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8ª Parte: Nadezhda



Trilero saludó al Señor Coronado de las Tormentas en cuanto aquel entró en el ojo de la tempestad. El lunático observó la escena ante él con fría indiferencia; los bogatyres expectantes, el noble arrodillado y los cuerpos mutilados de los soldados castríes.

Su disculpa sonó tan cálida y emotiva como un tempano.

—Llegamos tarde, me temo. Una lástima.

Trilero sonrió y se obligó a poner su mejor tono servil. A lo mejor era cosa de la fiebre, pero le costaba horrores aguantar a tanto imbécil.

—Aún he llegado a tiempo de salvar a mi criado, señor. No hay forma en que pueda llegaros a expresar mi gratitud por ello.

Para dar más peso a sus palabras, levantó al confuso achés del suelo y lo abrazó con fuerza, antes de advertirle en sonndí.

—Pórtate bien y todo saldrá de mil amores. Ahora eres mi criado, pórtate como tal, y mejor si lloriqueas un poco y pareces tonto.

—¿Qué idioma es ese? —preguntó el Capullo Coronado de las Tormentas.

—Nycto— mintió Trilero sin asomo de duda—. Me temo que mi criado procede de las tierras bajas, apenas conoce el castrí.

El desprecio relampagueó en la mirada del lunático al oír aquellas palabras, pero no dijo ni media palabra. De entre toda la caterva de demonios desquiciados y pirados megalómanos con que Trilero llevaba topándose en su viaje, el Capullo Coronado de la Chulería ocupaba un lugar muy especial.

Todo en el decía vanidad, desde las grandes astas de ciervo, al enorme caballo, blanco como el snieg, sin dejarse la forma en que exhibía su torso musculoso en medio de aquel tiempo helado, o las barbas de anciano profeta y los ojos azul intenso. Lo bueno de todo aquello era que los capullos vanidosos solían ser predecibles y bobos. Incluso en su deficiente estado, Trilero contaba con poder manejarlo.

—¿A qué nombre responde?

—Nomen Ficto

—Me alegra pues que el señor Nomen haya podido sobrevivir a nuestro pequeño malentendido. —La condescendencia en el tono del lunático solo enervó un poco más al timador—. Sin embargo, sus penurias están por terminar, amigos míos, pues ahora están bajo mi protección.

Trilero se guardó lo que pensaba de aquella protección y se prosternó lleno de humildad. Tuvo que obligar al achés a bajar la cabeza; el pobre desgraciado no podía estar más desorientado.

El Capullo Coronado realizó un elegante gesto indicando que aquello no era necesario, al mismo tiempo que se hinchaba como un pavo de pura felicidad.

Extendió el brazo ante él y la tormenta se abrió, dejando un camino sin viento y hielo para el paso de la comitiva. Luego puso su caballo al paso y abrió la marcha, seguido de cerca por sus dos invitados y los tres bogatyres.

Caminaron a través de la tormenta durante lo que parecieron horas. En el ojo de la tempestad no existía el tiempo, ni el frío; pero la vista no podía distinguir nada más allá del cerco del Capullo. Era como atravesar un enorme y rugiente muro de snieg que se descomponía de mala gana ante ellos. Poco a poco el ímpetu del viento fue cayendo y la pared de helada empezó a transparentarse, hasta que dejaron atrás la tormenta y salieron a la noche helada y la estepa blanca y vacía.

Algunos puntos rojos brillaban como bengalas en aquel mundo blanco y negro, y hacia ellas se encaminó el grupo, hasta que el pequeño pueblo de Nadezhda se recortó sobre la oscuridad.

Lo que antaño debió ser un pequeño pueblo fronterizo se había convertido en un fortín, sin duda a mayor gloria del presumido Capullo. Todo el pueblo estaba rodeado de una empalizada de madera decorada con dibujos minuciosos de fauna y flora, tan detallados y vivos como los tres caballeros que les seguían.

Cruzaron un primer portón que se abría a un sencillo jardín cubierto, con estanques cristalinos y tallas de jinetes y bestias. El Capullo desmontó en cuanto cruzó la puerta y su caballo se fue solo a buscar su establo. También los bogatyres terminaron su andanza en aquella antesala; a una orden del Capullo, los tres lunáticos se detuvieron y permanecieron en medio del jardín, helados como estatuas. El Capullo asintió complacido y guio a sus dos invitados hasta una segunda puerta decorada, la entrada a su residencia.

