
11. Control.
¡Hola mis bonitos lectores! ¿Alguien noto mi repentina ausencia? ¿No? Oh, entonces esto es incómodo. No pero, no cache que había pasado tanto desde que actualice algo. Espero que este capítulo les gusta, muchas gracias por leer.
—¡Duele! —El omega frenó sus movimientos, el algodón escurría alcohol y el cuarto apestaba a antiséptico.
—Lo siento, ¿te duele?
—¡Claro que sí! —Ash se apartó—. No sé tú, pero yo tengo un cuerpo muy delicado. —Su agarre se tensó alrededor de las gasas—. Duele mucho si lo haces sin cuidado. —¿Quién se creía este petulante? Deberían haberle herido la boca. Una sonrisa maliciosa pendió entre los labios de Eiji antes de que le repasase los moretones a golpes, los gritos del alfa fueron desgarradores.
—¡Lo siento! ¡Soy un japonés muy descuidado, así que no puedo hacerlo de otra forma! —Él lo curó con brutalidad, las vendas le cubrieron desde la cara hasta el torso—. Ahora sé obediente y recuéstate.
—¿Quieres que me recueste en un montículo de mi ropa sucia? —Eiji infló los mofletes y arrugó el entrecejo, su puchero fue absolutamente adorable.
—¿Estás diciendo que mi nido es un montón de ropa sucia? —Entonces el alfa alzó las manos en señal de paz y se dejó caer en la cama, su chaqueta de mezclilla le rozó los mofletes.
—No me atrevería a decir eso jamás. —El omega lo imitó—. Gracias por cuidar de mí, onii-chan. —El aludido enfocó su atención en el techo, sus palmas pendieron alrededor del cinturón de la yukata.
—No fue la gran cosa.
Aunque no había ninguna pintura renacentista fulgurando contra la suavidad del alba, él pensó que el cielo en la biblia se hallaba plasmado en ese techumbre: un montón de grises sucios y goteras sin tratar, un filtro de moho pudriéndose en la esquina y raíces venenosas arañando la lámpara. Eiji escuchó a su mirlo cantar y sonrió ante la ironía. A pesar de la belleza que vanagloriaban esas plumas negras, eran aves parasitarias, sacaban de los nidos a los verdaderos dueños para depositar sus propios huevos. Eran pájaros falsos, impasiblemente delicados pero vorazmente despiadados. El corazón le pesó contra el pecho, él se preguntó si sería como su adorado Nori Nori en esa morada de lana y si el infierno clamaría por su alma cuando esto terminara.
Probablemente, le estaba usurpando su lugar a la verdadera pareja destinada de Aslan.
—Ash... —Él se volteó contra una camisa blanca, sus onditas le hicieron cosquillas contra los labios, el fervor de las feromonas lo intoxicó.
—¿Sí? —Él enfocó su atención en el papel tapiz del cuarto, le pareció familiar, de un sueño lejano o un recuerdo empolvado.
—¿Qué quisiste decirme cuando me gritaste que regresase a mi clan? —Ahí recordó que ese patrón también se hallaba en la residencia de su padre, le resultó irónico que los monstruos tuviesen gustos tan similares, sin embargo, no debería sorprenderle. Después de todo, las pesadillas siempre se las arreglaban para encontrarlo.
—¿A qué te refieres? —Él enfocó su atención en esos ojos verdes.
—Eso fue lo que dijiste antes de desmayarte. —Él se atrevió a recorrer la barbilla del alfa con sus yemas, repasó la aspereza del vello y delineó los brotes de las líneas, como un girasol anhelando la calidez del amanecer o un mirlo buscando pertenecer. Indomable pero elegante, indiferente aunque majestuoso, le pareció curioso que Aslan fuese tan atractivo. Parecía un ángel—. ¿Qué quisiste decir con eso? ¿Acaso soy una carga para ti? —A veces lo olvidaba.
—Estaba muy mareado, no lo recuerdo bien. —No todos los ángeles eran buenos dentro de la biblia. El omega le volvió a rozar el mentón antes de inclinarse, podía saborear al tabaco chispeando en su propia lengua. Aterciopelado y sedoso.
—No me mientas, Aslan.
—Estaba pensando que lo mejor para ti sería volver a tu clan. —Le dolió mucho el corazón escuchar esas palabras—. Acá no pareces estar feliz, no quiero aprisionarte. —Eiji trató de carcajear, no obstante, una media sonrisa fue todo lo que alcanzó a esbozar.
