Aaron
Sientes el mar como sientes la tristeza arrastrarte al vacío. Sientes el viento como sientes la soledad recorriendo tu cuerpo. Sientes el fuego quemar tu piel como sientes la ira golpeando contra tu pecho.
Sientes, porque eso es lo que nos hace humanos. Las emociones.
— ¿Me estás escuchando, Aaron?—pregunta el chico a mi lado. Parpadeo rápidamente saliendo del trance, lo miro. Es un joven rubio, con el pelo bien peinado. Tiene los ojos verdes y una sonrisa perfecta.
Es tu hermano, me recuerdo.
— No, lo siento—respondo frotándome el tabique de la nariz y recolocándome las gafas. Un mechón de mi pelo cae sobre mí y lo aparto con un soplido.
—Tienes que cortarte esa melena, pronto no serás más que una mata de pelo—ríe, mientras sorbe su café, tratando de rebajar la tensión en el ambiente.
Así era Alexander Jones, amable y gracioso. Mi madre solía decir que él era el día y yo la noche, rubio y alegre mientras que yo moreno y callado. En el instituto, a nadie se le pasaba por la cabeza pensar que el popular era hermano del bicho raro. Eramos dos polos opuestos unidos, únicamente, por nuestros padres.
— ¿Cómo vas con tu novela?—sus ojos analizan cada uno de mis movimientos, sé que está buscando alguna marca en mis muñecas ocultas. Me encojo de hombros y sigo mirando el té que tengo frente a mí.
No sé porque te pides té, odias el té.
Su voz resuena en mi cabeza como un eco perdido. Me estremezco ante su imagen alegre.
— No hay avances—no me permito continuar, sería más leña al fuego. Al fin y al cabo, se supone que ya debería haberlo superado. Mi hermano me dedica una sonrisa comprensiva, de esas que tanto odio.
No quiero su pena, ni su consuelo. Solo quiero quedarme solo, en la oscuridad a la que pertenezco y aislarme de todas las emociones que siento.
— Algo sacarás, es cuestión de tiempo—trata de salvar la situación al ver mis cejas elevarse—. Mamá me preguntó por ti el otro día, no sabe cuando irás a visitarla.
La indirecta queda suspendida en el aire, creando una densidad que se respira y tapona mis pulmones. Muevo mis ojos y los fijo en sus manos apretadas en un puño. Odia ser el intermediario.
— Pronto—es mi única respuesta. Mi hermano suelta un suspiro silencioso, frustrado.
Desde el año pasado, no he vuelto a la casa de mi infancia. Tan llena de recuerdos, de amor.
— En algún momento tendrás que superarlo—su voz suena enfadada, sé que lleva mucho tiempo conteniendo esa frustración—. No puedes dejar que eso te atrape y aparte del resto del mundo.
De nuevo, esta conversación acabará en pelea y él saldrá del café molesto conmigo y maldiciéndome por lo imbécil que soy. Yo me quedaré sentado, terminaré mi bebida y me marcharé dejando unas monedas de propina por las molestias. Como las últimas 30 veces que hemos hecho esto.
— No lo hace. Nací aislado, hermano—le respondo, mi voz sale ronca, demasiado. Aprieto mis rodillas una contra la otra. La última palabra la suelto con rapidez. Sin ninguna emoción, ni fraternal ni de ira. Solamente una palabra.
Nunca fui bueno con las personas, siempre me entendí mejor con la tinta y el papel. Hablar con la gente es impredecible, nunca sabes como se van a tomar las palabras seleccionadas. Mientras que si lo escribes, son tus pensamientos, tu elección; la gente decide si continua leyendo o es demasiado para sus pequeños cerebros.
— Oh venga ya, no empieces con eso de nuevo—se queja, pasándose una mano por el cabello. Sus mechones dorados se vuelven salvajes, para nada parecidos a su anterior posición. En ese preciso momento sé que la conversación será una batalla, no sé si con él o conmigo mismo—. No te hagas la víctima, ya no es una excusa.
Recuerdo, no paro de recordar. Las imágenes pasan volando por mi mente, una detrás de otra. Se disparan contra mi pecho, como si de balas se tratasen. El mundo a mi alrededor gira a toda velocidad, siento un nudo en el estómago subir por mi garganta. No paro de recordar, y solo deseo llegar a mi casa para dejar de hacerlo.
— No puedes permanecer encerrado para siempre. Pasa página de una maldita vez.