Las calles y casas de Nadezhda, techadas y unidas por paredes de madera, formaban una especie de pueblo-mansión, en que cada hogar era una habitación y cada travesía, un pasillo. Mujeres jóvenes y bellas, vestidas con delicadas galas, paseaban arriba y abajo, entretenidas en alguna tarea o solo paseando y charlando. El Capullo se detuvo en mitad del pasillo de entrada y abrió los brazos, sin duda presumiendo de hogar.

La abundancia de jóvenes y el exceso de lujo trajeron a la memoria de Trilero recuerdos de su estancia en el palacio de Nerva. Empezaba a ver un patrón; aquellos lunáticos que no habían perdido la chaveta tendían a construirse vidas grandes y lujosas. Quizá fuesen más grandes y fuertes que los hombres, pero aquellos monstruos del sur seguían siendo muy humanos en sus anhelos.

Con un par de palmadas, una hermosa joven rubia se personó ante el lunático y realizó una complicada reverencia. Amo y sirviente intercambiaron algunas palabras y luego la muchacha indicó a los invitados que la siguiesen.

—Arisha os guiará a vuestros aposentos. Cualquier cosa que necesitéis, pedídsela y os será dada: comida, licor, mujeres... cuanto queráis —anunció el Capullo con una sonrisa engreída.

—Vuestra generosidad y gloria no conocen límite, gran señor —respondió Trilero con una reverencia.

—Es lo mínimo por tan insignes invitados. Descansad lo que resta de día, mañana al alba discutiremos las condiciones de nuestro acuerdo.

El Capullo se marchó entre reverencias y agradecimientos de Trilero, que escupió en su dirección en cuanto el lunático hubo desaparecido. Luego se volvió hacia la criada, que le observaba con pavor.

—Arisha, ¿no? —la chica asintió en silencio—. Si haces el favor de guiarnos...

Arisha volvió a asentir y les indicó con un gesto que la siguiesen. Llevaba un sencillo vestido de terciopelo blanco que ceñía sus suaves curvas, justo como cada muchacha con la que se cruzaron. No había una sola sirvienta vieja o fea, y mucho menos otro hombre en aquellos pasillos, lo cual solo contribuyó a poner de más mal humor a Trilero. Había visto casas parecidas en Sonnd.

La muchacha los guio hasta una casa de dos plantas; su habitación en aquel encierro. Esperó a que entrasen quieta y asustada, antes de preguntar en un tonillo servicial.

—¿Necesitan algo, mis señores?

—Es todo Arisha, por favor, retírate.

La chica asintió, pero no se movió. Se quedo allí plantada, con la mirada suplicante, temblorosa e inquieta.

—Por favor —suplicó la chica al borde del llanto—. Lo que sea, mis señores. Hay licor castrí, señor, solo pida, lo que sea. —Arisha se llevó una mano al pecho nerviosa—. Si quiere... incluso...

Trilero fulminó a la muchacha con la mirada, horrorizado. La forma en que ella se encogió ante su mirada solo le produjo más nauseas. Había visto mucho en las callejas del Ebar, y juzgado muy poco, pero había cosas que todavía lograban revolverle el estómago.

—No queremos nada, querida —la cortó con brusquedad.

—¿Quizá su compañero? —preguntó lastimera la muchacha.

Trilero se volvió con cansancio hacia el achés.

—Eh, chaval ¿Quieres follartela? —le preguntó a bocajarro.

Aldric abrió mucho los ojos, tan sorprendido como confuso.

—¿Qué? —consiguió decir al fin.

—Sí, eso pensaba. —Trilero devolvió su atención a la chica y suspiró con cansancio. Temblaba de miedo la pobre, y Trilero no estaba ayudando a calmarla. No era justo pagar su desprecio por el Capullo con ella—. Mira, Arisha, tráenos algo de comer, venga.

La muchacha realizó una rápida reverencia y abandonó el cuarto a toda prisa

—¿De verdad te ha preguntado eso? —saltó Aldric.

