
12ª Parte: Avanzar
Edda inspiró profundamente.
El aire helado de Koster era doloroso, dolía al bajar por su garganta y temblaba al salir. Volvió a inspirar, expiró; una docena de veces bebió aquel aire con desesperación, sin que lograse detener en lo más mínimo el temblor que la atenazaba.
La cota de malla que le habían prestado tintineaba como un cascabel y el pesado y cálido casco estaba asfixiándola, aplastándola bajo su peso. Intentaba repetirse que temblaba de frío, o de emoción, pero sus tripas sabían bien que era de miedo. Intentaba decirse que todo iría bien, que sabría que hacer allí afuera, pero aquello no aliviaba en lo más mínimo la inquietud de la espera.
Había salido del campamento con el primer destacamento hacia la Puerta Blanca, no se sentía capaz de esperar más, no podía dar más vueltas en el camastro ni arrancarse más trozos de uña. Habían sido dos horas desde aquello, y había desesperado cada minuto, pero el tiempo no iba a correr más rápido, ni el ataque iba a empezar antes: el primer grupo solo salía antes para reconocer el terreno, aquello no empezaba hasta que estuviesen todos.
Y allí estaba ella, sin una cara conocida a la vista, separada del resto y con la vista fija en la enorme muralla.
Inspiró.
Expiró.
A punto estuvo de atragantarse con el propio aire, sin siquiera entender como aquello era posible. Cayó de rodillas entre toses y allí se quedó, abrazada a sí misma, tratando con la misma desesperada fuerza de no pensar sin lograr evitarlo en lo más mínimo. Ni siquiera era que llegase a tener pensamientos funestos, solo una sucesión desordenada, aleatoria y asfixiante de ideas confusas, pequeños miedos e inseguridades. Desató las cinchas del yelmo con manos torpes y apresuradas, y se quitó el casco con un gesto brusco, una exhalación asfixiada y el principio de un berrinche.
Aún con el casco en la mano, se levantó y se recompuso lo mejor que supo, sin atreverse a mirar alrededor para ver si alguien había visto su pequeño derrumbe. Tenía tanta vergüenza como miedo, y la apremiante sensación de que aquel no era su lugar, de que no pintaba nada allí.
Una fuerte palmada en la espalda a punto estuvo de arrancarle un grito. Se quedó en un pequeño quejido y un temblor que la sacudió entera.
—¡Pelona! —la saludó Annis burlona— ¿Cómo estás?
Edda no respondió, se limitó a devolver una mirada dolida y vacía, llena de inquietud.
—Ah, ya. Tu primera vez ¿eh? —la painte apartó el snieg de encima de una roca antes de sentarse sobre ella—. ¿Muchos nervios?
Edda intentó hablar un par de veces; la primera sin que le saliese la voz, la segunda atropellada y aguda. Expiró y volvió a probar.
—Ojalá solo fuesen nervios...
Annis le dedicó una mirada extraña, divertida, mientras una sonrisa se formaba en las comisuras de sus labios cortados.
—Bueno, bueno, ahí abajo se pasará todo, no te preocupes. Tu grita cuando todos griten, eso ayuda.
—Vale, gritar...
Edda volvió a expirar. El ritmo de su respiración se estaba acelerando, pero hacía ya rato que había perdido el control sobre su cuerpo. Annis se levantó de su asiento y pasó su brazo sobre los hombros de la ladrona, que a punto estuvo de derrumbarse.
—Tranquila, peque, tranquila —bromeó la painte. Agarró a Edda por la barbilla y la obligó a volver la cabeza hacia sus compañeros de avanzada—. Mira bien. ¿Qué ves?
—Un campamento.
Annis rio aquella respuesta por alguna razón que a Edda se le escapaba. Enjugó una rápida lágrima y se inclinó incluso más sobre Edda, susurrándole al oído.
—Yo veo miedo —le dijo—. Mira al chico rubio, mira sus manos, como tiemblan. O el anciano bajo el árbol. Parece tranquilo ¿verdad? Pero sus brazos están cruzados, sus piernas están cruzadas y cambia el cruce cada cinco minutos ¡ahí! ¿Lo has visto?
—¿Adonde quieres llegar? —preguntó Edda con voz temblorosa.
