Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 9; Sígueme la corriente.

Emma corría con Alex a su lado por las calles del polígono débilmente iluminadas a la misma velocidad que lo haría si una jauría de lobos hambrientos la persiguiese. El frío viento de la noche lamía su piel apuñalando sus pulmones doloridos con cada inhalación, como si en vez de aire estuviese respirando minúsculos trozos de cristal. Myers, de vez en cuando miraba por encima de su hombro para cerciorarse de que nadie los seguía y la hacía introducirse en alguna calle transversal para continuar corriendo.

— ¡Aquí! — Exclamó él sujetando a Emma por la muñeca de forma inesperada y obligándola a virar en un callejón oscuro.

Alex dejó de correr, jadeando se dejó caer sobre la pared, con la cabeza recostada sobre la misma tratando de recobrar el aliento. Mientras agudizaba el oído en busca de algún sonido de pisadas o voces, su mirada se posó sobre la pelirroja a la que por motivos que ni él mismo comprendía, acababa de salvar el pellejo.

La observó detenidamente, con curiosidad. La luz anaranjada de la farola iluminaba tenuemente sus delicadas facciones. Parecía tan exhausta como él. Recostada sobre la pared que había en frente. Respirando con dificultad. Con los ojos cerrados con fuerza. Con los labios levemente abiertos.

Le fascinó la simetría de su rostro, las diminutas pecas que rompían la monotonía de su piel blanquecina. La caótica melena que enmarcaba su rostro de duende. Se sintió extrañamente hipnotizado, como si la viera por primera vez. Pensó que nunca había visto a una chica tan bonita.

Sus ojos lo traicionaron descendiendo por su cuerpo. Recorriendo las sutiles curvas de su anatomía que se ocultaban bajo aquel vestido negro tan jodidamente sexi. Mientras la admiraba, comprobó que las diminutas pecas que decoraban su nariz, se extendían por todo su cuerpo, lamiéndole la piel, perdiéndose bajo la ropa que la cubría.

Se obligó a apartar la mirada de su cuerpo y a volver a centrarlos en su rostro que parecía haber palidecido varios tonos. Parecía asustada, le sorprendió la vulnerabilidad que parecía embargarla, sobre todo porque aquella pelirroja jamás parecía indefensa. Le impresionó la extraña necesidad protectora que se apoderó de su cuerpo. Quería consolarla, estrecharla entre sus brazos y decirle que todo iba a salir bien.

Sin ser consciente siquiera de lo que hacía, comenzó a acercarse a ella.

Emma, ajena al escrutinio que Myers le hacía, se sujetaba el costado mientras su pecho ascendía y descendía violentamente. Estar en silencio durante dos segundos fue todo lo que necesitó para que la voz de su consciencia gritara a todo pulmón recriminándole lo sucedido.

¡Por Dios! ¡¿Qué acaba de ocurrir?! ¡El macarra de mierda acaba de agredir a un policía y yo me he dado a la fuga! Si me pillan...si mis padres se enteran...

Emma abrió los ojos repentinamente, dispuesta a insultar a aquél bestia que la había metido en aquel embrollo. Pero sus palabras murieron en su garganta cuando comprobó que él se acercaba a ella lentamente. No necesitó verbalizar palabra alguna, su mirada lo hizo por ella. Sus ojos destilaban puro veneno, y Alex pudo ver el desprecio con el que la chica lo contemplaba. Volvió a la realidad de golpe.

Se vio obligado a improvisar una excusa de por qué estaba a tan pocos pasos de ella sin ponerse en ridículo.

— Toma, ponte esto. — Le ordenó él con voz molesta.

Emma vio como él sacaba un gorro de lana del bolsillo de su chaqueta y se despojaba de la prenda de cuero que ocultaba sus tatuajes. Dejando al descubierto una camiseta de color blanca que contrastaba de forma fascinante con la tinta que decoraba su piel.

Emma que aún no había recuperado el aliento lo miró inquisitiva, sin entender por qué él le ofrecía aquellos ropajes.

— Por si no te has dado cuenta... estoy asfixiada... No necesito tu chaqueta. — Jadeó entre frase y frase con tono cortante.

Alex tensó la mandíbula y resopló molesto.

— Comenzarán a buscar a un chico con chaqueta de cuero, y a una chica pelirroja con vestido negro. Esto nos dará algo de tiempo.

Los ojos de Emma brillaron con furia mientras que de un brusco movimiento sujetaba las prendas que el chico le tendía. De mala gana se colocó el gorro sobre la cabeza y escondió su cabello en el interior. Las palabras brotaron de sus labios con un odio extremo mientras terminaba de colocarse la chaqueta.

— ¿Por qué cada vez que nos encontramos me veo envuelta en problemas? — Preguntó exasperada, introduciendo bruscamente los brazos por las mangas y cerrando la cremallera violentamente.

Los felinos ojos de Myers la miraron con el ceño fruncido, sorprendidos por el menosprecio con el que la chica se dirigía a él.

— Tienes una curiosa forma de recordar los acontecimientos. Si mal no recuerdo cada vez que nos vemos evito que te metas en ellos. No fui yo quién te llevó la otra noche al "Dying Club", ni quien te ha arrastrado esta noche al "Red Hell". — Replicó en tono mordaz.

— Tienes razón. — Respondió Emma, dejando estupefacto a Alex por unos segundos. Era la primera vez que ella se mostraba de acuerdo con él en algo. — Tú te limitas a dar palizas a la policía y a obligar a otras personas a que hagan lo que tú quieres. — Afirmó Emma con un tono de voz que Alex interpretó como desprecio.

El chico la contempló atónito durante unos segundos. ¿Cómo podía haber llegado a pensar que aquella chica necesitaba consuelo alguno? Aquella mocosa tenía más agallas que la mayoría de las personas con las que Alex se relacionaba. Una sola mirada de él era más que suficiente para que la gente se acobardara y dejara de tocarle las pelotas, pero aquella chiquilla arrogante no se amilanaba ante él. Lo hacía perder los papeles con mucha facilidad, y por mucho que lo odiara, le resultaba refrescante.

Emma le sostuvo la mirada, y algo en el interior de Myers se removió profusamente. No sabía exactamente qué era lo que le sucedía con aquella pelirroja, pero empezaba a resultarle molesto.

— Tienes una pésima opinión de mí por lo que veo.

Emma lo miro estupefacta durante un pequeño lapsus de tiempo y fue capaz de reprimir las ganas de aporrearlo a duras penas.

— ¿Y qué esperabas? — Inquirió Emma escupiendo las palabras como si fuesen veneno.

Unas irrefrenables ganas de patear algo sólido se apoderaron de Alex. Quería agradar a aquella pelirroja, y ni él mismo sabía por qué.

— Que no me juzgaras sin conocerme no estaría mal para empezar. — Respondió furioso.

La chica le sostuvo la mirada sin pestañear.

— Yo no te juzgo sin conocerte. Te juzgo porque sé que chantajeas a Jeremy por dinero.

Emma comprobó como el chico tenía la desfachatez de parecer sorprendido, y se sobresaltó cuando una carcajada amarga salió de sus labios.

— ¿Eso te ha contado el cabrón de Jeremy? ¿Qué lo extorsiono? — Alex dio un paso en su dirección, furioso. Se colocó tan cerca de la chica que pudo sentir la calidez que su cuerpo desprendía. — Pues déjame decirte algo fea... — Prosiguió con tono de voz susurrante e intimidante. — Yo no necesito chantajear a nadie para conseguir pasta. Me la gano honradamente.

Emma le sostuvo la mirada, esforzándose por no sentirse acobardada por su altura y su pose desafiante, y lo observó con altanería.

— Seguro que sí. Por eso llevas un sobre cargado de billetes en el interior de tu bolsillo. — Respondió mordazmente.

Un pequeño músculo se tensó en la mandíbula de Myers.

— Entérate princesita, Jeremy es corredor de apuestas, y yo peleo para él. Este dinero me lo he ganado con creces.

— No te creo. — Aseveró Emma.

Aunque aquello tampoco era cierto del todo. Había visto a Alex pelear con aquellos chicos en la puerta del club la noche anterior y era innegable que sabía lo que hacía. ¿Pero Jeremy corredor de apuestas? No tenía sentido. Era un chico acomodado económicamente hablando, y no necesitaba meterse en ese tipo de mierdas.

El rostro de Alex se demudó por la rabia.

— ¿Cómo puedes ser tan hipócrita? — Inquirió asqueado. — ¿Qué pasa? Yo sí encajo en el perfil de chantajista, pero Jeremy en el de corredor de apuestas no. ¿Me equivoco? — Emma lo observó atónita. Sin saber qué contestar. Alex comenzó a negar levemente con la cabeza mientras que una sonrisa amarga aparecía en su rostro y su mirada iracunda la repasaba de arriba debajo con auténtico desprecio. — Pero por supuesto...tú no juzgas sin conocer a las personas. — Aseguró tajantemente, separándose de una Emma estupefacta a la que había dejado muda con su argumento. Odiaba reconocerlo, pero el macarra tenía algo de razón.

Emma contempló cómo Alex se asomaba por la esquina de la calle, y vio con pasmosa claridad cómo los músculos del chico se tensaron bajo su camiseta blanca.

— Mierda. — Masculló él entre dientes. — Vienen dos polis. — Anunció, consiguiendo que el cuerpo de Emma se volviese gelatina.

El corazón de la chica dio un brinco mientras que sus ojos asustados, se abrieron desmesuradamente y otearon su alrededor en busca de alguna salida. ¿Y si uno de esos polis era el que Myers había golpeado? ¿Y si la identificaba a pesar de haber camuflado su pelo? ¿Y si la acusaban de cómplice o algo así? ¡Tenían que volver a huir!

Alex, adivinó la línea de pensamientos de la chica cuando la vio mirar aceleradamente hacia su espalda, en dirección a la calle que había al otro extremo del callejón donde estaban escondidos.

— Olvídalo. Están muy cerca, no nos dará tiempo de salir corriendo. — Aseguró él.

La mente de Alex era un hervidero de pensamientos que buscaba opciones. Una idea pasó por la cabeza de Myers a la velocidad de la luz. Una idea estúpida, absurda y tremendamente excitante.

Alex se giró con un movimiento rápido y comenzó a acercarse a Emma con paso decidido.

— ¿Escuchas las voces? — Preguntó él.

Emma agudizó el oído. Por encima de su pulso, pudo escuchar claramente dos voces masculinas que se aproximaban a donde ellos estaban. ¡Los iban a pillar! ¡Parecían estar a pocos metros! Sus ojos se desorbitaron aterrados mientras sacudía la cabeza asintiendo.

— Sígueme la corriente. — Dijo Alex en un tono de voz tan bajo que se convirtió en un susurro.

Alex se acercó a ella con tal rapidez que Emma no tuvo oportunidad de comprender qué era lo que sucedía. Se sintió tan sorprendida cuando él la sujetó por los hombros y la acorraló contra la pared, que no fue capaz de protestar. Aturdida, contempló aquellas manos tatuadas que la sujetaban con suavidad pero con firmeza. Sus ojos siguieron desconcertados la trayectoria de sus brazos musculosos, ascendieron por su cuello dibujado, por su mandíbula definida, hasta que su mirada se topó con los ojos ambarinos de Alex. Él la contemplaba de una forma extraña bajo las espesas pestañas que enmarcaban aquellos ojos tan peculiares y penetrantes.

¿Por qué me mira así?

La mirada de Alex descendió hasta los labios de la chica, y quedó suspendida ahí unos segundos. Lentamente, alzó la vista de nuevo, como hipnotizado, acariciando con la mirada las diminutas pecas que decoraban aquella nívea piel. Tragó saliva de forma imperceptible mientras la contemplaba. Su mirada ascendió y vio su reflejo proyectado en los ojos de Emma. La deseaba. ¡Joder y de qué manera!

No vaciló, acercó su rostro lentamente al de ella empapándose de aquellos brillantes ojos azules.

El olor de Alex envolvió a Emma aturdiéndola. Olía a jabón y a perfume masculino. Por unos segundos se quedó sin aliento, observando de cerca aquellos irises tan insólitos que debían volver loca a toda mujer que tuviera ojos en la cara. Por mucho que le fastidiara y que despreciara a aquel tipo, no podía negar que aquel macarra tenía unos ojazos impresionantes. Era realmente guapo, y por algún motivo que ella no llegaba a comprender estaba a punto de besarla.

Los nervios de Emma se encresparon, despertándola de la estupefacción paralizante en la que se había visto sumida. Apresuradamente estiró la mano, colocándola sobre el férreo pecho de Alex, y ejerció toda la presión que pudo para impedir que él siquiera acercándose.

Él no pudo evitar el estremecimiento que recorrió su cuerpo cuando notó su tacto a través de la ropa. ¿Qué coño le pasaba con aquella pelirroja?

— ¡¿Qué haces?! — Consiguió preguntar ella con voz aguda.

Él se separó unos centímetros y vio el nerviosismo que ella irradiaba. Una leve sonrisa ladeada apareció en la comisura de su labio mientras la observaba con ambas cejas alzadas.

— ¿Tú qué crees? — Espetó. — Voy a besarte.

Ella lo contempló con desprecio.

— Sé lo que vas a hacer, pero no quiero que lo hagas. — Replicó Emma con una nota de advertencia en la voz.

La sonrisa burlona desapareció de los labios de Alex, dando paso a un rictus tenso. Sus ojos de gato se entrecerraron, contemplándola con una desesperada impotencia.

— Mira fea, no pienses que a mí me hace más ilusión que a ti tener que hacer esto. — Mintió. — Pero esos polis están a punto de llegar. ¿Tienes alguna idea mejor para justificar por qué estamos en este callejón escondidos? Si piensan que estamos montándonoslo quizás nos libremos. — Sentenció.

Él permaneció en silencio unos segundos, observándola a través de la escasa distancia que los separaba, dándole tiempo suficiente para que procesara la información. Atónito, vio cómo la chica cerraba los ojos con fuerza. Cómo sus dientes atrapaban su labio inferior unos segundos para lentamente deformarlos en una mueca de repugnancia. Alex tuvo que parpadear varias veces para asegurarse de que lo que veía era cierto. Su rostro era la viva imagen de la repulsión. La chica no mentía. No era simplemente que no le apeteciese besarlo, era más que eso, detestaba la idea de hacerlo.

Alex frunció el ceño desconcertado. A él jamás le había sucedido algo similar. Sí que había sido rechazado por alguna chica en alguna ocasión, pero jamás había levantado semejante animadversión.

Saber el desprecio que despertaba en aquella pelirroja solo fomentó que las ganas de besarla se multiplicaran por cien. Y no solo porque deseara hacerlo, sino porque quería demostrarle lo mucho que se perdía por menospreciarlo. Quería que aquellos ojos que lo atravesaban con desdén le miraran con deseo como la mayoría de las chicas a las que había conocido hasta aquel momento.

Su pulso se disparó enfurecido. Exhaló sonoramente, molesto.

— Está bien, hagámoslo a tu manera. — Dijo él con tono apremiante.

Los ojos de la chica se abrieron rápidamente. Sus pestañas aletearon varias veces de forma precipitada mientras sus pupilas analizaban a Alex con un brillo de incomprensión.

— No voy a besarte. — Aclaró él a su pregunta no formulada. — Pero necesitamos que esos polis crean que sí lo estamos haciendo.

Emma asintió levemente con el corazón a mil por hora. Eso sí podía hacerlo.

— Está bien. — Concedió ella con voz trémula. — Dime qué debo hacer.

Él ladeo la cabeza, analizándola. ¿Por qué tenía que estar tan buena?

— Relájate. — Dijo Alex con voz susurrante, sin estar muy seguro de si esas palabras iban dirigidas a Emma o a él mismo. — Y déjate llevar.

Ella pudo ver con una claridad pasmosa cómo los irises de Alex se oscurecían sin motivo aparente cuando trasladaron su atención una vez más a sus labios.

Los dientes de Emma capturaron de forma nerviosa su labio inferior, y ese gesto volvió completamente loco a Alex, detonando algo en su interior. Una extraña necesidad se apoderó de él. Quería ser él quien le mordiera los labios y no podía hacerlo. ¡Joder!

La respiración de Emma se aceleró involuntariamente cuando sintió la fuerte presión que la mano izquierda de Alex ejerció contra su cintura, atrayéndolo hacia él con decisión. La otra mano se deslizó lentamente hacía su nuca, y su pulgar comenzó a trazar pequeños círculos bajo su oreja.

Emma sintió una extraña corriente eléctrica por la columna vertebral cuando Alex, sin apartar su profunda mirada de sus ojos, acercó su rostro al suyo de forma deliberadamente lenta. Se detuvo a pocos centímetros, y se mantuvo ahí, junto a ella, respirando su mismo aire. Sus ojos ambarinos se oscurecieron mientras la contemplaban. No había rastro de la arrogancia que solía hacer gala su mirada, en vez de eso él la taladraba con una avidez sobrecogedora. Tal era la forma en que la miraba que consiguió que ella se sintiese cohibida. En toda su vida jamás otro ser humano la había observado con semejante vehemencia.

Emma sintió cómo se le cortaba la respiración cuando él, sin apartar su mirada de sus ojos, ladeó sutilmente el rostro y despegó levemente sus labios. Le pareció escuchar un leve jadeo. Por un momento ella pensó que él había cambiado de parecer e iba a besarla, pero en el último segundo él desvió su trayectoria y acercó su rostro al cuello de Emma.

Casi no fue consciente de cuando sus ojos se cerraron, y todo lo que pudo hacer fue perderse en sus sentidos. Percibía a Alex con tanta claridad como si lo estuviese mirando. El olor que Myers emanaba era embriagador, el sonido áspero de su respiración jadeante junto a su oído hipnótico. Fue incapaz de pasar por alto la cálida sensación que le recorrió la espina dorsal cuando la nariz de Alex comenzó a rozar ligeramente la suave piel de su cuello. No pudo controlar cómo su pulso se aceleró cuando él aspiró con fuerza el aroma de su perfume. Incapaz de evitar estremecerse al sentir cómo el aliento de Alex chocaba contra su piel. Y es que por muy imbécil que aquel chico le resultase, era innegable que estaba más bueno que el pan y estaba consiguiendo que el cuerpo le temblara sin apenas rozarla.

Los latidos del corazón de Alex golpeaban furiosos contra su pecho cuando consiguió refrenar a duras penas la necesidad de morderle el lóbulo de la oreja. Podía sentir el calor que la chica desprendía, el leve temblor de su cuerpo, su respiración irregular. Acarició con delicadeza la base de su cuello con la nariz, pero no era eso lo que él quería hacer, él quería lamer cada centímetro de su piel, quería explorar su cuerpo, escucharla gemir su nombre, sentir la suavidad de su piel bajo su tacto, apretarla contra él y perderse en ella por completo.

Ascendió por su cuello, sin apenas rozarla, inhalando su aroma, hasta llegar a la base de su mandíbula donde prácticamente tuvo que morderse los labios para no acotar la escasa distancia que lo separaban de aquella boca que tanto ansiaba. Acarició la suave piel de su rostro con los labios cerrados, mientras que en su mente la devoraba con ansia febril.

Aquello era una puta tortura, tenerla tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.

No pudo resistirse, y sus brazos, sin permiso la presionaron contra su cuerpo, aferrándose a ella hasta tenerla en la posición que él quería, completamente pegada a él. Su sangre se convirtió en lava cuando ella no solo no se apartó, sino que enroscó sus brazos alrededor de su cuello y tiró de él para acercarlo incluso más a su cuerpo. Él sintió cómo ella tomaba su camiseta entre sus dedos, y la arrugaba al tirar de ella. Ella, cómo sus dedos se clavaban en su piel.

Emma advirtió cómo los labios del chico se curvaban sobre su piel al sonreír levemente, sabía que Alex estaba extremadamente cerca. Lo sintió moverse hasta quedar a medio centímetro de sus labios. Su respiración, al igual que la del chico, se aceleró por segundos, como si una mano invisible estuviese oprimiendo sus pulmones, cuando sintió su aliento chocar contra el suyo.

Entonces, de repente, Alex se apartó de ella precipitadamente.

Emma abrió los ojos desorientada, parpadeó varias veces, con el rostro ardiendo y su pecho ascendiendo y descendiendo violentamente a causa de su respiración acelerada. Pero él no la miraba. Giró la cabeza para seguir la trayectoria de la mirada del chico, y vio a los dos policías que observaban la escena con las cejas alzadas desde la esquina del callejón.

Era obvio que desde aquella distancia debía parecer que ambos estaban comiéndose a besos.

— ¿Algún problema agentes? — Preguntó Alex con voz calmada, como si en vez de haber vuelto loca a Emma sin apenas tocarla, hubiese estado cambiando la rueda de su motocicleta.

La mirada sorprendida de Emma, se desvió de los dos policías a Alex. No solo su voz transmitía serenidad, su perfil también mantenía una extraña calma.

Emma, en cambio, se sentía atolondrada y extrañamente herida al ver que aquel breve momento de intimidad que habían compartido, no había causado el más mínimo estrago en Alex. Mientras que en ella... ¡mierda! ¿Qué había provocado en ella?

— ¿Sabéis que lo que estáis haciendo aquí se puede considerar como escándalo público? — Inquirió el agente mientras su mirada suspicaz se trasladaba de Alex a Emma.

Alex mostró media sonrisa indolente.

— Vamos agente, aquí como mucho habrá alguna rata, y no creo que se sientan escandalizadas por un simple beso. — Argumentó Myers.

Su voz profunda resonó contra las paredes del callejón. Se sintió complacido de que hubiese sonado con mucha más firmeza de la que realmente sentía. Aún le temblaba el cuerpo.

— Me da igual que solo haya cajas de cartón muchacho. Estáis en una vía pública y está prohibido...

— Lo sentimos mucho agente. — Interrumpió Emma con voz atropellada dando un paso al frente. — No se volverá a repetir. — Los ojos ambarinos de Alex se desviaron hacia Emma en el mismo momento en que ella hacía énfasis en su última palabra. — Nunca. — Aseguró, recuperando ese tono de desprecio en su voz que Alex ya había escuchado con anterioridad.

El agente de policía exhaló levemente mientras su mirada hacía péndulo de uno a otro. Meditabundo, tardó unos segundos en responder.

— Anda, marcharos y que no vuelva a veros de nuevo.

Emma, aliviada, soltó un aire que ignoraba estar reteniendo cuando los agentes de policía siguieron caminando y se alejaron de donde ellos estaban. La chica enterró el rostro en sus manos durante unos segundos y trató de calmar el alocado latir de su corazón. ¡Se habían librado! ¡Aquel estúpido plan había funcionado!

Alex, mientras tanto, la observaba atónito. ¿Qué mierda acababa de suceder? Se preguntó exasperado mientras la analizaba. ¿Acaso había sido él el único que había estallado en llamas? Hubiese jurado que la pelirroja estaba a punto de caramelo. ¿Se lo había inventado?

Emma sintió que se sonrojaba al recordar la forma en que se aferraba a Alex minutos atrás. Por el amor de Dios, ¡si Myers la hubiese besado ella no se hubiese retirado!

Enfurecida, se frotó el rostro con las manos, como si con ese gesto pudiese hacer desaparecer los recuerdos.

Miró el cielo estrellado y exhaló.

— ¿Necesitas que te acerque a casa? — Preguntó Alex con voz inexpresiva desde detrás de ella.

Ella se limitó a negar lentamente, incapaz de moverse. No podía mirarlo. No quería mirarlo. No cuando podía recordar con claridad cristalina la sensación de su aliento chocando contra su piel.

— Voy a esperar a Alice. Ella me llevará de regreso.

Alex apretó la mandíbula furioso. ¿Por qué no lo miraba?

— Puede tardar bastante. — Le advirtió él con voz severa.

Emma soltó una gran bocanada de aire.

— No me importa. — Respondió la chica sin atreverse a mirarlo. — La esperaré junto al coche.

Ella comenzó a alejarse de él agotada. Se sentía como si alguna fuerza externa le hubiese arrebatado toda su energía vital. Y en cierto modo había sido así.

Alex estuvo tentado de seguirla, pero la chica mulata que respondía al nombre de Alice apareció con pasos acelerados y el rostro demudado por el extremo contrario de la calle.

— ¡Emma! — Exclamó con voz aliviada cuando distinguió la silueta de su amiga.

El corazón de Emma dio un vuelco cuando escuchó la voz de Alice pronunciando su nombre. Se giró precipitadamente y su mirada se encontró con el rostro ceniciento de la chica. Parecía a punto de vomitar.

— ¡Alice! ¿Estás bien? — Preguntó segundos antes de sentir el cuerpo de Alice impactar contra el suyo.

Emma la estrechó entre sus brazos, y una abrumadora sensación de alivio la embargó.

— Gracias a Dios que te encuentro. Estaba tan asustada... — Gimoteó Alice.

— Lo siento. — Se disculpó Emma aceleradamente. — No era mi intención dejarte allí sola. — Aseguró.

— Lo sé. Pero gracias a que estaba sola pude convencer a los policías de que estaba allí de casualidad. Les dije que solo había entrado para llamar por teléfono porque el mío se había quedado sin batería y necesitaba llamar a una grúa.

Emma, sorprendida se retiró del férreo abrazo de la chica y la observó con admiración.

— ¿Te creyeron? — Preguntó Emma con incredulidad.

— Claro que sí. ¿No vistes las pintas de aquellos individuos? — Preguntó estremeciéndose al recordarlo. — ¿Qué otra explicación podría haber para que alguien como yo estuviese en un antro como ese? — Los ojos de Alice comenzaron a desorbitarse lentamente cuando sin decoro alguno paseó la mirada pasmada de arriba abajo por el cuerpo de Emma. — ¿Y tú por qué llevas ese gorro tan hortera y esa chaqueta de hombre?

Emma, que hasta ese momento había olvidado por completo que llevaba ropa de Alex, se despojó del gorro, dejando su cabello hondeando al aire, y se giró para entregárselo al chico al mismo tiempo que respondía a Alice.

— Es una larga histo... — Sus palabras se atoraron en sus cuerdas vocales cuando al girarse, comprobó que no había rastro de Myers por ningún sitio.

Alex se ha marchado;

No sé quien se ha quedado con más ganas de ese beso... ¿Alex? ¿Emma? ¿O tú? ¡Confiesa! 😂😂😂😂

Espero que os esté gustando esta historia, y que disfrutéis con cada capítulo como yo escribiéndola. Con eso me conformo.❤❤❤

Gracias por leerme.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro