Capítulo 23.
Eleanor, la pescadora de resfriados, vuelve a las andadas.
Mi mente se puso de inmediato en lo peor.
Entré en pánico en una décima de segundo. Se me disparó el ritmo cardíaco, me pitaron los oídos como si todas mis neuronas se estuviesen suicidando a la vez y la respiración se me tornó irregular.
Troy alternó la vista entre el italiano calado hasta los huesos y mi encogido ser.
Soltó un silbido por lo bajo.
—Mis competencias como hermano mayor suplente no alcanzan en estas situaciones —se quejó con tono jocoso. Al ver que no reaccionaba, volvió a una seriedad neutra— ¿quieres que me quede?
Negué.
Mi cerebro no tramitó esa orden; pero simplemente me limité a mover la cabeza en una negación. Tomé aire, como si me fuera a lanzar desde una altura considerable al océano.
—No es necesario.
El universitario hundió el ceño.
—Mejor. Te quiero, pero no tengo experiencia suficiente. Podría salir ahí y partirle la cara a ese tío, si lo necesitas. Tú llámame.
Una sonrisa tiró brevemente de la comisura de mis labios.
—Bueno es saberlo.
Dicho esto, tiré de la manecilla que abría la puerta del copiloto. Me bajé sin poder apartar la vista de Luca que seguía parado, ahí, de pie, sin apenas moverse.
Toda su postura me desconcertó.
Mantenía los puños presionados a ambos lados de su tronco. Estaba rígido, en tensión. El cabello empapado se le pegaba al cráneo, los mechones mucho más oscuros de lo habitual adheridos a su frente dejaban fluir pequeñas hileras de agua. Los labios entreabiertos debido a las profundas respiraciones que tomaba.
Me acerqué despacio, con la lluvia impregnando con rapidez mi cabello y abrigo. El corazón me latía a velocidades que harían empalidecer a Flash. Me costaba respirar con normalidad. El nerviosismo se apoderó de mí.
No había pasado tanto tiempo desde el incidente en su casa, pero verlo supuso un nuevo choque eléctrico en mi organismo. Mis pensamientos se desdoblaron siguiendo dos rutas:
Lo jodidadamente sexy que se veía bajo la lluvia.
Y el miedo que me causaba esa expresión de determinación de su rostro.
Quedé a un par de pasos de él y... nada.
Durante los primeros segundos ninguno movió ni una pestaña. Simplemente nos miramos, tratando de averiguar lo que pasaba por la mente del otro.
Conforme más tiempo permanecíamos en silencio, más atacada me sentía. Me forcé en no exteriorizarlo, en ser un palo que no mostrase emociones. Los dientes me empezaron a castañear debido al frío y la humedad que penetraron en mi organismo.
Habla.
Me sentí como Olaf frente a la puerta del castillo de Elsa con una indecisa Ana. Otro símil extraño para añadir a la lista. Mi mente solo era un lío de cables enmarañados.
Habla —repitió mi subconsciente con mayor insistencia.
Entonces algo relució en la mirada de Kavinsky. Fue como un rayo surcando la oscuridad en la tormenta; explosivo, intenso y luminoso. Duró apenas unos segundos, pero logró que se me secara la garganta y que mi cuerpo entumecido por el frío se estremeciese de forma diferente.
El resto pasó muy rápido, y a pesar de eso, fui consciente de cada uno de sus movimientos.
Rompió la distancia física interpuesta entre nosotros. Una de sus manos se cerró con suavidad entorno a mi brazo, pero con la firmeza suficiente para tirar de mí. Medio segundo después tenía sus labios congelados y húmedos por la lluvia sobre los míos.
A eso le siguió un apagón generalizado en mis funciones cognitivas, dejándome en servicios mínimos, solo manteniendo las razones de los órganos de los sentidos.
No me importó de dónde demonios había salido ese arranque, porque cualquier pensamiento coherente quedó reducido a cenizas ante la fogosidad del beso.
Me sujetó el rostro con ambos manos y tomó la iniciativa del contacto mientras yo... tan solo podía pensar en disfrutar y alargar el que probablemente fuese el mejor beso de mi vida todo el tiempo anatómicamente posible.
Cuando se separó tuve que recordarme la forma en la que se respiraba.
Me miró a los ojos con un deje de desesperación que reblandeció mi cuerpo por completo, dejándome como una gelatina.
—He sido un gilipollas, lo siento mucho —su tono reflejaba la agitación por el beso y la pesadez de sus propios sentimientos—. No quiero que vuelvas a irte de mi lado. Nunca. Dan igual las circunstancias.
—Luca...
Su nombre me quemó en la lengua. Parecía tan... perturbado y arrepentido. Elevé una mano para posarla sobre una de sus mejillas. Él se apoyó sobre mi palma y cerró los ojos, inhalando una generosa tanda de aire por la nariz.
—Todo el mundo tiene arrebatos, créeme, suelo tener muchos —traté de relajar el ambiente—. Pero no ocurre nada, ¿de acuerdo? No tiene importancia.
Luca negó y volvió a abrir los ojos. Algo en su mirada me hizo tragar saliva.
—Tiene importancia —repuso, serio—. La tiene porque yo soy así. Aparto a las personas cuando no sé como sobrellevar una situación. No sé de dónde cojones ha salido esta manía de alejar a cualquiera que se acerque mínimamente a las partes de mí que no me gustan... como mi pasado —se tocó el mentón en un gesto inconsciente, rozando la pequeña e irregular cicatriz blanca en su mandíbula—. No me dejes volver a hacerlo. No permitas que lo haga.
Se acercó y presionó su frente contra la mía. Nuestros alientos se entremezclaron y tuve que hacer un gran esfuerzo para mantenerme centrada en sus palabras. Sentía que ese momento era importante para ambos, para lo que vendría después.
—De acuerdo —alcancé a susurrar, en un hilo de voz queda.
—¿Puedo abrazarte?
Mi boca no elaboró una contestación, pero esta quedó implícita cuando rodeé su cuello con mis brazos. Fue un abrazo distinto a todos los demás, más íntimo que el beso de antes, más fuerte, ansioso y real que todo lo demás. Volvió a ser el Luca vulnerable y perdido de los vestuarios que lograba partirme el corazón.
—Deberíamos entrar —murmuré contra su hombro.
—Sólo un segundo más —pidió afianzando su agarre entorno a mi cuerpo y escondiendo el rostro en el hueco de mi hombro. Una de sus grandes manos me agarró por la nuca. Su pechó se infló para posteriormente liberar ese aire en forma de suspiro—. Gracias por existir.
Me ruboricé por sus palabras y terminé rompiendo nuestro momento, no por gusto, pero la garganta comenzaba a molestarme y lo último que necesitaba era un nuevo resfriado cuando aún no había salido del otro.
—Vamos —entrelacé mis dedos con los suyos— tengo que contarte muchas cosas.
Pareció confuso. Alzó las cejas como una pregunta no pronunciada.
Lo conduje al interior de mi casa. La vivienda se encontraba en silencio. Supuse que Robert se encontraba arreglando esos asuntos que le impidieron venir a recogerme y por mi salud mental ya había dejado de preguntarme dónde se encontraba mi madre cuando desaparecía.
Nos quitamos los zapatos en la entrada, aunque sirvió de poco, ya que el agua había llegado hasta el tejido de nuestros calcetines. Le hice subir, todavía en silencio, hasta mi habitación.
—Iré a buscarte algo seco.
Luca era más alto que mi hermano, pero aún así logré encontrar un par de prendas que lo apañaran. Los calcetines eran lo suficientemente flexibles para encajar en sus pies y me topé con una sudadera amplia de su época de instituto que podría servir. El mayor problema residía en los pantalones.
Una idea me cruzó la cabeza y antes de detenerme a examinarla me encontraba entrando en la habitación de mis padres. Conocía la distribución de los armarios y no tardé en encontrar el cajón donde mi progenitor guardaba parte de su ropa.
Dudé, observando la pulcritud en el interior. Era más que evidente que se habían sustraído cosas, ya que parecía vacío y extrañamente abandonado. Sin embargo, estaba justo lo que buscaba, unos pantalones holgados de algodón gris.
Era bastante obvio que no se iba a llevar su ropa de deporte, no cuando casi todos sus trajes faltaban en las perchas. Una tristeza rara me anudó las cuerdas vocales, pero me empeñé en deshacer el revoltijo y centrarme en mi particular misión: encontrar ropa seca para mi novio.
Mi novio.
Que bien sonabas esas dos palabras juntas cuando servían para referirse a Luca Kavinsky.
Con los brazos repletos de todo lo que encontré para mi propósito me encaminé de nuevo al cuarto donde le había dejado. Lo encontré de pie, mirando un par de fotografías de la pared.
—Aquí tienes —extendí la ropa— tienes que quitarte lo mojado lo antes posible.
Luca sonrió por primera vez desde que Finn mencionó a su padre.
—¿Hablas por experiencia?
Fruncí los labios, disgustada y lancé las prendas con toda la intención de darle en plena cara. Sus reflejos de portero actuaron con impresionante eficacia, porque fue capaz de pillarlas todo al vuelo en apenas un parpadeo.
—Tú obedece y cierra el pico, Kavinsky —bufé de mal humor.
El chico se encogió de hombros y procedió a seguir mis palabras de una forma más literal de lo que pensé en un principio. Antes de ni siquiera procesarlo, él ya había pasado su camiseta, sudadera y chaqueta empapadas por encima de su cabeza, quedando con el torso al descubierto.
Me sonrojé de inmediato.
—¿Qué haces?
Luca me lanzó una mirada inocente, inofensiva.
—Obedecer —fue toda su respuesta y sin darme lugar a réplica se bajó la cremallera de los vaqueros— tal y como has dicho.
—Yo...
Pantallazo azul.
Mi capacidad fonadora se redujo a la nada mientras que era incapaz de apartar la vista de sus movimientos. Levantó la cabeza una vez que sacó el pie de la última pata de los vaqueros y me pilló en mi pasmado examen.
No era la primera vez que estaba en calzoncillos frente a mí. De hecho, había visto mucho más allá, pero eso no quitaba que me sintiera cohibida ante semejante despliegue de atractivo masculino.
—Deberías seguir tu propio consejo —soltó de repente y me lanzó los pantalones. Éstos aterrizaron sobre mi rostro— estás muy mojada.
Me mordí la lengua ante el doble sentido que esa frase adquirió una vez que llegó a mis oídos. Lancé sus vaqueros lejos y me centré en mi propio armario para sacarme un par de prendas secas y calentitas. No lo miré mientras me desvestía, pero aún así sentí su mirada pendiente de mí en todo momento.
—¿Qué es eso que me tenías que contar? —indagó pasado unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada.
Oh, cierto.
—Isaac ha descubierto porque los gemelos se comportan como dos perros falderos detrás de Viktor —suspiré— era mucho más fácil pensar que solo lo hacían por pura idiotez. Pero me temo que la historia es algo más complicada.
Luca se sentó en mi cama y adoptó una expresión de plena atención; esa con la que cualquier profesor sueña que pongan sus alumnos durante las clases. Me pasé las manos por el rostro, apartándome el cabello empapado de la frente.
Nunca había sido buena sintetizando y lo que salió de mí fue mucho menos estructurado que el discurso de Kowalski. Lo solté todo, deprisa, contrastando la mala impresión que me daba el asunto una vez más.
Fui viendo las progresivas reacciones de Luca conforme las palabras brotaban de mis labios, desde la incertidumbre, la sorpresa, el desconcierto y una ligera indignación.
—Por eso James se comporta así. Estoy convencida de que en el fondo está en completo desacuerdo con todo lo que ha hecho Viktor últimamente —completé y me dejé caer en el colchón a su lado—. Tengo que hablar con él, quizás pueda ayudarnos.
—¿Iría contra la persona que se ha encargado de cubrir las espaldas a su hermano y salvar la carrera de su propio padre?
La pregunta fue totalmente inofensiva, pero escucharla me sentó como un bofetón. La realidad era esa, sencilla. Tenía razón, ¿por qué iba a arriesgarse?
¿Por qué sentía que sí podía confiar en él después de todo?
—Necesito dormir —terminé exclamando y me lancé de espaldas hasta quedar dormida— ¿por qué las cosas no pueden ser más simples?
Sentí como un dedo del muchacho se posó sobre mi abdomen y empezaba a describir círculos concéntricos entorno a mi ombligo, allí donde se me había subido la camiseta.
—Buena pregunta.
—¿Quieres comer en Navidad aquí?
No sé de dónde coño salió esa pregunta. Surgió de forma natural de mis labios y una vez que tocó el aire, no la retuve. Abrí los ojos, enfocando su rostro. Esperé encontrar pasmo e incomodidad, pero me topé con algo radicalmente opuesto: me miraba como si de repente fuese el ser más fascinante y encantador del universo.
—Me encantaría, bella.
Volví a acomodarme en mi mundo de tranquilidad después de aquella breve conversación, sin saber lo que me aguardaba en aquellas señaladas fechas.
AHOY, LADIES.
Tengo hambre, a fact. En fin, es SÁBADO y, como tal, cumplo con la cita, aunque Wattpad no tenga la decencia de notificar como es debido, yo no puedo hacer nada más xd.
Espero que hayáis disfrutado de este capítulo, porque se avecina drama en los siguientes, revelaciones, conflictos, muchas cosillas que suscitarán diversos sentimientos en los protagonistas, el resto de personaje y, espero, que un poco en vosotros.
Como siempre.
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Nos vemos la próxima semana con más. No olvidéis seguirme en mi instagram @comandanteprim para saber más, así como de buscar los perfiles de los personajes.
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