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1. SU ALTEZA REAL

Capítulo 1. Su alteza real.

Catherine Victoria Louise Windsor estaba de muy mal humor.

Mientras su mente se desasociaba del nublado paisaje que el lado campestre inglés le ofrecía, pensaba en como estaba siendo separada de sus hermanas y padres, debido a los bombardeos que estaban ocurriendo en Inglaterra por la estúpida guerra que se estaba llevando a cabo.

Su padre y madre, el rey George VI y la reina consorte Elizabeth de Reino Unido enviaron a sus tres hijas a diferentes destinos; Elizabeth, la mayor, al ser la heredera al trono se estaba quedando en el castillo de Windsor, en Londres. Margaret, la menor, había sido enviada al noroeste de la capital de Escocia, a un pequeño pueblo campestre cerca del palacio de Linlithgow. Y ella, la del medio, estaba siendo enviada a la casa de un reconocido profesor en las afueras del país.

Catherine realmente quería volver al palacio de Buckingham, su hogar. Donde en un pasado no muy lejano ella y sus hermanas se escapaban de sus niñeras y damas de compañía para jugar a las escondidas por los largos e interminables pasillos del palacio. Pero ahora estaba en un tren, siendo evacuada gracias a los alemanes y sus bombas.

—Su alteza real. —Charles, su guardaespaldas, apareció por la puerta del compartimiento, quitando su boina de su negro cabello y colocandola debajo de su brazo izquierdo. —Ya hemos llegado, por favor, acompáñeme.

Era cierto, Catherine estaba tan metida en sus pensamientos que no se había dado cuenta que ya habían llegado a la estación Coombe. La adolescente se levantó tranquilamente del asiento y siguió a Charles hasta las afueras de la estación, donde una señora en sus 40 o 50 años la estaba esperando al lado de un carruaje de madera.

—Su alteza, ella es la señora Macready, ama de llaves del profesor Kirke. —Su guardaespaldas le presentó a la mujer. —Señora Macready, su alteza real la princesa Catherine.

El ama de llaves hizo una torpe reverencia hacia la muchacha que ocupaba el título real, demostrando su nerviosismo.

—Tengo que volver a abordar el tren, recuerde que siempre puede comunicarse conmigo por carta, o en casos extremos por llamada. —Charles subió las dos maletas de la princesa al transporte, dudando en si abrazar a su protegida para despedirse, pero desistiendo al recordar que estaban en un lugar público. —Buena suerte, su alteza.

Dijo para inclinar su cabeza en señal de reverencia, pero fué interrumpido cuando las manos cubiertas por guantes se aferraron a su espalda en un fuerte abrazo.

—Volverás a Londres, ¿verdad? —susurró la princesa, sin querer soltar a la última persona que aún la hacía sentir segura en el cruel mundo.

Charles sonrió con tristeza, no fue hace mucho cuando fue asignado al cuidado de la princesa Catherine, pero sentía mucho cariño por la dulce niña. Quién siempre le solía recordar a su pequeña hija, la cuál aguardaba por él en casa junto a su madre.

—Volveré a casa, Kitty. —Se permitió el momento de vulnerabilidad para despedirse con el mote que Catherine adoraba. —Mi esposa y Jane me esperan.

—Que Dios te bendiga a ti y a tu familia, Charles. Te veré cuando todo acabe. —Se separó del abrazo con pesar, limpiando sus pequeñas lágrimas con el dorsal de sus celestes guantes. El guardaespaldas le devolvió la dicha y con lentitud retornó a esperar el próximo tren con destino a la capital inglesa.

—No se preocupe, alteza. —La señora Macready la ayudó a subir a la carroza, para inmediatamente guiar a los equinos por un camino de tierra. —Volverá a ver a su familia antes de que se de cuenta.

—He de agradecerle por su pronta hospitalidad, espero no ser una carga para el profesor Kirke, usted o los miembros del personal de su hogar. —dijo Catherine luego de agradecerle por las cálidas palabras.

—No es ningún problema, alteza. —El ama de llaves le sonrió por el costado, aunque luego cambió sus suaves facciones por unas más toscas. —Aunque he de advertirle, el noble profesor dejó que otros cuatro niños también se hospeden en la mansión, llegaron hace una semana.

Sin duda se sorprendió, ¿cuatro niños más? Ni sus padres, ni siquiera Charles le habían mencionado la estancia de otros niños en la mansión. No es que le molestara, por supuesto, pero le hubiera gustado saber de antemano para haber preparado un presente para sus nuevos compañeros de vivienda.

—Y para agregarle, tendrá que compartir habitación con las dos niñas. —Continuó la señora Macready, mientras guiaba a los caballos. —Al menos hasta que podamos habilitar una habitación solo para usted.

—Oh, no hay problema. Puedo compartir habitación con las niñas, si a ellas no les molesta, claro. —La princesa le sonrió a la amable señora.

