
10. Everything black.
¡Hola mis bonitos lectores! Cambio de planes, este fic oficialmente es mi historia con más extensión y trabajo así que las actualizaciones requieren de más tiempo y esfuerzo, por ende pasan a los fines de semana, no a los martes. Fuera de eso, siento que este capítulo abarcó muchas cosas, recuerdo cuando dije que este fic sería ligero y ahora me encuentro con esto. So sad. Muchas gracias a las personas que se tomaron el cariño para leer.
¡Espero que les guste!
Eiji Okumura era un engaño descolorido.
El alfa había considerado una infinidad de veces el verdadero matiz del heredero de los Yakuza. Una farsa seductora, con una silueta tan despampanante como la sinfonía más majestuosa que Beethoven jamás escribió, con unos movimientos que vanagloriaban la tentación cuando alzaba la katana y ardía bajo la lluvia, de voz dulce pero aterciopelada, de ojos increíblemente negros que le rezaban a la melancolía, de esos tan oscuros que podían clamar por ser rescatados del averno o arrastrar a su víctima hacia un cándido infierno. A veces, le recordaba a un impasible conejito con pucheros más dulces que el azúcar y cabello tan esponjado como la nieve. Otras, le parecía una bestia voraz de lengua afilada y voluntad inquebrantable. Se lo advirtieron incontables veces, no era más que un regalo envenenado para encadenarlo a la mafia, sin embargo...
—Creo que lo amo, Max. —Él era mártir de una insoportable necesidad por adorarlo, por devastar su máscara para encontrarse con el verdadero matiz de este enigma. ¿De qué color sería?
—¿Qué fue lo que dijiste? —Ash se abrazó a sí mismo, apoyándose contra el ventanal de su oficina, el tabaco seguía impregnado en su paladar bajo la amargura de un Whisky añejo—. No te escuché, estaba terminando de revisar las pruebas.
—Anciano... —El periodista se hallaba sentado frente a una decena de carpetas plegables con folios amarillentos. Se encontraban en el apogeo para desbaratar al Club Cod cuando el tema apareció—. ¿Crees en las parejas destinadas?
—No soy la mejor persona a quien preguntarle, ¿no? —Max se encogió de hombros, hundiéndose en ese ostentoso sofá de terciopelo. Le resultaba curioso que Aslan hubiese conservado la decoración de la residencia cuando los muebles eran un desfile de malos recuerdos, desde el papel tapiz hasta el basurero de metal—. Los betas no sabemos nada sobre parejas destinadas.
—Lo sé. —El alfa se aflojó la corbata—. Pero de todas maneras quiero tu opinión. —Le fastidiaba tener que usar trajes durante la totalidad del día. Él acostumbraba a prendas sencillas, a jeans rasgados, chamarras demasiado grandes y converse rojas y geniales.
—No estoy seguro. —Él enfocó su atención en los grabados del techo y carcajeó entre dientes. Una copia del «El Juicio Final» por Miguel Ángel se hallaba fulgurando contra los rayos del sol. Le pareció irónico que Dino Golzine se hubiese esforzado tanto en tapizar ese lugar de gloria—. He escuchado que hay personas que sienten esa conexión.
—Debí esperar una respuesta poco romántica de ti, anciano. —Él se preguntó si su predecesor sería como el morbo entremezclado en esa pintura. Impávidamente oculto a simple vista, lo suficiente para ser adorada, pero no lo suficiente para ser condenada—. Con razón Jessica te pidió el divorcio.
—¡Oye! —Max refunfuñó contra el sillón—. ¿Por qué quieres saber? No es tu clase de tema. —De pronto, sus mejillas se ruborizaron y su mirada se suavizó.
—P-Por nada. —Ash Lynx dejó de parecer un líder de mafia para convertirse en un adolescente tartamudo.
—Oh. —Max alzó una ceja, divertido—. Esto es por tu omega. —Las orejas le ardieron, la boca se le secó. Su mirada viajó casi por instinto hacia el jardín detrás del ventanal.
—¡No lo es! —Eiji estaba escalando con Skip las ramas de un roble, con el cabello despeinado y la yukata ligeramente desarreglada, fue la encarnación de la libertad. Se cuestionó si su avecilla estaría armando un nido o si solo quería escapar. Contempló su color y estuvo seguro de que debería ser dorado, él era una estrella forjada de pura luz.
—Pensé que estabas teniendo problemas con él. —La botella de Whisky goteó contra la mesa. Él enfocó su atención en sus zapatos italianos, extrañando esas zapatillas roñosas y deseando haber conocido al omega mientras las usaba en una situación normal, en un bar o en la universidad.
—Los estábamos teniendo, pero últimamente hemos estado más cerca. —Una sonrisa expió sus pecados—. Pensé que él me odiaba hasta que.... —El corazón le martilló con fuerza tras recordar aquel candoroso encuentro encima de su escritorio. Fue caliente, realmente caliente.
—¿Hasta qué? —El beta contuvo una carcajada. Esta era la primera vez donde contemplaba a Ash actuar acorde a su edad, no perdería la oportunidad para fastidiarlo—. ¿Te acostaste con él?
—¡Eso es irrelevante! —El alfa le arrojó una de las carpetas, apenado. Las fotografías cayeron contra la alfombra para forjar su propio juicio final—. Pero luego de lo que pasó, prácticamente le dije que lo amaba. —Él se golpeó la cara, desesperado.