—Todos están asustados, pequeña. Hay cosas horribles en ese castillo, cosas horribles sobre esta tundra, es normal estar asustado.
—Tu no estás asustada —señaló Edda.
—Yo soy lo más horrible que pasea sobre esta tundra —respondió Annis con confianza—. Puedes estar contenta de estar en mi bando.
Aquella bravata le sacó una pequeña sonrisa a Edda, un alivio breve, pero un alivio. Sin saber cómo, su respiración había vuelto a la normalidad, y el temblor había cesado un poco. Annis le revolvió el pelo, antes de encasquetarle el yelmo.
—Yo voy a volver con mi dama, pelona. Tenemos que ponernos guapas para la ocasión —anunció con aquella contagiosa serenidad suya—. Acéptame un consejo: no te quedes sola antes de un combate, te convertirás en tu peor enemiga. Busca a alguien y charla un rato, así se te pasaran un poco los males.
—¿Cómo acabas de hacer tú? —saltó Edda divertida.
No hubo respuesta de Annis, solo un gesto obsceno mientras se marchaba. Su camino se cruzó con el de una muchacha castrí que corría apresurada, y la painte no perdió la oportunidad de palmear su culo con fuerza al pasar a su lado. Edda sonrió al ver la cara confusa de la chica, y ya había recuperado el ánimo para cuando llegó junto a ella.
—Atamán está —le anunció la chica castrí en un horroroso sonndí—. Atamán a ver.
—Bien —respondió Edda. Se ciñó bien el yelmo, exhaló una última vez y recuperó lo que le quedaba de su temple—. Vamos.
Dejó que la chica la guiase a través de las recién llegadas tropas y hasta donde el atamán impartía órdenes a sus capitanes. El barullo en la retaguardia era estremecedor, y aunque Edda sabía que un ejército de doscientos hombres no era demasiado grande, seguía siendo la mayor cantidad de gente armada que la ladrona había visto junta. Tras más de una decena de viajes al fuerte, tras horas y horas de practica con la gente de la guarnición, apenas podía reconocer una veintena de caras en aquel caos.
La chica indicó a Edda que esperase y se acercó sola hasta el atamán, quien asintió a lo que fuese que le comunicase en castrí y la despachó al momento con una nueva orden. Voceó otras cuatro o cinco más antes de abrirse paso a través de su gente hacia Edda, mientras el torrente seguía rugiendo incluso sin su pilar.
—¡Querida amiga! —la saludó con voz cálida y amable—. ¿Cómo está el tiempo en el frente?
Edda se cuadró tan marcialmente como pudo, antes de responder.
—No hay nubes, señor, y el viento es suave. Quizá debería preguntar a alguien más sabio, pero creo que tendremos un buen día.
El atamán asintió complacido, y le indicó con un gesto que lo siguiese.
—Todavía hay algunas cosas que debo poner en orden antes del ataque —se disculpó mientras andaba—. En algo menos de una hora debería empezar la acción. —Edda asintió en silencio, pero no dijo nada, de modo que el atamán siguió hablando—. Organizar un ejército es complicado, más aún por las particularidades del ataque. Necesitó tener todo en orden para el asalto, por eso os he llamado.
—¿En qué puedo ayudar? —preguntó solícita Edda.
—Necesitó alguien que informe al Halcón de que ha llegado el momento de avanzar hacia el frente, mejor si es alguien que se lo pueda contar en sonndí. Están en lo alto de la colina de ayer, él y su nieta. También deberíais pasar luego por el campamento de nuestras aliadas de Fuerte Rosa e informarlas de que estén también preparadas.
—Ya he hablado con la painte, señor. Estaban comenzando los preparativos —apuntó Edda.
—Excelente. De todos modos, avisadlas. Las necesitó listas cuando todo empiece. De hecho —continuó el atamán—, preferiría que las acompañaseis cuando todo empiece. Que estuvieseis alejada del combate.
—Señor —se apresuró a interrumpir Edda—, quiero tomar parte en el asalto. Preferiría avanzar con el primer grupo del ataque, no estar alejada de todo.
—No es una tarea sencilla la que te estoy encomendando, querida amiga. Esas mujeres también tendrán su parte en esto, una importante.
—Van a actuar rápido y a escondidas ¿No? Entonces cuantas menos sean, mejor, señor.