La mujer no continuó con la conversación, y el resto del viaje transcurrió en silencio. Uno en el cuál Catherine no pudo evitar preguntar, ¿Cómo estaban sus hermanas? Ella sabía que Elizabeth estaría algo asustada, de las tres ella era la más tímida y reservada. Catherine por otro lado, tenía un carácter risueño, solía vivir entre libros y en las nubes, aunque no dudaba en devolver sus pies a la tierra cuando la situación lo ameritaba. Pero no podía decir lo mismo de Margaret, la pequeña era inquieta y a veces solía abusar de su título de princesa para obtener lo que quería.

Ella desde luego no podía culparla. Al ser la menor de tres hermanas, Margaret no tenía un puesto especial en la herencia al trono. Al menos no como Elizabeth y Catherine. Elizabeth era la heredera, la próxima reina de Inglaterra. Y Catherine el espacio, la segunda en línea por si a su hermana mayor le llegaba a suceder algo malo, o simplemente abdicara a su título. Aunque eso último no pasaría, Elizabeth quería mucho a sus hermanas menores como para castigarlas con tal posición como ser monarca del Reino Unido y de la Mancomunidad de Naciones.

—Hemos llegado, su alteza. Bienvenida a la mansión Kirke. —dijo la mujer, bajándose de la carroza, seguida de la segunda hija del rey.

Catherine observó minuciosamente la mansión del profesor, se notaba que era de la época de su tatarabuela la reina Victoria. A la preciosa mansión también le acompañaban unos amplios jardines, un establo de caballos a la derecha, y una hermosa pérgola con cómodos asientos de madera a la izquierda.

Le recordó mucho a su casa de veraneo en Balmoral, el castillo de la familia real en Escocia. Ella estaba segura que a sus hermanas les encantaría estar ahí. Y quizás, su estadía en aquella mansión no sería tan mala como lo venía pensando desde que salió de su casa.

—Me disculpo en el nombre del profesor, él está muy ocupado con una nueva investigación y no puede distraerse. —Le explicó la señora Macready cuando le abrió las puertas de su hogar.

—Él ya está haciendo mucho en darme alojo. No es necesario que me venga a recibir. —Catherine le sonrió al ama de llaves, mientras observaba el interior de la casa. —Es realmente muy bonita y...

La princesa no tuvo tiempo de siquiera terminar la frase, ya que un pequeño cuerpo que venía corriendo se estrelló contra ella, cayendo ambas al suelo.

—¡Lucy! —Exclamó la voz de una niña, al mismo tiempo que Macready gritaba como histérica.

—¡Lo siento mucho! —La pequeña que la botó comenzó a disculparse, mientras seguían en el piso.

—No te preocupes, cariño ¿tú estás bien? —Catherine ayudó a la chiquilla a levantarse, asegurándose que no tuviera ninguna herida en su pequeño cuerpo.

La menor no tuvo tiempo de responder, cuando la señora Macready tomó a la menor por los hombros.

—¡Señorita Pevensie! —Le regañó con bastante enojo. —¡Esas no son formas de actuar frente a una...

—Está todo en orden, señora Macready. —Catherine interrumpió a la mujer antes de que ésta revelara su estatus real, que vergüenza sentiría si lo hiciera.

—Oh Dios mío. —Otra niña, la cual parecía tener su misma edad, la observó con sus ojos bien abiertos, para luego hacer una profunda reverencia. —Su alteza real, realmente lo siento, Lucy no veía por donde iba corriendo y...

—Como ya mencioné, está todo en orden. —Volvió a decir la princesa, algo incómoda con el escenario en el que se encontraba, para luego dirigirse a la señorita Macready. —¿Sería mucha molestia preguntar dónde están los cuartos? Vengo agotada del largo viaje.

—Creo que las señoritas Pevensie pueden mostrarle, alteza, después de todo compartirán habitación. —Dijo para luego hacer una reverencia y retirarse, aún molesta.

—Dios, Macready nos dijo que otra niña llegaría hoy, pero sinceramente no pensamos que sería usted. —La adolescente volvió a hablar. —Mi nombre es Susan Pevensie, por cierto. Ellos son mis hermanos: Peter, el mayor. Edmund, y Lucy, la menor.

—¿Quién es ella, Susan? —El muchacho de cabello azabache le preguntó a su hermana en un susurro no muy bajo.

—Ella es la princesa Catherine, la segunda hija de los reyes. —Murmuró Susan avergonzada de que ella haya sido la única en reconocer a la muchacha.

De inmediato, Peter, Edmund y Lucy se pusieron rígidos. Los dos primeros inclinaron su cabeza y la última se reverenció. Tal como lo dicta el protocolo que enseñaban en la clase de modales en el pre-escolar.

—De verdad lo siento, su alteza. —La pequeña se acercó a ella con timidez. —Prometo que no volverá a suceder.

—Fue un pequeño accidente. —La princesa le sonrió bondadosa, colocando su mano en el cabello cobrizo de la niña.

—Aún así, realmente lo lamentamos. —Edmund, quien se veía como alguien tímido y callado, se dirigió a ella. —Permítame ayudarla con su equipaje.

Y de un solo movimiento, agarró sus dos maletas.