—Tienes un cerebro que funciona como un computador, pero no eres capaz de pensar cuando tiene que ver con él ¿eh?
—Cállate, no es asunto tuyo. —Max se relajó.
—No lo digo para humillarte, me alegra verte feliz. —De repente, le preocupó que sus barreras se estuviesen craquelando—. Has pasado por mucho, mereces encontrar el amor.
—Supongo que tienes razón. —Él volvió a alzar la mirada hacia el mural. Solía contemplarlo cuando Dino lo quería hacer sentir especialmente mimado en ese asqueroso sillón, era casi agradable disociarse entre la infinidad de figuras religiosas plasmadas en el cristal. Fue ahí donde comprendió que lo sagrado también podía estar manchado.
—Además, el chico Okumura no es una mala persona. —Él suspiró, conteniendo una arcada. No era momento para ahogarse en esas repugnantes memorias—. Lo conocí cuando iniciamos esto, seguramente no me recuerda pero Shunichi nos presentó. —Ash tomó otro vaso de Whisky, el ardor le destrozó la tráquea y le escurrió por el mentón.
—Nunca me contaste de eso.
—Pensé que lo adivinarías, eres un genio ¿verdad? —El periodista encendió un cigarrillo, el humo ensució la tonalidad de tan sublime cielo—. Me salí apenas las cosas se volvieron demasiado peligrosas con los Yakuza, tenía una familia detrás.
—Griffin también tenía una familia detrás. —Aslan le arrojó una última mirada a su avecilla antes de acomodarse en el sillón, el tacto le heló la sangre, todavía podía oler las feromonas de su predecesor impregnadas entre las grietas de los cojines y las manchas en la tela, debería quemarlo—. Pero eso no lo detuvo. —Sin embargo, necesitaba odiar para sacar esto adelante.
—Tu hermano es un caso distinto.
—¿Por qué?
—Él realmente entabló un vínculo especial con Eiji.
Ash arrojó la nuca hacia atrás y se dejó ahogar por ese mural. Se preguntó si Eiji sería como esa obra, inocente a primera vista pero repleta de putrefacción. El pensamiento le punzó el corazón. Sabía que confiarse era estúpido, no obstante, le parecía inconcebible que esos grandes ojos cafés fuesen una mera farsa. El chico era dos años mayor que él, había nacido arraigado en la crudeza de los Yakuza y aún así, era un terrible mentiroso y una pésima ama de casa. Él sonrió, recordando la dulce manera en que lo despertaba con golpes, esos apestosos desayunos tradicionales, sus carcajadas de miel y sus pucheros indignados. Le encantaba la compañía del omega. ¿Para qué negarlo? Aslan nunca se permitió encapricharse con nada ni encariñarse con nadie, le enseñaron que eso sería igual a la destrucción y estaba demasiado destruido para quebrarse un poco más, pero este chico...Le dolía mucho siquiera considerar que solo lo usaba para acercarse a su hermano mayor.
—Fue bastante intenso ¿sabes? —Max le dio una profunda calada a su cigarrillo—. Tenía todo un futuro asegurado como líder del clan hasta que manifestó su género. —El tabaco le nubló la cordura, la boca se le secó—. Por poco lo mata.
—Ya conoces a Okumura, es una escoria con poder y dinero. —El periodista asintió, sus zapatos terminaron aterrizando sobre la mesita con los folios. Era esa de té que Dino solía adorar, esa con el grabado de las rosas y la cerámica pulida.
—Griffin casi lo marca durante su primer celo.
—¿Qué? —Ash palideció.
—Tu hermano casi se enlaza con él. —El alma le punzó, posar su mirada en el ventanal fue inútil, había demasiado humo y el tabaco lo tenía mareado—. Eiji parecía completamente desesperado en esa casa, quedó destrozado luego de su primer celo. Por eso lo desconocí la primera vez que lo vi acá. —El beta usó la mesa de cenicero. Recordaba a la perfección el incidente, luego de eso Okumura amenazó con matar a Griffin, por eso tuvo que desaparecer.
—¿Se ve diferente? —Él asintió.
—Ahora se ve repleto de vida. —La lengua le ardió contra las cenizas—. Era un simple muñeco de trapo bajo las garras de su padre, acá se parece al chico que Shunichi me presentó, ese que saltaba la pértiga. —Shunichi Ibe, fue a ese hombre a quien le preguntó por las flores favoritas del omega para mandarle a hacer una yukata. Se veía lindo durante esa fiesta, tan adorable como sensual.
—¿Por qué me estás diciendo esto? —Max se encogió de hombros—. Pensé que tu lealtad se hallaba con mi hermano.
—Supuse que te gustaría saber. —Era verdad, se profesaba enfermo de los secretos entre ellos dos—. No creo que te debas preocupar por Griff, ustedes dos ya se encuentran enlazados. —Esa marca en su nuca era una calada de tranquilidad. No fueron las circunstancias idóneas para unirse, sin embargo, pasó.
—Supongo que tienes razón. —Y aunque Ash daría lo que fuese por haberlo podido conocer en una situación más normal, era tarde.
—¿Me dejarás ver a Griff antes de que me vaya? —Ambos se hundieron en ese mugriento sofá.
—Conoces la respuesta.