El atamán gruñó, pero asintió.
—No puedo discutir esa lógica —admitió a regañadientes—. Muy bien, haced lo que prefiráis.
Una parte de Edda quería aceptar la oferta del atamán, alejarse del centro del combate, pero su orgullo, su vergüenza, pesaban más en aquel momento. Tenía la boca seca, cada fibra de su cuerpo gritaba contra la decisión que iba a tomar, pero su voz no vaciló.
—Gracias, señor. Entonces me uniré al grupo de asalto.
—Bien —concedió el atamán con un breve suspiro. Edda se cuadró de nuevo y partió hacia la colina donde esperaba el Halcón, pero el atamán la detuvo una última vez—. ¿De dónde habéis sacado vuestra espada, querida amiga?
Edda se detuvo confusa y un acceso de culpa y miedo la dejo sin habla. Se volvió hacia el silencioso atamán y tartamudeo una excusa.
—D-de un barril de armas, señor. Vi... Yo vi hacer lo mismo al resto, así que... ¿No debía?
—Mostrádmela.
Edda desciñó el sable y lo cedió al atamán. Aquel desenvainó el acero con un gesto rápido, agresivo. Contempló la hoja ante él con expresión malhumorada, antes de envainarla de nuevo.
—Tras todo este tiempo y aún no es suficiente —murmuró molesto por lo bajo—. No puedo dejar que vayáis al campo de batalla con este acero mellado, sería una vergüenza para mí como anfitrión y maestro. —Con un gesto calculado, el atamán sacó su propia espada de su cinto y la tendió a Edda—. Ten, una espada a la altura de su portadora.
Edda parpadeó confusa y miró a hombre y acero varias veces, sin terminar de entender que ocurría. El atamán esperó en silencio hasta que Edda logró recomponerse lo suficiente para tomar la espada. La desenvainó en silencio y contempló maravillada la hoja curva y afilada.
—Yo... —intentó sin palabras—. Es decir... no...
—Tomadlo como un regalo, por vuestro largo servicio ¡Es lo mínimo que puedo hacer por vos! —insistió el atamán con un atisbo de sonrisa—. Y ahora marchaos, ya hemos gastado demasiado tiempo.
Edda volvió a cuadrarse, con un nudo en la garganta y volvió a intentar expresar su agradecimiento sin lograrlo. Avergonzada volvió a saludar y emprendió el camino colina arriba, con el puño cerrado sobre la vaina del arma y unas lágrimas extrañas en los ojos.
Acabó su encargo a tiempo de unirse al cuerno que llamaba a la primera línea al combate. Los treinta hombres de la vanguardia le hicieron un hueco para que escuchase al capitán, incluso uno de los soldados, que dominaba a medias el sonndí, le explicó el plan de batalla. Para tantas palabras como el capitán gastó, no era nada del otro mundo: Sus órdenes eran avanzar, y punto. Eran la cabeza del ataque y tenían que abrir y mantener abierta la puerta para el grueso de la tropa. Hubo también algunas consideraciones más y apuntes, pero la cabeza de Edda ya estaba demasiado llena con solo una orden.
Sintió ganas de vomitar, pero logró contener las arcadas, al contrario que algunos de los reclutas más jóvenes, que llenaron el aire de la mañana con el olor acre de su bilis.
Formaron y se prepararon, y al toque del cuerno se arrojaron a la llanura. Edda casi había esperado una marcha acompasada, algo más marcial, más parecido a los desfiles que había visto, pero aquello se convirtió en una carrera desesperada sobre el llano helado.
Podía oír a los soldados bufar a su alrededor, el tintineo de la cota y el suave sonido de la angustia. Una voz en alguna parte lanzó un rugido casi animal, y el resto de la tropa lo coreó, Edda incluida. Sí ayudaba, poder gritar, casi tanto como haber terminado aquella espera desesperante.
Un gañido monstruoso rompió el aire de la mañana, el chillido de una gigantesca ave de presa. Edda trató de mirar a las alturas, pero el casco limitaba su visión y solo lograba ponerla más nerviosa. Devolvió la vista al frente al momento; solo podía ver las nubes de hielo que levantaba su carrera, las espaldas de los soldados ante ella y la muralla, aún demasiado lejana. No importaba, solo había una orden: avanzar.
