Quiero que sepan, que hay fragmentos de mi vida de los cuales mi cerebro quiso "olvidar" hay heridas que aún no sanan. Y que mejor forma que escribir para dejar plasmado aquellos momentos de los cuales no estaban del todo latentes en mi caja de recuerdos.
Al escribir esto, seré sincera, hay varias lagrimas intentando salir...
Los hechos donde golpeaba mi padre a mi madre, se volvieron habituales.
Hasta que un día, yo aprendí una de sus tantas lecciones para ese entonces tenía 6 años, recuerdo haber peleado con mi hermano mientras íbamos en el auto, mi padre furioso cuando llegamos a casa, nos sacó a los dos del auto agarrándonos fuerte de las orejas, camino hasta llegar al cuarto, yo solo lloraba, me tiro a la cama y me gritó.
– ¡Ya deja de gritar! – grito enojado – Debes aprender a hacer silencio. – susurro, mientras se sacaba el cinturón, no entendí que sucedía hasta que vi como esa evilla quedaba marcada en mi espalda, grité del dolor y volvió a repetir. – ¡Te dije que debes a aprender a hacer silencio! – no sé cuántas veces me golpeo ese día. Yo solo le supliqué que parara, pero el siguió golpeándome con el cinturón, a los lejos pude ver a mi abuelo mirando todo. yo lo miré, rogando que haga algo. Pero el solamente me miro con lastima, luego de esto, creo que desmayé porque al abrir los ojos, vi a mi madre con un algodón en sus manos, me estaba curando las heridas.
Ese día entendí su lección, si lloraba debía ser silenciosa, si no papá se enojará, que no debo gritar en su presencia. Y, ante todo, entendí otra gran cosa, que nadie me iba a salvar de todo esto. Lo pude ver en la primera persona al fallarme y no hacer absolutamente nada, se quedó ahí, observando como a su nieta la golpeaban hasta el cansancio. En esos momentos, solo quise que mi ángel de la guarda me cuide, me proteja de todo mal. Que ingenua fui, en la vida real, los finales felices no suceden...
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