—Las llevaré hacia la habitación de mis hermanas. —dijo para luego retirarse.

Peter, por otro lado, se quedó mirando a la princesa sin ninguna expresión en su cara, para luego seguir el camino de su hermano.

Pequeñas mariposas volaron en su anatomía. Vaya, aquel rubio era realmente hermoso, con aquellos penetrantes ojos azules, azules como el reflejo del agua al chocar con los rayos de sol de primavera.

—La habitación no es muy grande, pero sí muy cómoda. —Susan la hizo dejar de pensar en el Pevensie mayor, ahora menos nerviosa que antes.

—La llevaremos hasta allí. —Lucy, la pequeña le miró pidiendo permiso. —Si no le molesta, su alteza.

—Por favor, dejen los títulos reales, ahora solo soy Catherine o Kate, como prefieran. Incluso pueden llamarme Kitty, mis hermanas lo hacen. —La royal les sonrió, le gustaría formar una amistad con los Pevensie, pero sospechaba que sería algo difícil si ellos seguían tratándola con sus títulos.

—¿Puedo decirte Cat? —Lucy preguntó con una gran sonrisa, asociando la confiada y apacible sonrisa de la princesa con la de un gato, inmediatamente sacando de ahí el nuevo mote.

—Por supuesto.

Las hermanas sonrieron y con un ademán le indicaron que la siguieran. Subieron las escaleras del ala este de la mansión, para luego entrar a una amplia habitación, donde habían dos camas. En el lugar ya se encontraban Peter y Edmund, quienes habían dejado sus pertenencias en una de las camas.

—Susan y yo dormimos en esta de acá. —explicó Lucy mientras se subía a la cama del lado izquierdo. —Así que tú, Cat, puedes dormir en la de allá.

—¡Lucy! —Regañó el rubio al darse cuenta que su hermana menor evitó los títulos reales de la princesa, y peor, la llamó por un apodo.

—Está todo bien, yo pedí que dejaran los títulos a un lado. —Le explicó Catherine con calma, observando con impresión la decoración de la habitación.

Peter la miró con desconcierto, ¿desde cuando una princesa en su máximo derecho le pedía a una plebeya que no usara sus títulos heredados de nacimiento?

—Lo siento, su alteza. —Murmuró con una cara seria, desconfiando profundamente de la muchacha.

—Sin títulos nobiliarios, por favor. —Pidió la princesa con leve timidez, quitando sus guantes y los dejaba dentro de su bolso de mano. —Ahora soy solo Catherine, o como se les acomode más.

Edmund asintió, mientras que Peter mantuvo su semblante.

—Si se nos permite preguntar... —El niño menor comenzó a hablar, curioso por la presencia de la segundogénita del rey. —¿Por qué vino sola y no con sus hermanas?

Los Pevensie miraron con curiosidad a la princesa, era cierto, ellos no habían notado que las hermanas de Catherine no estaban con ella. Lo cual era raro, usualmente no se veía a las hermanas Windsor separadas. Algunos incluso decían que eran la versión moderna de las duquesas Romanova, las fallecidas hijas del Czar de Rusia.

—Es un tema de la guerra. —explicó Catherine con una mueca mientras se sentaba en el borde de su cama. —Hay adversarios que quieren destruir a la corona, entonces nuestros padres y el primer ministro decidieron enviarnos a tres locaciones distintas.

—¿Fuera de Inglaterra? —preguntó Susan, dejando ganar su curiosidad y sentándose frente a Catherine en su propia cama.

—No, todas seguimos en Reino Unido. —respondió Catherine con una pequeña sonrisa, jugando con la pulsera de plata que rodeaba su muñeca derecha. —Elizabeth está en el castillo de Windsor, ella no puede ir tan lejos, ya que es la heredera y debe seguir con sus estudios reales. Mientras que Margaret está en un pueblo de Escocia.

—Y tú estás acá. —Murmuró Edmund con algo de pena, él podría desentonar con sus hermanos, pero no podría imaginarse el vivir sin ellos por tanto tiempo. Especialmente de Susan, ¿quién le iba a planchar las camisas sin quemarlas si su hermana mayor no estuviera?

—Son cosas que se deben de hacer. —Catherine sonrió con algo de melancolía, ella tenía en claro que al ser una figura pública no podía mostrar sus emociones al mundo, pero después de todo ella solo tenía dieciséis años y debía recordar que a veces estaba bien ser un poco vulnerable.

—Estamos de acuerdo, a veces nuestros padres actúan para nuestra seguridad. —dijo Peter aun con una expresión seria y de desconfianza.

A el realmente no le terminaba de agradar la princesa, se preguntaba cómo alguien de un estatus tan alto puede alojarse en una casa que no está llena de reliquias, retratos reales, que no tiene los lujos y comodidades de un palacio, y también tener que convivir con cuatro niños de clase media baja.

Tal vez era su imaginación, pero algo no cuadraba ahí. Y él iba a averiguarlo.

Probablemente si le haría caso a Susan y leería aquellos nuevos libros de historia real de la biblioteca del profesor. 

Capítulo editado.

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