Por la ventana del cálido local veía caer una lluvia torrencial. Dudaba que ella fuera ese día. Siguió con la vista fija en la pantalla. Las campanillas colgaban sobre la puerta pero ningún zapato repiqueteaba contra el suelo de terrazo. El sonido de las gotas impactando contra el vidrio hacía las veces de hilo musical. Las 4:30. Dos americanos y dos terrones de azúcar más tarde se preparaba para volver a su casa cuando lo oyó. Levantó la vista y miró al suelo, esta vez eran azul marino. Resoplaba y la ropa se le pegaba como una segunda piel. Estaba completamente empapada; no llevaba paraguas, en su lugar le cubría el rostro una sonrisa de oreja a oreja. Se acercó rápido a la barra y se sentó en un taburete de metal para no mojar el tapizado floreado de las sillas. Discretamente escuchó la conversación que mantenía con una de las camareras, mirando de reojo a las dos mujeres. Por primera vez se fijó en la voz aguda y algo rasgada. Al poco, la dueña apareció con una toalla azul celeste y se lo echó por los hombros a ella, que tiritaba, calada hasta los huesos. Le dió un beso maternal en la sien y una taza humeante apareció sobre la madera de la barra. La cogió entre sus temblorosas manos y miró hacia la ventana. Se fijó en el joven con el viejo portátil sobre la mesa, tecleando algo distraído y con un café americano a medio terminar. Dió un sorbo al chocolate recién hecho y probó a aderezarlo con copos de avena. El hombre llevaba una camisa de cuadros pequeños. A las 8 recogió sus cosas y se marchó sin decir nada.
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