[12.Kiss me. I'm over it]
Odiaba los fines de semana desde que me enteré de la bomba noticiosa por parte de Saraya. Y odiaba que ese mismo fin de semana en el que ni tenía que trabajar, Roman decidiera quedarse en casa por alguna razón.
— Dean, ¿sabes dónde dejé la caja con mi ropa?
¿Dije por alguna razón? Trataba de evitar el hecho de que ya sabía porqué andaba de acá para allá en el departamento.
— Creo que la pateé al pasillo... otra vez. — me limité a murmurar desde mi lugar en la cocina, donde comía lentamente mi cereal azucarado con leche.
El samoano frunció el ceño, para acto seguido dejar salir un suspiro y que sus manos golpearan sus costados de la misma exasperada manera.
— ¿Vas a seguir enojado?
— No estoy enojado. Solo me molestaba tu caja a mitad de camino.—gruñí, volviendo a echarme una cucharada de cereal a la boca mientras lo miraba con la mayor frivolidad posible.
—¿Te molestaba?—asentí.— ¿Al igual que las otras cinco cajas que me has tirado a patadas del departamento?
—Me gusta tener mi espacio.
Me iría al infierno por mentiroso, aunque realmente ni me importaba.
Seguí masticando, mientras que mi "amigo" se pasaba las manos por la cara y se recargaba contra una de las paredes, aparentemente intentando mantenerse calmado frente a mi constante actitud hincha pelotas desde esa mañana.
—Mira, si tanto quieres que me vaya...
—Ni pienses en usar psicología inversa conmigo, Roman.—dije, terminando de tragar lo que tenía en la boca y sintiendo que poco a poco perdía mi apetito.—Si quieres vete, pero no esperes que te ayude a hacerlo.
—Dean, en serio quiero hablar de esto.—intentó acercarse, pero no dudé en ponerme de pie con el cuenco de cereal para ir a dejarlo al lavabo. Le di la espalda, escuchando otro suspiro exasperado salir de sus labios.— ¿Podrías dejar de ignorarme, por favor?
Tiré el cuenco al lavabo, tomando aire por la nariz antes de girar y encarar su mirada directamente en la mía.
—Ese es el problema.—negué con suavidad.— No hay nada de lo que podamos hablar, Roman. Tú te vas a vivir con tu novia y yo me quedo aquí...Tomamos caminos diferentes, fin.
Mi pecho dolía como si algo se hubiese roto dentro de él, por lo que utilizaba la ira para no dejarme destruir por el brillar de sus ojos al escucharme decir esas crueldades.
Si le decía que no quería que se fuera, sería un maldito egoísta.
Si era un egoísta le diría que no quería que se fuera, él se quedaría.
Si se quedaba...él no sería feliz.
Tenía un futuro feliz ya planeado, y sabía que yo solo era un impedimento para que lograra alcanzarlo.
Agarré la mochila que había preparado la noche anterior, llena de las latas de pintura y pinceles que necesitaba para dar por terminado el mural de la universidad.
—Jonathan...en serio...—caminé por su lado, sin darle la más mínima mirada.— Jonathan, ¿podrías mirarme un segundo?
No podía hacerlo, si lo hacía terminaría de destruirme por completo. No tenía la fuerza para hacerlo.
A pesar de repetirme eso a gritos en mi cabeza, giré levemente sobre mi hombro.
Encontré a aquel hombre de cabello largo amarrado en una coleta, con su pecho subiendo y bajando por sus respiraciones, con sus ojos grisáceos rompiendo algo dentro de mí. Mis ojos encontraron los de aquel hombre que había sido mi amigo por más tiempo del que quisiera recordar...Ahí estaba la persona más importante en mi vida, yéndose sin que pudiera hacer algo al respecto.
—¿Qué?—balbuceé ante el tenso silencio entre nosotros, asegurándome de tragar con tal de no liberar aquella extraña sensación que se apoderaba de mi voz y hacía picar mis ojos.
Roman me miró, abriendo nerviosamente sus labios antes de hablar: —Dean, sé que me odias...
Claro que no...
—Y que si por ti fuera, me sacarías a patadas de aquí ahora mismo.
Quiero que te quedes...
—Pero...—se relamió los labios.— Pero en serio quiero que hablemos, quiero explicarte todo.
—Roman.—lo interrumpí, rogando que el hilo de mi voz no comenzara a delatarme.— No tienes que explicarme nada.—me encogí de hombros.— En serio. Somos amigos, te enamoraste, quieres una vida...Está bien, teníamos que separarnos algún día.
Sigo preguntándome por qué eso dolió tanto.
Hubo una pausa, el silencio prevaleció nuevamente en tanto nos mirábamos a los ojos. Como sí...como sí buscásemos la verdad en ellos.
—Tengo que ir a terminar el mural.—balbuceé, tragando con fuerza y pasando mi mano rápidamente bajo mi nariz, sorbeteando lo más silencioso posible.— Te veré luego...
—Jonathan, espera.—me detuvo, y aunque me dije que no lo escucharía, dejé de caminar hacia la puerta y giré a verlo.
—Dime...Joe.
Su boca se abrió ante la mención de su nombre, el cual escapó por mis labios con una sensación tan dolorosa que quise echarme a llorar.
—¿Me odias?
—No.
—¿Somos amigos?
—...Sí.
—¿Te quedarías?
Por el bien de ambos, hice lo mejor que se me pude ocurrir.
—Nos vemos luego, Roman.
Lo dejé ir.
Agradezco el haber usado el casco de camino a la universidad, ya que este ocultó por completo aquellas lágrimas recorriéndome la cara casi por todo el tramo de las carreteras hasta detenerme en el estacionamiento.
Me quité el casco con lentitud, colgándolo a un lado mientras mis piernas seguían a cada lado del asiento de cuerina. Respiré profundo, pasando mis manos enguantadas por mis pómulos todavía húmedos y tratando de borrar cualquier evidencia de ese inservible llanto.
Rogaba internamente que nadie lo notara.
Entonces escuché unos pasos acercarse, por lo que apresuré el quitarme las pocas lágrimas en el rostro y pasarme la manga por la nariz, sorbeteando para no delatarme.
—Sabía que había escuchado bien.—mi pecho se tensó ante esa voz, levantando la cabeza pero viéndome indeciso por el hecho de voltear.— Mi radar de niños bonitos se activó correctamente.
—O tal vez me viste llegar desde el campo.—intenté burlarme, aunque realmente no sonriera en lo absoluto. De todas formas, Allen soltó una carcajada.
—Me alegro de que llegaras. Pensé que podríamos ir a ver una nueva película luego de que...—su voz lentamente se difundió al verme, volviendo su entusiasmada mueca en una preocupada.— J-Jonathan, ¿qué ocurre?
—Nada.
—No me mientas, ¿sí?—se terminó de acercar a mí, colocando sus manos en mis brazos de una forma tan delicada que creí volver a destrozarme.— Sé cuando has llorado, cariño. Dime qué pasa, por favor.
Me relamí los labios, mirándolo a pesar de la posibilidad de que mis ojos se cristalizaran una vez más por la simple calidez que sus ojos azules me daban.
—Yo...—me aclaré la garganta.— Recordé algunas cosas de camino aquí. Sobre mi infancia y...mi madre...Eso es todo, Allen.
Me iría al puto infierno, en serio.
—Jonathan.—movió la cabeza, indicándome que me acercara a él con sus brazos ya extendidos. No dudé en hacerlo, sintiendo la calidez de su pecho mientras sus manos tocaban delicadamente mi espalda al ser rodeado por sus brazos.— Tranquilo. Yo estoy aquí.
Logré que mis manos tocaran su espalda cubierta por la chaqueta deportiva, refugiando mi cansado rostro en el hueco de su cuello y rogando que mi tembloroso cuerpo no molestara demasiado.
—Te lo prometo, niño bonito.—siguió hablando el castaño, mientras sentía sus dedos acariciar la parte trasera de mi cabeza y enredarse en mi alborotado cabello.— Yo estoy aquí, nunca vas a estar solo. No voy a permitirlo, ¿de acuerdo?
Asentí, sintiéndome el peor ser humano en la tierra.
Le mentía a todos. Le mentía a Allen, le mentía a Roman e incluso me mentía a mí mismo. Pero sin duda alguna...
Le mentía a mi asustado corazón.
Me las arreglé para reponerme de lo ocurrido, pensando que la mejor forma de hacerlo era escuchar las bromas de Allen y dedicarme a acabar los últimos detalles del mural a orillas del campo de football.
—Entonces TJ me la lanzó y anoté mi primer punto de la temporada.—terminó su larga historia con aire victorioso, imaginándole que sonreía ya que me encontraba dándole la espalda.
Sonreí de lado en tanto pasaba suavemente el pincel por los rostros de los jugadores, retocando los ojos y los labios para que quedasen perfectos.
—Suena algo fenomenal.—dije divertido, dejando de lado el pincel con pintura y quedándome en posición de indio mirando el muro pintado.— Ya entiendo por qué te haces llamar fenomenal, señor fenomenal.
—Usaste la palabra fenomenal muchas veces, Jonathan.—murmuró con diversión en su voz, haciéndome soltar una pequeña risa mientras él tomaba asiento junto a mí e imitaba mi posición.— Pero gracias, aunque no lo creo así realmente.
Fruncí un poco mi ceño, soltando un bufido antes de girar a verle.
—¿De qué hablas, Allen? Eso que me contaste fue estupendo.
—Hm...puede que sí.—se relamió los labios, para a continuación mirarme por el rabillo de sus ojos.— Pero el único fenomenal aquí...eres tú.
Mi corazón dio un vuelco, sintiendo que las palabras se me esfumaban de lo nervioso que me encontraba nuevamente.
—Digo, entré a esta universidad para ser uno de los mejores en el futball, ya que es lo único que creo que hago bien.—suspiró, mirando hacia el mural del equipo.— Pero nunca sería capaz de hacer algo tan maravilloso como lo que haz hecho aquí, Jonathan...
Me quedé paralizado, tan solo recorriendo su rostro con mi mirada sin poder encontrar las palabras exactas para decir.
—A veces pienso...—giró hasta mí nuevamente, sonriendo lentamente de lado y creí ver un pequeño rubor en sus mejillas.— ¿Realmente alguien tan genial como tú puede ser mío?
En esos momentos me sentía enfermo, ya que supe algo. No lograba articular palabras... porque no podía expresarme con él de la misma manera.
A pesar de ese pensamiento latiendo tan insistentemente en mi cabeza, me dejé llevar por la locura en mi ser y agarré su rostro entre mis manos, golpeando violentamente mis labios contra los suyos. Allen me respondió casi de inmediato, abriendo mi boca cuando su lengua se deslizó sobre mis labios, delineándolos y probándolos antes de entrar definitivamente a mi cavidad bucal.
Era como si algo salvaje me atacara, como si algo me impulsara. Pero al mismo tiempo gritaba que me detuviera, ya que no era más que una sensación de plástico intentando ser real.
Allen gruñó entre dientes cuando mordí suavemente su labio, para a continuación separarse sorpresivamente de mi boca y dejarme perplejo. Pero solo se puso de pie con cuidado de no volcar nada de lo que tenía bajo el mural, tendiéndome la mano para ayudar a ponerme de pie.
Bastó que mis zapatillas tocasen nuevamente el suelo para que el castaño me acorralara contra el resto de muro, colocando sus manos a ambos lados de mi cuerpo y causando que mi pulso se acelerara considerablemente.
—¿Te he dicho lo sexy que me pareces cada vez que me miras al pintar?—dijo Allen, con ese áspero sonido en su voz que erizaba mi piel lenta y estremecedoramente.— Me he contenido por mucho tiempo.
No pude hacer más que tragar con suavidad, antes de sentir sus labios atacar mi cuello y que soltara un jadeo que realmente no quería que escuchara. Sentí sus labios alzarse en una sonrisa, mientras que mi respiración se aceleraba más y más cuando volvía a besar mi cuello con toques estremecedores.
Mis dedos se presionaban sobre sus brazos, cerrando los ojos e incluso mordiendo mi labio con tal de no soltar otro sonido vergonzoso.
Era como si mi cuerpo se quemara por completo, y Allen fuera lo único que podía calmar esa sensación de fuego en mí.
—Allen...—jadeé bajito, sintiendo que pronto me desplomaría sobre mis piernas a este paso.
—Amo cuando dices mi nombre de esa manera.—ronroneó cepillando su nariz sobre la indefensa piel de mi cuello y causando que me estremeciera una vez más.
Entonces sus manos se movieron hasta mi cintura, apretando un poco esta para que mi cuerpo chocara más cerca del suyo aunque ya no lo creyera posible. Quería decir algo, quería sugerir que no podíamos hacer algo así, pero los apasionados labios de Allen presionándose sobre los míos me estaban volviendo loco al igual que el bulto que podía sentir presionándose contra mis pantalones vaqueros.
Mierda...
Jones comenzó a caminar lentamente hacia atrás, arrastrándome con él al tenerme preso de sus caricias y sus labios mordiendo los míos de vez en cuando. Pude escuchar su espalda chocar levemente con una puerta, la cual no tardó en abrir y que me viera obligado a seguirlo.
Nuestros pasos soltaban un extraño sonido gracias a los charcos de lo que descubrí eran las duchas que el equipo utilizaba luego de cada práctica, haciendo eco en el lugar que se encontraba completamente vacío. Era fin de semana después de todo, y Allen solo estaba ahí porque le comenté que iría a terminar el mural.
Fui atrapado con la guardia baja al ser empujado contra una pared de azulejo, sintiendo que mi espalda se humedecía gracias a las posibles gotas de agua todavía en las rendijas. No me importó en lo absoluto, soltando un gemido entre nuestros labios cuando Allen apegaba su pelvis contra la mía y presionaba su miembro contra el mío ya despierto. Podía sentir como si la sangre me fluyera solo en ese lugar, lo cual era completamente nuevo para mí.
Pero se sentía tan bien que no quería detenerme.
Con desespero, el castaño se alejó de mis labios, para así poder quitarse apresurado la chaqueta deportiva que traía y junto a ella su camiseta. Me estremecí por un segundo al notar lo lejos que estaba llegando esto, pero volví a distraerme por el ferviente contacto de su boca sobre la mía.
Sin darme cuenta, mi espalda tocó una extraña válvula cerca, y el agua fría comenzó a caer a borbotones sobre nuestras cabezas.
—Mierda.—gruñí entre dientes, soltando a duras penas los labios del ojiazul.—Allen, la ducha...
Pero me vi interrumpido cuando hizo girar mi rostro hacia el suyo una vez más, golpeando mis labios con avidez y casi quitándome la respiración. Entonces, sus manos se hicieron paso por mi espalda, dejando un toque aún más vibrante que el agua que caía por mi espalda incluso con la ropa pegándose a mi cuerpo. No pude evitar soltar un gemido que sí hizo eco por la habitación cuando Allen empujó mi culo, impulsando mis caderas hacia su erección y sintiendo que realmente me quemaba.
Entonces me atreví a hacer mi parte, moviendo mis manos por el pecho mojado de Allen hasta llegar a su abdomen. Mi mano se aventuró a tocar el bulto por sobre sus pantalones, escuchando que un gemido se escapaba por sus labios presionándose en mi piel.
¿Me odias?
Mis movimientos se detuvieron como si un rayo me hubiese paralizado.
¿Somos amigos?
Me alejé de Allen, viendo la culpabilidad de mis ojos reflejados en los suyos perplejos.
¿Te quedarías?
¿Qué demonios estaba haciendo?
—L-Lo lamento, Allen...—balbuceé, pasando mis manos por mis mechones de cabello mojado y echándolos atrás mientras un nudo se formaba en mi garganta.— N-No puedo hacer esto...
Jones giró la válvula que había accionado, cortando el agua de la ducha y mirándome con sus cejas ligeramente fruncidas.
—¿Cuál es el problema, Jonathan?—dijo, escuchándose algo exasperado.— ¿Acaso estoy haciendo algo mal?
—N-No, no. Claro que no.—me apresuré a exclamar, pero el seguía mirándome con cierta decepción en sus ojos azules.
—¿Entonces qué? ¿Por qué siempre quieres que me detenga?
No pude hacer más que relamerme los labios, sintiéndome como un real idiota al no tener nada con lo que explicarme esta vez.
—Jonathan... ¿me estás escondiendo algo?
Le miré por el rabillo de mis ojos, ya que realmente no podía hacer otra cosa.
—¿Me estás mintiendo sobre algo?—volvió a preguntar, y al no recibir respuesta se acercó nuevamente a mí.— Jonathan.— con delicadeza apretó mi mejilla, para así volver a conducir mi mirada justo en la suya.— No quería llegar a esto porque tenía miedo pero...¿es algo que tiene que ver con Joe?
Era como si el agua impregnada a mi ropa se hubiese congelado, como si no pudiera mover ni un solo músculo al simplemente encontrarme atrapado frente a los ojos de Allen Jones.
Pareció como si el mirarlo bastara como respuesta, sintiendo dolor en mi pecho cuando su mirada decayó al igual que sus hombros tensos anteriormente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Decirte qué?
—Que no estás seguro.—frunció sus labios.— No estás seguro de lo que sientes por mí.
Mi boca se secó, y creo que lo que sentí fue mi corazón ser apretujado.
—Allen, no es eso.—dije, tratando de aclararme la garganta.— Por favor, te prometo que no es así. Tengo demasiadas cosas en la cabeza pero te juro que...
—Deja de prometer en vano, Jonathan.—me interrumpió, sonando más irritado que segundos atrás. Se tomó unos segundos de silencio, simplemente mirándome antes de retomar lo que quería decir.— ¿Qué soy yo para ti, Jonathan?
Mi cabeza dolía, y sentía que todo el daño que tanto tiempo creí estar haciendo me estaba por fin cobrando la cuenta.
Abrí la boca, pero nada salía. Allen frunció sus labios, pareciendo captar el mensaje.
—L-Lo lamento, Allen...—fue lo único que fui capaz de balbucear.
—Háblame cuando tengas esa respuesta.
Y agarrando las prendas mojadas del suelo, se encaminó sobre las posas hasta cerrar con fuerza la puerta del lugar, dejándome solo y en completo silencio.
Era como si me hubiesen dado un golpe de realidad, y aunque estaba más que familiarizado con ellos, este parecía doler más de lo común.
Tomé aire por la nariz, para acto seguido dar un paso atrás. Moví mi mano hasta la bálbula a mis espaldas, girándola y dejando que el agua me empapara de los pies a la cabeza. Finalmente recosté mi cabeza contra los azulejos de la pared, cerrando los ojos y permitiéndome pensar en qué demonios había estado haciendo todo este tiempo.
Llegué al departamento, con el frío recorriéndome el cuerpo gracias a la ropa húmeda y sintiéndome como la mayor mierda que ha habido.
Lo había jodido todo, todo se estaba yendo en mi contra.
Pensé que nada podía ser peor hasta el momento en que mis pies tocaron la sala que, a diferencia del momento en que me marché, ahora estaba vacía por la ausencia de cajas.
Fue como un nudo en mi garganta, el cual me quitaba el aire y provocara aquel dolor que me atormentaba el pecho desde hacía un tiempo.
¿De verdad...me quedaría solo? ¿Habíamos tomado caminos diferentes? Dicen que es parte de la vida tomar otros rumbos...pero algo dentro de mí no me permitía aceptarlo.
No me permitía ser feliz si no era al lado de Roman.
Pero él ya lo decidió, se estaba yendo de casa para empezar una nueva vida con Saraya.
Escuché sus pasos resonar a mis espalda y detenerse al verme, pero permanecí inmóvil mientras sentía cómo lentamente me rompía en mil pedazos.
—D-Dean...—no quería escucharlo, no quería saber nada más. Con las fuerzas que me quedaban, me alejé a pisotones en dirección a mi habitación.— ¡Dean, espera un poco!
Me dispuse a cerrar la puerta para finalmente estar en paz.
¡Si quería irse, que se fuera! ¡Que me dejara solo! ¡Ya había tenido suficiente de esto, suficiente de que me rompiera el corazón con cada día que pasaba!
Con un gruñido empujé la puerta de mi dormitorio, pero el samoano la detuvo a tiempo y entró detrás de mí.
Diablos, no...
—Dean, por favor...
—¡No, Roman!—grité, encarándolo aunque me sintiera realmente indefenso.— ¡Ya me harté de escucharte! ¡Me harté de todo!
Sus ojos se veían rendidos, reflejando los míos conteniendo las lágrimas y el peso de los trozos de mi destrozado corazón.
—¡Lárgate si quieres y no regreses! ¡Ya me da exactamente igual!
—Dean, eso no es verdad. A ti si te importa.
—¡Cállate! ¡Y no me mires con esa cara de perrito bajo la lluvia, porque solo me estás lastimando!—continué alzando la voz, sintiendo que mi garganta pronto dolería.— ¡Siempre es igual! ¡Todos son felices mientras termino con el corazón roto!
—Dean, eso no es cierto...
—¡Lo es! ¡Lo es y lo sabes!
Negué con la cabeza, no quería llorar, no quería hacerlo.
—Intento ser feliz...lo intenté, juro que lo intenté.—mi voz se rompió en medio, cerrando con fuerza los ojos con tal de no dejar salir las lágrimas que se acercaban.— Pero...no puedo. No puedo ser feliz...si no es contigo, Roman.
Mis palabras causaron que tomara un poco de aire entre sus labios inmóviles, para acto seguido dar un paso cerca de mí, mi corazón casi se salió de lugar.
—No te me acerques...—susurré, aunque realmente no fuera cierto y siguiera de pie en mi mismo lugar.
—Dean...—logró llegar hasta mí, sintiendo que se me secaba la boca de tan solo tener esos ojos bizarramente grises frente a mí.— ¿Puedo...?
Parpadeé, tratando de descifrar la mueca en su rostro. Incluso en la oscuridad, podía ver lo nervioso que se encontraba y captar el mensaje de todo. Tragué con suavidad, dándome fuerzas para lo que quería decir.
—Bésame.
Roman abrió sus ojos algo alarmado, manteniéndome inmune a ello por más que sintiera un huracán en mi pecho.
Ni yo creía lo que estaba diciendo, simplemente había perdido la cabeza.
—Dean, yo...
—No es la primera vez que lo haces, Roman. Y sé que lo recuerdas.—sus labios se volvieron una fina línea, bastándome como respuesta.—Estás a punto de irte, de separarnos quizá por mucho. Tómalo como un adiós.
Hice una pausa, mirándolo directamente a los ojos y sepultando el dolor que aquejaba cada trozo de mi corazón.
Yo estaba con Allen y él con Saraya...Era la realidad y con esto me trataba de convencer de aceptarlo de una vez por todas.
—Ya lo he superado, así que bésame.
El pelinegro me miró, en silencio mientras veía su pecho subir y bajar a ese extraño ritmo de sus respiraciones. Lentamente su mano se hizo camino hasta mi mejilla, dejando un toque que pareció quemarme de una forma que nunca olvidaría. Con cuidado se acercó a mi rostro y cerrando los ojos junto a él sentí sus labios acariciar tímidamente los míos hasta juntarlos completamente.
Aquella calidez tan familiar me llenaba el pecho, mientras que mis piernas parecían estar a punto de rendirse a cada segundo que pasaba saboreando sus labios. El beso era tierno y delicado, a diferencia de la vez que me besó con los efectos del alcohol en él.
No pude resistirme a seguir su ritmo, sintiendo su lengua tallar delicadamente mi labio inferior antes de entrar a mi boca y causar que mi cabeza se sintiera mareada como en un huracán de emociones.
Ese era el efecto que Roman tenía en mí cada vez que lo veía, besaba o simplemente me sonreía. Y aunque fuera tarde, por fin podía admitirlo.
Siempre amé a Roman.
Nuestros labios se separaron lentamente luego de un par de segundos, mientras que nuestros ojos seguían en los del otro en completo silencio.
—¿De verdad lo haz superado?—la voz rasposa de Roman me hizo enmudecer, alterarme y querer dejarme caer al suelo.
Pero en su lugar, me permití ser egoísta por al menos una última vez.
—No.
Bastó que respondiera para que el samoano se abalanzara contra mí. Nuestras bocas se encontraron, esta vez en un beso completamente distinto al anterior, sus labios se movian ferozmente sobre los míos mientras apegaba mis manos a los cabellos de su nuca.
Me deshice de la liga que lo sostenía, dejando que las hebras oscuras cayeran suavemente sobre su espalda mientras él me ahorraba el trabajo de deshacerme de mi chaqueta completamente mojada. Porque sí, había olvidado por un minuto que venía mojado de los pies a la cabeza por el incidente con Allen.
Allen...Mi mente comenzaba a sentirse mareada de solo pensar en él en un momento como ese.
—Hay que deshacernos de esa ropa mojada, ¿no crees?—susurró cerca de mi oído, dejando más de algún mordisco que me robó el aliento.
Era la primera vez que me enfrentaba a esa faceta de él, y me mentiría a mí mismo si no admitía que me encantaba y me estaba volviendo loco.
Quería dejar de pensar en lo culpable que comenzaba a sentirme, parar y hacer las cosas bien para todos. Pero en su lugar me dejaba llevar por las caricias de sus manos por mi cuerpo y el movimiento de sus labios en la piel de mi hombro.
Roman consiguió quitarme fácilmente la camiseta mojada por sobre la cabeza, para luego volver a atacar mi cuello y lentamente ir moviéndose por mi hombro. Me estaba volviendo realmente loco.
Un jadeo se me escapó cuando su mano acarició mi espalda y bajó hasta mi culo, apretándolo con fuerza y haciéndome pegarme más a su pecho. Aún por sobre la ropa podía sentir que mi miembro dolía al chocar con su parte baja, además de que gritaba internamente que él no lo sintiera. Bastó que sintiera su sonrisa contra mi piel para que mis mejillas se pintaran de color rojo y volteara la vista a otro sitio antes de verme como un imbécil.
Una risa se escapó del fondo de su garganta, sonando tan rasposa que hizo mi interior tensarse y que tuviera que tragar en cuanto sus ojos se encontraron nuevamente con los míos.
—Eres tan lindo, Dean.—besó lentamente la comisura de mis labios, deteniéndose ahí un par de segundos sin separar el torturador contacto.— ¿te lo he dicho?
—Tal vez se lo has dicho a ella...—balbuceé, con mi respiración agitada de por medio impidiéndome hablar fluido.— Pero a mí nunca.
Cerré mis ojos cuando su mano se hizo camino por mi estómago, bajando hasta la cinturilla de mis pantalones y colándose con suma facilidad dentro de ellos. Me estremecí completamente cuando su mano envolvió mi erección, causando que un gruñido saliera de mis labios e impulsara mis caderas un poco hacia él. Roman sonrió satisfecho, para luego acercarse suavemente hasta mi oído.
—No quiero hablar sobre ella...No arruines el momento, Jonathan.—su respiración parecía ser fuego contra mi piel, quemando aún más mi cuerpo que ya creía en llamas.
No pude contenerme cuando sentí su mano acariciar mi pene sin pudor alguno. Mi espalda se arqueó, al igual que había echado mi cabeza hacia atrás ante el placer que comenzaba a recorrer todo mi cuerpo y me hacía caer en un profundo abismo de emociones que me quitaba la cordura.
Tuve miedo de perder el control y acabar tan solo en la mano del samoano, pero tuve la fuerza de contenerme mientras mis uñas se incrustaban sobre la piel al descubierto que dejaba su musculosa. Su piel se sentía caliente, al igual que sus labios al estar de nuevo en mi cuello y morder de vez en cuando a su gusto, quitándome aún más el aliento.
Solté un ronco gemido de protesta cuando su mano dejó de moverse, al igual que sentí uno de sus cálidos suspiros chocar contra la piel erizada de mi cuello.
—Aún no termino contigo.
No me dio oportunidad de decir nada, sintiendo cómo mis piernas ahora rodeaban su cadera y él volvía a atacar salvajemente mis labios. A continuación sentí la suavidad de las mantas debajo de mi espalda, mientras sentía mi cadera volver a presionarse con la del pelinegro que se colocaba a horcajadas sobre mí.
Mis manos tocaron ansiosas su camiseta, pero él las apartó para luego quitarse su prenda por el mismo. Aquellos tatuajes brillaban con su piel perlada por el sudor, con su pecho subiendo y bajando por sus respiraciones. Entonces agarrando mis brazos los colocó por encima de mi cabeza, para luego volver a besarme con la misma fuerza que en todo este tiempo.
Soltaba algunos jadeos, en especial cuando con su mano libre se encargó de quitarme lo que me quedaba puesto y quedarme completamente desnudo bajo su cuerpo. Escuché el sonido de su cinturón, mientras tenía plena vista del cómo se deshacía del resto de su ropa rápidamente, para luego volver a subirse a la cama y acomodarse entre mis flectadas rodillas.
Todo era tan extraño, pero no podía dejar de jadear y respirar rápidamente en busca de un poco de aire.
Una de las manos del pelinegro recorrió mi abdomen, dejando caricias que me hicieron perder el aliento mientras mordía mi labio para no emitir más sonidos vergonzosos. A continuación vi cómo los ojos de Roman me escaneaban, causando que el corazón casi se me saliera del pecho incluso tras verlo desnudo frente a mí.
Entonces, sin ninguna palabra hice lo que pensé era correcto en esta situación. Agarré su mano y con suma delicadeza me los llevé a la boca, lamiendo estos un poco e ignorando sus iris grisáceas presenciando esto. Recordaba haber leído eso en alguna parte, pero realmente la vergüenza me estaba comiendo vivo y sentía como si fuera un manojo de nervios haciendo todo esto.
Vi como el pelinegro mordía su labio, lo cual calentó la sangre en el lugar indicado antes de que él quitara suavemente sus dedos de mi boca.
—Realmente...—murmuró, acercándose a mí y acercando su boca a la mía, entablando un límite en que nuestros labios apenas se tocaban pero lograba alterarme por completo.— No lo haz superado para nada.
Entonces su mano se deslizó por mi muslo, dejando caricias que me quemaron como fuego hasta finalmente hacerse paso silencioso hacia el lugar indicado. Fue extraño en un principio, pero no podía negar que se sentía bastante bien con el rato en que sus dedos palpaban lentamente mi entrada.
Cerré fuertemente los ojos, mordiendo mis labios con tal de no soltar un gemido que me hiciera morir de vergüenza una vez más. Entonces sentí uno de sus dedos presionar dentro de mí, causando que arqueara la espalda y recurriera a apretar mis dedos sobre la piel de sus brazos.
Diablos, eso dolía.
—Mierda.—jadeé, respirando agitado todavía y tratando de soportar esa extraña sensación.— Eso duele, Roman.
—Tienes que relajarte, Dean.—tragué con fuerza, intentando obedecer aunque cada toque doliera más que el anterior.— Vamos...
Con suavidad su mano tocó mi pene, dejando el mismo tipo de caricias que me había robado el aire minutos atrás. Eso consiguió que mi mente se distrajera de aquel dolor, comenzando a disminuirse y sentir que el placer me recorría una vez más.
—Oh, diablos...—respiré profundo, tragándome más palabras cuando Roman insertó otro de sus dedos.—Rome...
