
Capítulo 10
Sonríe, Eleanor, aparenta tranquilidad.
Luca fue puntual.
Aún sin terminar de pasarme las correas de la mochila por los hombros abrí la puerta, deseando escapar de aquellas opresivas cuatro paredes durante, al menos, un par de horas. El aire gélido de noviembre acarició mis mejillas en cuanto colé mi cuerpo fuera, levanté la vista y ahí estaba, el Jeep de Kavinsky.
El día había amanecido nublado y los densos nubarrones que abarcaban una variopinta gama de colores desde el gris claro hasta casi rozando el negro decoraban el cielo. La mayoría de árboles se habían quedado desnudos debido a la acción del otoño avanzado y la hojarasca se acumulaba, todavía, en los lindes del jardín.
Pasé los pulgares por debajo de las tiras de la mochila antes de echar a andar en dirección al vehículo. El sonido de la puerta del conductor abriéndose precedió la aparición del italiano. Retuve el aliento en un acto involuntario cuando mis ojos registraron con total claridad a semejante individuo.
Vestía unos tejanos desgastados y una amplia sudadera roja con capucha. Su conjunto sencillo se veía completado con unas adidas blancas. No era un look excesivamente complicado, mucho menos meditado y pensado, pero reflejaba a la perfección su personalidad natural y afable y joder, le quedaba demasiado bien.
El tiempo era frío y sobre esto traía una cazadora oscura.
—Buenos días, bella —saludó con una sonrisa que se trasmitió a sus ojos oscuros y chispeantes.
Eran las siete de la mañana y apenas había conseguido conciliar el sueño por la noche, pero a pesar de eso, no pude evitar que las comisuras de mis labios imitaran su acción y desplegasen una sonrisa extasiada por su presencia.
—Buenos días —ladeé la cabeza y la diversión se filtró en mi tono de voz—. ¿Sabes qué podía haberme subido por mi cuenta? —hice referencia al hecho de que se mantuvo junto a la puerta que planeaba abrir para mí.
La sonrisa de Luca se amplió y arrugó la nariz en el gesto.
—Puede, pero me moría de ganas de hacer esto.
Dicho esto avanzó los escasos dos pasos que nos distanciaban y rodeó mi cuerpo con sus brazos. Me abrazó contra su pecho, deslizando una mano por mi melena suelta y recién desenredada, posando su barbilla sobre mi coronilla. Liberé el aire en un jadeo de sorpresa instantes antes de cerrar los ojos y aferrarme a él con todas mis fuerzas.
Fue como tomar una bocanada de aire después de unos agónicos minutos de ahogo. Durante un par de segundos nada más existió a excepción de su perfume, el sutil aroma del suavizante que empleaba para lavar las prendas y la calidez que su cuerpo trasmitía.
Se separó apenas unos centímetros y sus grandes manos acudieron a mi rostro, arropándome las mejillas. Su mirada fue intensa, sincera y completamente mortífera. El efecto fue inmediato: la debilidad se apoderó de mis rodillas, mis pulmones colapsaron y el pulso retumbó por todo mi cuerpo, extasiado ante su cercanía.
—Y también de esto —su voz fue apenas un susurro.
Sus labios se apoderaron de los míos en un beso pausado y profundo.
Alabado sea Satán.
Al menos había dispuesto de las neuronas suficientes como para lavarme los dientes.
Protesté en cuanto se separó y me dio un casto beso en la frente.
—Vamos, o llegaremos tarde —me guiñó un ojo antes de abrirme la puerta— Adelante, princesa, su carruaje le espera.
No pude evitar reírme.
—¿Carruaje? Esta calabaza me tiró del corcel en una ocasión —bromeé antes de deslizarme en el asiento.
Luca rodeó el coche y en menos de un minuto se encontraba aposentado a mi lado. Esperé a que arrancase pero no lo hizo, no justo en ese momento.
—Toma —me tendió un vaso de papel que aún estaba caliente al tacto. Leyó la pregunta que no llegué a pronunciar y se encogió de hombros con inocencia—. Tuve que preguntar a Isaac cuál era tu favorito.
Mi corazón se ablandó y dolió ante semejante gesto. Nadie nunca antes se había tomado la molestia de traerme un café y mucho menos de preocuparse si era de mi agrado. Le di un pequeño trago a la mezcla comprobando que, efectivamente, Isaac había dado en el clavo.
—Muchas gracias, Luca —no supe que más decir.
Esta vez sí que se giró y puso en marcha el motor del Jeep.
—No estás pasando por un momento sencillo, todo lo que pueda hacer, es poco.
Tuve que apretar el recipiente entre mis dedos para resistir el impulso de abalanzarme sobre él. Sospechaba que no era una idea muy brillante lanzarse a los brazos de un conductor mientras circulaba por la calle. Me mordisqueé los labios y fijé mi mirada en su perfil un tiempo indefinido antes de regresar a una posición recta y desplazar mi atención al frente.
El silencio se aposentó entre ambos mitigado por las canciones que se escuchaban por la radio. Fue en ese momento en el que me percaté de un detalle nuevo.
—¿Dónde está Derek?
En las ocasiones anteriores habían sido los dos quiénes habían acudido a recogerme por la mañana y temí que su ausencia pudiera deberse a una tensión no mencionada por ambas partes. Aún mantenía el miedo de haber alterado su fuerte amistad.
Pero Luca espantó mis temores sin un ápice de duda o resentimiento en su tono.
—Sé lo que probablemente estás pensando y no es nada de eso. Este último mes hemos compartido coche porque él tenía el suyo en el taller. Ya se lo han reparado —desplazó los ojos de la carretera a mí—. Además, a Derek le suele gustar llegar antes al instituto por cuestiones académicas que a día de hoy no termino de comprender.
Asentí, más tranquila y me dediqué por completo al café que mantenía entre mis manos. Lo consumí en el lapso de diez minutos que tardamos en atisbar la estructura del instituto. Como siempre el aparcamiento se encontraba casi repleto y la gente bajaba de los autobuses, entremezclándose en una masa heterogénea de ojos juzgadores.
Era el momento de la verdad: comprobar los efectos de la bomba mediática que Isaac publicó.
No tardé demasiado en percatarme que la noticia había calado efectivamente en el entramado social del centro. Apenas había terminado de apearme del Jeep cuando algunos rostros se giraron en mi dirección.
Esto por sí solo no era una novedad. Lo que sí suponía un cambio era el matiz con el que esas miradas se clavaban en mí pasando por un amplio abanico de impresiones. Detecté desconfianza, empatía, pena, arrepentimiento y también rencor. Todo eso fue dirigido hacia mi persona aún entumecida por el sueño acumulado.
—Ignóralos.
La voz de Luca me arrancó de mi parálisis. Lo miré con la intranquilidad latiendo en mi torrente sanguíneo a cada bombardeo. Un sentimiento que se hizo considerablemente más pequeño cuando Kavinsky ejecutó su movimiento final.
Eso que vibraba en mi interior cada vez que me tocaba se descontroló de nuevo cuando entrelazó sus dedos con los míos. La palma de su mano estaba caliente y el tacto era agradable. De repente todo resultó más sencillo.
Empecé a caminar con él a mi lado manteniendo la barbilla en alto y la mirada puesta en el frente. Nunca había dejado que me afectasen lo que los demás pensasen de mí; era un empeño absurdo preocuparse por algo que no era capaz de controlar. Cada persona es un mundo y tiene lícito derecho a creer en sus propias verdades.
Y en esos momentos aquellos desconocidos que se creían en poder de la verdad absoluta podían besarme el trasero. Poco me importaba mientras tuviese a personas como Luca Kavinsky conmigo.
Internamos en el edificio aún siendo la comidilla de algunos adolescentes y en el pasillo encontramos a una Jossie algo extraña. La pelirroja parecía inusualmente apagada; sus labios carecían del tono rojo ardiente que la caracterizaba y apenas movió la cabeza como saludo.
Miraba su teléfono con una expresión indescifrable, comprobando la pantalla en intervalos de menos de cinco segundos.
—Jossie... —hablé, sin saber muy bien como abordar la conversación.
Ella levantó la vista y su mirada fatigada se cruzó con la mía.
—¿Ocurre algo?
Se mordió el labio inferior antes de proferir un suspiro derrotado.
—Lo cierto es que no estoy del todo segura —desbloqueó su móvil y me mostró la pantalla. No tuve tiempo de leer los mensajes que me mostraba ya que Isaac y Anna aparecieron en ese momento— Luego te lo cuento.
El tema se cerró así, forzoso e inconcluso.
—¡Buenas! —Isaac, por el contrario, parecía exultante de alegría. Tenía el brazo por encima de los hombros de su novia— Parece ser que mi descabellado plan no ha resultado tan descabellado a final de cuentas. La junta directiva no se ha hecho eco de la publicación del artículo y dudo mucho que tomen medidas después del tiempo que ha transcurrido, así que podría decirse que nos hemos salida con la nuestra —alternó al vista entre nuestros rostros y sus cejas castañas se fruncieron— ¿Por qué no parecéis contentos? ¿Acaso no os percatáis del impacto de nuestros actos? Víktor ha dejado de ser el protegido de la opinión pública y ahora está siendo sometido al ojo crítico de la gente.
Anna afirmó las palabras de su novio con un serio movimiento de cabeza.
—Sí, ha perdido bastantes apoyos, pero aún hay gente, en especial, chicos, que prefieren creer su versión y tachar de paranoicas y amargadas a las chicas que han contado sus testimonios —resopló en un gesto adorable—. A veces pierdo la fe en el género masculino.
—¡Oye! —protestó Kowalski— Algunos somos legales.
La chica sonrió de oreja a oreja y se dirigió a mi amigo:
—Por supuesto que no hablaba de ti, cariño.
Isaac sonrió y depositó un breve beso en sus labios.
El timbre de inicio de las clases puso fin a nuestra particular reunión en el pasillo. Luca tiró de mi brazo y nos separó unos metros del grupo.
—Tengo que irme a clase, nos vemos a la hora de la comida. O en el entrenamiento, tu clase de educación física coincide los lunes.
Entrecerré los ojos.
—¿Has mirado mi horario, Kavinsky?
Hizo un puchero.
—Culpable.
No me retuve esta vez: plantándome de puntillas lo sostuve por los cordones de la sudadera, atrayendo su rostro al mío y comprimiendo sus labios con mi boca en un beso efusivo. Fue indecoroso para tratarse de una muestra de afecto a la vista de todos, pero no me importó lo más mínimo.
Me alejé, volviendo a plantar mi peso sobre mis pies y sonreí ante la expresión de sorpresa de Luca. Éste tenía los labios, enrojecidos e hinchados, entreabiertos y las mejillas ligeramente ruborizadas por mi arranque de entusiasmo.
—Nos vemos después —me despedí, orgullosa al comprobar que él no era el único que ejercía un efecto devastador en el otro.
Luca se revolvió el cabello aún algo trastocado y sacudió la cabeza.
—Ciao, bella.
Caminé de espaldas unos metros antes de que Isaac me atrapase por la mochila para arrastrarme a clase de historia. Por suerte, al menos compartía esa materia con él.
Nos sentamos en nuestro puesto habitual en tercera fila cerca de los ventanales que daban al otro otro bloque construido con más aulas medio vacías. Dispuse los apuntes del día anterior sobre la mesa al tiempo que jugueteaba con el bolígrafo entre los dedos.
—¿Crees que te mantendrás despierta esta vez? —picó Isaac echándose hacia atrás en la silla.
—Ja ja ja, que gracioso. Por supuesto que sí —le golpeé el brazo con el puño cerrado empleando poca fuerza—. Gracias por colaborar con Luca para traerme el café.
Isaac resopló.
—Tienes una forma un tanto peculiar de agradecer las cosas —se quejó.
—Me adoras —recité como si fueran las palabras mágicas de cualquier discusión.
—Me lo voy a empezar a plantear seriamente.
Ambos nos callamos en el momento que el profesor entró en la sala. No era excesivamente severo pero no necesitaba más motivos para que alguien me mirase mal. Cerré la boca y presioné el botón del bolígrafo posando la punta sobre el folio dispuesta a apuntar las anotaciones adicional que tanto le gustaba hacer.
Pero esta vez no hubo ninguna anécdota sobre algún piloto de caza británico ni similares. El hombre se dirigió con tranquilizad a la pizarra y esbozó un par de palabras claras y terribles.
—Odio los trabajos de historia —susurró Isaac a mi lado— especialmente los que debes exponer. Tengo libros más interesantes que consultar.
—Bien —el profesor se dirigió a nosotros con tranquilidad—. A partir de la semana que viene y hasta las vacaciones de Navidad tendréis que elaborar un trabajo. Debéis demostrarme que comprendéis la historia, que poséis un ojo crítico y una mínima capacidad para seleccionar los datos relevantes. Os dividiré en grupos de tres y juntos prepararéis un tema que se sorteará para cada grupo; todos enfocados en la Segunda Guerra Mundial. Supondrá el veinte por ciento de vuestra nota este cuatrimestre.
Extrajo unos papeles de su cartera de cuero y los extendió sobre el escritorio.
—Los grupos los escogeré yo.
Y ahí estaban: las palabras más temidas desde que pronunció que no sería de forma individual. Detestaba hacer trabajos grupales, sobretodo con gente cuyo rendimiento desconocía.
Empezó a leer los nombres anotados y me tensé de inmediato. Isaac posó una mano sobre mi inquieta pierna en un gesto conciliador. Recé a todos los dioses que conocía que me tocase con él: Alá, Buda, Jesucristo, Poseidón, Hades, Zeus, Thor...