—No quieras saber lo que me ha preguntado. Ese Capullo es un cerdo de campeonato.

—¿El Cornudo?

—¿Cornudo? —Trilero lanzó una carcajada sin humor—. Sí, le pega, joder. Él mismo.

Con paso lento, el timador se arrastró con cansancio hasta un sillón de cuero y se dejó caer en él con un suspiro. El mismo frío que le arrancaba la piel a tiras también le había bajado la fiebre, pero al estar de nuevo a cubierto, el calor y el embotamiento habían vuelto.

Aldric se sentó en un segundo sillón, justo ante él. Podía ver que se moría por coserlo a preguntas, pero estaba muy cansado para querer hablar. Cerró los ojos y se fingió dormido, pero por desgracia, el chico no entendía una mierda de educación básica.

—Y ahora ¿Cuál es el plan?

—¿Qué? Ah, el plan, sí —Trilero arrastraba las silabas con cansancio. Empezaba a costarle respirar, y pensar era un martirio—. Sí, el plan. El plan es el mismo de antes, Zalplameni y al gran palacio.

—¿El mismo? Pero...

—Escucha con cuidado, que no quiero repetirme. El Cornudo nos ha acogido como a invitados; él mismo nos llevará hasta Zalplameni. Asunto resuelto.

—Ah.

El silencio volvió a caer sobre el cuarto, inquieto pero cómodo. El timador intentó de nuevo dormir, descansar y olvidar, pero la paciencia de Aldric era bastante corta.

—¿Cómo...?

Trilero lanzó un gruñido de hartazgo antes de que siguiese.

—Eres justo como la pelona, no callas ni bajo el agua. Si pensaseis más y preguntaseis menos, la vida os trataría mejor —le imprecó con rabia.

—Vale —repuso Aldric sin amilanarse—. Pero...

—¡Está bien! Está bien... lo entiendo. —Trilero suspiro y se acomodó algo más en su sillón—. Tienes cinco preguntas ¿Vale? Cinco. Y ya que estás, consígueme una manta, y algo de agua. Tiene que haber por algún lado, no puedo hablar con la boca seca.

Aldric se levantó solícito y recorrió la casa con mal contenida prisa. Encontrar cuanto Trilero le pidió y ayudarlo a acomodarse le llevó apenas unos minutos. Incluso acercó una silla al ébrida para que pudiese reposar los pies, antes de volver a sentarse en su sillón. Trilero se recolocó hasta estar a gusto y asintió satisfecho.

—Vale. Pregunta.

El achés no tardó mucho en pensar su primera pregunta.

—¿Cómo es que sigues vivo?

—Por favor —se burló el timador con suficiencia—, lo de Trilero no es solo un mote. Engañar a la muerte es un juego de niños para mí.

—Ya, pero ¿Cómo?

—Me hice el muerto.

—¿Qué?

—Me hice el muerto. Nadie se fija en si te ha dado o no si hay un montón de tíos a tu alrededor intentando escaparse. Cuando bajaron a ver el percal, negocié por mi vida. Fin de la historia.

—¿Negociaste con los lunáticos?

—Estaban rematando a los heridos, así que tampoco tenía mucha opción. Fueron bastante razonables, debo decir. —Una sonrisilla satisfecha se instaló en su rostro, pero un latigazo de dolor se la borró al momento—. Lo cual me recuerda, si te preguntan, somos mensajeros de paz de Nizkygrad que queremos una audiencia con el Rey de Oro.

—¿No era el Príncipe?

—Justo ahí está el asunto. Y eso hacen cinco preguntas.

Aldric acababa de levantarse airado para reclamar cuando la muchacha rubia volvió a entrar, seguida de otras cinco jóvenes. Sin decir palabra y con la mirada gacha, las cinco chicas tendieron un mantel de seda sobre la mesa y dispusieron platos y cubiertos.

—La cena —anunció con regocijo Trilero, antes de levantarse de su sillón para sentarse a la mesa.

Levantó la tapa del puchero que le habían traído y frunció la nariz ante el olor. El espesor y el color eran buenos, no obstante, así que se sirvió una escudilla mientras el achés terminaba de procesar el repentino cambio de tema.

—¿La cena? —preguntó dudoso.

—Bueno, es lo mínimo ¿no? Estoy canino.

—No, no, espera. —bramó el achés, recuperando el hilo— ¡Eso solo ha sido una pregunta, no cinco!

—Con la tripa vacía no se debe discutir —sentenció Trilero, mientras se llevaba una cucharada a la boca.

Se arrepintió al segundo. El guiso estaba quemado y grumoso, un mejunje repugnante que le provocó arcadas. Escupió la cucharada en el plato entre toses y exclamaciones entrecortadas, antes de volver toda la rabia que guardaba contra las cinco temblorosas muchachas.

—¿Pero se puede saber que mierda es esta, putas? ¿A esta basura la llamáis comida?

Las chicas retrocedieron detrás de Arisha, que temblaba como una hoja. Incluso Aldric se encogió un poco, aunque no entendiese una palabra.

—¡Como se nota que no habéis pasado hambre, como se nota, en como tiráis la comida, imbéciles! —Trilero agarró el perol y la cuchara y se presentó de un salto delante de Arisha, blandiendo una cucharada cargada de aquella comida infame—. Venga, abre la boca, niña tonta —le rugió—, come, a ver qué te parece. A ver si piensas que esto se puede dar a los clientes.

Arisha estaba demasiado asustada para recular. Logró tomarse dos cucharadas antes de echarse a llorar. La ira de Trilero se apagó con aquel llanto, repetido al poco por todas las criadas.

—¡Eso, venga, llorad! —el timador volvió a su sillón arrastrando los pies—. ¡Joder! Como me duele la cabeza...

—Lo... lo sentimos —intentó disculparse Arisha entre sollozos e hipidos—. El señor... el señor no nota los sabores, y ninguna sabe cocinar... ninguna sabe...

No pudo continuar porque las lágrimas ahogaron el resto de su explicación. Trilero se cubrió los oídos con las manos y gruño con enfado.

—¡Basta ya! Vale ya con tanta llorera —El llanto de Arisha se cortó en seco, y el resto de las chicas no tardaron en imitarla, todavía hipando, compungidas y mocosas—. Traed aquí los ingredientes, haré yo el puñetero guiso. Venga, deprisita.

Las chicas asintieron y se marcharon tan rápido como pudieron. El silencio volvió al comedor, un silencio incómodo en que Aldric le miraba alucinado.

—Está siendo un día largo, ¿vale? —Trilero se recostó en su asiento y se cubrió los ojos con las manos. Una idea logró abrirse paso entre el embotamiento y el dolor, y el timador se volvió hacia su compañero—. ¿Cómo van tus heridas, chaval?

—Mis heridas —Aldric le miró confuso un segundo—. Bien, supongo. Deben estar casi cerradas, no me duelen, ni nada.

—Enséñame la espalda.

—¿Qué que?

—Que me enseñes la maldita espalda. Como estén infectadas tendremos un problema.

Aldric hizo ademán de discutir, pero se calló al cruzar su mirada con la de Trilero. En lugar de discutir, se levantó las camisas hasta media espalda, mostrándola al timador. Trilero se acercó y palpó las cicatrices, ignorando la incomodidad del achés.

Lo que fueron latigazos que le abrían la espalda ya no eran sino finas cicatrices, de los golpes, moretones y pequeñas heridas no había quedado ni rastro.

—¿Sabes algo de medicina? —le interrogó el molesto achés.

—Más de lo que creía.

—¿Cómo?

—Que ya puedes taparte. Ah, y sé buen chico y hazme un favor, enciende un fuego ahí afuera. Toma, pedernal y eslabón, la yesca y la madera te la buscas tú, no debería faltar por aquí.

—Mis preguntas...

—Luego —le cortó Trilero—. Ahora el fuego.

El chico refunfuñó un poco, pero luego dejó la casa. Una vez solo, Trilero rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar la llave de piedra. El calor de aquel trasto infernal aún le provocaba una repugnancia instintiva, pero solo con sostenerla notaba como se despejaban las nubes de fiebre.

No le gustaba nada jugar con algo que no entendía del todo, pero necesitaba estar despierto para lo que estaba por venir. Soltó un suspiro cansado y se sirvió una jarra de agua. Había tomado una decisión.

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