—¿Crees que seré feliz dentro de mi clan? ¿Qué tendré una pizca de libertad? —Un nudo le cerró la tráquea—. ¿Con mi...? —Ni siquiera se atrevió a pronunciarlo. Su progenitor le enterraría una katana en la nuca antes de permitirle regresar sucio. Perdió su virginidad y se hallaba marcado, ya no tenía nada que ofrecerle a un alfa. Él se preguntó si las mujeres habrían sentido semejante impotencia antes de sufragar y le dio pena—. Olvídalo.
—Ya viste lo que pasó con Arthur.
—Si no tienes las pelotas para ser sincero, no inicies la conversación. —El omega se trató de levantar, sin embargo, Ash le apretó la mano.
—No te vayas. —Lucía desesperado, como un niño desamparado o un gatito abandonado—. No me dejes, estoy herido.
—Entonces trata de ser sincero conmigo o esto no va a funcionar. —Una profunda bocanada de aire retumbó por el cuarto antes de que la verdad se terminase de quebrar—. ¿Qué pasa?
—Te tengo miedo. —El moreno parpadeó, completamente anonadado. La respuesta le pareció ridícula, él era un omega, el fondo de la cadena alimenticia. No poseía el poder ni para escoger el color de su collar. ¿Cómo podría ser fuente de terror? Él se relajó en el nido y miró a su mirlo.
—¿Yo te causo miedo? —Aslan asintió—. ¿Estás seguro? —Las vendas se le deslizaron desde el torso hacia el vientre apenas se levantó, las chispas se fundieron con las feromonas en tan impasible intimidad. Hacía calor, los colores arremetieron contra la ventana.
—Estoy terriblemente asustado de ti, Eiji Okumura. —Su espalda chocó contra el respaldo de la cama, el corazón le reventó en los tímpanos. Sus piernas se separaron por instinto, su yukata era un desastre enredado y su cabello una maraña esponjada—. Ni siquiera te imaginas cuánto. —Pero no era más que un avecilla atrapada contra los colmillos de un lince. ¿Qué podía hacer? ¿Con qué derecho lo anhelaba?
—No lo entiendo, no tengo poder ni control sobre absolutamente nada. —Ash ronroneó cerca de su cuello, esas grandes palmas se derritieron contra los bordados de la yukata, el aroma lo embriagó—. ¿Por qué yo te asustaría?
—¿Por qué? —Él se lo murmuró despacio contra la oreja, Eiji se tuvo que morder el labio para no jadear—. Porque te amo.
Y eso fue todo.
Eso fue suficiente para destrozarlo.
Eiji se estremeció ante tan abrumadora sensación. La boca de Aslan era húmeda, caliente e increíblemente adictiva. Él presionó los párpados, enrollando sus brazos alrededor de las vendas sueltas. El instinto lo hizo separar aún más los muslos para poder tener a su alfa cerca, quería que lo despedazase hasta que no pudiese más, que lo hiciese suyo, que lo devorase. Los toques de labios fueron demandantes, el roce de lenguas consiguió que hasta la última fibra de su cuerpo ardiera. Fue mortal. El éxtasis de la locura desató una bruma delirante de feromonas. El aire fue fuego, ambos empezaron a arder por el deseo. Aunque el omega siempre aborreció la idea de ser tocado con semejante lascivia, él le estaba suplicando para que intentase dominarlo.
Más.
Necesitaba mucho más.
—Eiji... —La sensualidad con la que Ash pronunció su nombre le erizó la piel, la columna se le electrificó, el pecho se le avivó—. No creo poder vivir sin ti.
—Pero me pediste regresar a mi clan. —Las palmas del americano se deslizaron por las aberturas de la yukata, los toques hacia sus piernas fueron descarados. Más, todavía más.
—Porque no creo ser capaz de dejarte ir si seguimos de esta manera. —Con un solo movimiento el japonés terminó sentado encima de su alfa, sus muslos se sintieron jodidamente calientes contra ese torso desnudo—. Estoy loco por ti, si vamos más lejos ya no podre sacarte de mi cabeza ni de mi corazón. —La lujuria burbujeó en su vientre. Esos ojos verdes amenazaron con destrozar su mundo, él volvió a escuchar el canto de los mirlos y a pensar en el nido falso.
—¿Sería tan malo eso?
—¿Qué? —Y sabía que no debía, tenía un plan para devastar a Corsa y esto no se hallaba permitido.
—¿Sería tan malo si yo tampoco quisiera dejarte ir, Lynx? ¿Si también estuviera loco por ti? —Pero se estaba empezando a enamorar de este implacable alfa y su corazón era un lío marchito. El rubor que ambos compartieron fue juvenil y lindo, sus frentes terminaron contra la otra. Ninguno se pudo apartar. No hubo aire suficiente para tentarlos.
—No sería malo, al contrario. —Las manos de Aslan se colaron hacia la espalda de su yukata, él podría jurar que los girasoles grabados en su piel se alzaron solo para anhelarlo—. ¿Qué te detiene a amarme?
—Qué si lo hago... —Los dedos del más joven delinearon cada una de esas pecaminosas curvas con una dedicación religiosa. Eiji jamás se profesó tan adorado como cuando se vislumbró dentro de esos ojos verdes—. Sería imperdonable si me permito amarte, Ash. —El nombrado le tiró la yukata con los dientes, su hombro quedó expuesto, igual que su clavícula.
—¿Qué hay de malo con eso? —Sus muslos se tensaron alrededor del alfa.
—Que eso me convertiría en un simple... —Sus movimientos cesaron—. Omega.
Y la verdad lo empapó.
Porque eso era todo ¿no? Se llenó la boca con todo este discurso de autosuperación, le prometió a su mejor amigo una revolución donde tendría la oportunidad de hacer la diferencia. Pero su instinto lo tiraba hacia abajo, porque él era débil, realmente débil. Su padre tenía razón, fue una estupidez tratar de extender sus alas cuando se hallaban cercenadas. Sus dedos se crisparon contra las vendas de gasa, le costó respirar. Si se rendía sin intentarlo, jamás se lo perdonaría. Recordó la clínica de abortos y los burdeles de a dólar. Sino hubiese tenido a su madre habría terminado en un maldito sótano por tráfico humano. ¿Humano? No, ni siquiera lo creían una maldita persona.
¿Con qué derecho se enamoraba?
No podía.
—No puedo ser un simple omega, Lynx. —Pero el nombrado le besó la nariz, sin demandarle o reprocharle nada.
—Nunca esperaría que fueses solo eso. —Y lo hizo sentir increíblemente amado dentro de tan suaves ojos. Le pareció curioso que este majestuoso depredador se suavizase bajo sus brazos, en un nido falso bajo un cielo ateo, siendo mirlos y ruiseñores en una ramita quemada—. Ni te presionaría para que me correspondieras.
—¿Entonces qué es lo que esperas de mí?
—No lo sé. —Él incrustó sus uñas en la espalda de su compañero cuando le apretó el trasero—. Necesito manosearte más para pensarlo mejor.
—¡Ash!
—Planeo seducirte hasta que caigas rendido ante mis encantos, onii-chan. —De repente, Eiji carcajeó genuinamente. Fue un sonido limpio e infantil, estridente, casi desafinado por la extravagancia del acento.
—¿Es así? —Al alfa le encantó—. Porque lo estás haciendo terrible. —Un jadeo se perdió en su garganta, el alcohol entremezclado con la esperanza lo mareó.
—No lo estoy haciendo tan mal si te tengo entre mis brazos. —Eiji no se apartó, su espalda se deslizó contra el respaldo de la cama mientras la ropa se caía. Solo se deshicieron en ese nido de lana.
—Tienes razón. —Una violenta chispa de deseo se ahogó entre ellos dos—. No lo estás haciendo tan mal porque no quiero dejar tus brazos. —Aslan hundió su nariz en tan delicada yukata, sus labios chocaron contra la clavícula desnuda de su pareja y él sonrió, sabiendo que esa piel de caramelo se derretía debajo de su lengua. Él aspiró de ese inefable dulzor con fuerza.
—Si nosotros tuviéramos que presentarnos como pareja. —El moreno se tensó, los colmillos del alfa le rasparon el cuello, fue lento y sensual—. ¿Te sentirías seguro para ver a tu padre?
—No quiero tener que ver a ese hombre jamás. —Eiji se acurrucó contra el pecho de Aslan. Fue un acto violento de vulnerabilidad, ni siquiera le permitía a Akira semejante cercanía—. No quiero tener que enfrentar al líder de mi clan porque sería demasiado doloroso, ya puedo imaginarme su cara de decepción. —Nombrar ese parentesco sería una amalgama de crudeza por la que no quería pasar. Las chaquetas cayeron hacia la alfombra.
—¿Decepción? —Gotearon como las lágrimas de una rosa o el dorado de un girasol marchito. Y era duro admitirlo. ¿Para qué iba con rodeos? Esa doble vinculación lo tenía enfermo. Le dijo que era su orgullo, pero lo desheredó apenas pudo. No solo eso, lo trató de vender como si fuese un cofre repleto de mirra.
—Ash... —Él se hizo pequeño bajo las feromonas del aludido—. Creo que odio a mi padre, él no es una buena persona a pesar de los rumores en Corsa. —La magia en la atmósfera caducó. Sus dedos se crisparon alrededor del alfa, sus yemas se enredaron entre las vendas hasta arrancarlas. No podía acostumbrarse a semejante ternura, eso lo hacía débil, si era débil lo matarían, huiría.
—Yo también lo odio. —Pero esa respuesta lo tomó por sorpresa—. Es una persona horrible, es mucho peor que la basura que hay en Corsa. —La sangre se le heló apenas alzó el mentón.
—¿Qué fue lo que te hizo? —Ninguna máscara fue lo suficientemente gruesa para esconder tan desbordante terror. Aslan ni siquiera lo estaba mirando, se había quedado clavado en un punto del cuarto mientras le acariciaba la espalda, disociado. Solo tocaba y tocaba, para volver a tocar.
—Él... —La voz se le quebró y los ojos se le aguaron—. Él me rompió, mucho más que Dino Golzine.
—¿Qué?
—Dime Eiji... —Una sonrisa vacía le fue obsequiada—. ¿Alguna vez has escuchado de un alfa a quien le aterran los omegas?
—No.
—Él tampoco. —Los roces cesaron, él repasó los grabados en el papel tapiz de manera obsesiva, como si significasen algo o tuviesen un secreto escondido. ¿Acaso no lo hacían?—. A Okumura le pareció divertido experimentar conmigo para saber cómo sería eso. —Aslan ya no estaba hablando para ser escuchado—. Arthur también, fue una fiesta inolvidable. —Solo ahí, Eiji pudo vislumbrar las cicatrices sobre esa piel de porcelana, eran sutiles, casi imperceptibles. Como las raíces de un girasol o una llovizna descolorida.
—Ash... —Pero se hallaban ahí, salpicadas desde su vientre hacia su espalda.
—¿Has escuchado algo sobre banana fish?
—No. —Tal vez en un cuento, no estaba seguro.
—Yo tampoco. —El romance pereció—. Hasta que lo conocí a él.
Aslan se deshizo encima del nido con suma facilidad, parecía herido, realmente herido. Lágrimas carentes de explicación empaparon desde mejillas heladas hasta labios famélicos por amor. Él tiritó con violencia, sus dedos se crisparon contra la espalda del omega sin que se atreviese a rodearlo, como si se concibiese sucio o indigno de ser amado, lo que resultaba inconcebible considerando la omnipotencia de dicho género. ¿Con qué derecho se victimizaba? Los alfas tenían al maldito mundo en la punta de sus palmas.
—No quiero que me odies cuando te enteres de lo que pasó entre Okumura y yo. —No obstante, él lució tan aterrorizado que se le quebró el alma, ese era el talento de este hombre—. Eiji, por favor no me odies cuando lo sepas. —Le aplastaba con suma facilidad el corazón.
—No podría. —El moreno le presionó un beso en la frente, se veía pequeño—. ¿Quieres abrazarme?
—Estoy manchado, no puedo. —Aslan ni siquiera pareció consciente de esa divagación—. Estoy...
Entonces Eiji fue quien tomó la iniciativa para abrazarlo, este era el primer momento genuinamente vulnerable que compartían, donde contemplaban cicatrices y bebían de penurias. Él recordó lo desgarrador que fue el último alarido que Buddy arrojó y supo de lo que su padre era capaz. Quería proteger al lince de Nueva York. Sí, era sumamente tonto, se hallaba confundido hasta la médula en esta sofocante ambivalencia. Por un lado, era muy consciente de esa misión moral más grande que su propia existencia, necesitaba imponer justicia con sus propias manos por la sangre derramada, quebrantar la marca entre ellos dos e infundir terror en esa putrefacta organización.
—Eiji... —Pero por otro lado—. Estoy asustado. —Él sabía lo que sentía por este alfa de pucheros más dulces que el azúcar y quejas tan ridículas que le removían el corazón.
—Lo sé.
Ash Lynx no le gustaba, tampoco lo quería.
—Yo igual.
Él lo amaba.
Sí, él estaba perdidamente enamorado del lince de Nueva York, negarlo no lo cambiaría, evitarlo no lo borraría.
Lo amaba.
Diablos, lo amaba tanto.
Y eso era terrible considerando que luchó la totalidad de su existencia para liberarse de esas cadenas autoimpuestas. El japonés sabía que era un mirlo pretendiendo ser un ruiseñor en ese nido de confort, tarde o temprano lo sacarían. Necesitaba hacerlo por Yut-Lung Lee, su género era una mierda denigrada clamando por un líder. Pero por ahora, por este ínfimo instante, él quería ignorar quién era para escuchar la estridencia con la que martillaba su corazón. Quiso llorar cuando se dio cuenta de lo mucho que le encantaba este terco. Atentaba contra su moral. Hacer estas promesas lo mataría. ¿Mataría? Romeo y Julieta, Dorian Gray y Basil Hallward, Hamlet y Ofelia, Jay y Daisy, Catalina y Andrés. Él pensó en todas las parejas trágicas de la literatura, un conejo y un lince no funcionarían. Sin embargo, Ash lo miró con esos bonitos ojos verdes y...
—Puede que ahora mis palabras no signifiquen nada, pero recuerda esto. —El tiempo se escarchó—. Aunque el mundo entero esté en tu contra, yo siempre estaré a tu lado. —El llanto destiñó la sangre de un avecilla apuñalada por un rosal—. Yo permaneceré a tu lado. —La sangre vanaglorió la inocencia de un ave cercenada—. Claro, sino te molesta. —Y la inocencia lo hizo anhelar el amor. El alfa se limpió las lágrimas con el antebrazo, conmocionado. Aún quebrado, se las arregló para sonreír.
—¿Eso quiere decir que tendré que seguir comiendo esos sándwiches asquerosos?
—Sí, así que alégrate. —En ese entonces el omega estuvo seguro de que sus girasoles anhelaban la calidez de este hombre. Brillante como el amanecer, más fulgurante que un jade en apogeo o una rosa de espinas frías—. Los sándwiches de tofu son muy sanos, tu salud está a salvo conmigo. —Aslan se hizo un ovillo encima del regazo de Eiji, ambos sabían que esto terminaría en fatalidad.
—Quédate a mi lado. —Pero se amaban—. No tiene que ser para siempre. —Y solo por un instante, se permitieron esta fragilidad—. Aunque solo sea por ahora.
—Por siempre.
Ninguno tuvo el coraje suficiente para aclarar la naturaleza de esa relación. Para Eiji, habría sido sencillo culpar a la marca por tan fervientes sentimientos erupcionando desde el fondo de su corazón, pero sabía que eso sería mentira y no lo llevaría a ningún lugar. Podría culpar a una inexplicable atracción física, o que a veces le parecía que Ash contemplaba su verdadera naturaleza más allá de su género. Sí, él podría hacer tantas cosas. No obstante, era una avecilla atrapada en una jaula, el amor no cambiaba eso, al contrario, lo sofocaba.
—Apestas a Ash. —Skip lo encontró para sacarlo de sus pensamientos, se hallaba jugueteando en el invernadero cuando lo abordó—. ¿Estuvieron juntos otra vez? —Él tumbó la mandíbula y dejó caer la pequeña pala de plástico.
—¿O-Otra vez? —Su tartamudeo no ayudó—. No sé de qué estás hablando. —Skipper se cruzó los brazos contra la nuca antes de acomodarse a su lado, la tierra le manchó los tenis.
—No tienes que esconderlo ¿sabes? Los he escuchado. —Las orejas le quemaron—. No son precisamente sutiles cuando rompen la cama. —Dios, ni siquiera lo había pensado. ¡Claro que no! No pensaba en absolutamente nada cuando estaba con Aslan, solo en lo mucho que le gustaba y...
—¿Crees en las parejas destinadas?
—¿Qué? —El más joven parpadeó como una lechuza, paralizando sus movimientos encima de las rosas antes de poderlas tomar. Las semillas pendieron contra la brisa, las raíces se ahogaron.
—Mi padre aborrecía esas creencias, así que nunca me dejó estudiarlas. —Le parecía patético estarle preguntando dichoso tema a un niño, se supone que tenía más de veinte años, necesitaba juntar su mierda—. No sé mucho sobre la cultura de destinados.
—Las parejas destinadas comparten un vínculo inquebrantable y poderoso, es la persona para quien estás hecho. —Algo en la voz de Skip le revolvió las tripas, se escuchaba acomplejado, casi adolorido—. Independiente de quien te haga la marca, tu pareja destinada es imposible de cambiar. —Eiji hundió sus hombros en su yukata, sus manos se hallaban resecas por la tierra y la cabeza le palpitaba. Él alzó su mirada hacia el techo del invernadero, un mirlo se encontraba martillando del otro lado.
—No sé si quiero encontrar a la mía, se escucha bastante problemático. —La atmósfera cambió—. No sé si merezco tener una pareja destinada. —Él se clavó con una de las rosas, recordó las primeras palabras que Aslan le obsequió y se reprochó por descuidar las espinas.
—Ei-chan... —Skipper bajó el mentón y tensó los puños contra su jardinera—. Tú ya encontraste a la tuya. —El mundo giró al revés, las manecillas se quebraron en su corazón. La luz colándose por las grietas del invernadero lo cegó.
—¿Qué? —La verdad le cayó como un balde de agua fría—. ¿De qué estás hablando?
—Pero no es quien crees.
—¡Eiji! —Ash entró con una sonrisa realmente bonita al invernadero, un gorro de paja contrastaba con su elegante traje de oficina, sus zapatos se hallaban embarrados y los girasoles finalmente se profesaban fulgurando—. Te tengo una sorpresa.
—¿A mí?
—¡Sí! Sé que te encantará, onii-chan. —El omega se levantó, sacudiéndose la tierra de la seda. Le pareció raro que Skipper no pudiese mirar al lince de Nueva York, pero no quiso pensarlo.
—¿Qué es? —El alfa le extendió una mano.
—Está afuera. —Y él no dudó en venderse a la tragedia.
Shunichi Ibe era la figura paterna que siempre se le negó.
El beta se rehusó a menospreciarlo luego de que manifestase su verdadero género, al contrario, lo incitó a seguir volando antes de que le quebrasen el tobillo para que abandonase la pértiga, sería una vergüenza tener a un omega de atleta, le resultó hipócrita considerando su entrenamiento con la katana, qué convenientes eran las reglas de los Yakuza. Se resignó a atesorarlo en una caja mental en lo más profundo de su razón, no podía llorar por quienes había perdido o se ahogaría en sus propias lágrimas. Pero acá estaba, en la oficina del lince de Nueva York, corriendo hacia sus brazos, mitigando sus temblores con palabras amables y toques cariñosos. Eiji parpadeó, sin poderlo procesar. Él no se dio cuenta de la conmoción hasta que vio las manchas contra la tela.
—¡Ei-chan! —El beta lo llamó con una ternura que realmente le había hecho falta—. Pensé que no te volvería a ver. —El omega correspondió la caricia, sintiendo a una marejada de emociones azotarlo.
—Ibe-san... —Su barba lucía mucho más larga que la última vez, se veía demacrado, casi enfermo—. De verdad eres tú. —Él se dejó mimar, aferrándose con fuerza a este trozo de realidad—. ¿Cómo puedes estar acá? Mi padre nunca te lo permitiría, conoces las reglas del clan.
—El señor Lynx me ayudó con eso. —El nombrado sonrió desde la puerta, con la camisa repleta de tierra y una mirada de romántico empedernido. Le dolió mucho el corazón. Eiji no pudo evitar compararse con el soldado de juguete eternamente enamorado de la bailarina en «el soldadito de plomo», defectuosamente atrapado en una jaula de huesos y carne.
—Tienen un par de horas antes de que Okumura se dé cuenta. —Él asintió, sin poderle quitar la mirada de encima. Como el soldadito contemplando a esa sublime bailarina. Se preguntó si Ibe sería el niño que lo acunaría a pesar de estar quebrado, y temió por la tragedia contra una chimenea.
—Gracias, Ash. —Un leve rubor coloreó las mejillas de Aslan antes de que se esfumase por la puerta. Bones y Kong se hallaban resguardando el cuarto, le dio ternura que se preocupasen tanto por él. Temió que llegase el duende del cuento a maldecirlo. Ambos tomaron asiento en el sillón, era viejo y apestaba a naftalina, habían dos tazas de café pendiendo contra la mesa—. ¿Cómo has estado?
—Te ha marcado. —La cara se le cayó de vergüenza ante ese comentario. De vez en cuando, se olvidaba de esa marca—. ¿Él te ha forzado? —De vez en cuando, fantaseaba con ser un humano. Pero era un soldadito de plomo abandonado en una caja o un pajarito parasitario en un nido usado.
—Nada contra mi consentimiento. —Mentira—. Al menos en la intimidad. —Aún le punzaba el pecho recordar el incidente del celo inducido.
Griffin.
No había hablado con él.
—¿Estás embarazado?
—No. —El mero pensamiento de un bebé le revolvía las tripas—. ¿Por qué me lo preguntas?
—Fue parte del contrato que tu padre lo hizo firmar. —La sangre se le heló—. Ei-chan, necesitas de un bebé para cumplir con las cláusulas, esa fue la razón por la que el señor Lynx te aceptó. —Una carcajada irónica pendió hacia sus dientes, nunca había importado lo que él quería. ¿Por qué esta sería la excepción? Permanecer acá no era voluntario.
—No voy a ceder con semejante facilidad, si tengo un cachorro estaré atado de por vida a Lynx. —Pero Ibe agachó la cabeza y lució realmente acomplejado.
—Aki-chan... —El nombre lo congeló—. Ella se manifestó. —Sus latidos se esfumaron junto al vapor del café, la boca se le secó y las piernas le pesaron—. Es una omega.
—No. —Eiji se levantó de golpe—. Eso no puede ser. —Si eso era verdad, significaba que...
—Tu padre quiere llevársela. —Ahí comprendió el semblante demacrado que su tutor le mostró—. Es solo una niña, ella... —Quiso vomitar. Él chocó contra la mesita, el café se derramó hacia el piso. Se preguntó si estaba ardiendo entre las llamas de la chimenea o si fluía por esa mugrienta alcantarilla—. Corsa lo aprobó.
—¡No! —No podía permitirlo, esa chica era todo lo que tenía.
Akira siempre fue linda con él, le mostró amor incondicional incluso después de que se manifestara, lo curaba cuando su padre lo golpeaba a pesar de ser una niña. Ella en un burdel, condenada a esta mierda de vida pero con menos opciones...Recordó a Yut-Lung atado a su hermano mayor, recordó la clínica de abortos, las subastas clandestinas y las fiestas de élite donde los forzaban a usar correas. Era suficiente. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Mientras él se encontraba acá tonteando, sus aliados sufrían. Aceptó ese maldito trato para desbaratar a sus enemigos.
—¿Crees que puedas contactar a Yue? —Ni siquiera se conectó cuando musitó aquello, se hallaba ido.
—¿Por qué? —La determinación le ardió por las venas hasta chamuscarle el corazón—. ¿Qué estás pensando, Ei-chan? Los Lee jamás contradecirán a tu padre. —Si iba a ser una maldita ave marchita o un soldado de juguete se aseguraría de volver, sería un fénix o un corazón de plomo con purpurina.
—¿Has escuchado hablar de GOOSE?
—¿Es algo peligroso? —El café escurrió por los delicados diseños de las baldosas hasta mancharlos.
—Nacer en esta clase de mundo lo es. —Y así estuvo seguro—. Necesito de su ayuda para cambiar eso, no tengo las habilidades suficientes para hackear una cuenta tan resguardada.
—Puedo hablar con él.
Si iba a morir, al menos moriría intentando.
Lo ponía ansioso tener que confrontar a Griffin luego de haberlo evitado burdamente. Supo sobre GOOSE gracias a lo mucho que esos idiotas lo subestimaban, si empezaba este golpe de estado vaciando las cuentas la guerra sangraría. Podría usar la clave de Aslan, le bastaría con mover las pestañas para seducir al alfa y escabullirse en la noche hacia el computador, sin embargo, eso lo metería en problemas y por alguna razón que no admitiría en voz alta, lo hería. ¿Cómo no hacerlo? Lo amaba. Pero Akira. Si quería la ayuda de Yut-Lung Lee, su mejor amigo lo presionaría con la marca, para poder tomar una decisión coherente al menos debía proponerle el tema al tercero involucrado. Ser rechazado sería duro, temía desmoronarse luego de esa respuesta.
¿Qué sentía por Griffin de todas maneras?
—Eiji.
Lo encontró fumando en el balcón del segundo piso. Bajo la luz de la luna, atrapado entre matorrales de aves imaginarias, en una casa donde los pasillos hacían eco y gruñían. Su imponente silueta fue un contraste violento para el cielo de diamantes sobre el cual se bamboleaba, tenía la camisa levemente abierta y el cabello hecho una maraña. Él tragó duro antes de acercarse, sabiendo que su mente era como una enfermedad que no podía arrancar. Porque pasara lo que pasara, este alfa seguía siendo especial, lo supo desde que lo conoció. O quizás, se hallaba famélico por amor y eso fue lo que quiso pensar. Como fuese, probablemente lo odiaría. Él era fuego derritiendo a un soldadito de plomo.
—¿Me regalas uno? —Griffin sacó una cajetilla de cigarrillos antes de ofrecerle el encendedor.
—Pensé que me estabas evitando. —Eiji se apoyó contra el barandal, su atención pendió hacia los girasoles, parecían oro derretido a estas horas de la noche, o tal vez un tesoro. Se cuestionó si su padre habría visto lo mismo en él para haberlo enviado tan lejos en busca de una fortuna—. Me estaba empezando a preocupar.
—¿Tan notorio fue? —El omega le dio una profunda calada al cigarro antes de arrojarlo hacia las estrellas.
—Bastante. —Sus dedos recorrieron los bordes del barandal, las cenizas pendieron hacia el piso. Los detalles de madera blanca crujieron ante el peso extra—. ¿Por qué me estabas evitando? —El corazón se le encogió ante la mirada que Griffin le arrojó, siempre fue débil frente a esos ojos demasiado azules y honestos para ser verdaderos. ¿Fue su primer amor? ¿O un amigo a quien idealizó? De cualquier manera, amaba al menor de los Callenreese.
—Porque era demasiado humillante hablarte. —Pero acá estaba, siendo un soldado entre las llamas. A punto de pedirle que lo marcara porque él tenía un deber que cumplir. No fue necesario solicitar el rol de redentor para que se le confiriese—. No quería que vieras... —Sus yemas rozaron la marca y las cenizas le mancharon la espalda—. Ya sabes.
—No me habría importado. —Eiji se encogió en su yukata, la noche estaba fría. Cuando alzó su mentón para poderlo contemplar, él se profesó más grande que su cuerpo, más frío que la casa, más malo que sus demonios y mucho más grande que sus huesos—. Nunca te miraré solo como un omega, eso lo dejé claro durante tu primer celo.
—Si tuvieras la oportunidad de marcarme... —Él trató de darse coraje, enfocando su atención en el reflejo de la luna contra el techo del invernadero—. ¿Lo harías? —El cigarrillo de Griffin tiritó entre sus dedos, el humo se perdió a causa de la sorpresa.
—¿Importa? Eres el omega de Aslan. —Su corazón estaba latiendo con demasiada fuerza. El japonés crispó sus puños hacia la orilla del barandal, esto era demasiado—. ¿Por qué quieres saber?
—¿Por qué no me marcaste si lo consentí? —Una sonrisa filosa se posó entre las mejillas del alfa, fue hechizante. El tabaco le chispeó en la lengua, él tuvo que inclinarse en la punta de sus pies para beber de semejante veneno.
—Porque no estabas en conciencia plena de lo que ocurría, nunca me habría podido aprovechar de ti. —Pero Ash lo hizo y él lo amaba. Era un hipócrita, ni siquiera podía elegir bien una maldita pareja. ¿Pareja? No eran nada, follaban y ya. Corsa, GOOSE, Akira, Yut-Lung Lee, su papá. ¡Alto! Era demasiado.
—Si lo hubiera consentido en mis cinco sentidos... —El cigarrillo cayó hacia el primer piso, quemó los pétalos del girasol y así lo supo. Eiji no era el soldadito de plomo—. ¿Me habrías tomado? —Él era la bailarina. Griffin se inclinó demasiado cerca, sus manos apenas se rozaron por encima del barandal.
—Es peligroso que me preguntes eso ¿sabes?
—¿Por qué tendría que ser peligroso? Dijiste que era el omega de Ash, no debería importar la respuesta. —Un magnetismo irresistible lo derritió.
—Porque hay algo que todavía no sabes. —Griffin le alzó el mentón, parecía constipado. Como si estuviese llevando a cabo una batalla interna en la que se estaba ahogando—. Que nunca debes saber o no habrá marcha atrás. —Su aliento le rozó la nariz, cada poro se le electrizó—. Pero tienes el derecho a saber, es demasiado complicado.
—Por favor detente, me estás asustando. —No obstante, él no podía evitar tener esa terrible energía—. Necesito que seas claro conmigo o no lo entenderé.
—Maldita sea. —El ceño le tembló—. Deberías tener miedo con lo que te dije, no curiosidad. —De repente, hizo mucho calor en el balcón. Aunque estaba vistiendo una yukata ligera y la noche se profesó tan helada que contempló a su propio aliento pender de sus labios para derretirse en la boca del alfa, quemó.
—Griff... —El nombrado le acomodó un mechón detrás de la oreja, dolido—. Si pudiera borrar mi marca, ¿me harías una tú? —Y su corazón se sintió en un lugar completamente incorrecto cuando preguntó aquello. Pero a la vez, hubo algo más. Algo terrible que fue incapaz de desglosar. Él retrocedió hacia el barandal, temiendo no ser el mirlo en esta historia.
—Eiji... —Sino el ruiseñor agonizante—. Ya lo sabes.
—¿Saber qué? —Ni siquiera el reflejo de la luna se pudo comparar con semejante resplandor. Fue misterioso, tormentoso e increíblemente azul.
—Ya conoces mi respuesta. —Esas palabras fueron el regalo más valioso que jamás pidió—. Te marcaría. —La mandíbula se le cayó y la mente le explotó en un lío. Un soldado abandonado o un pajarito en agonía.
—¿Por qué? —Un omega marcado en una irremisible jerarquía—. Dijiste que era de Aslan, dijiste que...
—Porque somos una pareja destinada.
¿Quién tenía el control?
He estado pensando en qué subir para el cumpleaños de Ash y mi mente esta seca, ando sufriendo por eso. Pero fuera de mis quejidos, debería haber actualización este fin de semana porque termine mis informes de práctica~ I'm free, no al 100% pero decente. Muchas gracias por leer.
¡Nos vemos en fin de semana!
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