¡Hola mis bonitos lectores! Ando media muerta pero quería subir esto hoy porque es un capítulo fundamental para toda la trama, se saben muchas cosas, da pie para muchas otras. Estaba realmente emocionada por sacar algunas escenas y espero que hayan quedado decentes.
Mi vida, este capítulo te lo dedico a ti EijiuwuOkumura, no puedo creer todavía que te tomaras el tiempo de darme un gesto tan lindo, perdón por mi regalo todo chafa de capítulo, esta hecho con mucho amor. Muchas gracias por todo el cariño que se toman para leer. ¡Espero que les guste!
Mientras más odiaba a Eiji Okumura, más le parecía encantar.
Lo empujaba en un cortejo de poder y sensualidad, coloreaba cicatrices para luego vanagloriarlas en pinturas infernales, de una pelea mortífera pasaba a una carcajada azucarada. Borracho por su amor e intoxicado por el odio. Aquí iba otra vez. Consumido por la impotencia, ofuscado por lo prohibido. Lo mejor sería que separasen sus caminos, no obstante, esos ojos cafés lo traían hipnotizado. Ya no podía dejar de pensar en él, ni de anhelarlo. Quería beber de su esencia hasta dejarlo vacío, saborear esos mordaces labios para que jamás pudiesen olvidarlo, derretir el caramelo que coloreaba su piel y escucharlo gritar su nombre. Ash aborrecía lo primitivo que estos instintos se concebían, sin embargo, había algo en ese omega que lo volvía absolutamente loco.
—Eiji... —Atrapó al nombrado husmeando en sus cosas luego de una reunión con Corsa—. ¿Qué haces en mi cuarto? —La corbata le pendía del cuello y la montura de los lentes le temblaba contra la nariz. Fue una conferencia jodidamente larga con los hombres más grotescos del mundo, sus planes eran ducharse hasta arrancarse la piel, pero lo vio.
—No es nada. —El omega escondió algo detrás de su espalda. Aslan alzó una ceja, le pareció hilarante que este asesino de élite fuese un terrible mentiroso.
—Puedo verlo desde acá ¿sabes? —Entonces el japonés suspiró y extendió lo que había robado—. ¿El guardián del centeno?
—Sí... —Eiji se encogió en su yukata, tímido—. Siempre andas con este libro así que me dio curiosidad. —Eran pocas cosas las que él consideraba propias, a pesar de tener el cuarto más ostentoso de la sede, le resultaban enfermizos los recuerdos impregnados al papel tapiz. Este manuscrito era su farola en la desesperanza.
—Ya veo. —Él paseó su mirada hacia los diseños geométricos, creyó apropiado que simulasen niveles, le recordó a su mural preferido o a una capilla corrupta quizás. Él sonrió, preguntándose si la salvación lo alcanzaría si le rezaba a esas manchas de sangre—. Pudiste pedírmelo, te lo habría prestado. —Él se dejó caer encima de su cama, los pies le dolían un infierno dentro de los mocasines y el saco le apretaba.
—Esa es la cosa. —El moreno lo imitó—. Hay palabras muy difíciles que todavía no puedo leer bien. —La vergüenza que coloreó sus orejas lo hizo sonreír. Eiji Okumura era irresistiblemente lindo. A veces no entendía esa disonante dualidad. Cuando el odio hervía en sus venas y el único objetivo que chispeaba bajo esas tupidas pestañas era la justicia.
—¿Eso es todo, onii-chan? —Otras, inflaba sus mejillas en pucheros tan adorables que le cosquilleaban en el corazón—. Te puedo ayudar con las palabras difíciles.
—¡¿De verdad?! —Él pareció realmente feliz con esa promesa. El alfa trató de reacomodarse la cordura, no obstante, se hallaba a su merced—. ¿Harías eso por mí? —Él siguió una gota de sudor que pendió hacia el collar del omega, sexy. La atmósfera fue pesada y eléctrica.
—S-Sí. —Y Ash acabó ruborizado de pies a cabeza—. ¿Por qué tanta emoción por leerlo? —Los dedos de Eiji se crisparon contra la tapa del libro, era esa dura y elegante de edición limitada, su preferida.
—En mi clan eran bastante estrictos con los límites de la educación. —Contra la cubierta blanca y el degrade esmeralda, él comprendió lo pequeña que era la mano de su acompañante—. Tuve suerte de que me educasen en inglés cuando me esperaban como heredero, pero tan pronto yo... —De repente esa sonrisa infantil cesó—. Da igual. —A Ash le dolió mucho esa expresión.
—¿Te gustaría aprender más inglés? —Él no comprendió la urgencia que se instaló en sus entrañas por beber del dolor o apretarle la palma.
—¿Hablas en serio? —Pero hizo ambas.
—Sí. —No tuvo el coraje suficiente para mirarlo—. Si te hace feliz puedo ayudarte. —Era impresionante la facilidad con la que esos grandes ojos cafés lo hacían profesarse vulnerable. Sabía que era ridículo cuando su casta era la de un alfa, pero aun así...
—Gracias Ash. —Adoraba que estornudase su nombre con ese dulce mohín. Más suave que el canto de un mirlo, más bonito que el alba en un girasol. El aludido tosió, nervioso.
—Podemos usar plaza sésamo para apoyarte. —Oh, esos infames pucheros también eran encantadores. Eiji tensaba el ceño, apretaba los párpados y le sacaba la lengua como si fuese lo más intimidante del universo. El alfa se preguntó si haría eso durante sus combates con la katana.
—Eres malo. —Y le fascinó la idea—. Pareces cansado. —Un escalofrío lo congeló cuando el omega extendió su mano para acariciarlo. Él navegó por sus facciones con una ternura indescriptible, desde sus mofletes hasta su nariz, le permitió despojarlo de todo para quedarse vacío.
—Lo estoy. —Los movimientos cesaron contra su mentón, quemó. Estaban tan cerca que podía saborear la reminiscencia del café con leche en su propia lengua. Dulce e increíblemente adictivo, las feromonas lo emborracharon en una ráfaga apenas perceptible. Esto era peligroso.
—Tienes barba. —Eiji le extendió el manuscrito encima del regazo—. ¿Quieres que te afeite? —El calor le rebulló dentro del pecho. Debería mantenerlo lejos, sería estúpido darle el control de una navaja contra su cuello.
—Sí quiero. —Tan lejos que ya estaba a centímetros de sus labios.
Mierda.
Este omega sería su perdición.
Aslan se acomodó en el único taburete dentro de la habitación, aunque lo escuchó hurgar debajo del lavamanos más cercano, no quiso darse vueltas para mirarlo. Cuando el japonés regresó del baño, una considerable cantidad de productos capilares pendían en un delantal atado alrededor de su cintura, las mangas de su yukata se hallaban arremangadas y una determinación implacable había encendido esos ojos. Él le acomodó una bata encima del cuello con una gentileza inexplicable, el mero roce lo estremeció. Solo cuando una toalla caliente le presionó la cara, él se percató de que aún sostenía el libro en una de sus palmas mientras la otra alzaba un bol con agua. La boca se le secó bajo la suavidad de la espuma. Hacía calor y era demasiado relajante. Fue tan agradable que no tuvo problema en arrojar su nuca hacia Eiji y jadear ante la sensación. Él presionó sus párpados antes de hundirse más de lo que debería en las feromonas de su compañero. Felicidad mortífera, así lo definiría.
—¿Siempre afeitas a tus víctimas de homicidio, onii-chan? —Estaban bailando en un juego de tirar y halar. La crema de afeitar le goteó hacia los dientes, el nudo de la bata le pesó.
—Solo a las bonitas. —Los lentes seguían estorbando contra su nariz, él elevó aún más el mentón—. Contigo estoy haciendo una excepción. —Desde ese ángulo podía contarle cada una de las pestañas a la perfección. Eran curvas e increíblemente negras. El grácil albor dorado no le hizo justicia esa mañana, cuando su cabello se bamboleó como una acuarela de flores contra la ventana.
—Eres malo. —Y el chocolate con leche se convirtió en caramelo.
—No deberías provocar a alguien que tiene una navaja contra tu tráquea ¿sabes? —Él tragó duro, la suavidad que esas yemas le proporcionó se derritió en sus mejillas como estática líquida mientras la cuchilla hacía su trabajo. Jamás había permitido que alguien le acercase tanto un arma blanca, porque sería tan sencillo para este chico solo cortarle el pescuezo y dejarlo morir desangrado.
—Tienes razón. —La respiración de Eiji le acarició el mentón, se le congeló el alma. Él tuvo el impulso de dejar de lado tanto el libro como el bol para apretujarlo entre sus brazos—. Pero prefiero arriesgarme. —La sonrisa que le devolvió fue pura seducción letal.
—Eres un niño. —Él limpió la espuma, repasándola una y otra vez con una toalla. El alfa no pudo despegar su atención del moreno, él se preguntó cómo alguien tan hermoso podía ser tan destructivo al mismo tiempo y disfrutó de la ironía, sabiendo que eran lo mismo pero diferente. Él era una polilla fascinada por tan celestial fulgor, volando directamente hacia las llamas de la tensión.
—¿Acabaste? —El cuarto se llenó de feromonas.
—Casi. —Entonces Aslan se movió y la navaja le cortó una mejilla.
—Auch.
—¡Lo siento! —La cuchilla cayó contra el piso, no le dolió en realidad. Él paseó sus dedos por el bol con agua, el vapor se sintió extrañamente helado, la espuma había forjado icebergs o carcasas congeladas contra la dureza del metal, fue desagradable y pegajoso—. ¿Te duele mucho? —El moreno se inclinó frente a él con una expresión de absoluta preocupación, lindo.
—Bastante. —La reminiscencia de la loción de afeitar le chispeó bajo la nariz—. Deberías compensarme. —La sangre pendió hacia su barbilla.
—Iré por una venda. —El libro cayó hacia el suelo, él lo detuvo de la muñeca.
—O podrías sanarme de otra manera. —Ash presionó la herida para hacer ademán—. Con un beso por ejemplo. —Y se permitió ser extraordinariamente infantil. El rubor que encendió el rostro de Eiji lo hizo profesarse victorioso de este encuentro. Él era el lince de Nueva York, símbolo de respeto y autoridad, no perdería en este juego de poder y control.
—¿Me estás desafiando, Lynx? —El aludido sonrió sin vergüenza.
—¿Te estás acobardando? —Pensó que el japonés se rendiría, sin embargo, él se inclinó y le lamió el sufrimiento. El bol con agua terminó contra el piso, fue un tacto aterciopelado y caliente. Perdió la razón—. ¿Q-Qué...? —El omega se apartó tras relamerse los labios.
—¿Suficiente compensación?
Entonces Ash lo agarró por la cintura y lo besó.
El delantal terminó cayendo contra el taburete, el omega se sentó a horcajadas, dejándose llevar en este torbellino de magnetismo, el vapor se profesó caliente, aún contra la alfombra el bol forjó una niebla de seducción. Los toques fueron hambrientos y desesperados, como si quisiesen devorar al otro en candorosas caricias. Ash recorrió con brusquedad esas curvas, él se atrevió a desarmar la parte superior de la yukata para clamar por su calidez, la piel desnuda de Eiji se sintió jodidamente bien amoldándose bajo su boca, era una suavidad exquisita, la sangre le hirvió, el corazón le martilló con fuerza. Sus dientes chirriaron contra el collar, él lo apretujó de la cintura hasta la cadera.
—A-Ash...
—Mierda, me traes loco.
—Bésame otra vez, americano tonto. —No lo hizo suplicar.
Eiji jadeó contra su lengua, aferrándose a su espalda con fuerza, la corbata se deslizó, los lentes se cayeron, estaban empapados. La excitación fue indescriptible. Aslan le presionó con violencia las caderas, el intoxicante y mortífero sabor de esos besos se entremezcló con los restos de la crema de afeitar. Una embriagadora tensión cubrió la atmósfera, se hallaban atrapados en lo que perdieron en el inicio. Sus labios arremetieron con fuerza en este juego de seducción. Él le estrujó los muslos debajo de tan delicada prenda y lo hizo temblar. Más, quería escucharlo jadear, deseaba hacer un completo desastre en este chico de ojos brillantes y boca sagaz. El éxtasis lo mareó. Él le tiró el labio inferior solo para sentirlo estremecerse, podía escucharle el corazón taladrando dentro de su propio pecho. Fue tan abrumador que se dejó de reconocer.
—E-Eiji... —Él se apartó, mirándolo con esa clase de ojos.
—Shh. —Oscuros, profundos e increíblemente ilusorios—. No hables, lo arruinarás. —La gravedad de su tierra y la luna de su altamar.
—¿Quién es Griffin para ti? Necesito entenderlo antes de ir más lejos. —Así supo que ya no escaparía—. ¿De qué promesa tanto hablan? —Maldición, en el fondo lo sabía. Sin embargo, adoraba como le mentía. Las caricias del omega cesaron.
—¿Por qué insistes con el tema? —Triste.
—¿Por qué no puedes responderme? —Él lució realmente triste cuando la magia se acabó.
—Te lo dije, Lynx. —Eiji se levantó, acomodándose la yukata—. Lo arruinaste.
Aslan no pudo concentrarse por el resto del día.
Cada vez que pasaba sus dedos debajo de su barbilla, remembraba esos implacables besos. Su mente no funcionó durante la reunión con su pandilla, él se dedicó a dar órdenes ya programadas mientras regresaba a esos enigmáticos ojos cafés. Sentía que estaba frente a un libro indescifrable, repasando las líneas una infinidad de veces sin llegarlas a comprender. Este chico era un mosaico de incoherencias: el heredero despiadado de los Yakuza que amaba las rosas del invernadero, el artista de la katana quien tenía una risa más suave que el algodón de azúcar, el vil asesino que lo condenaría pero lo afeitaba con una dulzura que nunca nadie le dignificó. Lo hizo concebirse querido y visto. Realmente visto, no como sus subordinados que esperaban que fuese un imponente alfa, o el resto de Corsa que lo vanagloriaba bajo el título del segundo Dino Golzine. No, esto era completamente diferente.
Le aterraba.
—Ese omega es un problema. —El gruñido de Arthur lo sacó de su trance, la sala de conferencias había quedado casi vacía—. Ni siquiera te ha dejado concentrarte, Lynx. —El nombrado apoyó sus caderas contra la mesa, una sonrisa empolvada pendió entre sus labios tras recordar su primer acercamiento en este decadente escenario, cuando compartió su propia silla para darle una voz.
—Él no tiene nada que ver. —Shorter cerró la puerta para que quedasen los tres a solas.
—Apestas a él. —Frederick Arthur era un alfa recesivo y ponzoñoso—. Puedes follarte a quien quieras, pero mantén la cabeza de arriba funcionando durante nuestras reuniones. —Sus uñas se incrustaron en los bordes de caoba, la respiración le pesó. Él alzó el mentón, encontrándose con un mural celestial coloreado en el techo. Siempre le pareció enfermiza la obsesión por el lujo de su predecesor.
—Odió darle la razón en esto, pero es verdad. —El beta se presionó el entrecejo, unas pesadas ojeras relucieron bajo el cristal polarizado—. Necesitas mantener la cabeza fría si quieres luchar contra Corsa. —Ash estiró sus mocasines hacia el ventanal. Claro que lo sabía, invirtió hasta la última gota de su cordura en este plan.
—Lo estoy intentando. —Arthur golpeó la mesa a su costado.
—No es suficiente. —Pero ese era el problema ¿no? Jamás lo era. Aslan posó su atención en un nido afuera de la ventana, le desagradaba lo artificial de ese Edén. Era bonito, colorido e impersonal—. Todavía no sabes qué hacer con los Yakuza ni con los Lee. —Un pajarito se hallaba revoloteando de manera juguetona contra la paja, sus alas lucían especialmente esponjadas contra el rocío, le resultó curioso que hubiesen pétalos de rosas alrededor de la rama.
—No quiero encontrarme con Okumura.
—No deberías querer nada con los Okumura. —Arthur le mostró los colmillos, cabreado—. Incluyendo a esa ofrenda envenenada.
—No tuvimos más opción que aceptar a Eiji, firmé el contrato.
—Podríamos matarlo montando un accidente y daría igual, el viejo no se preocupa por él, por eso lo regaló. —La ira le hirvió en las venas, la mandíbula se le tensó.
—No vuelvas a proponer eso ni siquiera en broma. —Arthur alzó una ceja, divertido por la repentina exasperación. Él miró el mural del techo, cuestionándose si así de hermoso sería el infierno. Muchas nubes y querubines. La tenue luz del jardín le confirió un aura aún más etérea.
—¿Por qué no? —Sus pupilas verdes se encendieron—. Es la solución más fácil, deshacerse del problema. —Ni siquiera se dio cuenta de cuándo empezó a gruñir. Hasta la última de sus venas burbujeó, clamando para proteger a ese omega de sonrisa suave y cabello esponjosito. Él hundió sus uñas en la mesa, la madera se craqueló.
—Te lo estoy advirtiendo. —Shorter tuvo que intervenir para apartarlos.
—Debemos mostrar un frente unido, estas peleas no están ayudando. —Su voz escapó deliberadamente fría y seria—. Arthur tiene un punto.
—¿Te estás poniendo de su lado? —El beta negó.
—Pero debes tomar una decisión acerca de los demás clanes. —El mero pensamiento de ver a Okumura le retorció las tripas, los recuerdos lo hicieron temblar. ¿Un alfa con terror a los omegas? A la mayoría de esos grasientos les daba risa, no obstante, a ese Yakuza le generaba satisfacción. ¿Cómo no hacerlo? Fue su maldita rata de laboratorio. Odiaba que lo hubiese jodido de esta manera—. Independiente del contrato que hiciste, deberías pensarlo.
—Lo entiendo. —Solo cuando elevó la quijada, él comprendió que esas no eran rosas alrededor de las ramas—. No los defraudaré en esto. —Sino hojas ensangrentadas. El pajarito no estaba jugueteando en el nido, sino agonizando. Al parecer le habían arrancado un ala, moriría desangrado.
—Ese omega está jugando contigo, Lynx. —Sus plumas gotearon y gotearon—. Lo he visto con Griffin. —El corazón se le encogió. Aunque trató de endurecer sus facciones, acabó con una mueca adolorida. Porque lo lastimaba, ni siquiera era capaz de desglosar la razón, no obstante, odiaba imaginarse a Eiji con otro alfa.
—¿A qué te refieres con eso?
—¿Te vas a hacer el tonto? Ese omega es la puta de los dos. —Volvió a recordar la noche que lo encontró con una simple bata a punto de sucumbir a la seducción. Él tuvo que apretarse el vientre para contener una arcada.
—Arthur, no sigas.
—Sabes a lo que me refiero. —Pero Shorter fue ignorado—. Apenas te das la vuelta le ofrece el culo a tu hermano mayor.
—Estás abusando de tu poder. —Shorter gimoteó con impotencia.
—Y tú no puedes hacer nada para evitarlo.
A pesar de ser el segundo al mando , Wong era un simple beta. Así era el poder en la red de la mafia. Aunque Frederick Arthur fuese recesivo era el hombre más imponente luego de Ash Lynx, ni siquiera Alex se le acercaba. Los bendecidos por la genética, los favoritos de Dios, los verdugos del infierno. Él volvió a mirar el mural en el cielo, se cuestionó la naturaleza de los ángeles, sabiendo que lo sublime no era necesariamente bueno. Regresó a contemplar al pájaro desangrarse en el nido y palideció tras haber compartido el mismo destino. Podían hacer lo que se les diese la gana, a él no lo iba a controlar nadie, no podrían con él.
Se opondría con toda su alma.
—O le pones una correa a tu omega o nosotros nos ocuparemos de él. —Sus feromonas inundaron la habitación, él exudó rabia—. Conoces las reglas, si las sigues desacatando la pandilla te relevará del cargo. —Y podían hacerlo. Lo seguían con una voluntad ciega por su impecable liderazgo. ¿Qué diablos estaba haciendo? No tenía tiempo para fallar.
—Me haré cargo de eso. —Aslan bajó el mentón, rendido—. Hablaré con Griffin.
—Eso no es suficiente, Lynx. —Arthur tensó su palma alrededor de la mesa—. Es una advertencia. —Y salió del lugar.
—¿Realmente estás de acuerdo con esto? —Las palabras de Ash escaparon temblorosas. Un charco de sangre se había acumulado afuera de la ventana y el mural parecía infernal.
—No. —El beta se quitó los lentes—. Pero no tengo voz contra Arthur, nadie la tiene. —Por muy injusta que fuese la ley, esta se acataba. Era cuestión de honor cuando se trataba de las mafias—. Ese omega te gusta.
—Sí. —Su boca se movió sola—. Me gusta mucho, Shorter. —El corazón le sollozó.
—Maldición. —El chino se tironeó el cabello, el gel se le pegoteó entre los dedos, él se apoyó contra el ventanal, convirtiéndose en el mismo guardián de su propio Centeno—. Amigo, esto es un problema. —Ash se encogió en su camisa, vulnerable.
—Lo sé. —Le resultaba inconcebible acunar esta clase de sentimientos por el heredero de los Yakuza, mucho menos por un omega—. No lo puedo explicar bien, solo quiero tenerlo cerca y verlo feliz. —Sus zapatos chocaron contra el soporte de la mesa, el eco llenó el vacío—. Quiero que sea feliz a mi lado. —Fue una confesión penosa e infantil. Su mejor amigo le sonrió con ternura.
—¿No podías elegir un ligue más fácil? —Y en lugar de recriminarlo, lo apoyó.
—Me conoces.
Al beta no le gustaba ese intruso. Aunque irradiaba una ternura meliflua que florecía cuando jugueteaba con Bones o Kong, la mayoría del tiempo se ocultaba bajo una máscara impasiblemente vacía, le recordaba demasiado a Ash. Perpetuaba a la perfección la primera vez que lo vio, tenía los brazos y piernas delgados, un cuerpecito flaco, y encima de su esbelto cuello, una cara tan hermosa que asustaba. Se conocieron en circunstancias extrañas, donde sus ojos le gritaron: «si no puedes o no quieres ayudarme, mantén tu bocota cerrada y déjame en paz». Así supo que debió haber pasado por muchas cosas antes. Irradiaba pura rabia, igual que ese omega cuando se trató de atravesar la katana en el vientre.
—¿Estás molesto conmigo?
—No. —El beta le golpeó la espalda—. No podría aunque quisiera. —El pajarito arrojó un último alarido antes de encogerse dentro de su única ala.
—Es la primera vez que me atrevo a sentir algo así. —Le tomó tiempo descifrarlo, no obstante, sería burdo negar lo mucho que le fascinaba la presencia del omega. Quería besarlo y estrujarlo con fuerza, hacer un desastre bajo esas sensuales yukatas—. Es raro. —Pero también, anhelaba protegerlo y mimarlo—. Pensé que ya no podía sentir esta clase de cosas.
—Dino Golzine jamás te arrebató tu humanidad. —El alfa bajó el mentón, triste.
—No me refería a él.
—Okumura tampoco te la quitó. —De repente quiso llorar.
—Gracias. —Pero no lo hizo.
¿Un alfa con terror a los omegas?
Qué jodido.
Se atrevió a confrontar a su hermano mayor la semana siguiente. Aunque los acercamientos que había tenido con el omega eran ínfimos e insignificantes, estos hacían latir con demasiada fuerza a su corazón. Adoraba encontrarse a escondidas en el invernadero y besarse hasta quedar exhaustos, haber perdido una apuesta para tragarse ese asqueroso natto y aprender de su pueblo natal con nombre de Gremlin. Aslan consideró la posibilidad de que esta atracción fuese por una mera colusión entre feromonas, sin embargo, la timidez que lo inundaba en un roce de manos, lo mucho que disfrutaba esas sonrisas soleadas o la manera en que se perdía bajo la infinidad de sus pestañas...No. Esto iba mucho más allá, por eso necesitaba saber.
—Griff. —Lo encontró leyendo en el balcón del segundo piso, «Romeo y Julieta», era un clásico jodido.
—Hola. —Su hermano pareció feliz de verlo, él cerró el libro antes de invitarlo con un gesto a que tomase asiento. Había té frente a una mesita en un mirador que daba hacia el jardín—. Pensé que me estabas evitando. —Las mejillas se le calentaron, sus zapatillas chirriaron contra las baldosas, eran esas converse rojas y fabulosas, esas que no debería usar siendo un jefe de mafia.
—¿Te diste cuenta? —Él escondió una sonrisa triste contra el vapor de la menta.
—Te conozco. —Era un arma de doble filo. Ash acarició los bordes de la taza, había un grabado floreado alrededor de la porcelana, le era levemente familiar—. ¿Has sabido algo de Max?
—No te puedo involucrar en esto. —Ni siquiera lo miró tras gruñir aquello.
—Aslan... —La frialdad se redujo a pena.
—Te perdí una vez. —La pena floreció a temor—. Por favor no me hagas pasar por eso de nuevo. —El temor se congeló en un niño que le suplicaba a Dios para que le regresase a su hermano mayor. Aunque Jim era religioso él desertó, se cansó de inclinarse en bancos de madera y sostener cruces simbólicas sin recibir una respuesta.
—Lo siento por haberte hecho pasar eso. —Él presionó los párpados con fuerza.
—Lo sé. —El vaho fue agradable, menta y jazmín, una combinación curiosa—. Sé que querías volver. —De pronto recordó de dónde conocía el bordado floreado. Era el mismo que encontró esa noche que los atrapó juntos, otra vez le dolió el corazón. Se sintió como ese pajarito agonizando en la ventana sin un ala, impotente y realmente insignificante en un Edén monstruoso.
—Eiji realmente entrena duro ¿no?
Ash alzó el mentón, vislumbrando al omega practicar con la katana una última vez antes de guardarla. Fue apasionado e inspirador, fuerte pero delicado, se las arreglaba para ser violento sin perder su dulzura. Era hermoso. Él se apretó el pecho, sin poderle sacar los ojos de encima, su respiración se calentó, un estruendoso palpitar le cerró la tráquea. Era hermoso y ya. No solo se refería a ese cuerpo de deleite o a ese rostro angelical, era su esencia, todo Eiji Okumura. La manera en que la espada se convertía en la misma extensión de sus sentimientos, su cabello cristalizado por el sudor, simulando rocío, las suaves vibraciones de sus dedos contra la hoja de metal. El japonés se elevó en sus puntitas y le sonrió, fue una sonrisa de estrellas iridiscentes, tan bonita. La mejor parte, fue que no se hallaba dirigida a Griffin.
—Lo hace.
Sino a él.
—Eiji te gusta. —¿Por qué todo el mundo lo notó antes que él? Ash ahogó un grito de frustración contra sus palmas mientras vislumbraba al omega desaparecer hacia el interior de la casa—. Es un buen chico, me alegra. —El té se le enfrió en la lengua, el libro retumbó contra el viento.
—Griff... —Él crispó sus rodillas contra el banquillo—. ¿Qué le prometiste? —Entonces él bajó la taza y lo miró con tristeza. Aslan odiaba esa expresión, fue la misma que le obsequió antes de desaparecer para reaparecer siendo un completo desconocido.
—Le prometí que me convertiría en su alfa. —Sus dedos temblaron alrededor de la porcelana.
—¿Qué? —Él palideció.
—Eiji me pidió que me enlazara con él cuando tuviese la edad. —Las tripas se le pudrieron, la cordura se le perdió—. Pero ya no debe recordarlo. —Ambos sabían que eso era mentira. De repente los ojos le ardieron y sintió unas inexplicables ganas de gritar.
—Ya veo. —Porque esto lo cambiaba todo—. Así que era eso. —El corazón de ese omega bonito tenía dueño y eso no lo cambiaría nada.
—Es tu omega, no me interpondré. —El más joven negó, dolido.
—Si eso es lo que quiere, no se lo negaré. —Se preguntó a dónde se había ido su voluntad para combatir y su sed de venganza—. Puede que sea lo mejor. —Y debería serlo ¿no? De esa manera podría enfocar hasta el último ápice de su alma en boicotear a Corsa sin romper los acuerdos con los Yakuza. Arthur dejaría de joderlo y recobraría su estatus en la escala del respeto.
—Aslan... —Él dejó el té de lado.
—Está bien. —La voz se le quebró—. Llegue tarde. —Griffin no lo dejó levantarse.
—Él era apenas un niño, estaba aterrorizado por su género. —Su hermano mayor parecía estar batallando con sus propios sentimientos para encontrar las palabras correctas—. Su padre pensó en... —Él contuvo una arcada—. Ibe y yo fuimos las únicas personas que nos quedamos para él, fue lógico que desarrollara tanto apego si el resto del mundo le dio la espalda. —Sus puños se contrajeron hacia su regazo, lo entendía, racionalmente lo hacía.
—¿Tú quieres ser su alfa? —Pero su corazón sangraba.
—¿Qué? —Igual que ese pájaro contra la ventana, goteaba y goteaba.
—Me escuchaste. —Solo caía. Ash suavizó su expresión contra su propio raciocinio, temía por la respuesta—. Yo... —Se concibió otra vez como ese niño abandonado en Cape Cod—. Necesito saberlo.
—No. —Él sonrió—. No quiero ser su alfa.
—Mentiroso.
—Boss! —Bones chocó contra la puerta, su trenza era un desastre y su jardinera se hallaba empapada de tierra—. ¡Tiene que venir al salón! ¡Esto es un caos!
Ni siquiera lo tuvo que pensar.
Él esperaba encontrarse con una catástrofe cuando ingresó a la sala de conferencias.
—Miren quien nos ha deleitado con su presencia. —Pero esto...
Esto era el fin del mundo.
—¡¿Qué diablos estás haciendo?!
—A-Ash...
Eiji se hallaba reducido a un ovillo al centro del salón, con la yukata desgarrada, una erección alzándose bajo su ropa interior y sus muslos completamente empapados. Estaba respirando rápido, sus feromonas eran un torbellino de lujuria, él se encogió, batallando contra la excitación. La tela apenas le cubría parte del pecho, solía ser un kimono verde y bonito, uno que resaltaba la ternura de su sonrisa y convertía en dorado su piel. Sus mejillas se encontraban completamente enrojecidas, de esos grandes ojos cafés no dejaba de llover. Esta era una humillación pública frente a toda su pandilla. Sus subordinados solo se quedaron ahí parados, viéndolo arder, escuchándolo llorar mientras Arthur lo tironeaba del collar. Le dio asco que lo rebajasen a eso.
—¡¿Qué diablos le hiciste?! —Ni siquiera escondió la ira en su voz, su alfa interior quiso asesinarlo por lastimar al omega, a su omega. Parecía tan vulnerable sin poderse levantar del piso. El lubricante era una tenue poza cristalizada, él se abrazó a sí mismo, quebrado.
—Le induje un pequeño celo. —Arthur le presionó la erección con el pie—. Parece que ya está mojado, es toda una puta. —Quería matarlo, quería matarlo, quería matarlo. Cuando Eiji trató de cubrirse con los restos de esa yukata, la respuesta del alfa fue rasgarla aún más. Su pandilla no apartó la mirada al quedar completamente desnudo.
—Aléjate de él sino quieres morirte. —Pero entonces una llave relumbró entre las yemas del contrario.
—Apenas le quité el collar quedará a la merced de un alfa. —Sus subordinados lo miraron con una mueca lamentable, como si los estuviesen forzando a hacer esto, como si fuesen las leyes de la naturaleza. ¡Oh! Pero lo eran. Estas prácticas eran comunes dentro de Corsa, follarse a un omega en celo no era una violación ¿verdad? Sociedad de mierda.
—¡No te atrevas!
—Un paso más y lo morderé yo. —Eiji trató de cubrir sus muslos, sin embargo, el lubricante seguía escurriendo. De repente, Ash tuvo muchas ganas de llorar. Quería apartar la mirada porque eso parecía estarle suplicando, esos ojos que usualmente ardían en llamas no eran más que vergüenza e impotencia—. Te lo advertí Lynx, te pedí que impusieras tu control sobre él pero no me tomaste en serio. —El seguro rechinó contra la llave.
—Por favor detente. —Aslan abandonó todo su orgullo al arrodillarse—. Déjalo en paz, te daré lo que quieras. —Pero no se detuvo.
—¿Quién será el primero en marcarlo? ¿Yo? ¿Griffin?
Él miró a Eiji, su piel se hallaba enrojecida por el celo, las cicatrices que el collar le imprimió le parecieron grotescas, los arañazos que se dejó para reprimir sus jadeos fueron horrorosos. Las feromonas le estaban nublando la razón, él no quería esto. Él no quería ser como esos alfas que lo humillaron, quiso abrazarlo, sin embargo...
—Ash...
El collar cayó.
Él enfocó su atención hacia el jardín a través del ventanal, el cadáver del pájaro seguía en su lugar, pudriéndose encima de las flores. Sus hombros se hundieron, el olor le corroyó la razón. Las últimas semanas habían sido bonitas, fue adorable cuidar de las rosas en el invernadero acompañado de esa pacífica risa, fue agradable tontear en su cuarto mientras aprendía inglés con esos videos de plaza sésamo, fue un deleite beber de esos dulces labios, eran suavecitos e increíblemente adictivos. El calor se le agolpó en la tráquea, él cerró los ojos, recordando lo mucho que ese terco omega le gustaba.
Él pensó en lo lindo que habría sido tener una vida normal con él.
—¡Basta! ¡Me duele! —Él abrió los ojos, saboreando la sangre bajo sus colmillos—. ¡Ash! ¡Suéltame! ¡Me estás lastimando! —Él obedeció.
—Lo siento. —Una sangrienta marca relumbró contra la nuca del omega. Eiji se volteó, completamente horrorizado mientras la sangre le escurría por el mentón y la pandilla vitoreaba—. Perdón.
Ash sollozó en silencio.
Sabiendo que era lo mismo que quien lo rompió.
Aprovecho de aclarar para bajarme sola la ansiedad, el objetivo más que nada de inducirle celo fue la mordida, más que el celo, no pasará nada más entre estos dos para que no se angustien imaginando algún escenario catastrofico. Pero ahora si vamos con lo más fuerte de la trama. Dios, muchas gracias por haberse tomado el cariño para leer. Me enorgullece anunciar que los capítulos se subiran cada Martes.
¡Cuidense!
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