Que ironía. Le piden a un escritor que pase página cuando aún no ha terminado de escribir la historia. Hay tantas cosas que quedan por perfeccionar en el hueco en blanco dejado a un lado. El vacío debe ser completado.
— No me pidas eso, sabes que no ha terminado—le gruño, tratando de no perder los estribos. Las emociones son innecesarias, deben permanecer dormidas—. Aún no.
Él ríe, su risa es como una melodía que hace que algunas personas del café se giren para admirar la sonrisa de mi acompañante. El sonido se cuela por mis ojos, pero no llega a mis oídos, un pitido sordo me mantiene aislado de él.
— No juegues a un juego en el cuál no ganarás, Aaron. En el fondo lo sabes, pero no quieres que ese sea el final—trata de alcanzar mi mano, pero las voces de mi cabeza gritan. La aparto repentinamente. Suspira antes de volver a peinarse el cabello—. No voy a volver a insistir. Pero espero que hagas lo correcto.
Dicho esto, se levanta y me dedica una última mirada cargada de tristeza— Sé que harás lo correcto—luego se marcha, dejando un silencio abrumador y llevándose con él la luz que tanto lo destaca.
Siento la oscuridad arremolinarse a mi alrededor, mi respiración comienza a acelerarse y mis dedos dibujan figuras en el aire, tratando de mantener la calma. Me siento como si estuviera en el fondo del océano, solo, rodeado de la nada y sin poder escuchar más allá de mis pensamientos. La presión del agua tapona mis oídos y mis músculos no pueden moverse.
— ¿Se encuentra bien?—una suave voz se abre paso en la negrura. Lo primero que veo son unos ojos azules, parecen tener el mar atrapado en ellos. Me dedica una sonrisa amable y su pelo negro cae sobre sus hombros como cascadas.
Tu salvavidas.
Alzo mis ojos para tener mejor visión, y me topo con una camarera vestida con su uniforme y la tabla a un lado de su cadera— Si, muchas gracias—digo a duras penas, bebo lo que me queda en la taza y le tiendo un billete de 5 libras—. Quédese con el cambio—me despido sin mirarla y arropo mi cuerpo con la gabardina negra que descansaba en la silla. Siento su mirada confundida en mi nuca, la ignoro.
Cuando salgo del local, las gotas de agua caen sobre mí. Gruño y meto las manos en los bolsillos de mala gana— Odio la lluvia—digo para mi mismo, agacho la cabeza y cuento mis pasos hasta casa.
9.736 pasos.
Como siempre
Su risa suena en mi cabeza de nuevo, un escalofrío me obliga a arrojar las llaves al suelo— Buenos días, joven—la voz rasposa de la mujer que vive en el 5º piso suena a mi espalda.
— Buenos días serán—contesto con la mejor sonrisa que puedo ofrecerle. Ella está sentada en la entrada, con una manta verde de lana cubriendo sus piernas. Lleva el pelo blanco recogido en un moño bajo y sus gafas redondas agrandan sus ojos verdes.
— ¿No trae a una jovencita hoy?—ruedo los ojos ante la pregunta diaria. A las viejas de este edificio les encanta husmear en la vida de los demás, especialmente a Alice, la señora de los gatos.
— No, como siempre, vengo con la mejor compañía—digo sarcástico llamando al ascensor y enseñando el libro. Espero pacientemente a que llegue mientras oigo como balbucea.
— Debería pensar en sentar cabeza, pronto le alcanzará la edad adulta y sentirá un vacío muy grande sin alguien con quien compartirlo. Las palabras no siempre serán la mejor compañía, señor Jones.
Le dedico una última sonrisa falsa antes de subirme al ascensor y presionar el 3. El ascensor para en mi piso y yo salgo sin ganas, el largo pasillo que me espera es cada vez más oscuro. Me adentro en la oscuridad a la que tan acostumbrado estoy, y cuando abro la puerta me deshago del abrigo tirándolo al suelo.
— Por fin en casa—suspiro, agarrando el paquete de cigarrillos y llevándome uno a la boca. Busco el mechero en la mesa del salón, pero tantos papeles, envoltorios de comida y cigarros terminados me impiden ver nada—. Mierda—gruño, apretando el algodón contra mis dientes y agitando las manos sobre la mesa.
Los objetos caen al suelo lleno de polvo, pero no me importa. Solo necesito el mechero, solo necesito el fuego.
