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— ¿Cómo te ha ido, mi pequeño rayito de sol de la mañana? — preguntó Mina, Nayeon ya había pasado por el trasplante que necesitaba sin mayores complicaciones, y estaba en la camilla del hospital escribiendo en su cuaderno para pasar el rato.
Mina se había pasado la tarde buscando un regalo para Nayeon así que había llegado bastante tarde luego del trasplante y de que la chica despertara, pero por fin había conseguido un peluche decente, un perrito de husky siberiano que era sumamente adorable.
Nayeon rió por su apodo tonto y recibió el peluche con brazos abiertos, abrazándolo.
— Excelente, mi cachorra nocturna de lince ibérico.
— Oh, ibérico, como el jamón— dijo Mina y Nayeon rió muy divertida —. Qué por cierto, tengo hambre, ¿Vamos a comer algo?
— Aún no me dan el alta, Mina— dijo Nayeon, la pelinegra hizo un puchero —. Pero cuando salga de aquí, sí, nena.
>> Oh, y mira, he escrito más poemas.
— Hacía mucho que no escribías poemas, Nayeonnie— comentó la mayor, se sentó a su lado en el borde de la camilla—. ¿Puedo escuchar uno?
— N-No está terminado— murmuró Nayeon, negando.
— A ver~— Mina le hizo ojitos.
Nayeon tenía las mejillas ya rosadas y comenzó a leer con su tierna voz.
— << He caído de un acantilado, he aterrizado en tus brazos, tus manos han limpiado mis lágrimas, tus besos mi alma... En tus ojos hay una guía, grande mi suerte porque es mía, en tus manos acunas mí vida, en las mías conservó tus días>>
Mina estaba ruborizada y sonreía como una tonta, Nayeon la miró con el ceño fruncido y apretando sus labios.
— No me convence...
— Es hermoso.
— Te dije que no está terminado.
— Te está quedando hermoso.
Nayeon se quedó sin palabras y rió totalmente avergonzada.
Quería que ese poema sea el mejor de toda su vida, que sea lo más acertado y bonito, porque era para su Mina, para quien estaba con ella en el momento más feo de su vida y aun así no huía, aun así la amaba, aun así la trataba de forma excelente.
— Es para ti— dijo la menor, mirándola a los ojos con una sonrisa.
Mina llevó una mano al pecho y abrió su boca fingiendo gran sorpresa.
— ¿Mí? ¿Yo? ¿Myself?
— Sí, tú, la idiota— contestó Nayeon.
— Eso me ofende.
— Todo te ofende— Nayeon se encogió de hombros.
— ¿Sabes qué también me ofende? Que no te haga ni un puto poema porque soy un asco para esas cosas.
Nayeon negó.
— Yo no necesito que me escribas poemas, nena, ya me tratas muy bien y me encantas, no necesito rimas, y tú tampoco, para demostrarme que me amas, eres así de maravillosa.
Mina asintió ligeramente, e hizo un puchero.
— Iba a continuar diciendo que como no sabía hacer poemas, pero sabía tejer... ¡Nos tejí gorros de pareja! — dijo, sacando una bolsa que traía escondida en su buzo y haciendo a Nayeon reír.
— ¿Otro gorro de pareja más?
— Púdrete Im, tú me convertiste en esto— Mina sacó los gorros, uno era negro y otro era rosa, y tenían un detalle estúpido que hacía a la mayor muy feliz—. Tienen orejas de conejo.
Nayeon sonrió con ternura y tomó el gorro rosa, viendo las orejas de conejo que había tejido y cosido al gorro, y asintió encantada.
— Sí que somos unas tontas cursis— dijo Nayeon, colocándose el gorro y acomodando sus orejas al frente.
— Ser tonto es la clave de la felicidad.
— Entonces soy muy tonta contigo.
— Soy la más tonta del mundo, Im.
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