—Isaac Kowalski —los dos nos quedamos inmóviles. Los segundos que tardó en leer el segundo nombre anotado se antojaron como una pequeña eternidad—. Eleanor Cole...
Cuando pareció que ya podría relajarme y que las cosas transcurrían, por una vez, tal y como deseé, volví a equivocarme. ¡Por supuesto que me equivoqué! No estaríais leyendo esto si mi vida fuese un cúmulo de perfectas casualidades.
—James Gordon —terminó.
Isaac y yo nos giramos en un movimiento totalmente coordinado, como dos gemelos idénticos, buscando al susodicho. Él y su hermano, dos gemelos de verdad, también parecían extraños. Durante un confuso momento establecí contacto visual con James que se aprontó a desviar la vista como si observarme fuese contemplar directamente al sol.
¡Por el maletín de Newt Scamander!
—Joder —escupió Isaac— esto debe ser una broma, dudo que tenga más de dos neuronas funcionales. Sería paradójico que nos tocara algo relacionado con el régimen totalitario de Hitler cuando él sigue las órdenes como un perro obediente.
—No seas tan elitista —amonesté en el mismo tono bajo que él—. Hay algo raro en él. Quizás empiece a ver que lo que hacen su hermano y Viktor no está bien.
Mi amigo me miró como si hubiese perdido por completo la cabeza. Lo más seguro era que fuese él quien estuviera en lo cierto y mi imaginación se encontraba desbordada.
Las horas pasaron demasiado deprisa para mi gusto y pronto no hubo más clases a las que acudir, temas en los que pensar aparte del más protagonista. Mis ánimos decayeron a cada paso que daba de vuelta al aparcamiento, tanto daba que estuviese rodeada de mis amigos, me sentía ausente y perdida.
Mi hermano me esperaba tal y como prometió en la misma plaza de siempre.
—Cierra los ojos —de pronto las manos de Luca se posaron sobre mis hombros y su aliento rompió contra la sensible piel detrás de mi oído. Obedecí—. Muy bien. No seré tópico y diré algo como todo saldrá bien. Es algo que escapa de tu control y debes dejar de pensar en ello. Toma aire —sus labios rozaron mi oreja y me estremecí irremediablemente a la vez que tomaba aire de forma irregular por las fosas nasales—. Déjalo fluir. No sé como será esta tarde, ni el día de mañana, pero estaré aquí, contigo. Puedes escaparte y dormir en mi cama todas las noches si es necesario.
Sonreí ante la oferta.
—Abre los ojos.
Lo primero que enfoqué fue su nariz y, poco después, sus preciosos y expresivos ojos castaños. Me acarició con el dorso del pulgar los labios antes de atraerme hacia él.
—Llámame y allí estaré. Pase lo que pase, no estás sola. Yo... maldizione, ojalá pudiera estar allí.
—Eres extraordinario, Kavinsky —fue completamente sincera. Jamás pensé que pudiese llegar a ser tan cursi pero en aquellos momentos podría haberle cogido de las mejillas y devorarlo allí mismo.
Asomó la lengua entre los labios en un gesto divertido.
—Harás que me ruborice y perderé la poca credibilidad que me queda.
El claxon indicó que ya era momento de irme. Me despedí con un suave beso en los labios antes de correr con mis dos piernas sanas hacia el coche de Robert. Mi hermano me saludó revolviéndome el pelo con una mano.
—Parece un buen tío —comentó antes de arrugar el ceño— aunque no es agradable ver como le meten mano a tu hermana pequeña.
Sacudí la cabeza.
—Lo dice el chico que se come a su novia delante de todo el mundo sin ningún tipo de pudor.
Rob bufó.
—Son cosas de mayores.
—¡Oh! ¡Discúlpeme Don Anciano! Arranca, plasta —procuré sonar jovial y desenfada pero en el fondo los nervios me atenazaban las cuerdas vocales—. No quiero que mamá nos regañe porque se enfríe la cena.
Robert sonrió con esa sonrisa tan espontánea y cálida que tenía y que me hizo sentir algo miserable por ocultar la verdad.
—Como desee, Buttercup.
Y con esa última referencia a la Princesa Prometida nos dirigimos a casa, donde nuestra madre nos esperaba, dispuesta finalmente a presentar las cartas boca arriba y ver a la familia arder.

FELIZ, SÁBADO, GENTE.
Lamento llegar "tarde", he estado todo el día fuera y no he tenido un hueco para publicar, pero AQUÍ lo tenéis.
Espero vuestros comentarios.
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Nos vemos la semana que viene con más.
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