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18 - Treinta y uno de enero

Cuando llegaron al destino, Amanda agradeció y se apresuró al vestuario. Se sentía confusa.

Ya cambiada, salió al pasillo y se encontró con él de nuevo.

— ¿Tienes cómo irte luego? —Cuestionó él mientras se dirigían a su cadena de montaje.

— Caminando, como siempre —contestó con una sonrisa.

— Puedo acercarte si quieres, aunque sea un trozo.

— No sé, no quiero molestar.

— Me pilla de camino seguro, no me cuesta nada. Y si está lloviendo a esa hora no me sentiré a gusto si te dejo volver bajo la lluvia.

— Está bien.

Cuando alzó el rostro y se dispuso a relevar a la persona que había en su puesto, pues habían llegado antes de hora, su mirada se cruzó con la de un hombre que la observaba con el ceño fruncido y expresión seria. Tragó con dificultad y desvió la mirada levemente, incapaz de sostenérsela. ¿Era realmente él? Hacía tanto tiempo que no lo veía que aquello le resultó casi imposible.

La señora a la que relevó le dio un toque en el hombro y se despidió de ella, mientras Amanda estaba en una especie de trance que no podría definir. Sentía su pesada mirada sobre ella y era como si una extraña fuerza la empujase a mirar a otro lado distinto. Palabras llegaron a sus oídos, pero no se enteró de lo que le decían, así que se limitó a sonreír con desgana y sin fuerzas mientras se sujetaba del contenedor de piezas.

No supo en qué momento, sus compañeros habituales habían ocupado ya sus puestos y todos los que trabajaban en el turno de noche se habían retirado. Aquello, aunque no había sido nada en realidad, le había resultado doloroso. No creyó que podría dolerle tanto el volverlo a ver; no hasta ese momento.

El descanso lo pasó en el vestuario, tumbada en la banqueta sin ganas de comerse la pieza de fruta que había llevado. La jornada la realizó en modo automático, sin poner de sí misma en nada. Las conversaciones y las bromas no existían para ella, y tan siquiera tenía una mínima emoción por ir a ver a sus padres aquel día. Quería dormir. Lo único que quería era meterse en la cama y no levantar hasta el lunes, pasar unos días encerrada junto a su soledad y sus penurias.

Estaba decidida a eso, hasta que al terminar la jornada vio un mensaje de su madre instándola a comer con ellos cuando saliese del trabajo. Si iba caminando, sería una merienda más bien, así que se vio empujada a aceptar la invitación de Aarón —que así se llamaba aquel compañero—para poder llegar donde sus padres a una hora decente.

Cuando salió lo buscó, y, paradojas del destino, lo encontró fumando junto a las grandes puertas de la fábrica. «Esto tiene que ser una jodida broma», se dijo.

Aun así, se acercó a él y le preguntó si aún estaba en pie lo de llevarla, a pesar de haber parado de llover.

— ¡Claro! Al fin y al cabo, te estaba esperando para eso —indicó él.

Algo en Amanda se retorció, pero trató de fingir que no era así. Esbozó una sonrisa, asintió con fingida alegría, agradeció y aguardó a que él se acabase el cigarrillo. Tras eso, montaron ambos en el coche y emprendieron el camino. Aarón la llevó hasta la mismísima puerta de casa de sus padres, pues resultó que vivía en su mismo municipio y no muy lejos de sus progenitores.

Tal parecía que el destino era caprichoso o, al menos, a Amanda se lo pareció.

Cuando se despidió de su familia, ya en la calle, se dispuso a ponerse música mientras caminaba. Al sacar el teléfono, advirtió varias notificaciones de aplicaciones de mensajería y redes sociales, donde la felicitaban. Al entrar en Whatsapp, una conversación en concreto captó su atención y la dejó tan impactada que el aparato estuvo a punto de caerse de sus manos y lo tuvo que pillar al vuelo.

«Feliz cumpleaños». Así, sin más. Dos palabras y liquidado.

— Sencillo, rápido y para toda la familia —murmuró sin dejar de observar el mensaje.

Accedió al chat donde él había dejado en evidencia que aún recordaba su existencia, nerviosa y con intenciones de dar las gracias, con la esperanza de que aquello desembocase en algo más. Escribió su agradecimiento y, tras unos minutos, guardó el teléfono sin haber obtenido respuesta.

No podía mentirse a sí misma: se sentía tremendamente desilusionada. Estaba desencantada de la vida, cansada de todo, y un poco disgustada porque parecía ser un juguete en manos de un destino aburrido que no sabía qué otros desastres provocar en su mundo.

Cuando se dejó caer en su sofá, no pudo evitar pensar en cuán extraño había sido aquel treinta y uno de enero.

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