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Capítulo 31: La Esencia del Valor

Gracias por cada comentario y voto, gracias por leer y apoyar, gracias por las recomendaciones y los mensajes. Gracias por seguir al pendiente de las actualizaciones. Ahora los dejo para que lean en paz. 

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Sinopsis: Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano (Martin Luther King)

[...]

Cada día Izuku sale de la cúpula con la firme intención de encontrar a Katsuki, cada alfa que entrevista podría representar la pista que necesita para llegar a él. Por las noches estudia los mapas y si puede los va puliendo, aunque hay muchos túneles que permanecen en blanco.

Su intención de encontrar a los cachorros desaparecidos se topa con un muro pues nadie que viva en las cúpulas sabe a dónde los llevan, nadie sabe qué hacen con ellos y el único omega adulto que acepta ayudarlo con sus mapas le deja claro con muchas señas que tampoco está seguro de su destino.

—¿No te has cansado de la misma respuesta? No importa a quién le preguntes, ninguno de ellos lo sabe.

—Debe haber una pista en alguna parte.

La conversación se repite cada noche, distintas palabras, mismo tono y sentido. El escepticismo de Neito es filoso, sus preguntas son verdades que estallan en la cara de Izuku, aunque él se niega a rendirse. Cada vez que Neito lo confronta con la prueba de su fracaso, Izuku sacude la cabeza y se esfuerza aún más para buscar pistas, detalles, información que lo pueda llevar a Katsuki o a los cachorros.

Y no la encuentra.

El calor se vuelve insoportable, el aire húmedo que se respira dentro de las estaciones de trabajo le da dolor de cabeza; eso, aunado con el aroma a miel dulce que persiste en su cuerpo cada noche, provocan que Izuku comience a sentir nauseas cada vez que entra en la zona del comedor. Llega un momento en que le resulta imposible comer en las tardes, su estómago es un nudo tenso que se niega a asentarse.

Por las noches pica su cena repasando la conversación de ese día buscando conexiones que tal vez haya pasado por alto. Comienza a ignorar los incisivos comentarios de Neito aunque cada uno de ellos se apila en su mente como un recordatorio constante de que su búsqueda sigue siendo infructuosa.

Cuando la herida de su brazo comienza a cicatrizar, Izuku es consciente de que es cuestión de tiempo hasta que los guardias sospechen de las vendas que sigue llevando. El pensamiento alimenta su miedo y el estrés comienza a afectar sus horas de sueño.

Su trabajo en los astilleros se resiente, comienza a hacer pausas cuando el cansancio resulta insoportable y conforme pasan los días Izuku empieza a notar la pesadez de aquellos que se hallan cerca del colapso.

—Estás perdiendo el tiempo—exclama Neito un día cuando Izuku vuelve de trabajar con una expresión demacrada—Lo que haces es inútil.

Izuku traga con esfuerzo, siente que tiene una capa de miel pegada a su paladar agravando su nausea. Cuando se sienta su cuerpo entero emite un suspiro de dolor; los músculos de manos, piernas y hombros están rígidos. Su estómago ha comenzado a revolverse ante la idea del hambre.

—¿Tienes agua?,—pregunta Izuku tras un momento

Hitoshi le extiende el odre lleno sin decir nada.

—¿Me has oído?

Izuku bebe ávido, hace una pausa para controlar el latido que tiene en las sienes y aspira con fuerza. En esos momentos es plenamente consciente de la diferencia que existe entre los géneros de su raza: La resistencia de un alfa comparada con la de un omega, su fuerza y capacidad de recuperación.

—¡Te estoy-!

—¡Te oí!

El aroma a menta se sacude con una violencia inesperada aunque su dueño se apresura a controlarlo. La menta se asienta dejando tras de sí un intenso aroma herbal.

—Te oí—repite Izuku con calma—Pero no voy a parar.

—Entonces vas a matarte.

Izuku suspira, mira la comida frente a él y aunque su estómago ruge no encuentra fuerza para ponerla en su boca.

—Tienes que parar.

—No lo entiendes—responde Izuku alzando los ojos para mirar a Neito—tengo que encontrarlo.

—No está aquí, ¿no lo ves? No lo encuentras porque no está aquí. Y si no está aquí significa que está muerto.

Estuvo muerto antes, no puede estar muerto ahora.

—No está muerto—pero incluso mientras lo dice se da cuenta de que la suya es más una súplica que una afirmación—No está muerto. Voy a encontrarlo, encontraré el lugar dónde están los cachorros, y...

—¿Y entonces qué?, ¿qué haremos cuando encuentres al alfa que no está aquí y cuando encuentres a los cachorros que se han llevado?

—Nos iremos.

—¿Cómo?, ¿por la salida por la que nadie puede huir?, ¿crees que nadie notará que nos vamos?, ¿crees que podremos hacer una hilera y salir caminando como si nada?, y suponiendo que lo hagamos, ¿a dónde iremos?, estamos en tierra enemiga, ¿cómo vamos a huir llevando niños, omegas embarazados y enfermos?, ¿qué lugar seguro existe cerca de aquí?

—El ejército de Yuuei nos ayudará.

—Ellos están el mar, ¿sabes a que distancia está la costa? Sé que lo sabes, y sé que no está a una distancia que podamos recorrer en un día. No tenemos comida ni medios de transporte para cruzar esta tierra, llegar al mar y esperar a que nos rescaten. Tu sueño de libertad es solo eso, un sueño. Lo cierto es que moriremos aquí... y tú también.

