Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 11.

Y la verdad se asimiló como un meteorito en el ecosistema familiar de los Cole. 

El tiempo se ralentizó de forma agobiante conforme nos acercábamos a casa. La ansiedad a esas alturas se había apoderado de cada una de mis células y el organismo al completo padecía sus efectos. No quería ni imaginarme como debía sentirse mi madre en aquellos instantes.

Fue sorprendente encontrárnosla en la puerta, esperándonos.

—Buenas tardes, chicos —saludó con afabilidad. Sus labios se alzaron en una sonrisa que acaparó y arrugó su rostro. Una sonrisa amplia y algo forzada— ¿podéis hacerme el favor de poner la mesa? Estoy preparando la cena.

Robert frunció el ceño de manera casi imperceptible antes de asentir diligentemente como el hijo obediente y atento que era. Dejó la mochila en el mueble de la entrada, se deshizo de su pesado abrigo y encaminó sus pasos hacia el comedor, no sin antes revolverme el cabello.

Yo por mi parte permanecí estática, con los dedos aferrados a las correas de la mochila, en mitad del descansillo.

—Cariño —la voz de Grace Cole se suavizó y de repente fue como si su fachada se resquebrajase un par de centímetros, permitiendo que pudiese asomarme al caos emocional que ocultaba con tanto esmero— ve con tu hermano. La cena estará lista en apenas unos minutos y papá llegará en cualquier momento.

Me forcé a moverme, imitando las acciones de Rob y yendo en su búsqueda por el pasillo. El corazón me latía algo desbocado en el pecho y sentía como me temblaban las manos de forma sutil.

—Contrólate —me regañé en voz baja.

A fin de cuentas lo que estaba a punto de pasar poco tenía que ver conmigo. El hecho de saberlo no me convertía en cómplice de asesinato. Aspiré una generosa tanda de aire por la boca zanjando el asunto por el momento, ordenando mis pensamientos y consiguiendo poco a poco un estado menos estresante.

—Enana —levanté la vista cuando mi hermano me llamó. Se encontraba frente a mí, colocando los platos sobre el mantel recién estirado. Clavó sus ojos azules en los míos y hundió las cejas en un gesto de curiosidad— ¿tú sabes a qué viene todo esto?

Tragué saliva.

—¿A qué te refieres con esto? —indagué, cautelosa.

Rob hizo un amago que abarcó toda la sala.

—No acostumbramos a cenar todos juntos, mucho menos mamá se toma la molestia de preparar el plato preferido de cada uno.

Joder, mamá, podría ser más sutil.

Me encogí de hombros, queriendo aparentar tranquilidad y desinterés.

—¿Cómo quieres que precisamente yo comprenda lo que hace o deje de hacer? —me escudé en nuestra accidentada relación de los últimos meses—. Menos hablar y más trabajar, Rob.

Mi hermano me sacó la lengua. Pareció convencido y de nuevo sentí esa incomodad latente al mentir descaradamente. Nunca había sido por completo sincera con él, por supuesto que no; todo el mundo acude a pequeñas mentiras u omite verdades vergonzantes o privadas. No obstante, soportar la idea de estar ocultando algo que le afectaba tanto como a mí se sentía... feo.

Por suerte el pequeño teatro que había orquestado nuestra progenitora quedó listo y todos nos sentamos a la mesa. Un silencio espeso se instauró entre nosotros como una capa pegajosa de incertidumbre.

Y entonces, simplemente, empezó.

La mujer que me dio la vida se incorporó y paseó la vista por los rostros fijos en ella. Seguía manteniendo una actitud de serenidad y confianza, pero en ella eran detectables indicios de su inestabilidad. Le temblaban las manos y era por completo incapaz de mantener un contacto viusal prolongado.

¿Cómo se aborda el tema de una infidelidad? Supongo que no hay una forma única, homologada y correcta de confesar una vejación similar.

—Debo deciros algo —la voz le falló en plena frase y se vio forzada a aclararla con una tos seca— y por favor, dejadme terminar.

