastrado hacia abajo por las olas.
Eleanor Cole, la experta en romanticismo y en exterminar momentos de elevada tensión sexual, acababa de empujar la mole de un metro ochenta y pico de Kavinsky al agua.
Ya os había dicho que era un desastre coqueteando.
—¡Eso sí que es juego sucio! —se lamentó el chico llevándose una mano a la cabeza y apartándose los rizos mojados de la cara.
Me reí. No sé si por los nervios o porque su expresión de impacto fue genuinamente graciosa.
—¿Ahora quién es el mal perdedor, K?
—Tienes tres segundos para huir —dijo aún sin levantarse, era lo bastante alto para que el agua no le llegase al cuello— Tres.
Me mordí la lengua.
—¿Crees que tengo miedo?
—Dos...
No aguanté más y eché a correr.
—¡Uno!

CAPÍTULO SORPRESA.
Este es mi particular sorpresa para acabar este año, y de paso, esta época. Os deseo un super año nuevo, este 2020 que tanto promete a ver en qué se convierte. Sois una parte muy importante de mi vida, así como lo es escribir y siempre os estaré muy agradecida.
Podéis opinar del capítulo AQUÍ.
Tampoco voy a ser muy pesada hoy.
Fact: mi 31 de diciembre de 2019 está siendo un poco bastante estresante.
OS QUIERO.
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