El cielo se rompió para dejar paso a la gigantesca zarpa de una rapaz, que pasó rozando a Edda y atrapó al hombre junto a ella. La ladrona tropezó sin aliento, se estrelló contra el suelo y se incorporó al momento. Notaba sus pulmones a punto de estallas, le dolía todo el cuerpo y sus oídos pitaban, pero siguió avanzando. Era lo único que aún tenía sentido.
La zarpa descendió de nuevo pero esta vez no logró llevarse a nadie.
Apenas por el rabillo del ojo, una escena tan rápida que dudo de su veracidad, Edda alcanzó a ver al Halcón enzarzado con una enorme águila bicéfala, atrapados ambos, garra contra garra, en un extraño baile a muerte.
Tropezó otra vez sobre el suelo helado, el snieg atrapaba los pies y hacía difícil andar, pero lanzó un grito de rabia y se puso de nuevo en pie. Decenas de gargantas corearon su grito como un clamor, y Edda lanzó otro gran grito, arropada en la furia compartida.
Iba tan lanzada que se estrelló contra el enorme portón y a punto estuvo de caer una tercera vez. Fue la séptima en alcanzar la muralla, donde el capitán impartía rápidas órdenes y las hojas salían de sus vainas con un silbido maléfico. Todavía llegó una decena larga más de hombros, y algunos pocos con retraso. Dos de ellos nunca llegaron, sin duda victimas de la bestia celeste.
Halcón y águila batallaban en las alturas, tan pronto un concierto de gañidos en el cielo oscuro, como dos siluetas enzarzadas levantando el hielo de la tundra. Durante un largo y agónico momento, los soldados no hicieron más que esperar bajo el umbral cerrado, mientras Edda ardía de rabia contra el estúpido charlatán. Esperaba que estuviese muerto, era la única excusa valida para que aquel portón siguiese cerrado.
Luego el cuerno retumbó y todos los hombres se alejaron de los batientes. Aún sonó una segunda vez, y una tercera, antes de que Edda comprendiese que sonaba desde dentro de las murallas. Edda se pegó a las paredes de la muralla tal como veía hacer al resto de sus compañeros, justo a tiempo para evitar la deflagración que arrancó la puerta de sus goznes y dejó una herida retorcida en el rastrillo.
El capitán volvió a rugir el avance y los hombres se precipitaron hacia el hueco de la puerta como un torrente. Edda cruzó al final, rugiendo como todos mientras se precipitaban al patio de la fortaleza.
Solo el silencio los recibió en el palacio real, un silencio vacío, muerto.
Los gritos murieron en los labios de los hombres, ahogados por el peso de aquel silencio, mientras sus miradas vagaban, confusas y exaltadas, por los patios vacíos, por las avenidas que cruzaban los suelos de piedra en dirección a la entrada misma del palacio.
Cientos de estatuas de reyes, caballeros, doncellas y monstruos los observaban desde sus pétreos pedestales, talladas en piedra y cristal, en mármol y en hielo. El ánimo de los hombres se enfrió bajo aquellas miradas muertas, sus nervios temblaron. Alguien lanzó un grito de batalla, pero solo el patio vacío lo devolvió, en un eco que pareció una burla.
El capitán no estaba menos confuso que el resto; ordenaba a sus hombres esperar y buscaba con la mirada en todas direcciones, sin saber que hacer. Tenía que defender la puerta, comprendió Edda, y aquello pensaba hacer. No iba a dar otro paso, estaba aterrado.
El gañido del águila volvió a resonar sobre sus cabezas y los soldados retrocedieron hasta esconderse bajo el umbral. El vuelo de las rapaces creaba rápidas sombras sobre el patio, como una amenaza silenciosa y lejana, pero demasiado presente.
Un hombre cedió a la presión un segundo antes de que la propia Edda lo hiciese. Gritó a sus camaradas, con expresión desencajada, levantó su hacha y cargó a través del patio gritando como una fiera, directo hacia el palacio. No llegó a dar ni una docena de pasos, antes de que la espada de una estatua cayese sobre él, destrozándolo.
Luego, despacio, tanto que parecía que no se moviesen, todas las estatuas del patio volvieron sus cabezas hacia los invasores.
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