—No fue a propósito ¿sabes? —Los folios hondearon en una tormenta hermética—. Él hizo lo mejor que pudo para mantenerlos a salvo. —Sus zapatos rechinaron contra los soportes de la mesa. Él sonrió, imaginando lo satisfactorio que sería quemar los muebles de ese psicópata. Se retorcería en el infierno.
—Lo sé. —O quizás, lo juzgaría en el juicio final—. Pero de todas formas, Jim está muerto por su culpa.
Aunque Aslan odiaba involucrar a Max en esto, fue ese terco periodista quien inició el juicio final tras indagar en el precioso «banana fish», esas dos palabras fueron detonantes para la catástrofe. Todavía no las entendía del todo, recordaba que Dino las mencionó en algunas reuniones mientras creía que no se encontraba prestando atención, estaba seguro de que Okumura también se hallaba involucrado. Pronto tendría que encontrarse con ese sujeto, le retorcía las tripas siquiera pensarlo. Ese Yakuza siempre se hallaba enfundado en un traje ridículamente elegante, usaba guantes como si padeciese de misofobia y poseía un alma tan negra que parecía estar hecha de brasas y hollín. Si hiciese uso de esos 200 puntos de IQ, le pondría una venda a su corazón para escuchar a Arthur. Les hicieron daño, demasiado daño. Ese maldito omega era un problema. Tenía que odiarlo, odiar era bueno, odiar lo había mantenido con vida. Pero Eiji estornudaba su nombre bonito y lo hacía sentir visto, genuinamente comprendido.
Piel más dorada que el oro tejido al sol.
Labios más rosados que la sangre de los cerezos.
Ojos de injuria tan transparentes como una estrella fugaz.
Se extinguió antes de fulgurar.
¿Cuál era su color?
—Si tanto quieres verlo deberías entrar, boss. —Skip lo hizo saltar por la sorpresa.
—No sé de qué estás hablando. —Sus zapatillas se hallaban completamente embarradas, su jardinera seguía acribillada con pétalos de flores, entremezclados a sus rulos habían varias ramitas con hojas. Este niño era un desastre.
—Llevas paseándote una hora frente a su puerta. —Ash se ruborizó y bajó el mentón. Se sintió como cuando Griffin lo descubría robándose las galletas de la alacena, o Jennifer le daba a escondidas una porción extra de pastel—. Deberías entrar.
—No, solo estaba paseando por acá. —Él cruzó los brazos antes de dejarse caer con torpeza contra la pared. No podía creer que un niño lo hubiese descubierto, se supone que era un genio—. Solo quería saber si me iba a acompañar a mi siguiente reunión.
—Eso es en una semana. —Skip se balanceó en la punta de sus pies, divertido—. Shorter me lo dijo. —Él maldijo a su mejor amigo.
—¿Todavía no regresa?
—Aún no. —Con la esperanza de ganar esta guerra, Shorter fue a hablar con Black Sabbath, el líder de la pandilla era fuente de rumores peligrosos, tenía un camino ensangrentado a sus pies, de ahí surgía el apodo—. ¿Te preocupa que le haya pasado algo?
—Si fuera otra persona estaría preocupado. —Pero le confiaría su misma vida a su mejor amigo. Al alfa le parecía una mierda la cadena de mando, por muy competente que fuese Arthur, le retorcía las tripas que estuviese por encima del beta por mera cuestión de géneros. Así funcionaba esta decadente sociedad ¿no? Era acatar las normas o suicidarse por traición—. ¿Estuviste en el jardín?
—Ei-chan me ayudó a plantar semillas en la mañana, ahora estaba regándolas con Bones y Kong. —Tenía tierra debajo de las uñas y lodo en las mejillas—. Los girasoles van a crecer bastante altos. —Lo dudaba. Nueva York era un maldito cementerio de espinas, lo único que sobrevivía era la putrefacción. Mejor que nadie lo sabía.
—Me alegro. —Él frunció la boca.
—Vi a Max hace un rato. ¿Cómo va la investigación?
—Bien. —Aunque se aseguró de sacar a Skip del caso alrededor del Club Cod, seguía debatiéndose si debía exponerse a sí mismo. Sería un escándalo demasiado grande contra Corsa, no obstante, se profesaba aterrado, no quería que el omega lo contemplase diferente—. Todavía estoy ajustando algunos detalles. —Él enfocó su atención en la alfombra. Fue asqueroso frecuentar esas fiestas. Ahora que lo recordaba, Dino también se llevó a Arthur la noche que esta pesadilla comenzó.
—Ash... —El aludido parpadeó, regresando al presente—. Esa marca que le hiciste a Ei-chan, ¿es permanente?
—Debería serlo. —El tema era turbio y poco investigado—. Ya habría desaparecido de no ser así, ¿verdad? —Preguntarle a un niño por semejante problema debería parecerle ridículo, sin embargo, conocía el potencial que se ocultaba detrás de tan impasible sonrisa.
—Eso creo, te huelo constantemente en él. —Esa fue la razón por la que quisieron vender a Skip ¿no? Un talento extravagante era una aguja en un pajar—. Pero tengo un mal presentimiento, ha estado actuando extraño. —Ash era consciente de aquello, podía detectarlo en las feromonas de Eiji. Algo lo estaba molestando, era un pésimo embustero hasta fisiológicamente. Él se preguntó cómo podía ser un asesino de élite sino era capaz de mentir.
—Debe sentirse nervioso. —Y luego recordó que la inocencia era el arma más peligrosa de todas.
—¿Sabe que verán a Okumura en un par de semanas?