—No.

No

Se lo repite con fuerza pese al cansancio; el cansancio que se estira sobre él como una piel gruesa que lo asfixia. El hambre, el agotamiento físico, el estrés de verse descubierto, el miedo que late en él y el deseo abrasador de volver a ver a Katsuki, todo se mezcla en una bola de nieve que corre libre hasta derribar sus defensas.

Incapaz de enfrentar la verdad de Neito, incapaz de ofrecerle una respuesta que suena creíble, Izuku se levanta y se marcha de la celda sin cenar. Vaga por la cúpula demasiado exhausto para hacer otra cosa, allá a donde mire solo encuentra rostros macilentos, desgastados por el trabajo y la pena. El aroma a tristeza y dolor es tan palpable que Izuku se asfixia en él, así que se aleja de las celdas hasta las escaleras que conducen al primer piso.

Sentado en los escalones, apoyado contra el muro, Izuku da rienda suelta a su miedo y desconsuelo. A solas se permite llorar con la cara apretada contra sus rodillas y la mandíbula firmemente apretada.

¿Dónde estás, Kacchan?, ¿cómo puedo encontrarte?, ¿aún estás vivo?

Esa última pregunta lo carcome y las palabras de Neito vuelven a él con insistencia: Está muerto.

No.

Es lo único que Izuku no podría soportar... no de nuevo.

¿Y si aún está vivo por qué no está aquí?, ¿por qué no lo encuentro?

Su dolor es un animal vivo, uno que se revuelve con fuerza, que muerde con saña esperando matarlo. Se siente exhausto y drenado, con la mente atestada de callejones sin salida y el cuerpo entero lleno de nudos adoloridos. Lo único que hay en él es la certeza de que todo lo que ha hecho ha sido en vano.

"No seas un debilucho"

.

De pie sobre el árbol Katsuki se enderezó con la sonrisa victoriosa de aquellos que han alcanzado la cima.

—Te dije que podía subir, Deku.

—¡Maravilloso, Kacchan!

—Ahora sube.

En ese momento Izuku había dudado, la rama más baja estaba a casi el doble de su estatura y la idea de llegar hasta ella resultaba aterradora.

—No creo que la rama pueda soportarnos a ambos, Kacchan.

—¿Eres un cobarde, Deku?

—No

—¿Tienes miedo?

—N-no

—Eres un debilucho, Deku, no sé cómo puedo dejar que te juntes conmigo.

—¡No, Kacchan! espera, lo haré. Subiré.

Conforme se acercaba el árbol parecía crecer y la rama dio la impresión de ser más alta que antes. El miedo de Izuku palpitó con fuerza.

—¡No seas un debilucho!

Izuku apretó los dientes y comenzó a acercarse, cuando estaba a cinco pasos de distancia hubo un crujido aterrador y Katsuki cayó frente a él junto con la rama.

—Kacchan, ¡tu brazo!

La imagen de ese brazo doblado en semejante posición perseguiría a Izuku durante meses.

—¡Cállate, Deku, cállate!

—Lo siento, lo siento.

—¡BASTA!

El aroma a madera se había amargado de tal forma que Izuku comenzó a llorar ante el dolor que podía detectar en su amigo, pese a eso Katsuki no se dejó llevar por el pánico. Se puso de pie con muchísimo cuidado y comenzó a moverse de vuelta hacia la aldea con una cara pálida tan blanca como las nubes del cielo.

Izuku caminó a su lado, incapaz de tocarlo, con el rostro cubierto de lágrimas.

—¡Kacchan!

La respuesta de Katsuki había sido apretar los dientes y murmurar regaños mientras seguían avanzando.

Esa misma tarde Katsuki se había desmayado de dolor cuando su padre reacomodó su brazo, a su lado Izuku había empezado a llorar sin reserva. Ese día había hecho un berrinche por primera vez en su vida cuando su madre intento sacarlo de la consulta, se había calmado cuando lo dejaron subirse a la cama con Katsuki bajo la promesa de no tocar ni mover el brazo que ahora yacía firmemente sujeto contra el pecho de su amigo.

Había sido la peor tarde de toda su vida, acostado ahí, inmóvil, memorizando cada detalle en el rostro de Katsuki. Horas y eternidades después, cuando las pestañas rubias se habían sacudido, Izuku contuvo el aliento.

Dos ojos de un color escarlata intenso lo habían mirado con una expresión somnolienta.

—¿Deku?

—No te muevas, Kacchan, no debes forzar tu brazo.

Vio como el recuerdo volvía a Katsuki y esperó por su ira, pero en lugar recibió una expresión cansada salpicada de dolor.

—Tienes los ojos rojos, ¿estuviste llorando?,—la pregunta provocó que sus ojos volvieran a empañarse—Deja de llorar, Deku.

Apretó los dientes e intento obedecer, pero las lágrimas se agolparon en sus ojos sin que pudiera evitarlo. El dolor impregnaba el aroma de Katsuki, podía detectar la tonalidad oscura que nunca había estado ahí, pese a eso su mirada era firme y su mano no tembló cuando la estiró para pellizcarle la nariz.

—No seas un debilucho.

E Izuku se había prometido no serlo jamás, ¿cómo podía cuando Katsuki había limpiado sus lágrimas con mucho cuidado y le había ofrecido consuelo pese a que era él quien sufría?

.

