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Capítulo 18.

La mañana de después.

Me desperté debido a una necesidad fisiológica.

Mi vejiga estaba a punto de estallar y abnegar el colchón con orín. Vale, demasiado gráfico para tratarse de un primer pensamiento tras despertar.

Conforme se dilataban los segundos y las ganas de mear se incrementaban fui recuperando un estado de conciencia que podría considerarse estándar. Todo acudió a mí como una cascada de ideas, desordenadas, caóticas y terriblemente detalladas.

Recordé el incidente del baño y la posterior pelea; todo lo que aquello terminó desencadenado.

Fue entonces cuando mi entorpecido sistema nervioso comenzó a tramitar los estímulos externos y me percaté de una serie de detalles cruciales:

El peso de un brazo rodeando mi abdomen, la tranquila y pesada respiración del individuo tendido a mi espalda. Me moví con todo el cuidado que pude reunir para darme la vuelta y contemplar el rostro relajado de Luca.

El corazón me bombeó con fuerza en el pecho y se me atoró la respiración. De repente no me pareció tan urgente acudir al baño y me permití contemplarlo unos segundos más.

Su cabello era un completo desastre de mechones despeinados en todas las direcciones. Sus cejas se mantenían en una posición neutral, largas, pobladas y oscuras. Tenía los labios entreabiertos y en conjunción su cara era una expresión de paz absoluta. Los moratones y heridas de la pelea le otorgaban un aire rebelde e interesante, como a Bellamy Blake.

Solo llevaba puestos unos calzoncillos y tenía a mi entera disposición su pecho y abdomen bronceados. Los dedos me cosquillearon ante la idea de explorar cada centímetro disponible pero no quería que se despertase.

Aunque claro, como siempre la vida no era partidaria de concederme mis deseos más anhelados.

La nariz me picó de forma rabiosa e insoportable unos segundos antes del gran desastre. Sólo tuve tiempo de darme la vuelta antes de que el estornudo irrumpiese con fuerza. Fue un estruendo que me obligó a concentrar todas mis fuerzas en no dejar fluir el líquido que tanto pujaba por salir.

Bravo, Eleanor, ¿qué mejor forma de despertarse que con un estornudo?

Luca gruñó con voz grave, adormilada, antes de abrir los ojos con lentitud.

—Buongiorno, principessa —murmuró en un tono ronco, un par de octavas por debajo de lo habitual.

Mi sistema límbico reaccionó bruscamente a su saludo, pero me limité a sonreír cual lunática y responder con un escueto: "Hola"

El italiano me devolvió el gesto y las comisuras de sus labios se alzaron. Me observó unos segundos en silencio, probablemente terminando de despertarse y agachó unos centímetros el rostro. Capté sus intenciones y actué con la rapidez requerida, posando una mano sobre sus labios.

—No me he lavado los dientes —pronuncié, enredándome con las palabras.

—Vale —se limitó a responder, como si se tratase de una minucia insignificante.

Carraspeé, repentinamente intimidada y por fin, me incorporé. El mundo dio un importante vuelco frente a mis ojos y sentí mi vista nublarse unos instantes. Los efectos del poco alcohol que ingerí la noche anterior junto con mi falta de experiencia se tradujeron en un pinchazo a cada lado del cráneo.

Algo inestable caminé en dirección al baño. Yo al menos sí que llevaba el pijama, aunque si podía evitar un encuentro matutino con cualquier miembro de mi familia, sería feliz.

Cinco minutos después, más despejada y cómoda me colé en mi habitación de nuevo. Luca también se había levantado y en aquellos precisos segundos terminaba de abrocharse los pantalones. Seguía con el torso al descubierto y mis ojos acudieron allí en un acto reflejo antes de desplazarse a su rostro.

Enarqué las cejas, confundida.

—Es sábado —solté con un deje de duda— y apenas son las nueve de la mañana. Puedes quedarte el tiempo que quieras.

Luca se encogió de hombros y avanzó los pasos que nos distanciaban. Me acarició la mejilla izquierda con las yemas de los dedos y cerré los ojos ante el contacto.

—Ojalá pudiera. Como has dicho, es sábado, sin duda el día con más trabajo en el restaurante. Debo irme y ayudar a mi madre.

Hice un mohín con la boca, pero no tardé en asentir.

—Me encanta que seas un hijo tan responsable —admití y rodeé su cuello con mis brazos.

Él alzó las cejas, divertido.

—¿En serio?

Puse mi mejor cara de seriedad.

—Por supuesto que sí.

—Qué curioso —una de sus manos se escurrió por mi espalda mientras que la restante jugueteó en mi mentón. Me alzó la barbilla y quedamos muy cerca—. A mí me encanta todo de ti, bella.

Me lancé a besarlo, pero detuvo el movimiento y quedé plantada, con los labios estirados y una expresión de estupefacción digna de retratar en la cara.

—Lo siento, no me he lavado los dientes.

Abrí la boca, presa de la indignación y, empleando las manos, lo empujé en el pecho de un golpe seco. Luca estalló en risas. En esa estúpida risa varonil, potente y jodidamente sexy que tenía.

Agarré un cojín y traté de estampárselo entre ceja y ceja. Él fue más rápido y antes de que mis neuronas pudiesen procesarlo había sido desarmada y reducida, en apenas un par de segundos. Me palpitó la cabeza, aunque por motivos muy distintos, cuando todo cobró sentido de nuevo.

Tenía a Luca Kavinsky sobre mí, bloqueándome con su cuerpo y con sus manos reteniendo mis muñecas por encima de la cabeza. La respiración se me desbocó cuando su mirada se tornó intensa. Sus ojos castaños relucían con un brillo juguetón, y, al mismo tiempo, electrizante.

—He ganado —fue firme.

¿Qué podía decir yo? Mi sistema fonador había colapsado junto con mi capacidad de racionalizar. Los pensamientos me fluían como miel espesa ante su cercanía. Mis ojos se pasearon por su rostro un tiempo indefinido. Poco a poco fue aflojando el agarre en mis muñecas y una vez libre posé dos dedos muy cerca de su ojo herido.

—¿Qué le dirás a tu madre?

—La verdad —fue directo— se lo explicaré si es necesario.

Acaricié la piel que rodeaba el corte con mucha suavidad. El nudo de mi estómago apareció otra vez junto con el sabor de la culpabilidad y el arrepentimiento.

—¿Te duele? —pregunté en voz queda.

Él negó con mucha lentitud y sus dedos acudieron a arropar los míos para alejarlos suavemente. Se los llevó a los labios y me estremecí cuando se dedicó a besarlos en silencio durante un par de segundos.

—Estoy bien. Venga, vamos a desayunar —se quitó de encima y vi como recogía su camiseta del suelo. Pasó la tela por encima de sus hombros, electrificando su cabello en el proceso, terminando de asentarse—. Me muero de hambre.

—Está bien —dejé el tema aparcado y también me puso en pie. Yo me limité a ponerme su antigua sudadera sobre el pijama.

El pasillo se encontraba sumido en el silencio, por lo que fue fácil fantasear con la idea de que tanto Robert como mi madre seguían durmiendo. Pero, como ya he dicho, se trataba de una mera fantasía. Fue atravesar el umbral de la cocina y encontrarme con un particular panorama:

Rob estaba sentado a la mesa con un café humeante delante. Tampoco se había vestido y llevaba unos anchos pantalones de cuadros y un viejo jersey de lana gris. Tecleaba en el móvil, pero fue el primero en detectar nuestra presencia y sus ojos azules se clavaron en nosotros.

Mi madre, por su parte, embutida en una gorda bata fucsia se encontraba centrada en no quemar las tostadas.

La cotidianidad de la escena fue tal que me quedé bloqueada, como un lento ordenador en pleno procesamiento.

—Buenos días —saludó mi progenitora en cuanto nos vio. A pesar de las marcadas ojeras que tenía bajo los ojos, desplegó su sonrisa más encantadora que decayó de repente cuando se percató de las heridas en el rostro de Luca—. Dios mío, ¿qué ha pasado?

Luca titubeó y me vi forzada a dar un paso al frente y poner freno a aquel asunto con la máxima prontitud.

—Nada, mamá, no debes preocuparte —con el fin de desviar el tema me senté en una de las sillas— ¿Qué hay para desayunar?

La mujer tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente se rindió a la exigencia de mis ojos y volvió a un tono casual.

—Luca, ¿cómo te gusta el café, cielo?

Kavinsky tomó asiento a mi lado. Una de sus manos se posó sobre mi rodilla y no tardé en deslizar la mía por encima. Se me estrujó el estómago cuando se las ingenió para introducir mis dedos en el hueco de los suyos y apretar ligeramente.

—Solo —contestó y recogió la taza que mi madre le tendió con una sonrisa resplandeciente.

—Aquí tienes el tuyo, Lea —mi hermano se entrometió en la conversación y pasó por encima de la mesa mi taza—. Con un tercio de café y una cucharada y media de azúcar.

Le saqué la lengua como todo agradecimiento. El karma me lo pagó cuando perdí la sensibilidad en mi boca ante la elevada temperatura del líquido.

El desayuno no resultó tan fallido como temí en un primer momento. De nuevo se estableció esta extraña pero efectiva simbiosis que Luca lograba generar con las personas de su entorno. Me sorprendió la facilidad que demostraba hablando con mi madre e incluso con Robert. Era educado, dispuesto y perfecto. No me soltó la mano en ningún momento y eso afectó al grado de atención en los diversos ambientes de charla.

—Muchas gracias por todo —Kavinsky se puso en pie— pero he de irme.

—¿Seguro? Puedes quedarte a comer. Es sábado y toca lasaña. Aunque me figuro que ni se asemejará a la que debe hacer tu madre.

Rob y yo intercambiamos una mirada teñida de extrañeza. ¿Desde cuándo tocaba lasaña los sábados? Por la forma de pronunciarlo se asemejó a una tradición inquebrantable que instauró el primer bípedo de la familia.

—Estoy convencido de que estará deliciosa, pero justamente debo ayudar a mi madre con el restaurante. Ha sido un placer.

Me incorporé para acompañarlo a la puerta, agradeciendo que ninguno de mis parientes hiciese tan siquiera el amago de intentarlo. Una vez en el descansillo me sentí menos acosado y coartada e impulsándome sobre la planta descalza de mis pies le planté un beso en los labios.

—Has estado brillante.

Luca trasladó un mechón de mi rostro tras mi oreja y se entretuvo acariciándome la mejilla con la punta de los dedos.

—¿Acaso me felicitas por saber comportarme?

Hundí el ceño.

—Supongo que es lo que acabo de hacer, sí —no pude evitar sonreír— ¿algún problema?

—Ninguno en absoluto —su pulgar se paseó por la comisura de mis labios—. Joder, no quiero ir, te prometo que cada día me cuesta más alejarme de tu lado.

Me encogí de hombros externalizando una seguridad que estaba a años luz de sentir. Si sus ojos estuvieran provistos de visores láser probablemente verían el segundo exacto en el que se me fundieron los huesos.

—Así el reencuentro es más apasionante... —liberé el aire que atesoraba en los pulmones— yo tampoco quiero que te vayas.

Luca se alejó unos centímetros, lo suficiente como para poder ponerse la cazadora sin accidentes.

—¿Qué harás hoy?

Me mordí el labio, pensativa.

—Iré a ver a Jossie, comprobar su estado. Necesitamos hablar de lo que sucedió en la fiesta.

—Luego me cuentas a ver cómo ha ido —se inclinó una vez más a la vez que abría la puerta. El aire gélido se coló en aquel espacio reducido, pero no me importó en el instante que selló sus labios con los míos. Dios, jamás me casaría de aquello— Ciao, bella.

Dos horas más tarde y siendo fiel a mi palabra me encontraba tiritando en la puerta de la elegante vivienda de los Allen. Era un día horrendo, gris, ventoso y condenadamente frío por lo que mi aspecto se amoldaba a la situación. Debía parecer un minion con la capucha calada y bien sujetada con la bufanda. Llevar guantes de lana blancos no colabora demasiado.

Con un chasquido la puerta se abrió descubriendo a la señora Allen. Al igual que Jossie, ésta parecía trasmitir un aura de estilo y personalidad. Sus facciones eran sofisticadas, de labios finos y ojos soberbios. Llevaba las cejas perfectamente depiladas y aunque se encontraba disfrutando de su tiempo de descanso no tenía un pelo fuera de la larga coleta.

—Hola, Eleanor —saludó y me hizo entrar de inmediato—. Jossie está arriba. Por lo que he podido ver en su cuarto, la fiesta de anoche debió de estar interesante.

Interesante no era el término que emplearía para describir la velada, pero me limité a asentir obedientemente.

Me conocía la distribución de la casa como la palma de mi mano, así que no tardé ni medio minuto en llamar con los nudillos a la puerta indicada. Un gruñido gutural fue toda la respuesta al otro lado que interpreté como una invitación.

—Por las barbas de Merlín.

La frase brotó de mis labios cuando localicé a mi amiga hundida en una especie de nido de mantas, sábanas y edredones de tonalidades cálidas. Frente a mí se encontraba la viva imagen de la demacración.

—Cierra la boca —protestó la pelirroja— siento como si me fuese a estallar la cabeza.

—No me extraña.

Jossie bufó y me taladró con la mirada.

—Gracias por la franqueza —se masajeó las sienes antes de prorrumpir un lánguido suspiro—. Aunque en serio, gracias. Ya sabes, por evitar que continuase haciendo el más terrible ridículo. Me he visto en las historias de algunos de los invitados y, ¡joder! ¡qué puta vergüenza!

Me deshice de las zapatillas antes de saltar sobre su cama y acudir a su lado, arropándome con esa cantidad ingente de ropa.

—Tampoco es para tanto. Dentro de un par de días pasará algo igual de reseñable y todo el mundo se olvidará de tu numerito. La gente estaba bastante borracha y las historias son momentáneas —me acurruqué en el enorme almohadón de plumas—. Pero eso no es lo importante del asunto. ¿Me vas a contar lo que ha pasado?

Miré los ojos de mi amiga, enrojecidos e hinchados. Estaba claro que su malestar iba mucho más allá de la resaca y los arrepentimientos. Necesitaba escucharlo de su boca sobria.

—Me ha explotado en la cara —contestó con simpleza—. Fui yo la que pensó que una relación a tres personas sería algo estimulante y funcional. Me equivoqué, así de fácil. Ahora ellos son felices en su pareja y yo no soy más que una anécdota que contar a sus aburridos nietos.

—¿Tanto futuro les auguras?

Jossie hice una mueca de disgusto con los labios.

—Ojalá que se casen en un matrimonio desdichado y se conviertan en dos adultos agotados y monótonos, con vidas grises y trabajos que no les llenan. Que se pudran en su normalidad y en su estúpido recato. Soy tan estúpida...

La abracé en silencio. Sabía lo suficiente de nuestra amistad como para adivinar que era lo que necesitaba: desahogarse. Ya podríamos hablar largo y tendido después.

—¿Sabes que poté en el coche de Troy? —resopló con frustración—. Y no un poco, precisamente. Fue tan amable, Lea, tan adorable. No se enfadó después de que me cargase su tapicería e infestara el ambiente con olor a vómito. Me trajo hasta casa en brazos e incluso me subió a la habitación. ¿Por qué no puedo fijarme en personas tan buenas?

Sacudí la cabeza.

—Puedes hacerlo.


Ya es sábado, aunque no se note jeje.

Estoy algo triste por el capítulo anterior, es como si no hubiese llegado a gran parte de los lectores y el feedback recibido ha sido bastante escaso. No sé si es cosa de Wattpad o es culpa mía, porque ya os aburre un poco la novela.

EN FIN.

Este es un capítulo Luna de Miel, pero ya se sabe, no suelen durar mucho (inserte risa malvada)

Como siempre, dejadme ver vuestras opiniones y demás AQUÍ.

Nos vemos la semana que viene con más. Si aún no me sigues en Instagram puedes encontrarme como @comandanteprim.



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