—No. —La boca se le secó—. No le he dicho. —Skip se apretó las manos, nervioso.
—Él va a preguntarles por un heredero, eso fue lo que aparecía en el contrato. —Pero le resultaba enfermizo que ese sujeto transaccionase a su propio hijo por un fajo de dinero sucio. Seguramente había una ganancia mayor que estaba ignorando, sin embargo...—. Tienes que pensar algo o te hará tomarlo por la fuerza frente al comité. —No quería convertirse en un monstruo.
—Lo sé. —Esas malditas tradiciones lo asqueaban.
—Deberías hablar con él. —Skipper le golpeó la espalda para darle ánimos—. Ei-chan te quiere, lo entenderá.
—No creo que lo haga.
De todas maneras, se dio el valor para ingresar.
Lo primero que vio en el cuarto fue su chamarra favorita encima de la cama, los puños se habían manchado de mugre y la tela se hallaba húmeda. Apenas la tomó, él se percató de que su camisa de franela verde se encontraba debajo, fue ahí cuando se aventuró a levantar la manta solo para descubrir la mitad de su closet acomodado en un mullido semicírculo encima del colchón. Parecía suave y errático. Todo apestaba a él mismo. El rubor se le subió a las mejillas luego de entender que estaba frente a un nido de omega. Había leído algunas veces acerca del tema. Aunque no sabía mucho, estaba seguro de que el acto era de desmesurada intimidad.
—Ash... —Él alzó el mentón, dándose cuenta de que Eiji estaba leyendo en la orilla de la cama, rodeado por sus camisetas y algunas corbatas.
—¿Es un nido? —El rojo se le subió de pies a cabeza.
—¡No lo es! —Al alfa le pareció absolutamente adorable la manera en que Eiji se aferró a una de sus chaquetas, era esa de mezclilla que tanto adoraba, la usaba cuando conducía motocicleta antes de quedar rebajado a títere empresarial. Las sombras cayeron sobre su corazón.
—¿Seguro, onii-chan? —El aludido infló los mofletes y arrugó la nariz—. Entonces no te importará que tome una de mis camisas, ¿no es así? —No obstante, el japonés ya le estaba apretando la muñeca para detenerlo. La luna se oscureció.
—No te atrevas a tocarlo. —Le dio ternura lo receloso que se mostró con su nido, se asemejó al pequeño mirlo cantarín en su casita de lana—. ¿A qué viniste, Lynx? —El aludido tragó duro, él paseó su mirada por el dormitorio. Era bonito y espacioso pero increíblemente impersonal. ¿Acaso no había traído pertenencias? Quería arreglarlo, anhelaba que esto se convirtiese en un hogar.
—Quería verte. —Y era verdad—. Realmente quería verte, Eiji. —El alfa bajó el mentón, apenado. El corazón del japonés martilló con fuerza dentro de su pecho, él apretó la camisa. En el fondo estaba esperando que pasase por ahí. Estaban bailando en la oscuridad en este enigmático cortejo.
—¿Te gusta? —Él lo preguntó bajito, casi mudo.
—¿Gustar qué?
—El nido. —Ninguno sabía lo que estaba haciendo en este juego de poder y control—. Últimamente no estás en la residencia, así que... —Al contemplarlo, Ash supo que jamás había tenido oportunidad para resistirse a esos encantos—. Te extraño. —Sí, todos en su pandilla y en Corsa hablaban de este omega como si fuese un bombón envenenado, dulce y mortífero, probablemente era verdad.
—¿Te gustaría mudarte a mi cuarto? —Pero le daba igual. Lo único que entendía era que Eiji lo traía loco y ya—. Me haces falta.
—Sí. —Ash sonrió, sabiendo que todo era diferente cuando se trataba de este terco porque su misma existencia cobraba otro significado bajo tan inefable lazo—. ¿Quieres entrar? —Él tuvo que contener un grito al ser bendecido para ingresar al nido. Sabía que era sumamente infantil sentirse feliz con esto, no obstante, lo escogió a él para hacerlo sentir seguro.
No a Griffin.
—Es un nido bonito. —Se recostaron uno frente al otro, rodeados de prendas viejas.
—No sabía que te gustaba este estilo de ropa. —El moreno seguía abrazado a esa roñosa chaqueta de mezclilla. Aslan se atrevió a deslizarse cerca, sus piernas se entrelazaron con torpeza, le fascinó la manera en que la yukata se enredó a sus rodillas. Joder, si pudiese se la arrancaría.
—Shorter me regaló esa. —Él le acomodó un mechón detrás de la oreja, le dio ternura la manera en que el rizo se curvó hacia afuera, como un girasol anhelando la calidez del sol—. Nos conocimos en el reformatorio, yo era el más pequeño ahí dentro. —O las marejadas clamando por la luna—. Y él cuidó de mí a pesar de lo insoportable que era. —Eiji soltó la chaqueta.
—Parece importante para ti. —Sus manos se entrelazaron encima de la seda.
—Lo es. —Ese mohín le arrebató el aliento. Aunque las cortinas se hallaban cerradas y estaba atardeciendo, él estuvo seguro de que Eiji se robó cada uno de los rayos del alba. O tal vez, Aslan se hallaba haciendo alusión a su verdadero nombre y este chico lo estaba sacando a relucir—. ¿Por qué tu cuarto está tan vacío? ¿No tienes ningún objeto preciado?
—Yue se la pasaba comprándome prendas extravagantes, es todo un fanático de la moda pero no estoy apegado a ninguna de esas ropas. —Una sonrisa melancólica opacó su belleza.
—Pareces encariñado con él.
—Lo estoy, pero mi padre no me dejaba verlo a menos que se tratasen de las reuniones con el clan. —El corazón le punzó—. Antes de que me manifestara, por supuesto. Incluso consideraron unirnos en matrimonio si yo salía alfa. —Una carcajada amarga retumbó por el vacío—. Supongo que nos jodí a ambos.
—No es así. —Eiji tuvo muchas ganas de llorar—. ¿Odias ser un omega? —Porque esos ojos verdes lo contemplaron con una ternura inefable.
—Odio lo que me hacen sentir por serlo. —Como si realmente lo comprendiese—. Odio que me hagan sentir menos humano. —Como si realmente lo amase. Las feromonas del alfa lo embriagaron, adoraba esa fragancia. A la mayoría semejante agresión les resultaba putrefacta, pero a él no. Porque debajo de esa bruma de violencia había una exquisita fragilidad.
—Eiji...
—Yue nunca me trató menos por ser un omega. —Él sonrió, apretando con suavidad la mano de Aslan—. Ibe-san y Aki-chan tampoco, ellos fueron los únicos.
—¿Aki-chan? —Él asintió.
—Es la sobrina de Ibe-san. —Una carcajada melancólica retumbó contra las paredes de marfil, el arrullo de las estrellas fue agradable, las cortinas apenas se mecieron con el canto del Edén—. Ella estaba enamorada de mí. —Él se acarició la nuca por inercia, las marcas de dientes seguían sin cicatrizar, necesitaba actuar antes de que retumbase la media noche—. Es muy linda.
—¿Eh? No sabía que tenía competencia, onii-chan. —Fue tan tonta la manera en la que Ash aligeró la tensión—. Tendrá que hacer fila para conquistarte porque yo llegué primero. —Se lo agradeció. Él bufó, permitiendo que lo tomase entre sus brazos. Le agradó la naturalidad con la que el alfa delineó las flores de la yukata.
—Tienes bastante competencia, Lynx. —Sus toques se derritieron contra la seda del kimono, quemó.
—Últimamente no te he visto con Griffin. —Eiji apoyó sus palmas contra el pecho del americano. Cabello tan negro como las plumas de un mirlo, pestañas infinitas coloreadas por una luna carente de esplendor—. ¿Pasó algo?
—Lo he estado evitando. —Piel de caramelo derritiéndose bajo la seda negra de la yukata—. Hay algo que debo averiguar que todavía no quiero saber. —No quedaba luz dentro del cuarto. Ojos más oscuros que un océano de brea, parecían dos diamantes clamando por ser encontrados en una mina abandonada.
—¿Por qué? —Negro, todo estaba negro. Incluyendo su corazón.
—Por ti, Aslan.
En ese momento lo entendió.
Eiji Okumura sí tenía color.
Se devoraron con desesperación encima de las sábanas. El calor dentro del cuarto los estaba destrozando, se hallaban en un estado mental nocturno. Este omega era como un agujero negro que había atrapado a su corazón mugriento y su alma manchada. La fricción entre sus labios fue delirante, fue caliente, demasiado viciosa. Era una droga de la que ninguno se quería liberar. Ash apretó las caderas del omega con brusquedad, haciendo un desastre entre la seda de la yukata y la ropa interior mojada. El placer lo dejó completamente aturdido. Él sonrió contra la boca de Eiji antes de profundizar aún más con su lengua, quería beber de él hasta dejarlo vacío. Él tiró de sus cabellos y lo hizo jadear. Mierda.
—Realmente tienes un problema con las yukatas, Lynx. —El japonés sonrió entre dientes antes de sentarse a horcajadas, el respaldo de la cama chirrió contra la espalda de Aslan—. Casi parece un fetiche.
—Y tú con ir arriba. —Pero eso le encantaba.
¡Diablos, sí! Adoraba con cada maldita fibra de su cordura la manera en que el omega separaba las piernas para sentarse encima de su regazo y juntaba sus erecciones en una fricción exquisita. La brusquedad con la que se apoyaba encima de sus hombros antes de frotarse mientras esos ojos le gritaban con un fuego apasionante: «estoy arriba tuyo porque soy intocable», era casi sublime. Semejante derroche de erotismo le resultó hechizante. Él se mordió la boca, deshaciendo el cinturón de la yukata. Ambos estaban duros, no les gustaba complicarse, querían follar y ya. Se necesitaban. El alfa apretó esos torneados muslos con hambre, se sentía bien, tan bien.
—Ya estás mojado. —Ash le apretó el trasero, su ropa interior se hallaba empapada de lubricante, estaba goteando—. Mira cómo te pusiste por mí, onii-chan. Eres tan sucio. —Entonces el aludido le respondió con una expresión jodidamente sensual.
—¿No harás nada para ayudarme, Lynx? —Él se levantó y se quitó la ropa interior—. ¿O me vas a hacer suplicar? —Su alfa interior ronroneó completamente hechizado por esos toques.
Sin poderle despegar la mirada de encima, Aslan se abrió el pantalón, su corbata se hallaba desarmada alrededor de su cuello y su camisa se encontraba abierta, mostrando varios chupones posesivos alrededor de sus trabajados abdominales. Su erección estaba húmeda y palpitante, algunas gotas de líquido preseminal habían manchado su ropa interior, él liberó su polla. Una ensordecedora oleada de placer lo golpeó al volver a probar los labios del omega. Él jamás se creyó capaz de poder sentir tan desmesurada lujuria.
—Eres tan candente.
Eiji tiritó cuando Ash se atrevió a meter su palma debajo de la yukata, separarle las nalgas con impaciencia y estimular su entrada, estaba mojado por el lubricante natural y necesitado. Quería que este alfa hiciese un desastre en él. Habían demasiadas de sus feromonas nublándole la conciencia, esos ojos verdes no lo dejaban pensar con claridad y el corazón le latía con mucha violencia. Los muslos se le contrajeron cuando el primer dígito ingresó en su interior, él gimió, batallando por mantener su trasero levemente alzado para que lo pudiese seguir estimulando. Sus ojos se cristalizaron en la oscuridad, su respiración fue un infierno. Sus rodillas se hundieron al costado de su compañero.
—A...Ash. —Su aliento fue una sinfonía de lascivia contra el cuello del nombrado. Ambos se hallaban intoxicados por el otro, sus erecciones se estaban frotando mientras el alfa le estimulaba el ano—. No necesitas hacer eso. —Él le besó la marca en la nuca. Una corriente eléctrica lo abofeteó.
—Quiero hacerlo.
No tuvo que decirle más, le bastó una peligrosa mirada de esos ojos negros para que se volviesen a besar. Aslan se tomó su tiempo para introducir un segundo dedo, su camisa aún colgaba entre sus brazos y la tela se había transparentado por el sudor. Sus dígitos surcaron con profundidad el interior del omega, adoraba la idea de que estuviese tan mojado por él, el lubricante goteándole desde las nalgas hacia los muslos fue obsceno. El vaivén entre sus lenguas fue éxtasis líquido. Ambos perdieron la cordura esa noche. Eiji se separó para besar el torso del alfa, pudo escuchar la violencia de su corazón contra sus labios, estaba demasiado oscuro. Los dedos salieron de su interior y él jadeó.
—Ya estás listo. —El japonés empezó a descender encima de la erección de Ash.
—No. —Él le quitó las manos de la cadera—. Yo seré quien marque el ritmo, Lynx. —El nombrado gimió, impaciente. La cara le quemaba y el deseo estaba ardiendo a fuego lento en su interior.
—E-Eiji... —Ese jadeo fue exquisito.
—Empezaré a moverme.
Un ronco gruñido escapó de lo más profundo de la garganta del alfa cuando su miembro fue aprisionado por el interior de Eiji. Joder. Era caliente, húmedo y palpitante. Él tuvo que clavar sus uñas encima de las sábanas para no tomarlo por las caderas y arremeter más profundo en sus entrañas. El omega se tomó su tiempo para acostumbrarse, parecía delicado, temió romperlo de una sola estocada. Pero entonces, él le sonrió y marcó un vaivén simplemente delicioso. Sus palmas se apoyaron contra la camisa para poderse sostener, la fricción fue delirante. Fue tocar el cielo en el infierno.
—J-Joder Eiji...¡Ah!
El nombrado alzó aún más las caderas, impaciente por recibir ese pene palpitante. Podía sentir aquella erección crecer dentro de él, dura y grande. Sin poder contenerse más, Ash lo tomó de las caderas para marcar un ritmo juntos, los gemidos del omega contra su oreja lo llevaron hacia la locura. Eiji arqueó la espalda ante tan gruesa y profunda intromisión, las prendas se cayeron de la cama, fue un goce mortificante. Una infinidad de besos fueron repartidos entre piel perlada por el sudor y una bruma de feromonas. Fueron estocadas repletas de pasión. Las piernas le temblaron, Aslan le delineó desde el cuello hasta el pecho con los dientes, fue lento y lascivo. Jamás habían sentido tanto placer, fue adictivo. Con un increíble erotismo la velocidad de la penetración aumentó. Estaban tan calientes que comenzaron a delirar.
—¡A-Aslan! ¡No te contengas!
Esas palabras fueron suficientes para empujar al omega con fuerza y llegar al orgasmo. Lo único que pudo sentir fue como flotaba en una exquisita tensión dentro de esa suave y caliente entrada. Él se estremeció de deleite luego de eyacular. La respiración del moreno le quemó el cuello, él salió de su interior sin quererlo soltar, el semen escurrió encima de las sábanas, él los cubrió con la manta, hechos un desastre.
—La finalidad del nido no era copular ¿sabes? —Le pareció lindo que Eiji se acurrucase contra su pecho, clamando por mimos. La yukata había quedado completamente abierta y manchada.
—¿Leí mal las señales? —El omega le presionó un beso contra el mentón.
—Pensé que tú me estabas arrojando señales a mí. —Ambos rieron, relajados. Aslan lo abrazó de manera protectora, su barbilla cosquilleó debajo de esa rebelde matita abenuz, su respiración se encontraba corriendo demasiado rápido, igual que su corazón.
—Nunca habíamos hablado así. —Él comenzó a delinear la espalda del japonés, deseando que se profesase amado entre sus brazos—. A pesar de todo este tiempo juntos.
—Tienes razón. —Ash sonrió, apartándose levemente solo para poderlo contemplar. Matices de luna y personalidad de sol, qué soneto más disonante. Él recordó el mural en el techo de su oficina. ¿Qué sería este chico en el juicio final? ¿Pecador o santo?
—No sé nada sobre ti. —Él le acomodó un mechón detrás de la oreja, se hallaba empapado y esponjado—. Tu pelo es completamente negro, tus ojos también son profundos y negros. —La emoción que chispeó en las pupilas de Eiji, lo hizo sentir como si fuese la persona más interesante sobre la faz de la tierra—. Las cosas oscuras solían darme miedo cuando era niño. —Fue lindo.
—¿Por qué? —Aunque Aslan aborrecía hablar acerca de su infancia...
—Mi padre me hizo una calabaza de Jack para la noche de Halloween, la usé para pedir dulces. —Le confiaba su vida misma a este omega—. Fui a esconderme al bosque para asustar a mi hermano. Estaba completamente oscuro y se escuchaban ruidos tenebrosos. —Eran pocos recuerdos valiosos los que él guardaba, lo despojaron de su inocencia cuando cayó en las garras de la mafia.
—¿Entonces?
—Estaba asustado, así que me iba a casa. —Su cercanía le calcinó las mejillas, él pudo saborearle el aliento entre los labios—. Pero repentinamente, vi una cabeza de calabaza gigante. Después me di cuenta de que era mi reflejo en el parabrisas de un auto. —Suspiró—. Odio las calabazas desde entonces, solo ver una me da escalofríos. —Él no reaccionó—. ¿Qué? —Su carcajada fue grosera, el alfa enrojeció hasta las orejas—. ¡¿De qué te ríes?!
—¡Será mejor que no le cuentes a nadie! —Eiji se apretó el estómago con fuerza, las lágrimas se le agolparon alrededor de las mejillas mientras se burlaba aún con la yukata deshecha—. ¡El tipo que le apunta un arma al jefe de la mafia le tiene miedo a una calabaza! —El estrépito se tornó insoportable—. ¡Le diré a mi padre! ¡Le diré que despida a esos guardaespaldas y plante un jardín con calabazas!
—Ríete lo que quieras. —El rubio infló los mofletes y frunció el ceño—. ¡Eiji! ¡No es gracioso!
—Tienes razón. —El moreno se deslizó entre las sábanas—. Es lindo. —El alfa le presionó un besito contra la nariz—. Eres lindo, Ash.
—Tú lo eres más. —Tal vez la oscuridad no era tan tenebrosa.
Ese encuentro lo ayudó a aceptar dos cosas:
La primera, era que estaba perdidamente enamorado de Eiji Okumura.
La segunda, era que quería convertirse en una digna pareja destinada.
Sabía que era una tontería considerando que debía liderar Corsa, sin embargo, anhelaba que esos ojos de ciervo contemplasen la mejor parte de él, solo lo bueno, aunque no quedase mucho ni estuviese muy limpio. No quería que Eiji se enterase de lo putrefacto que se hallaba o si no...¿Qué diablos sucedería si se enteraba de su verdadera relación con Okumura? ¿Lo aborrecería luego de descubrir sus verdaderas intenciones? ¿Si husmeaba en su pasado? ¿Si supiese la mitad? ¿Le daría asco? No. No se podía arriesgar. No más peleas innecesarias dentro del clan.
¿El problema?
—Te desafío por el mando, Lynx.
Frederick Arthur.
—¿Es necesario que armes un alboroto por un berrinche?
—No es un berrinche. —Arthur se cruzó los brazos encima del pecho—. Okumura nos destruyó, no soporto verte babeando por su heredero.
—Tú querías que lo marcara. —Él se tuvo que incrustar las uñas dentro de las palmas para poder contener su ira.
—Mi plan no resultó como quería. —La sangre le hirvió, las entrañas se le descompusieron—. Es un todo o nada. —El resto de la pandilla se hallaba presente, lo que hacía la propuesta oficial—. Si gano me cederás el mando en Corsa y a tu pequeño omega.
—Estamos enlazados. —Arthur alzó una ceja, divertido.
—Lo quiero para regresárselo en cajas al viejo, no como pareja. —El mero pensamiento le heló la sangre.
—No. —Él se mantuvo firme—. No puedes transaccionar así su vida. —Arthur se arrojó la navaja de una mano a otra, desinteresado.
—No tienes más opción, son las reglas de la mafia. —Esa sonrisa maliciosa lo paralizó—. O sino perderás por default. —El reglamento de Corsa era una jodida broma. Sabía que no perdería contra su tercero al mando, pero no soportaba tener que apostar a Eiji como si fuese un trozo de carne. Si hizo eso en un inicio fue para mantener la fachada de heredero brillante.
—Eres un hijo de puta. —Esto atentaba contra su moral.
—Igual que tú.
Escogieron la bodega de armas como locación para luchar. Lo harían en el segundo piso, con toda la pandilla como testigo por debajo. Las reglas eran sencillas, no se permitían armas, solo cuchillos, nada de jugar sucio. Usualmente esto no sería un problema para el lince de Nueva York, no obstante, no quería que su omega viese esto. Sus manos se hallaban manchadas de tanta sangre, a veces era insoportable pero mantener su mente siempre ocupada lo ayudaba a no pensar en lo desagradable. Comenzar a amar a alguien implicaba ver esas partes feas porque quería mejorarlas, era duro. Mucho más teniendo que pelear a navajazos con su tercero al mando. Debería parecerle ridículo el pensamiento si Eiji era un asesino de élite, sin embargo, esos ojitos cafés desbordaban bondad. ¿Cómo podría...?
—¡No te distraigas! —Con un movimiento limpio le cortó el vientre.
Ash retrocedió de golpe, la plataforma chirrió contra sus zapatos de cuero, debió cambiarse antes de luchar. Él se arremangó la camisa y se aflojó la corbata, extendiendo la navaja. Sin importar lo que usase, seguía siendo el demonio que Dino Golzine trató de domesticar, sabía de lo que era capaz. La estridencia de las cuchillas craqueló el aire. Cada vez que atacaba, Arthur parecía devolvérselo con el doble de impacto. Entraron en un bucle eterno entre embestir y esquivar. La endeble tarima de metal tembló a sus pies. Los dientes se le impregnaron de sangre y tenía la lengua seca.
—¡Ese omega no es más que un problema! ¡Regrésaselo a Okumura! —El hombro le punzó. Mierda. ¿Cuándo le hizo un tajo cerca del cuello? La respiración le pesó.
—Si lo regreso lo matarán. —Arthur se arrojó el cuchillo de una mano a otra. Parecía cansado.
—¿Se te olvidó lo que nos hizo? —Realmente cansado—. ¿Se te olvidó lo que pasó en esa fiesta, Lynx? —No, jamás podría. La cínica mirada del Yakuza lo atormentaba en sus pesadillas y lo hacía vomitar sus mismas entrañas. Jamás olvidaría la manera en que se quedó en la esquina solo mirándolo mientras gritaban, con ese elegante bastón de plata y esos malditos guantes—. ¡Hazlo regresar! ¡No soporto tenerlo acá!
—¡Eiji no es igual a ese monstruo! —La pestilencia de las feromonas lo comenzó a matar, el sudor le quemó el cuello. Hacía calor.
—Estás tan cegado por esos ojos de Bambi que no lo puedes ver. —Ash se soltó los primeros botones de la camisa, sofocado—. ¿Qué ocurre? Estás sin aliento. —La tarima se movía demasiado, el aire le quemaba los pulmones, le dolía el pecho—. ¡Déjame acabar contigo!
Ambos arremetieron las dagas contra el otro. Tras un ágil movimiento, Aslan logró romperle la mejilla con un corte profundo. Arthur chilló antes de retroceder, sus manos se empaparon de sangre, el mango de la navaja se volvió pegajoso. Goteó y goteó contra el soporte de metal. Sus subordinados contuvieron el aliento. Su hombro herido sería un problema si se alargaba la pelea. Eiji, no podía mandarlo de regreso. Pero tenerlo cerca. ¿Qué diablos esperaba forjando una relación a base de mentiras?
—¡Sabes que tengo razón! ¡Has visto la manera en que mira a Griffin! ¡Te está usando! —Entonces retrocedió y su suela se resbaló con una poza de sangre. Ash cayó de golpe contra el piso—. ¡Muere! —Arthur lo encerró. Usando el peso de su cuerpo, él intentó apuñalarlo una y otra vez. Aslan apretó la mandíbula hasta saborear la bilis, él apoyó sus rodillas contra las costillas del alfa para liberarse.
—¡Ash! —Se congeló con esa voz.
Eiji.
¿Qué hacía Eiji acá?
Arthur le acuchilló el vientre, fue un corte limpio y despiadado. De repente, le costó ver. Se estaba desangrando, se encontraba perdiendo demasiada sangre. Escurría y escurría. Como las lágrimas de todos esos omegas a los que hirió. Se presionó la herida pero solo dolió. El pandillero lamió las gotas restantes de la navaja.
—¿De verdad quieres que te vea así? —La visión se le nubló—. Es egoísta mantenerlo a tu lado, sabes a dónde él pertenece, y comprendes lo que pasará cuando se entere de la verdad. —Era cierto. Estaba hiriéndolos a todos por el capricho de su relación, no estaba pensando bien. ¿Debería regresárselo a su clan? Pero la marca. ¿Y si todo ese romance era un mero efecto del enlace?
—¡Detente!
Solo cuando escuchó la voz del omega fue consciente de lo cerca que estaba su contrincante. Fue un mero reflejo de supervivencia, él lo apuñaló en el pecho como sino significase nada, como la máquina asesina que era. Arthur retrocedió, horrorizado, antes de chocar contra el soporte de la tarima y desplomarse hacia el primer piso.
—¡Lo hizo! —La pandilla empezó a vitorear. Él levantó el cuchillo para proclamarse vencedor—. ¡Ash! ¡Ash! ¡Ash! —Le dolió mucho la expresión que Eiji le entregó, fue tan sencillo para este chico quebrarle el corazón en medio de la multitud, estaba decepcionado, lo había visto, era un maldito homicida—. ¡Lo ha logrado!
—¡Vuelve a tu clan! —El silencio reinó—. Yo... —Él apretó la navaja con fuerza, estaba goteando. Gota, tras gota, tras gota. Okumura lo sabría. No quedaba nada. Él no era nada. Nunca lo querría, nadie lo podría amar jamás—. ¡No quiero que me veas así!
Eso fue lo último que gritó antes de que todo se volviese negro.
Vamos cerrando el primer arco oficialmente, Arthur no se murió por cierto, pero si fue bastante importante la pelea para el drama que se viene. Muchas gracias por haberse tomado el cariño para leer.
¡Nos vemos el otro sábado!
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro