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03

Jung Hoseok llevaba toda la semana pensando que yo era gay y, a pesar de que esto no me afectaba/ofendía en absolutamente nada, suponía un problema para acercársele. Cada vez que trataba de ser amable, creía que le estaba coqueteando.

—¿Puedes pasarme los apuntes de principios de actuación? —me pregunta Eunwoo mientras acomoda la correa de su bolso en su hombro izquierdo.

—Pero no hemos llevado esa clase hoy aún —contesto mientras curvo una de mis cejas con intriga.

—Exacto, voy a saltarme la clase con Moonbin —guiña un ojo y desaparece de mi vista antes de que pueda cuestionarle algo.

Suspiro mientras comienzo a caminar hasta la facultad de mi hermano. Esta mañana había salido antes que yo para recoger a Tehyung, y obviamente había tenido que olvidar su portafolio. Consideraba que parte de ser un buen hermano mayor consistía en evitarle líos a tu hermano menor, por lo que pensaba llevárselo de vuelta.

De un pequeño callejón que se formaba entre la facultad de medicina y la de derecho puedo escuchar una voz que me resulta lo suficientemente familiar como para indagar.

—Lo siento, justo ahora no estoy interesado —se disculpa Hoseok frente a una chica rubia que sostiene contra sí estragos de lo que parecían papeles rojos.

—Por favor —le ruega ella con los ojos tan brillosos que imaginaba que en cualquier momento soltaría a llorar.

Y, a pesar de que me sentía apenado por ella, cuando vi la duda atravesar los ojos del castaño mi subconsciente me obligó a intervenir.

—¡Hombre! —grito mientras me acerco y paso mi brazo amistosamente sobre los hombros de Hoseok. Finjo desentender al ver de reojo a la chica. —¿Interrumpo algo?

Contrario a lo que creí, ambos se quedan callados.

—Bueno, como sea. Solo venía a recordarte de la cosa —expreso, para tratar de sacarlo del lío.

—¿La cosa? —me mira confundido. Todavía no se sacaba mi brazo de encima.

—Si, la cosa que tenemos que hacer.

La rubia nos miraba con una expresión que no podía descifrar, cada vez pareciendo más intrigada.

—Ah, la cosa que tenemos que hacer—repite él —. De verdad lo siento mucho, ojalá podamos seguir viéndonos después —se dirige esta vez a la chica.

Toma mi mano, lo cual inexplicablemente me causa una burbujeó en el estómago, y sale de ahí junto a mi. Nos mantenemos caminando por un rato más, sin decir ni una palabra y con nuestras palmas aún unidas.

Cuando parece darse cuenta de ese detalle suelta mi mano sin pensárselo dos veces, como si esta quemara contra su piel.

—Gracias, estaba en una situación algo...

—¿Incómoda? —completo yo.

—Si, te debo una.

Un tintineo parece resonar como un eco dentro de mi cabeza en ese momento.

—¿Tienes clases? —pregunto.

—Acabo de salir de toxicología, era mi última clase del día —me aclara.

—Genial. Te invito a comer —le digo sin tener idea de que una materia así pudiera existir y con una sonrisa reluciendo en mi boca.

Después de todo, principios de actuación era mi materia menos favorita y saltármela no parecía mala opción.

—Si recuerdas que no soy gay, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco y tomo su mano de nueva cuenta. No lo nota, y si lo hace, no parece importarle.

—Ya te he dicho que yo tampoco lo soy. Solamente quiero ser tu amigo —le aclaro.

Logro arrastrarlo hasta un restaurante lo bastante casual como para que no piense que esto es un cita.

Antes de que me diera cuenta ya teníamos los menús frente a nosotros.

La camarera, una chica bastante bonita, apareció un total de siete veces por nuestra mesa, cada una de estas veces sin perder la oportunidad de coquetearnos. Hoseok insistió un par de veces con dividir la cuenta y al final terminé por ceder ante él.

Son cerca de las 4.30 de la tarde cuando salimos del local.

—¿Tienes algo que hacer ahora?

Hoseok parece pensarlo unos momentos antes de dignarse a contestarme.

—Tengo algunas tareas atrasadas.

—¿Irás a casa? —indago con curiosidad.

No me alcanza a contestar cuando Jihyo aparece agitando su mano y caminado a paso rápido hacia nosotros dos.

—¡Hola! —saluda inclinado su cabeza hacia nosotros dos —Te he estado buscando por una eternidad —dice dirigiéndose amablemente al chico de mi lado —, ¿por qué no te entraban mis llamadas?

Hoseok frunce el entrecejo y rebusca algo dentro del bolsillo de su pantalón. Consigue sacar un iPhone desgastado que parece no prender.

—Se quedó sin batería, lo siento mucho.

Jihyo se resigna entonces y bufa de una manera que me hubiera parecido tierna antes.

—No importa. ¿Nos vamos ya?

¿Acaba de preguntarle eso, acaso? Esta chica parecía convertirse en un dejavú que evolucionaba con el tiempo.

—¿Se van? —sin notarlo me posiciono frente a Hoseok de manera territorial.

¿Qué soy, un simio del siglo pasado?

—Si, nos vamos —Hoseok pasa de mi y me da un empujón lo suficientemente fuerte como para hacerme saber que lo he fastidiado. Lo agradezco internamente, ya que incluso a mi me sorprende mi propia actitud.

Desaparecen después de eso.

Recuerdo entonces que en ningún momento le devolví el portafolio a mi hermano y corro lo más rápido que puedo hasta su facultad esperando que aún siga ensayando alguna canción o algo parecido.

Tardo poco en llegar. Quiero llamarlo pero, al igual que le sucedió Hoseok, el día se ha encargado de descargarme el teléfono móvil.

Busco el aula en la que suele ensayar Jungkook después de clases, conozco este edificio casi tan bien como la palma de mi mano.

Desgraciadamente el aula que busco se encuentra tan vacía como un desierto cuando la encuentro. Cada vez anochece más y considero pertinente regresar a casa con la cola entre las patas.

El estacionamiento parece lóbrego ante mis ojos y pone mis sentidos en alerta. Un conocido Porsche a unos cajones de mi Aston Martin me incita a asomar cabeza.

Jaehwan está sentado frente al capo de su auto mientras sostiene un libro lo suficientemente alejado de si como para saber que no se encuentra leyéndolo.

Aunque mi orgullo me ruega por salir de ahí sin dirigirle palabra, sus ojos rojos e hinchados me impulsan a sentarme a su lado sobre la acera.

No digo nada mientras paso uno de mis brazos sobre sus hombros. Él ni siquiera me voltea a ver cuando suelta a llorar.

—Lo siento —dice sorbiendo su nariz.

Me doy cuenta que incluso bajo la tenue luz que se emite de las instalaciones puedo distinguir su cabello enmarañado y sus puños estrujando las hojas del libro que sostiene.

—Está bien. Estoy aquí —afirmo.

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