Las palabras se quedaron en el ambiente y tanto mi padre como Robert intercambiaron una mirada de confusión. Una mirada que evité, repentinamente fascinada por mi tenedor.

—De acuerdo, cielo, ¿qué ocurre?

Mi madre negó con la cabeza.

—Intentaré ser lo más clara, breve y sincera posible. Esto... no es fácil, pero es lo correcto —en ese momento sus ojos colisionaron con los míos como buscando el ápice de valor que le faltaba para soltar el peso que le hundía los hombros— estoy embarazada.

Su frase quedó pendida en el aire y lentamente se introdujo y fue asimilada por las mentes de los dos hombres presentes. Mi padre se quedó serio, impávido, con los labios presionados en una línea de neutralidad a pesar de la sorpresa que relucía en su mirada castaña; entonces supe que William J Cole empezó a ser consciente de la situación.

Robert por el contrario no pude más que poner una expresión de máxima perturbación.

Ambos respetaron la petición de no intervenir.

—Y el bebé que espero es de un compañero de trabajo. Lo siento, de verdad. Sé que no tengo ni derecho a justificarme pero necesito hacerlo, aunque sólo sea para que lo sepáis. Fue un error, una locura que cometí en un momento de debilidad. Ocurrió en un viaje de empresa, bebí demasiado y fui... débil y estúpida. Sólo pasó esa vez.

Esperé una reacción explosiva de mi padre. No era para menos. Su enfado era lícito, así como su rabia. Pero nada de eso pasó.

Él se limitó a asentir despacio, con gravedad, sin medir una palabra. Después, se puso en pie, retirando la silla para ello. No la miró, ni tampoco a ninguno de nosotros. Su rostro no dejaba traslucir ninguna emoción anteriormente mencionada: era una máscara de hierro. Hizo gala de su mayor templanza, esa que tantos juicios le había hecho ganar.

Abandonó el comedor, dejando su plato a medias sobre la mesa y al resto de personas allí, calladas, patidifusas.

—¿Hace cuánto lo sabes? —demandó saber Robert con voz controlada.

Se había puesto de pie también. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos entrecerrados y podía ver como trataba con todas sus fuerzas mantener a raya su enfado. Él no era tan bueno ocultando sus emociones como nuestro padre.

—No mucho —respondió Grace y se mordió el labio inferior— hijo yo...

—¿Vas a seguir con el embarazo? —le cortó con brusquedad.

La mujer no pudo más que mover la cabeza en un gesto afirmativo.

—Bien.

Y también se marchó, dejándonos solas.

—Ha sido un desastre —farfulló mi madre antes de dejarse caer, como una marioneta a la que cortan los hilos, sobre la silla— me odian. Tu padre me detesta, he roto a nuestra familia.

—Habla con él, no pierdas el tiempo aquí lamentándote.

Me hizo caso y esta vez me quedé por completo helada en mi sitio. Las manecillas del reloj se deslizaron con su particular sonido durante un lapso que no supe definir antes de que pudiera moverme de ahí. No supe muy bien hacia donde me dirigían mis pasos hasta que terminé frente a la puerta del dormitorio de mis padres.

La puerta se encontraba entreabierta y a través del pequeño espacio que dejaba pude atisbar las figuras de mis progenitores. Había una enorme maleta dispuesta sobre la cama que mi padre llenaba con sus pertenencias. La conversación me llegó algo amortiguada:

—Por favor, espera un momento. No puedes irte así, no ahora, dime algo, lo que sea —rogó la mujer al borde de las lágrimas.

—No, diga lo que diga en este momento no será bueno para ninguno de los dos, Grace. Lo mejor es que me marche y tenga el espacio y el tiempo suficiente como para pensar en ello.

—Will...

Éste sacudió la cabeza de un lado a otro y continuó doblando los pantalones en el interior de la maleta.

—¿A dónde irás?

Se encogió de hombros.

—A casa de mi hermano. Después hablaremos sobre el tema.

—Dime que estás enfadado.

Mi padre suspiró y volvió a negar con la cabeza.

—No estoy enfadado, si no decepcionada. Juntos hemos pasado tantas cosas... tenemos dos hijos increíbles. Y por respeto a ellos y a lo que hemos sido, me comportaré en todo momento —pronunció sin elevar el tono—. Eleanor y Robert no se merecen ninguna clase de espectáculo. Ellos no tienen la culpa de nuestros errores.

—¿Y simplemente te marcharás? —sollozó y se sentó en el borde de la cama.

Su marido se detuve frente a ella, poniéndose de rodillas para quedar a su altura.

—¿Y qué pretendas que haga? No sé como manejar lo que ha ocurrido justo ahora y no deseo hacernos daño. Debemos comportarnos como los adultos que somos, Grace.

Ella le cogió las manos. Tenía los ojos enrojecidos y el maquillaje corrido por el rostro. Le temblaban los labios y le costó articular las palabras:

—Te quiero, William.

—¿Eleanor?

Pegué un respingo en el sitio. No sé como había terminado sentada con las piernas contra el pecho, apoyada en la pared para poder espiar a través de la puerta. La agitación inicial pasó a ser nerviosismo cuando levanté la cabeza para encontrarme con mi hermano, parado en mitad del pasillo y los brazos cruzados.

—¿Qué haces aquí? —interrogó poniéndose de cuclillas—. No deberías ver esto. Es una conversación privada.

Separé los labios pero nada coherente salió de ellos. Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas que la escena anterior había suscitado. Fue como si de repente la congestión me golpease con fuerza hasta dejarme K.O. La cabeza me iba a estallar.

—Venga —tiró de mis manos hasta que quedé nuevamente en una posición vertical.

Una vez en pie me guió hasta la puerta de su habitación. El cuarto seguía igual que siempre: demasiado ordenado para pertenecer a un universitario promedio. La cama hecha pegada a la pared, con ese dichoso cabecero que tanto resonaba cuando Rowen y él compartían arrumacos. Las estanterías repletas de libros perfectamente colocados por tamaño y un estante dedicado por completo a los trofeos deportivos que había conseguido durante su época en el instituto.

En el escritorio su ordenador estaba abierto, con la sesión iniciada de Spotify. Junto al portátil se encontraban apilados una serie de folios garabateados con la letra pequeña y junta del chico y un gran libro de consulta.

—Lo sabías, ¿verdad?

No sonó resentido, ni dolido, pero había una pizca de amargura implícita en la pregunta que me dejó un mal sabor de boca.

—Me pidió que no dijera nada. Debía ser ella quien os lo contará.

Robert se sentó en su silla de estudió y desvió los ojos hacia la ventana. Finalmente los nubarrones que habían estado presentes durante todo el día se estaban descargando. La lluvia era fina, casi imperceptible si no te fijabas con la debida intensidad.

—Por eso estabas tan rara conmigo. Yo... —se pasó una mano por los cabellos ahogando un gruñido de frustración— es demasiado que asimilar. ¿Vamos a tener un nuevo medio hermano? ¿Qué pasará con nuestros padres a partir de ahora?

No pude más que alzar los hombros antes de sacudir la cabeza con rendición. Ya estaba: todos los sabían, ¿por qué no me sentía mejor? Hundí el rostro entre los manos y me dejé caer. Mi espalda entró en contacto con el colchón y mis piernas quedaron colgando un par de centímetros por encima del suelo.

Escuché el chirriar de la silla cuando Robert se levantó y, segundos después, su peso hundió la cama, a mi lado. Ambos permanecimos en esa postura un tiempo indefinido. En el silencio instaurado podían escucharse los ecos de la conversación que anteriormente me encontraba espiando.

—No pasa nada.

Solté un ruido de disconformidad y duda que sirvió como interrogante.

—No me importa —especificó Robert—. Hiciste lo correcto. Mamá no debió ponerte en una situación tan difícil. No es justo hacer que los demás carguen con tus secretos.

Me impulsé hasta quedar tumbada de lado. Desde mi posición pude contemplar las facciones serias de mi hermano mayor. El castaño se encontraba tendido boca arriba con un brazo doblado bajo la cabeza y el otro relajado sobre el abdomen.

—Me alegra que no estés enfadado conmigo pero yo... la entiendo. A veces la carga es demasiado pesada y no es pecado querer compartirla.

Rob giró el rostro hasta que quedamos cara a cara. Una sonrisa triste tiró de las comisuras de sus labios hacia arriba y extendió una mano hasta que las yemas de sus dedos me apartaron un mechón de la frente.

—A veces me sorprende lo madura y sensata que puedes ser, enana.

Una risa nasal me abandonó ante su comentario.

—No te acostumbres —me quedé en silencio unos instantes, mordisqueándome el labio superior al tiempo que mis cejas se fruncían—. Gracias.

Me lanzó una mirada de incomprensión.

—¿Por qué?

No respondí: no de forma explícita ni inmediata, al menos. Tomándolo por sorpresa rodeé su cuello con mis brazos y me apresuré a esconder la nariz en su cuello. Rob correspondió a mi abrazo sin ninguna clase de titubeo.

—Gracias por estar ahí, siempre. No sé que sería de mí si tú no fueses mi hermano mayor.

Sentí sus dedos en mi cabello, ejerciendo un delicado masaje.

No dijo nada y tampoco hizo falto: todo quedó plasmado en el abrazo que compartimos durante un largo periodo de tiempo. En algún momento se alejó con lentitud y plantó un beso en el nacimiento de mi cabello.

Nos miramos a los ojos unos instantes.

—Estás enfadado —afirmé en apenas un susurro.

Él se encogió de hombros.

—Aún es pronto como para asegurarlo. Pero sí, supongo que sí. Tranquila, necesito... tiempo para aclararme las ideas —pronunció con tono tranquilo. Si te dedicabas únicamente a escuchar sus palabras quizás te hubiese convencido, pero el brillo de sus ojos dejaba margen a las dudas— ¿Te apetece ver alguna película?

Aunque el cambió de tema fue evidente no luché para impedirlo y asentí, permitiendo que terminase de deslizarse fuera del colchón para alcanzar su ordenador. Miré su ancha espalda mientras trasteaba en el teclado con un presentimiento extraño.

Conocía a Robert y había algo en su actitud que no terminaba de encajar. Quizás estaba más afectado de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso, para él mismo.

Entreabrí los labios queriendo preguntar al respecto: algo, lo que fuese, cuando un estrepitoso gemido me interrumpió e hizo perder por completo la concentración.

—¡Joder, Noah! —despotricó mi hermano esforzándose por cerrar aquello que surgió en la pantalla. Se pasó una mano por su corto cabello castaño y resopló— Odio compartir cuenta con ese gilipollas, está salido.

La carcajada me salió sola.

—¿Cuántos días lleva sin hacerlo?

Rob se giró y arrugó la nariz con desagrado. Se hizo hueco a mi lado, depositando el portátil sobre sus piernas extendidas y colocó el cursor encima de la película que planeaba poner. El corazón se me ablandó en el pecho al comprobar el título: Monstruos S.A.

Esa era nuestra película favorita de pequeños.

—Tres días —farfulló haciendo referencia a la abstinencia de su mejor amigo.

Solté un silbido.

—Vaya, eso es nuevo récord.

El universitario gruñó.

—¿Podemos dejar de hablar de la vida sexual de ese depravado y poner la película? —suplicó con tono de fastidio.


FELIZ SÁBADO, FAMILIA.

Tengo un constipado del quince y no se me ocurre mucho que añadir en esta nota, así que me enfocaré directamente en la historia, ¿qué os ha parecido el capítulo?

Opiniones sobre la madre de Eleanor y Rob.

Opinión sobre las distintas reacciones de los Cole.

Alguna interesada en ayudar a Noah con su pequeño problema. 

¿Qué pasará a continuación? ¿Cómo afectará esto a Lea y a Robert?

Nos vemos el próximo sábado con más.



Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro