Actualización doble, asegurense de leer el capítulo 34 primero.
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Sinopsis: Un buen guerrero hace que sus adversarios vayan a él. (El Arte de la Guerra)
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La primera tropa de demonios llegó al atardecer y se instalaron lejos del rango de disparo de los arqueros omega. Durante la noche el resto del ejercito fue arribando oleada tras oleada instalando decenas de tiendas cerca del acantilado.
Innumerables fogatas iluminaban el bosque en tonalidades naranjas y rojas.
A la mañana siguiente su impresionante número quedo confirmado cuando comenzaron a taladrar los árboles de la zona para construir barricadas y armas; se veían como pequeñas motas negras extendiéndose a lo largo y ancho del paisaje.
Trabajaron incansablemente durante días, estableciendo su campamento, instalando las tiendas de los oficiales, preparando las armas de asalto. Se tomaron su tiempo en un intento por elevar el nivel de estrés dentro de la fortaleza.
Cuando todo estuvo listo se pusieron en marcha.
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La prisión se erigía a varios metros del borde del acantilado, la puerta principal daba hacia el Oeste donde el camino se alejaba hacia la capital con varias bifurcaciones a lo largo del mismo. En el este solo se veía el bosque y a lo lejos una línea rojiza que marcaba el desierto. Al norte de la fortaleza había más bosque que ascendía y descendía en un valle que conectaba con las montañas altas que cubrían la vista.
Los habitantes de la prisión habían tenido la precaución de instalar fosos con la intención de irrumpir el avance del enemigo, además habían plantado hileras de estacas en un arreglo de x de manera que había un laberinto alrededor de la prisión; ahora el único camino hacia la entrada era un trayecto en zigzag definido por las paredes de estacas, tan angostos que solo podían pasar grupos pequeños.
Y los arqueros en las murallas tenían ordenes estrictas de batir a cualquiera que se acercara a la puerta.
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Una cuadrilla de demonios comenzó una aproximación en la zona frontal. Se movían como un gigantesco bloque conformado de docenas de escudos desplazándose lentamente por el terreno liso hasta que llegaron a la zona de las estacas.
El bloque de escudos avanzo lentamente hasta la abertura del primer semicírculo y después siguieron el angosto camino hasta la abertura en el segundo semicírculo. Justo detrás de ellos otro bloque de escudos comenzó su ingreso al laberinto de estacas, y atrás comenzó a tomar forma un tercer bloque.
En cuanto el primer bloque de escudos cruzo la tercera entrada fueron bombardeados con rocas.
Había piedras de todos tamaños y formas, cayeron sobre los escudos generando ecos secos. En algunos casos las rocas eran muy grandes y cuando golpeaban en las esquinas del escudo lo hacían oscilar. Una de estas rocas golpeo un escudo con tanta fuerza que el soldado que lo sostenía notó la mano entumida y no pudo evitar que se deslizara de su posición.
Entonces llovieron las flechas. Cayeron todas de golpe, como una lluvia precisa, algunas entraron en el espacio dejado por el escudo caído, tras ellas llegaron más rocas y pronto el primer bloque de escudos se desmoronó. Los soldados trataron de cubrirse con los escudos caídos mientras iban retrocediendo.
Ninguno logró hacer el camino de vuelta.
El segundo bloque de escudos se acerco con más cautela a la tercera entrada esquivando cuidadosamente los cuerpos caídos. Y el ataque comenzó exactamente cuando llegaron al mismo punto que el grupo anterior.
Y exactamente como sus compañeros caídos su grupo no consiguió avanzar ni retroceder.
El tercer bloque de escudos deshizo su marcha y los oficiales se reunieron.
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Los habitantes de la prisión mantenían una supervisión constante, habían colocado lanzaderas a lo largo de las murallas y junto a cada una había un puñado de arqueros, sin embargo para evitar el desgaste de sus hombres el líder de la prisión había organizado turnos de vigilancia, también había prohibido que el resto subiera a la muralla a menos que no fuera para luchar.
Los días se dividían en tres ciclos, en cada uno el grupo que vigilaba la muralla cambiaba y el resto del tiempo lo pasaban entrenando y descansando, también ayudaban a reabastecer las municiones de roca que hacían traer desde las minas subterráneas.
En los primeros días la tensión había ido creciendo mientras los demonios ponían a prueba sus defensas, pero la inflexible postura del líder y su organización habían evitado que el humor del grupo alfa estallara y que el miedo del grupo omega se mantuviera bajo control.
El líder impartía con el ejemplo, se obligaba a descansar mientras Inasa o Aizawa tomaban el control de la defensa.
Y seguían esperando.
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Después del fracaso con los bloques de escudo siguió un intento de acercamiento lateral utilizando un grupo de soldados agiles que se internó en el bosque con intención de rodear la prisión y lanzar cargas de incienso desde la cara Este.
Sin embargo los salvajes habían talado la línea de árboles de esa zona ampliando el espacio junto a las murallas. Cuando los primeros centinelas intentaron acercarse fueron abatidos sin piedad.
Después intentaron prenderle fuego a las estacas que rodeaban la prisión para abrir el camino hacia entrada, aquellos que se aproximaron con las antorchas cayeron de inmediato bajo las flechas de los salvajes. Tras muchos intentos finalmente uno de ellos consiguió acercarse solo para descubrir que la madera empezaba a despedir un humo asfixiante. No ardía rápido y no era uniforme, el costo por eliminar la mitad del primer semicírculo de estacas fue creciendo hasta que los oficiales desistieron de seguir.
Cuando la catapulta termino de ser construida la utilizaron para lanzar cargas de incienso sobre la muralla, esperaron y cuando no hubo respuesta la primera línea ofensiva se apresuro a internarse en el laberinto de estacas.
Cayeron bajo una lluvia de flechas y rocas y ni uno solo consiguió regresar.
Más y más cargas de incienso volaron sobre la muralla mientras los oficiales organizaban varios ataques simultáneos en distintos puntos de la prisión, dado que solo había una entrada otros trataron de cruzar saltando y otros probaron volver a quemar la línea de estacas. Muchos sucumbieron a la lluvia rocas y el resto se vio obligado a retroceder.
Cuando todo intento de contacto resulto en fracaso los oficiales decidieron seguir enviando cargas de incienso con la esperanza de que eventualmente los salvajes sucumbieran a él.
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El aroma a leche dulce se propago por el patio apenas la primera carga golpeó el suelo. Preparados para ese contratiempo el ejército de la prisión asumió rápidamente una actitud defensiva.
El aroma de su líder se había convertido en una constante en la vida de todos, ya no era necesario que lo concentrara a su máxima expresión para recibir una respuesta. Su líder había tomado la precaución de mantenerlo a un nivel constante y eso permitía que el grupo omega respondiera a él sin pensar.
El aroma omega era una rica mezcla de contrastes que mantuvo la esencia de leche y miel a raya, el ejercito mantuvo su posición y espero hasta que los demonios estuvieron a tiro. Mientras tanto otro grupo omega había tomado la tarea de trasladar todas cargas de incienso que seguían ardiendo hasta la muralla sur donde podían utilizar la lanzadera que había ahí para arrojar los paquetes al acantilado.
Aun cuando procuraban deshacerse de todas las cargas de incienso en cuanto llegaban, no había forma de despejar el ambiente con la misma rapidez, pronto toda la prisión quedo sumergida en el aroma a leche dulce y el grupo omega empezó a notar las náuseas que el aroma provocaba.
Sin embargo se habían tomado precauciones.
La entrada a las celdas subterráneas había sido bloqueada con una puerta improvisada y junto a ella se había erigido una construcción cuadrada hecha de hojas y madera con el objetivo de mantener el aire de las celdas lo más puro posible. Parte del grupo omega bajaba a los túneles para lavarse, descansar y comer, después volvía a la superficie a suplir al siguiente grupo y evitar así que el malestar afectara la concentración de su aroma.
De esa forma el aroma omega se mantenía constante y el grupo alfa podía concentrar sus esfuerzos en derribar a todos los demonios que cruzaban su línea de tiro.
El ataque constante con las cargas de incienso paro al anochecer cuando los demonios se retiraron una vez más. Los habitantes de la prisión se apresuraron a cocer en grandes ollas ramas de pino y hojas de laurel que al hervir emitieron una fragancia tan potente que termino de borrar los últimos rastros de leche y miel que aún flotaban en el ambiente.
Los sobrevivientes volvieron a su rutina, parte del grupo se retiró a descansar, otros reanudaron su vigilancia en la muralla y el resto se mantuvo a la espera.
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Los oficiales continuaron con su ofensiva de forma constante: Cargas de incienso lanzadas continuamente sobre la muralla y un ataque coordinado por todos los flancos.
En ocasiones algún grupo conseguía acercarse hasta la última línea de estacas solo para ser abatido casi de inmediato. Los salvajes eran metódicos y no desperdiciaban flechas, tampoco rocas, no parecía importarles cuando alguna sección de su laberinto de estacas caía, se limitaban a derribar a todo aquel que se aproximara a su línea de tiro.
Decididos a poner a prueba la paciencia y resistencia de los salvajes, los oficiales orquestaron ataques regulares en un intento por quebrar la formación enemiga, atacaban y se retiraban en oleadas regulares sin ningún cambio aparente en la organización de los salvajes.
Pronto quedo claro que los salvajes de la prisión habían adquirido cierta inmunidad al incienso, no había otra explicación para la inefectividad de sus cargas.
Consideraron utilizar el incienso tipo dos que sus superiores habían enviado junto con las provisiones, pero desecharon la idea al recordar que no funcionaba con los fugitivos de la prisión; solo contaban con un puñado de cargas y no tenía sentido desperdiciarlas sin razón.
Fue entonces que notificaron de la situación al General.
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La prisión mantenía una vigilancia continua no solo en el ejercito de los demonios, también observaban con mucho cuidado la región que los separaba con el desierto Noumu.
Uno de sus mejores centinelas, uno que poseía una vista inusual, descubrió varias columnas de humo en la lejanía y pronto la noticia corrió entre los demás. Cada vez que los demonios se retiraban aquellos que tenían ordenes de vigilar la zona Oeste oteaban el horizonte esperando ver más de esas columnas.
No paso mucho tiempo hasta que la brisa trajo consigo el inconfundible aroma de un grupo beta; discreta y estable la fragancia estaba compuesta de capas tenues que no poseían la intensidad que bullía en un grupo alfa o a la exquisitez en el aroma omega. Era un aroma sencillo y confiable, y su presencia infló de esperanza al mundo.
En cuanto el líder de la prisión fue informado se aseguró de coordinar el aroma del grupo alfa para enviar un simple mensaje: Atacar.
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Los oficiales se alarmaron cuando ninguno de los soldados enviados a la zona Oeste volvió, habían ordenado que los ataques simultáneos pusieran a prueba la resistencia de los salvajes y no entendían porque sus hombres habían forzado su suerte hasta acabar con ella.
La anomalidad se repitió una vez más y esa noche los oficiales se reunieron para discutir el asunto.
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El ejercito bárbaro se aproximó a la prisión con cautela usando el bosque para mantener su presencia oculta. Las avanzadillas que los demonios enviaron para rodear la zona y atacar el otro lado de la prisión fueron exterminadas de forma rápida y sistématica.
Cuando cayó la noche esperaron a que los demonios se reunieran en torno a las fogatas para atacar.
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En el silencio de la noche el crujido de la madera cruzó el campo hasta los oídos de los demonios, todos observaron incrédulos cómo la gran puerta de la prisión se abría de par en par.
Un rugido parecido al de un animal salvaje resonó en el cielo y un coro de voces respondió a su llamado. De inmediato los oficiales y todos los soldados se levantaron para recibir a sus atacantes, se alinearon cerca de la entrada esperando que los salvajes cometieran el error de entrar en la trampa que ellos mismos habían instalado.
Y mientras su atención se enfocaba completamente en la prisión una horda de salvajes emergió del bosque, cabalgaban a lomos de bestias cuadrúpedas con orejas triangulares y colmillos inmensos. Los animales rugieron al hundir sus dientes en los soldados que intentaron enfrentarlos.
Lo salvajes que provenían de la prisión tendieron rampas sobre el laberinto de estacas, los arqueros que aún quedaban en los muros se aseguraron de defender su posición mientras el resto colocaba planchas de madera sobre el laberinto, y después corrieron a unirse a la batalla.
Las cargas de incienso que habían ido menguando durante el ataque de la prisión se lanzaron de forma indiscriminada y junto con ellas se lanzaron también las cargas del incienso tipo dos, éstas no tuvieron efecto en los salvajes que provenían de la prisión, pero si en aquellos que cabalgaban.
Un grito agónico fue seguido de otro y todo un puñado de salvajes cayó de sus monturas cuando el incienso tipo dos los envolvió.
Los oficiales ordenaron de inmediato utilizar el resto de las cargas hasta que la fuerza que provenía del bosque se vio obligada a replegarse. Sin embargo, el ataque desde el otro frente continuaba y los soldados pronto se vieron superados.
Un salvaje con los ojos rojos y un aullido bestial guio al grupo que atravesó las líneas defensivas hasta la zona de los oficiales.
La Bestia, gritaron aquellos que habían presenciado la Batalla del Río.
El nombre se propagó entre los soldados y fueron muchos quienes trataron de matar al salvaje. Y uno tras otro fueron cayendo ante un rugido de victoria que se elevaba hacia el cielo nocturno.
Cuando el último de los oficiales cayó y la derrota resultaba inminente muchos de los soldados se dieron a la fuga; aquellos que lograron sobrevivir huyeron a la Capital y de ahí las noticias de la derrota llegaron a los oídos del General.
Los rumores de la batalla terminaron propagándose por todo Hosu y durante los años siguientes crecerían hasta que la verdad terminaría por difuminarse lentamente.
[...]
La furia de la Bestia no conocía límite. Su voluntad hizo estallar sus cadenas, escapó de su celda y al rugir un ejército acudió a su llamado. Su ira sesgó la vida de sus enemigos y durante mil días y mil noches defendió su tierra hasta empaparla con sangre. La Bestia y sus hombres echaron raíces hasta que fue imposible arrancarlos sin destruir el mundo.
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