Izuku toma aire limpiándose las lágrimas con la palma de sus manos, después lo hace con el dorso y con el antebrazo hasta que ambas extremidades están húmedas, pero al menos su llanto se ha calmado. Toma aire y su mirada se pierde en las sombras al pie de las escaleras; su mente se halla muy lejos, en los días en que Katsuki y él corrían por los bosques de su hogar.

Cuando finalmente vuelve a la celda, Neito finge dormir con la cara vuelta hacia la pared y Hitoshi dormita sentado. Izuku se sienta frente a su cena y comienza a comer pese a la náusea. Se siente vacío pero limpio, exhausto aunque no roto. Al terminar se queda quieto obligando a su estómago a no escupir lo que acaba de comer y mientras tanto su mente se lanza a un análisis rápido y sin pausa.

Cuando termina se mueve con lentitud hacia donde está Neito y se detiene a la distancia de un brazo.

—No puedo entender tu dolor—dice en voz baja—sé que has sufrido y que llevas tanto tiempo bajo tierra que has olvidado lo que se siente mirar el sol. No crees que haya esperanza. No puedes concebirla porque es más fácil renegar de ella que aferrarte. Tener esperanza es tener una puerta por la que te pueden hacer daño, lo sé. La esperanza puede llegar a ser una carga muy pesada.

—Dices que lo sabes—contesta Neito sin volverse—pero aun así te aferras. Tu esperanza es en vano, ¿qué diferencia puede hacer un omega?

—Es cierto que no poseemos la fuerza de un alfa, pero ellos son seres individuales, siempre compitiendo, siempre esforzándose por ser el mejor y el más apto. Nosotros somos seres gregarios, dependemos del cariño y apoyo que nos brindamos entre nosotros. Yo solo no podré vencer, pero juntos... juntos tal vez podamos hacer una diferencia.

Neito se gira hacia él, su expresión carece del odio que usualmente se refleja en sus ojos.

—¿Y si fallamos?

—Al menos lo habremos intentado.

En el silencio Izuku percibe la mirada de Hitoshi fija en ellos, pero su atención se mantiene fija en Neito que después de un momento comienza a levantarse.

—Aunque salgamos no hay lugar a donde ir, nos cazaran como animales y volveremos aquí. O terminaremos muertos.

—Un paso a la vez, lo primero es buscar la forma de salir de aquí.

[...]

Hawks se deja guiar por los túneles mientras el enviado de Kurogiri balbucea ambiguamente detalles sobre el tamaño y la longitud de las cupulas que existen ahí. La mayor parte de su discurso es una serie de afirmaciones contradictorias o sin sentido, una señal clara de que el General y sus hombres no desean que alguien conozca la disposición exacta del laberinto que existe bajo tierra.

Pese a su fastidio Hawks mantiene su expresión de interés durante todo el recorrido, cuando vuelven al punto de inicio se despide cortésmente y se marcha a sus aposentos. Esa misma tarde, cuando sale a divertirse en las barracas, se asegura de buscar a los soldados que vio haciendo vigilancia en los túneles y después los invita a beber.

Tras unas copas consigue enterarse que Tomura Shigaraki ha salido de su encierro autoimpuesto.

Le toma unos días trazar un plan que involucre deshacerse de su sombra, escurrirse por los túneles y colarse en el ala privada del General.

[...]

El plan de Izuku requiere forzar la cadena que mantiene a Neito confinado a su celda, no se atreve a robar las llaves de los guardias en la entrada así que opta por robar una de las herramientas que usan en el astillero. Ese día se rezaga esperando que los guardias se alejen, está a punto de correr hacia el almacén cuando una mano gigantesca se cierra sobre su antebrazo.

El pánico lo golpea dejándolo mudo y aunque intenta resistirse la fuerza de su captor lo supera. Izuku se ve arrastrado hasta una esquina donde varios costales de materiales ocultan el patio.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Izuku parpadea al escuchar la voz, se gira, alza los ojos y le sorprende encontrarse un rostro familiar.

—¡Shoji!

—¡Shh!, tal vez no puedan vernos pero si gritas llamarás la atención.

—¿Cómo me encontraste?

—El hijo del General volvió hace un par de días, bajó a las celdas a interrogar al salvaje que aún queda ahí.

—¿Te refieres al hombre cuya celda estaba junto a la mía? Rubio, delgado, ojos azules.

—Ese mismo. Shigaraki nos ordenó salir así que subí a disfrutar del sol, entonces te vi con el resto. No creí a mis ojos, pero desde ese día he estado dando vueltas por el patio esperando verte, pensé que te habías ido. La última vez que te vi estabas lejos de aquí.

—Cometí el error de internarme en las montañas.

—¿Las montañas? Maldita sea, olvide prevenirte, había creído que te marcharías a Overhaul.

—No quise ir ahí.

—¿Te capturaron de nuevo?

—No exactamente, pero la historia es larga de contar y dudo que tengamos tiempo. Es un milagro que te haya encontrado, no acertaba a pensar en alguna forma de ponerme en contacto contigo. Necesito un favor.

—Oh, Midoriya, no-

—Por favor, Shoji, necesito que envíes una carta por mí.

—¿Una carta?

—Sí, tengo el nombre del contacto de Kamui, vive en las montañas no sé exactamente dónde. Si puedes hacerle llegar mi carta-

—Escucha, puedo enviar un mensaje por ti, pero debe tener un nombre real, un lugar a dónde enviarlo. No puedes pedirme que busque a alguien que no conozco, especialmente si no sabes en dónde está, ¿lo sabes?

—No, no... uhg... entonces... entonces, ¿podrías enviar un mensaje a la Flota de Yuuei?

La expresión de Shoji se oscurece—Oh, Midoriya, ¿no lo sabes?, el ejército de los salvajes se ha ido. Ahora mismo el General está preparando sus barcos para cruzar el mar y atacar.

Izuku solo consigue balbucear una simple palabra—¿Ido?

—Sí, incluso abandonaron a los prisioneros que lograron escapar.

—Espera, qué, ¿qué prisioneros?

—Hace unos meses hubo una revuelta en una de las prisiones, los salvajes que estaban ahí mataron a todos los guardias y huyeron. No alcanzaron la costa a tiempo y se han atrincherado en una de las fortalezas. Ha reclamado toda la zona para ellos, desde el río cerca de la frontera con el desierto hasta casi la costa. Las caravanas civiles y del ejercito que se han adentrado en su tierra han caído bajo sus emboscadas.

—Suena como un grupo bien organizado.

—No son un grupo de prisioneros ordinario, eso no cabe duda. Lograron vencer a la tropa de Shuichi, uno de los hombres leales a Shigaraki, atacaron una de las torres de vigilancia que mantenía los campos de cultivo y liberaron a los esclavos que se unieron a ellos. Los espías y centinelas que se han enviado para recabar información desaparecieron.

—¿Cuándo escaparon?

—Hmmm... creo que fue a principios de la época de lluvias.

Empezó a llover cuando me capturaron, ¿podría ser...? Si Shouto escapó, tal vez él...

¿Sabes algo sobre el líder?

—Lo llaman la Bestia porque cuando lucha ruge como un animal. Dicen que tiene ojos del color del fuego y que al mirarlos puedes oler su sed de sangre.

No es Shouto, entonces.

—¿Algo más?

—Solo rumores. Los soldados que lograron escapar dicen que la victoria era suya hasta que él apareció, dicen que mató a Shuichi en combate singular, que le destrozo la garganta con los dientes. Son los únicos que lo han visto, fuera de eso el resto son especulaciones porque hasta el momento no ha quedado ningún sobreviviente para señalarlo.

—¿Y dices que se han establecido?

—Sí, hay apuestas abiertas sobre cuánto van a durar. Las fuerzas que el General ha enviado contra ellos trataran de entrar por la fuerza, si eso falla mantendrán un asedio alrededor de la fortaleza, pero los salvajes tienen comida, refugio y agua, así que la cuestión podría tomar meses.

En la mente de Izuku una idea comienza a tomar forma.

—¿Y crees que podrías enviar un mensaje a este grupo?

—No estoy seguro, y aunque pudiera debes entender que las aves que han enviado no han vuelto, cabe esperar que si reciben un mensaje que proviene de uno de nuestros cuervos ni siquiera lo abran. O si lo hacen dudo que crean lo que dice.

—Pensaré en algo, pero si escribo un mensaje, ¿puedes prometerme que lo enviarás?

—Lo haré, pero no habrá forma de que recibas respuesta. Si ellos te creen no podrán contestarte, si lo hacen es muy probable que no pueda interceptar esa misiva y que alguien más lo reciba, ¿lo entiendes?

—Sí, un solo mensaje, sin respuesta, claro, ¿puedo verte aquí en tres días?

—Aquí no, no suelo venir aquí. En cinco días estaré cerca del túnel que va hacia los astilleros, dame la carta entonces y me encargaré de enviarla.

—Gracias.

—No me lo agradezcas todavía, ahora vamos, los guardias no tardaran en hacer su ronda.

—Espera, una cosa más, ¿sabes a dónde llevan a nuestros hijos?

—¿Sus hijos?, ¿cuáles hijos?

—Los hijos de los prisioneros.

—Ni siquiera sabía que tenían hijos, nada sale de la Ciudadela y yo no tengo el acceso a ella. Solo conozco la zona de la cárcel y nada más.

—La Ciudadela está compuesta de los túneles, las cúpulas donde viven los prisioneros, los elevadores, las rampas, ¿hay alguna otra parte o sección que no sea conocida?

—Bueno, la zona privada del General, es lo único que se me ocurre.

—¿Zona privada?, ¿qué es eso?

—Allá arriba, pasando las barracas de los soldados se erige la fortaleza del General. Ahí recibe a sus invitados. Es como un pequeño castillo o algo así, y debajo de él está la zona restringida. No sé qué hay ahí, más túneles con toda seguridad, otros dicen que cámaras llenas de oro. Lo cierto es que nadie tiene permitido la entrada aunque todos saben que existe.

—¿Cómo entro?

—Que yo sepa hay dos entradas, una en el exterior, en la fortaleza. Es una puerta doble cuya única llave está en manos del General. La otra entrada se encuentra en los túneles, por lo que sé todas las cúpulas tienen un pasaje que las conecta y entre ellos hay un pasillo que llega directamente a la zona privada del General.

—Gracias.

—Ni se te ocurra ir, Midoriya, se cuentan historias de aquellos que han intentado entrar, por curiosidad principalmente, y el final nunca es grato; ahora camina, te acompañare hasta tu estación para no levantar sospechas.

Los guardias ni siquiera lo miran cuando pasa a su lado. Shoji se encarga de abrir la cerradura exterior y dejarlo entrar sin decir nada; apenas ha cruzado la puerta cuando Izuku se acuerda del almacén de herramientas.

—Espera, Shoji-

Pero la puerta se ha cerrado tras de él.

—¿Shoji?

—¿Qué pasa?

—Necesito una llave, ya sea de las cadenas o de las celdas.

—Lo siento, Midoriya, pero no tengo acceso a esas llaves. Cada cúpula maneja un juego distinto y solo los supervisores las tienen.

—¿Qué tal una ganzúa, un gancho o algo para forzar una cerradura?

—Buscaré algo, volveré antes de que termine el turno. Quédate cerca de la ventana que esta al fondo, te buscaré ahí.

Izuku cuenta las horas hasta que los guardias regresan para llevarlos a comer; apenas las puertas se cierran Izuku se alegra de encontrar a Tetsutetsu a quien no ha visto desde la primera vez que se encontraran. De inmediato se apresura a llevarlo junto a Sen, el alfa de Itsuka. Repitiendo la misma secuencia de siempre y tras varios intentos consigue mantener su aroma lo suficientemente denso para poder conversar con dos alfa al mismo tiempo. En cuanto ambos están lo suficientemente despiertos Izuku no pierde tiempo.

—Tengo un plan—hace una pausa tratando de poner en orden sus pensamientos—he hablado con Hitoshi y con Neito, su omega. Vamos a probarlo con ellos y si funciona lo pondremos en marcha.

—¿Cuál es el plan?,—pregunta Tetsutetsu

E Izuku se los explica, apenas termina las dudas caen sobre él sin pausa.

—Tú has dicho que para mantener el incienso a raya necesitas mantenerte tranquilo y que requiere mucha concentración de tu parte, ¿cómo pretendes que los omega puedan mantener su aroma condensado en la situación que propones?

—Lo resolveremos.

—Tal vez los guardias no hayan notado la diferencia de tu constitución con la nuestra porque solo eres tú, pero sin duda notaran algo raro si la mitad del grupo cambia, ¿no lo crees?

—Haremos que el cambio sea gradual.

—Conozco a muchos alfa que no consentirán en poner a su omega bajo ese riesgo.

—Si todo funciona no habrá ningún riesgo.

—¿Sabes al menos a dónde lleva está salida?

—No, pero lo averiguaré.

—Los omega no se irán sin sus cachorros.

—Lo sé, esa parte del plan sigue en construcción...

—En realidad parece que muchas partes de tu plan siguen en construcción.

—Lo sé, lo sé, hay muchos cabos sueltos que necesitamos resolver, por suerte me he encontrado con mi contacto. Un amigo. Me dejara enviar un mensaje.

De inmediato la expresión de Tetsutetsu se aclara—¿Un mensaje?, ¿podemos escribirle a Aizawa sensei? Si enviamos un mensaje a la Flota de Yuuei podremos contar con apoyo exterior.

—Tengo malas noticias, el ejercito de Yuuei se ha ido.

La incredulidad que se muestra en el rostro de Tetsutetsu es una réplica exacta de la suya.

—Pero sin ellos escapar se vuelve imposible—dice Sen tras una pausa—aunque logremos salir no hay lugar a dónde huir.

—Lo hay. Hay un lugar seguro. Y de hecho es una opción más adecuada que el plan original de llegar a la costa.

Sin perder tiempo Izuku les resume su conversación con Shoji. La sola idea de que su gente haya roto sus cadenas y esté luchando contra los demonios provoca que el aroma alfa se infle como una nube oscura. El asombro, la incredulidad y el entusiasmo surcan el rostro de ambos y su impaciencia crece ahogando casi por completo el aroma a menta.

Izuku tiene que calmarlos antes de continuar.

—Si logramos huir no estaremos solos—dice al final—Y si llegamos con ellos uniremos fuerzas para mantenernos a salvo.

—Pero has dicho que enviarán tropas contra ellos.

—El ejercito de Hosu se alista para cruzar el mar, si se marchan, quienes queden atrás serán apenas una fracción de su fuerza, y si optan por mantener el asedio confío en que nuestros compañeros puedan mantenerlos a raya.

—Entonces, ¿es a ellos a quienes quieres escribirles?, ¿cómo lograrás que confíen en ti?

—No lo sé, tengo que pensar en una misiva que sea lo suficientemente clara sobre nuestros planes pero que no revele demasiado por si cae en malas manos. Tengo cinco días para pensarlo. Lo importante ahora es encontrar a los cachorros.

—Yo no he encontrado nada—dice Sen—nadie quiere hablar.

—Yo tengo una pista—dice Izuku—la investigaré y hablaremos de ella después—sin perder tiempo se gira hacia Tetsutetsu—¿Tienes noticias del alfa que busco?

—¿Aún sigues buscando?,—interrumpe Sen—Creí que Itsuka te lo había dicho.

—Decirme qué.

—Es muy probable que ese alfa esté muerto.

—¿Qué?

—En palabras de Itsuka el tipo se negaba a emparejarse, es de esperar que si le dieron a elegir unirse a un omega o morir, escogería la última opción.

Con el estómago contraído Izuku se gira hacia Tetsutetsu—¿Y bien?

—Ningún alfa de mi cúpula lo conoce, pero Ibara sí.

—¿Tu omega?

—Ella dice que estuvieron en la misma prisión. Describió la flor como una espada ensangrentada, dice que tenía mal carácter y una mirada violenta de color escarlata. Provenía de las islas del sur.

—Sí—la emoción sacude a Izuku—sí, es él, ¿sabe ella dónde está?

—No, no lo ha visto desde que llegamos aquí. Ella dice que entre los nuevos no hay nadie de sus antiguos compañeros, ningún alfa ni omega, ninguno de ellos está aquí.

El corazón de Izuku tiembla

—Es curioso—dice Sen—Itsuka ha estado buscando a sus compañeros omega. Ha encontrado a aquellos que llegaron aquí antes que ella, pero nadie más... es como si nadie de ese lugar hubiera llegado aquí.

Izuku los mira y la revelación lo golpea.

—No está aquí—el aroma a menta se enrosca y oscila como el viento que agita las hojas de los árboles—no está aquí.

Y de pronto todas las piezas comienzan a embonar: No voy a encontrarlo porque no está aquí.

—Bakugou no está aquí.

Sonríe; el gesto es dulce y exuberante.

¡Está luchando!

La emoción en su voz resuena como el tañido de una campana, un sonido tan delicado y vibrante que resulta una delicia para cualquier oído. Su voz es tan honesta y energética que es capaz de sacudir el corazón de aquellos que lo oyen. El aroma que emana de él es una delicadeza que entrelaza la frescura de la menta y el oscuro y denso toque de las especias, es un elegante aroma herbal tan rico en contrastes como en intensidad.

—¿Tu alfa está luchando?,—pregunta Sen

Izuku no responde, la felicidad brota de él en notas complejas y armónicas.

Kacchan está libre.

El pensamiento trae consigo la urgencia de volver a los túneles, buscar la entrada a la zona privada del General, encontrar a los cachorros y completar su plan para salir.

Quiere salir.

El deseo crece en él llenando cada rincón de su cuerpo. En su mente las piezas se apoyan una tras otra como un castillo de naipes que crece hasta su etapa final. Un cuidadoso y casi obsesivo progreso, detalles que se afinan, dudas que son resueltas.

Izuku puede verlo todo.

Todo, excepto la sombra que se perfila a lo lejos.

[...]

—Te deje salir hace tres días, ¿cómo es que apenas vienes a verme?

—¿Esperabas que me comportara como un perro obediente? Me encerraste en una mugrosa celda y aún así esperas que venga a ponerme a tus pies como un buen soldado, ¡olvídalo!

—Maldita sea, Tomura, desobedeciste mis ordenes y has causado un problema diplomático con el Coronel Nezu. No tengo tiempo para esto.

—¿Por qué te importa tanto mantener a esa rata contenta?

—Estamos ultimando los preparativos para dirigir nuestras tropas contra Yuuei, las cargas de incienso alfa y beta están listas, la armada está a punto para iniciar el viaje, pero no puedo hacerlo cuando uno de mis Coroneles ha dado la orden de retirar a sus tropas y conservarlas aquí. No puedo permitirme dejarlos atrás.

—Si no te obedece oblígalo.

—No es mi intención desperdiciar mis recursos en una guerra civil y los hombres de Nezu, aunque problemáticos, son luchadores que vamos a necesitar.

—¿Te preocupa el asalto a Yuuei? Su Flota ha huido y cuando lleguen a casa solo encontrarán cenizas.

—Nunca he dudado que el príncipe Chisaki cumplirá con su parte del trato.

—Ahí lo tienes. El ejército de Overhaul es de considerable tamaño, cuentan además con el incienso, someterán sin problemas las fuerzas restantes de Yuuei y cuando la Flota vuelva la harán trizas.

—Como dije, no dudo que Chisaki cumpla con su cometido, pero después de la conquista a Yuuei vendrá el ataque contra las islas del sur. Pasará mucho tiempo antes de que nuestros ejércitos vuelvan y no me gustaría tener a los hombres del Coronel Nezu aquí sin hacer nada. Prefiero vigilarlos de cerca.

—Solo mata a la rata y entrega su zona a otro hombre de confianza.

—Tu incapacidad para la política es la única razón por la que no te he puesto a cargo.

—¿De verdad? Pues Kurogiri me ha dicho que pretendes cederme el control de la armada que partirá hacia Yuuei, ¿mintió?

—Lo estoy considerando, todo dependerá de la situación con Nezu. Eso me recuerda, su oficial Hawks está aquí, como invitado. Supuestamente espera los resultados de la investigación sobre el asunto Ishiyama, pero dudo que sea su único objetivo. Le he asignado una escolta, procura mantenerte alejado de su camino.

—Como sea, ¿tenemos noticias sobre el príncipe de Yuuei?

—Por desgracia. El grupo de Dabi acaba de llegar, o al menos lo que queda de él, no se los detalles, Kurogiri los estaba interrogando, pero sé que no traen al príncipe.

—Ouch.

—Sabremos más en la tarde, tal vez quieras estar presente en el informe de Kurogiri.

—Sí, ¿y que pasa con la situación en la fortaleza?,—al ver la expresión inquisitiva del General añade—¿los salvajes libres?

—El Coronel Tomoe se encarga de eso. Le enviamos un refuerzo de bestias Noumu, tienen órdenes de limpiar la zona.

—Si me apresuro llegaré justo a la función principal.

—¿No te ha dicho Kurogiri que tienes prohibido abandonar la Ciudadela?

—Tal vez lo dijera.

—Tienes prohibido alejarte.

—¡Maldita sea!, no me dejaste participar en la búsqueda del príncipe. No me dejas ir a cortar el cuello de esos salvajes rebeldes. No has decidido si me dejarás ir con el ejercito para luchar contra las islas, ¿qué diablos se supone que haga?

—Lo que quieras, al menos hasta que nuestra armada zarpe. Si Nezu cede en su postura y reúne a sus hombres para viajar con nosotros irás al mando de la operación, y te aseguraras de que nuestro Coronel no vuelva de la guerra. Si Nezu se niega a cooperar tendrás la oportunidad de visitar su villa para imponer un poco de orden. Por el momento tenemos que esperar que Kurogiri construya un caso contra Shuichi.

—¿Vas a echarle la culpa de la aldea a un muerto?

—Shuichi Iguchi tomó una decisión equivocada, sus acciones fueron irresponsables y devastadoras, las consecuencias de ellas son lamentables. Nuestra misión es asegurarnos de que no vuelve a ocurrir. Deja de sonreír, apréndete lo que dije. Y la próxima vez que quieras incendiar una villa asegúrate de enviarle un mensaje a Kurogiri, ahora vete. Tengo trabajo que hacer.

Tomura sonríe y se aleja sin despedirse. Su primer impulso es volver a visitar a Yagi, pero después de arrancarle su flor hay poco que pueda hacer con su cuerpo maltrecho, así que tuerce en el túnel que conduce hacia las cúpulas; a esa hora solo están los salvajes encadenados o aquellos cuyo vientre ha comenzado a dar señales de la vida que crece en su interior.

Ha recorrido cada cúpula coleccionando flores siempre que sus visitas en la Ciudadela le conceden tiempo libre. Le gusta coleccionar flores nuevas, aunque también hay veces que le gusta repetir. Un ejemplo claro es la flor de olivo de Yagi, que tarda muchísimo en crecer pero siempre que aparece Tomura se asegura de arrancarla por completo.

Otra de sus favoritas es la flor de anemone, tan exótica como esplendorosa. Más que el color, la forma o la delicada curvatura de sus pétalos, algo que Tomura encuentra irresistible es la expresión del omega cuando el cuchillo corta su carne. El odio y el repudio que se refleja en los ojos del muchacho es una ambrosia que nunca deja de saborear.

La mayoría de los omega se limitan a llorar, a suplicar con voces diminutas, o se quedan quietos, paralizados por el miedo, pero el dueño de la flor anemone siempre lucha, siempre golpea y a veces incluso muerde. Tomura encuentra un placer incomparable cuando consigue someterlo y es testigo del momento exacto cuando el dolor sustituye al odio.

La última vez que lo visito le arranco tres flores de su cuerpo porque el bastardo lo mordió en el brazo, espera que el tiempo haya sido suficiente para verlas crecer de nuevo.

Ninguno de los guardias en la entrada intenta detenerlo cuando exige que abran la puerta, se limitan a obedecer y Tomura cruza la entrada y desciende por las escaleras hasta su objetivo. Lo encuentra sentado limpiando la herida que tiene en la pierna donde la cadena ha rozado la piel hasta hacer sangre.

Tomura se deleita al ver como su expresión calmada se transforma en una mueca rebosante de asco.

—¿Tienes más flores para mí?,—da un paso hacia la celda y al mismo tiempo su periferia capta la sombra que se abalanza como un gato salvaje.

De la sorpresa Tomura no alcanza a tomar su puñal, se limita a devolver los puñetazos que recibe y a esquivar los dientes del salvaje que trata de arrancarle la piel. Ruedan en el suelo como animales, chocando con los barrotes de las celdas e intercambiando golpes sin dirección.

El salvaje gruñe como una bestia rabiosa y lucha como una, Tomura se reiría de él si no estuviera tratando de evitar que esas manos se cierren sobre su garganta. Al final el ruido atrae la atención de los guardias que bajan corriendo para ayudar, tres consiguen sujetar al salvaje contra el piso ejerciendo presión sobre su espalda y sus piernas, los otros forman un semicírculo con las armas desenvainadas.

Tomura se levanta con cuidado y gruñe notando la sangre que le corre por el hombro ahí donde el bastardo le enterró los dientes, eso junto con los rasguños en sus manos y la sensación ardiente de los golpes en su piel provocan que su humor se oscurezca.

—¡Arriba!

Los guardias obedecen sin titubear, dos de ellos alzan el torso del prisionero mientras el otro se mantiene sentado en sus piernas dobladas sujetando el cuello del salvaje en una férrea llave.

Lo primero que Tomura ve es la marca: Una serie de violetas que crecen en el pectoral derecho enmarcadas por delicados tallos de un verde oscuro. De inmediato su expresión se oscurece.

—¡¿Qué está haciendo aquí?!—en dos zancadas cruza la distancia que los separa para después inclinarse a mirar la flor—debería estar trabajando, ¡¿por qué no está trabajando?!

Los guardias lo miran con idénticas expresiones de sorpresa, incapaces de ofrecer una respuesta satisfactoria.

—¡Respondan!, se supone que cada grupo se cuenta al entrar y al salir, ¿cómo es que este perro está aquí?

El guardia a quien se dirige se endereza ante su dura mirada—No lo sé, señor.

—¿Quién hizo el conteo hoy?

—Yo, señor—responde otra voz a la izquierda con el pánico destellando en sus ojos—pero el grupo que salió esta mañana estaba completo. Lo juro. El conteo-

—¡Basta!, no quiero oír excusas. De vuelvan a todos los trabajadores a sus celdas, ¡a todos!, después contarás al grupo de esta cúpula frente a mí y si falta uno tendré tu cabeza, ¡muévanse!

El círculo de guardias se dispersa dejando solamente a los tres que sujetan al salvaje que lo mira con una expresión de odio negro.

—¿Qué hacemos con él, señor?

—Llévenlo a la jaula, como castigo por su insolencia recibirá veinte azotes y si sobrevive le haré una visita.

La respuesta del salvaje es escupir a sus pies, ni siquiera la amenaza de castigo ha matizado su expresión virulenta. Es una de las cosas que Tomura aborrece de los alfa, en ellos el miedo nunca florece. Solo encuentra ira y hostilidad.

—Pensándolo bien, baja y encadénalo. Después subes por su compañero, los azotes serán para él. Quiero que éste cuente cada uno de esos golpes, en voz alta. Si se niega la sentencia se dúplica y si falla al contar deberá empezar de nuevo.

Esta vez puede ver un destello de pánico en los ojos del alfa; no es el miedo paralizante pero es igual de satisfactorio. El alfa ruge y se debate con fuerza soltando insultos en un intento desesperado por volver a captar la atención de Tomura, pero los guardias lo noquean y se lo llevan.

Tomura balancea su cuello de izquierda a derecha y no puede evitar arrugar la nariz cuando el dolor en su hombro se sacude, nota la tela de su camisa mojada, pero no se molesta en tocarla para examinarla.

—Despídete del inútil de tu compañero—dice Tomura de pie en la celda donde el rubio lo mira con una expresión aterrada—cuando el castigo se cumpla, y si sobrevives, arrancare todas las flores de tu cuerpo y te meteré en una jaula hasta que me aburra de ti.

Se da la vuelta sin esperar respuesta y sube hasta el piso superior. La comezón en su clavícula se intensifica y Tomura se rasca con saña provocando que la zona cicatrizada adquiera un tono rojizo, el mismo color que su ira.

[...]

Como los guardias en las pasarelas superiores se han marchado a comer, y las puertas del taller se encuentran cerradas, Izuku abandona sus intentos por trabajar en la segunda parte de su turno. La emoción le impide concentrarse así que se contenta con pasear junto a la ventana del fondo.

La ventana es un rectángulo diminuto sin vidrios y con barrotes, si Izuku se estira, sus muñecas tocan la parte inferior del marco. Y aunque no puede ver el exterior puede oír perfectamente, las voces de los guardias crecen conforme se acercan.

—Todavía no termina el turno, ¿por qué la prisa? Ni siquiera he terminado de comer.

—Escucha, todos los salvajes deben ser devueltos a sus celdas. Sin excepción. Haz tu trabajo, tengo que reunir al resto.

—Pero por qué.

—Shigaraki lo ha ordenado; algún estúpido se ha equivocado al contar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque encontraron a uno de los prisioneros allá abajo, uno que debería estar trabajando; ahora Shigaraki los va a contar personalmente. Así que mueve el culo y lleva a todas estas sabandijas de vuelta a su celda.

El miedo que se agita en Izuku es paralizante, nota el rugido de la sangre en sus oídos y la sensación fría del sudor que se seca en su espalda. Cuando oye que los pasos comienzan a rodear la estructura la mente de Izuku reacciona.

Corre a esconderse bajo el estante donde se apilan las placas de madera. Con los pies por delante se arrastra entre los restos de madera y aserrín hasta que todo su cuerpo está oculto. Se queda quieto, e incluso se tapa la boca, cuando la puerta se abre.

—¡Muévanse! ¡salgan!

Desde su lugar Izuku no ve nada, solo oye pasos que se alejan y cuerpos que se mueven. Una eternidad después todo queda en silencio. Izuku no se mueve, el miedo dentro de él es un rugido sostenido que atenaza su corazón y le impide pensar.

No seas un debilucho.

Toma aire y se arrastra por el suelo hasta salir. Le tiemblan las manos mientras se levanta con su corazón latiendo desenfrenado dentro de él. Cuando se acerca a la puerta descubre que la han dejado abierta y que no hay guardias a la vista.

De inmediato se quita sus pantalones de prisionero, debajo de ellos lleva puesto su uniforme de guardia improvisado con la pechera del uniforme enrollada en torno a su cintura. Lo ha llevado desde el principio a la espera de que en algún momento pueda usarlo.

A la luz del día es obvio que su uniforme no coincide, los parches y el color son demasiado visibles, pero Izuku no pierde tiempo preocupándose por los detalles. En cuanto termina de vestirse, y se coloca la máscara, vuelve a inspeccionar el patio; al no ver a nadie, sale.

Pese al clima cálido tiene el cuerpo frío y el nudo en su estómago crece amenazando con hacerlo vomitar. Izuku camina con resolución, no dejando que su miedo lo haga mirar hacia atrás. Sabe que estará relativamente a salvo una vez que vuelva a los túneles, donde las luces ocultarán lo extraño de su uniforme.

No se atreve a quedarse a esperar a Shoji, al menos sabe donde buscarlo.

Con la imagen de los mapas fresca en su mente Izuku se adentra en los túneles con la firme intención de encontrar a los cachorros. Incluso si el desastre lo persigue, ahora más que nunca se niega a dejarse vencer.

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