Cuando todo está en el suelo, revuelto y desordenado, me doy cuenta de que mi búsqueda ha sido en vano. Suelto un bufido exasperado y me arrojo al suelo, remuevo la basura en busca del objeto pero no encuentro nada. Corro a la cocina, ignorando al dichoso gato que me maúlla desde la ventana— Ahora no—le digo.
Como si fuera a contestarte
Abro el primer cajón de la cocina y rebusco entre las cosas. Los platos acumulados en el fregadero se roban mi atención un segundo para luego volver a ser ignorados— Solo quiero el puñetero mechero—ruego al cielo, sin saber muy bien si alguien me escucha.
Finalmente, encuentro una caja de cerillas escondida entre las tazas— Te tengo—una sonrisa relajada se apodera de mis labios y abro la caja, prendo el cigarrillo.
Dejo que el humo recorra cada rincón de mis pulmones, infectando todo mi órgano. Siento la niebla tóxica llegar a mi garganta de nuevo y dejo escapar al humo con un suave suspiro. Repito la misma acción hasta que el tabaco se termina y el maullido insistente del gato en la ventana vuelve a sonar— Ya voy, ya voy—digo, acercándome a por una lata de atún en la despensa. Agarro la última y la abro, huele a podrido pero supongo que al animal no le importará en que estado se encuentre.
Me acerco a la ventana y unos ojos azules me observan complacidos. El gato negro que siempre aparece en mi ventana y no se va hasta que no le doy lo que pide me mira con interés. Esos grandes ojos, que me observan con detenimiento parece ver mi alma, el animal parece entender mi dolor.
¿Pero que dices? El tabaco te está afectando ¿O será la falta de sueño?
Aparto los pensamientos de mi cabeza con un fuerte movimiento y le tiendo la lata. El animal espera receloso, cuando pasa un tiempo se acerca y come. Yo lo observo, observo como el gato se come mi comida en mal estado. De repente, algo llama mi atención, una figura femenina se pasea ante la ventana delante de la mía en....¿Está desnuda?
Aparto la mirada lo más rápido que puedo, siento como el calor sube por mis mejillas y la vergüenza me abruma. Pero mi instinto me obliga a mirar de nuevo, aunque sea una miradita.
Suspiro aliviado cuando la encuentro cubierta en una toalla y bailando frente a un espejo. Tiene el pelo mojado, y se agita con sus saltos alegres. No reprimo la risa que asoma por mi garganta y de pronto la música cesa— ¡Oye tú!—una voz conocida me llama, el sonido es bajo porque los cristales están cerrados. Miro hacia afuera y los ojos azules me miran desde la distancia—. ¿Te gusta mirar a jóvenes desnudas?—me riñe con las manos a ambos lados de la cadera y aún con la toalla como único abrigo. Mis mejillas adoptan un color rojo—. Te hablo a ti, chico tatuado—reclama, la miro y abro la ventana.
No sé muy bien que decir, y la respuesta sale de mi boca como si alguien la hubiera grabado previamente— No te estaba mirando a ti—en cuanto la última palabra escapa mis labios, los cierro rápidamente. Ella abre los ojos sorprendida, relaja sus brazos durante un segundo pero vuelve a su posición inicial.
— ¿Entonces a quien? Soy la única ventana que da a esta calle, cara bonita.
Me muerdo el labio, no sé si por mi mentira fallida o por su halago.
¿Estás seguro de que fue un halago?
Sus ojos azules parecen echar fuego mientras me mira a la espera de una respuesta. Su carácter me abruma— Daba de comer a mi gato—señalo la lata vacía, pero el maldito animal ha desaparecido. Aprieto el puño.
Se ha quedado sin atún durante una semana.
La joven frunce el ceño— Si vas a mentir, hazlo siendo un poco más inteligente—gruñe bajando la persiana de un manotazo. Me quedo sin saber que hacer con la lata en la mano y mirando la ventana ahora cubierta, cuando un maullido me trae de golpe a la tierra.
— Maldito—digo entre dientes dejándolo pasar—. La próxima vez que hagas eso, te dejo sin atún—estoy regañando a un gato como si fuera un niño.
Me acerco al sofá y me tiro sobre los cojines. Enciendo la televisión y apoyo la cabeza sobre el respaldo, mis ojos se cierran poco a poco, pero en vez de ver solo oscuridad cuando mis párpados terminan por juntarse, son unos ojos azules repletos de fuego los que me envuelven y me miran con determinación.
Tu salvavidas.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro