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Capítulo 14.

Intenta sobrevivir a la jungla.

Me sorprendió no encontrar el Jeep de Luca aparcado frente a la puerta de mi casa. En su lugar había una camioneta de color granate que no me resultaba familiar.

Hundí las cejas con incomprensión, refrenando mis pasos hasta detenerme en mitad de la acera. Era una mañana especialmente fría y acompañando a mi acolchado plumas habitual se sumaban un gorro de lana negra y la cálida y compacta bufanda de Hufflelpuf que Noah me regaló. Debía exhibir, por tanto, un aspecto curioso con el ceño fruncido y semejante estilismo.

No permanecí en la ignorancia ni un minuto completo cuando la puerta del conductor se abrió y una silueta conocida bajó del vehículo. Traía un abrigo negro abrochado hasta el cuello que resaltaba el naranja de sus cabellos.

La sonrisa que me dedicó Derek al verme fue divertida.

—Buenos días, Eleanor.

Acerté a mover la cabeza para corresponder el saludo y me aproximé a él, mirando de forma inconsciente a mi alrededor como si alguno de los objetos que me rodeasen tuviesen la respuesta a la pregunta no formulada: ¿dónde estaba Luca?

—¿Qué tal has dormido? —continuó risueño y me pellizcó mi fría nariz.

—Bien —fui algo seca. No era mi intención parecer borde pero empezaba a sentirme perdida—. Pregunta al azar: ¿y Kavinsky?

Derek se encogió de hombros y me indicó mediante gestos que entrase en el coche para evitar que ambos siguiésemos congelándonos fuera. Obedecí sin rechistar haciendo gala de la paciencia que me otorgaba el hecho de estar medio dormida y aún atontada por el madrugón.

—Luca me pidió que viniese a recogerte —contestó una vez que hubo cerrado su puerta—. Su madre se ha puesto enferma. Nada grave —se anticipó a mi cara de espanto— tan solo es un virus estomacal, pero la mantendrá en cama mínimo hoy. Conociéndola mañana se incorporará con toda su testarudez. Él se ha quedado en casa para acercar a Finn a clase y hacerse cargo del restaurante por la tarde.

Asentí, despacio, asimilando la información.

—Me dijo que te avisó esta mañana pero que probablemente te hubieses dejado el teléfono en modo avión y no te habrían llegado el mensaje ni las llamadas.

Rescaté el teléfono del bolsillo de mi abrigo y comprobé que, efectivamente, el dispositivo se encontraba desprovisto de cobertura y datos móviles. Al desactivarlo emergieron frente a mis narices una serie de llamadas perdidas y el mensaje que explicaba lo que Derek acababa de resumirme.

—Vaya —me mordí el labio inferior antes de resoplar— sí que me conoce.

Derek se rió. Fue un sonido grato de escuchar a esa hora de la mañana. Me relajé en el asiento, liberando el aire en un suspiro mucho más tranquilo.

—Por las mañanas mis neuronas tardan lo suyo en conectar y al ver este coche te juro que he entrado en colpaso.

El pelirrojo alzó una ceja con burla.

—Bueno, te presento pues a mi querido vehículo. Los del taller han tardado siglos en reparar el motor. Y no, antes de que preguntes: aún no he atropellado a nadie con él. Sí que conozco los cambios de esta preciosura.

Sacudí la cabeza, sonriendo.

—¿No me digas que eres uno de esos chicos enamorados de su coche? ¡No! ¡No me esperaba eso de ti, Derek Brown! —pronuncié con tono energético y algo sarcástico.

Derek me miró unos segundos con los ojos entrecerrados.

—Culpable, señoría.

Pasé los dedos por la tapicería. El interior era de un tono crema suave bastante bonito, a decir verdad y en el ambiente se detectaba una tenue fragancia a ambientador de pino. Del espejo central colgaba una chapa típica del ejercito.

Mi atención recayó sobre este detalle en concreto.

—¿Y esto? —inquirí con curiosidad elevando la mano para tocarla.

—Es de mi padre —dijo el chico— sirvió durante años en el ejército y cuando cumplí los dieciséis me la regaló, como símbolo de disciplina. Quiere que esté centrado y sea un buen hombre.

Mis labios dibujaron una "o" de perfecto pasmo.

—Interesante —fue lo único que se me ocurrió que añadir a esa revelación.

También podría haber optado por asentir y mantenerme callada, pero bueno, yo no era de esa clase de personas sensatas que no sueltan estupideces de vez en cuando.

—Luca me dijo que sueles ir al instituto antes de las clases.

Derek hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Así es, asisto a reuniones de orientación. Fue algo que empecé a hacer después de que, en el curso anterior, empezasen los ataques de ansiedad. Ahora estoy mejor, no me mires así —parpadeé. Lo cierto es que sí que me había quedado fija en él con una expresión que daba paso a la ternura aderezada con pena—. Voy mejorando. Hablamos de la universidad, del fútbol y de mi futuro.

Jugueteé nerviosa con mis propios dedos.

—¿Y hoy no tenías?

—Sí, pero puedo faltar a alguna. Era una causa de fuerza mayor, ¿qué clase de amigo sería si te hubiese dejado tirada?

No pudimos continuar con la conversación porque ya nos encontrábamos internando en el aparcamiento del instituto. Cuando el coche se detuvo y bajamos, Derek me acompañó hasta el interior y después, tras disculparse, se encaminó en dirección contraria a la clase que me tocaba.

Lo vi marcharse a paso resuelto, girando alguna que otra cabeza, la mayoría de chicas que no eran ajenas al más que evidente atractivo del pelirrojo.

Y hablando de pelirrojos, Jossie apareció ante mí como una aparición.

Hubo varios aspectos en su presencia física que me chocaron por completo, levantando una ráfaga de dudas entre mis pensamientos.

En lugar de sus conjuntos ceñidos y apretados llevaba unas mallas negras con una raya vertical a cada lado de la cadera que se prolongaba hasta los tobillos y una sudadera algo amplia de un rosa muy claro casi blanco. Era bonito y le quedaba como un guante pero simplemente no era su estilo habitual.

Sustituyó los zapatos de tacón por unas deportivas blancas con un par de dedos de plataforma.

Era la forma que tenía Jossie de ir desarreglado, con una coleta baja y el rostro con el maquillaje más estricto; un poco de corrector y máscara de pestañas.

A pesar de esto se podía notar que no había dormido demasiado bien y tenía los ojos algo enrojecidos.

—¿Qué?

La pregunta hizo referencia al hecho de que, nada más verla, la estreché entre mis brazos en un apretado abrazo de oso.

—Nunca viene mal, ¿no? —vocalicé cerca de su oído y me alejé un paso—. Creo que ninguna de las dos atraviesa su mejor momento.

Jossie negó con la cabeza.

—No tienes remedio, pero en este caso, sí razón.

—¿Puedo preguntar qué ocurre?

Ella se limitó a señalar a un punto a mi espalda y me advirtió con la mirada que fuese delicada a la hora de girarme. Traté de no resultar muy obvia antes de rotar un poco sobre mis talones para encontrarme con las parejas de la chica. Sí, en plural. Ambos parecían bastante acaramelados, apoyados en una taquilla.

—Oh.

De nuevo las palabras parecieron dimitir y en mi registro mental las carpetas quedaron reducidas a monosílabos. La chica hizo un gesto desdeñoso con la mano, como si en realidad, no tuviese mucha importancia. Aunque se notaba por la forma en la que los miraba que sí la tenía.

El timbre que indicaba el comienzo de la jornada lectiva volvió a cortar nuestra conversación y cada una acudió a su clase, arrastrando sus propios problemas.

Las primeras tres horas transcurrieron de forma más o menos normal y después de la hora de la comida llegó uno de los momentos que más temía: la clase de educación física.

Durante la vida de Freddie había estado exenta de esa tortura moderna pero en aquellos momentos no disponía de una excusa útil y me veía obligada a dar ridículas y extenuantes vueltas al campo detrás de mis compañeros.

¿Sabéis el momento en el que los chicos del equipo de lacrosse de la serie de Teen Wolf corren y un recién llegado Liam queda el primero con total frescura y tranquilidad? Yo era Stiles, sudada, jadeante y a medio paso de vomitar.

Lo peor de esta hora era que, además, la compartía con Viktor y los gemelos que encabezaban el grupo. Llegaron a pasarme hasta en dos ocasiones.

Mi ex se tomaba la molestia de acercarse más de lo necesario de tal forma que cuando pasaba por mi lado notaba el movimiento de las masas de aire y nuestros hombros se encontraban a escasos centímetros de tocarse. Tras él aparecían James y John quienes me rodeaban a su acompasado ritmo.

James evitaba mi mirada mientras que John no se cortaba y sus oscuros ojos se clavaban en mí con burla.

Por mí podría comer mierda ese bastardo. Vale sí, me pesaba el culo, pero eso no lo hacía moralmente superior a mí.

—Bien, chicos, ya podéis parar —anunció el profesor tras hacer sonar su silbato.

Me detuve, agradecida y de inmediato me doblé hacia delante, luchando por respirar alguna bocanada de oxígeno no intoxicado mientras sentía mis pulmones arder.

Isaac llegó a mi lado para palmearme la espalda en gesto de compañerismo y ánimo.

—Ya está, Lea, tranquila. Lo has hecho genial.

—Ha sido... patético —logré jadear.

Mi amigo puso los ojos en blanco.

—Intentaría negarlo pero...

Esto le granjeó un golpe en el brazo.

—Auch —exageró— uno intenta ser simpático, no le dejan y luego, encima, es agredido.

Se rió con un humor que tenía gracias a no estar a medio camino de un coma. Terminé irguiéndome aún agitada pero ya más estable.

—Poneros en parejas —ordenó el señor Andrews que además de entrenador ejercía de profesor— necesitáis estirar o de lo contrario mañana más de uno tendrá agujetas. Cole, ¿estás bien?

Elevé un pulgar como afirmación porque en el caso de haber hablado quizás hubiese echado un pulmón o un trozo de hígado por la boca.

—Kowalski, ven aquí —el castaño se señaló— sí, ¿acaso hay algún otro que se apellide así? Serás mi modelo para ilustrar los estiramientos.

El chico caminó cabizbajo hacia el hombre del poblado bigote y el resto de la clase se agrupó en parejas dejándome aislada y temiéndome lo peor. No supe si debía moverme o quedarme en el sitio como si, así, nadie se percatase de mi existencia.

Isaac me miró, comprendiendo mi sufrimiento pero sin poder hacer nada mientras el señor Andrews le colocaba los brazos de la forma correcta para ilustrar uno de los ejercicios. Tan en tensión me encontraba que por poco suelto un grito digno de película de terror cuando alguien me tocó en el hombro.

—¿Dónde está tu novio camarero ahora?

Mi temor inicial de que se tratase de Viktor quedó descartado cuando la profunda voz de John me llegó al oído. Me mordí el interior de la mejilla para no responder y me aparté algo de él.

—¿Vienes a burlarte?

El chico sonrió con sorna.

—Vengo porque eres la única que está sola —señaló a James y Viktor. Este primero contemplaba la escena con expresión indescifrable y Viktor... bueno, su mirada me dio escalofríos como de costumbre—. Ahora deja de quejarte y pon tus manos sobre mis hombros.

Era lo último que desearía pero así lo hice, evitando un enfrentamiento directo. Estaba convencida de que había sido Viktor quien había mandando a John para el mero hecho de sacarme de quicio. Era demasiado astuto como para ensuciarse las manos él mismo. Desde que se publicó el artículo evitaba dirigirse a mí en persona o incluso acercarse demasiado si había mucha gente alrededor.

—¿Disfrutando de tu victoria parcial?

Blanqueé los ojos con tedio y cambié de posición tal y como indicó el entrenador.

—No es necesario que hablemos durante el estiramiento. Así que, cierra la boca, gracias —murmuré sin muchas ganas.

John no se dio por vencido.

—Es solo una charla amistosa para hacerlo más ameno. Eres muy brusca, Eleanor —compuso una mueca de pena—. No he dicho nada inadecuado.

—Aún —gruñí.

Me ayudó cuando estuve a punto de perder el equilibrio al sostenerme de una única pierna. Sus manos se cerraron entorno a mis antebrazos y quedé muy cerca de su mentón. Un olor dulzón me subió por las fosas nasales. No era el aroma típico de sudor mezclado con desodorante, ni tampoco ninguna marca de loción de afeitado que conociese.

Me resultaba familiar...

—Eres un auténtico pato.

—Ya hemos terminado —James apareció a la espalda de su hermano y este me soltó para que me estabilizase de nuevo sobre ambos pies.

John miró a su gemelo unos segundos antes de sacudir la cabeza y que sus ojos volviesen al encuentro de los míos.

—Nos vemos después, patito.

Ambos se marcharon juntos al otro extremo donde Viktor les esperaba con su habitual expresión de mírame soy el puto amow del universo, tan carismático y atractivo que nadie podría creerse que soy un violador en potencia a quien le gusta acosar y una sonrisa confiada en el rostro.

—Siento que hayas tenido que soportar esto sola —se disculpó Isaac nada más llegar a mi lado.

Sacudí los hombros, restando importancia al asunto.

—Estoy viva. Además, no ha sido culpa tuya que el entrenador te medio secuestrara como maniquí humano – bromeé para quitar hierro a la situación—. Estoy agotada, mejor vayámonos ya a cambiarnos. Apestas.

—Tú no hueles a rosas precisamente —Isaac pasó su brazo por debajo del mío hasta que quedamos unidos como dos ancianos paseando—. ¿Qué te ha dicho ese imbécil?

—¿Qué dicen los tontos? Tonterías. Los gemelos no son peligrosos, solo siguen órdenes de Viktor.

Isaac me arrastró hacia delante en dirección a los vestuarios.

—Eso los hace en definición peligrosos. No puedes fiarte de ellos.

Hice un ruido de disconformidad con la boca.

—¿Y qué dices de James? Ayer estuvo en tu casa. Tú lo viste igual que yo, es una persona normal. Incluso divertido. Me dijo que debía mantenerme alejada de Viktor.

Los ojos del castaño se expandieron por la sorpresa.

—¿En serio?

—Sí. Le pregunté que por qué, si ve que lo que hace Viktor no está bien, se lo permite —Isaac se inclinó hacia delante con mucho interés, pero la respuesta era decepcionante—. Me dijo que tanto su hermano como él se lo debían. ¿Qué puede ser tan grave que te ate a esa clase de persona de forma incondicional?

Mi amigo entrecerró los ojos y pude ver como un brillo que conocía bien relucía en sus pupilas. Su instinto de periodista se activó con un sonoro clic. No había cosa en el mundo que más le gustase a Isaac que los secretos perturbadores escondidos tras capas de realidad. Nació con el talento innato de indagar.

—No lo sé, todavía. Lo averiguaré.

Y sonó como una certeza.

Y no seré yo quien haga spoiler de su propia historia pero, he de admitir, que cumplió su promesa. 

HOLA, PRIMORES.

He tardado más de lo habitual en publicar porque literal que me acabo de dar cuenta que es sábado. Para mí la situación ha sido demasiado abrupta y ahora se está asimilando poco a poco en mi mente. Salí con la facultad de práctica de campo antes de que declarasen la PANDEMIA (ojo a la palabra) y pasamos a ser un fallo en Matrix.

Ayer nos hicieron volver corriendo y ahora estoy en casa, aislada en la cuarentena y flipando un poco, pero EN FIN.

Aquí tenéis el capítulo de la semana.

Opiniones respecto al capítulo AQUÍ.

Peticiones AQUÍ.

Teorías, ruegos, llantos, reclamaciones, AQUÍ.

Experiencias raras con con Covid-19 AQUÍ (jeje)

NOS VEMOS.

(quizás haga maratón... )


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