—Sshh...—delicadamente movió su mano hasta mis labios, acariciando el inferior con su pulgar de una forma demasiado exquisita.—Ya casi, Dean...
Finalmente sentí como todo el dolor se disipaba lentamente, apegando mi cabeza al colchón y manteniendo mis manos sobre la piel perlada del samoano. Sus dedos abandonaron aquel lugar, pero no tardé en sentir su miembro entrar lentamente en mí y hacerme soltar un gemido que resonó en la habitación.
—Ro...Roman.—mis músculos se contraían, pero esa nueva sensación debía ser el puñetero cielo en esos instantes.
Sentí sus dedos aferrarse a mi cintura, apretándola ligeramente antes de que comenzara a moverse lentamente dentro de mí.
Quise cubrirme la boca con las manos, pero necesitaba algo de lo que aferrarme ante la mezcla de dolor y placer que me recorrían en ese momento. Era como si el huracán que Roman provocaba en mi estómago cada vez que lo veía se hubiese convertido en el holocausto en todo mi cuerpo.
Soportaba sus embestidas lo mejor que podía, tratando de no gritar demasiado y buscando distracción en escuchar las respiraciones de Roman y sentir sus dedos incrustarse ligeramente en la piel de mis caderas.
Poco a poco comencé a disfrutar de aquella fuerza con la que su miembro golpeaba aquel punto exquisito dentro de mí, haciéndose más rápidos para mi deleite. Como pude alejé mis manos de sus brazos, agarrando la parte trasera de su nuca y atrayéndolo hasta mis labios sin que dejara de moverse. Sentí un jadeo por su parte entre nuestras bocas, haciéndome sentir satisfecho de alguna manera. Con delicadeza, mordí su labio inferior, escuchando un gemido que fue música para mis oídos.
—Joder, Jonathan...—volvió a besarme, teniendo que aguantar el gemir con fuerza cuando pareció tocar uno de los puntos más débiles con sus embestidas.
Pero en ese instante comencé a sentir que poco a poco llegaba a mi límite, desembocando mi corazón y sintiendo que este se me saldría del pecho.
—R-Rome...Ya no puedo más.—gruñí apenas, echando la cabeza atrás y jadeando entre mis cortadas respiraciones.
—Solo un poco más, Dean. Solo un poco...
Volvió a embestirme con todas sus fuerzas, centrándose en ese punto que me hacía perder la cordura y me hacía sentir como si algo dentro de mí estuviese a punto de estallar. Estaba a punto de alcanzar mi climax, y se sentía desesperante el no poder hacerlo.
Apegué mi frente a la suya, sintiendo su rápida respiración y los latidos golpeando su pecho justo al momento en que se movía rápidamente un par de veces y, con un gemido escapando de mi boca, ambos llegásemos al culmine.
Nos quedamos así un momento, respirando agitados y sintiendo la piel perlada de Roman bajo mis dedos. Cerré los ojos con fuerza, dejándome caer rendido sobre la cama y tratando de recuperar el aliento.
Tan solo, luego de aquella experiencia que ahora invadiría mi cabeza, comencé a pensar en qué demonios había hecho.
Roman soltó una respiración, para a continuación dejarse caer como peso muerto sobre mí y que su cabello suelto se expandiera a lo largo de mi pecho desnudo.
—Auch...—balbuceé divertido, escuchándole soltar una pequeña risa.— ¿Qué diablos acaba de pasar?
El samoano levantó la cabeza, mirándome con sus cansados ojos grises y sonriendo de lado antes de decir:— No tengo idea, ¿y tú?
—Nope.—tragué con suavidad, dejando que la sonrisa en mi boca poco a poco desapareciera.—Joe...—me atreví a llamarlo así, para luego agarrar su mano con suavidad.— No puedes dejarme después de esto.
Recuerdo que el resto fue solo silencio, él recostó su cabeza en mi pecho y nos quedamos lentamente dormidos en los brazos del otro.
Pero, aunque dije que lo había superado al momento en que me besó. No lo superé lo suficiente como para no sentir dolor al despertar solo en esa habitación.
O más bien, para descubrir con el dolor de mi alma que él se había largado de todas formas.
Primer Smut que escribo de una forma tan extensa, así que no me lancen piedras que puse muchísimo esfuerzo ;-; De todas formas recibí ayuda de mi bebita Candies, pero hice lo mejor que pude.
La cosa se puso bien complicada aquí ¿no creen?
Aviso desde ya...inicia la cuenta regresiva de los capítulos de Brutal Love.
Preparen esos pañuelos y el helado, que esto se pondrá intenso.
Como siempre, les mando un beso y espero hayan pasado unas lindas fiestas.
Se despide, Rock.
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