.Capítulo 26.
|ISOBEL|
La noche había terminado al fin. Y tras llevar a Darien a su casa, fui rápidamente a mi casa en busca de refugio y soledad.
Vivía en un amplio apartamento en la cima de un lujoso edificio de la ciudad. A pesar de la elegancia, había cierta frialdad en cada rincón que mis esfuerzos nunca pudieron quitar. Al ingresar junto a Abbie, el silencio nos dio la bienvenida haciéndonos saber que nuestro padre no estaba. Sería otra noche de largo trabajo, o quizás no, pero eso sería lo que diría en cuanto le preguntara.
Mi padre se había separada de la mamá de Abbie, volviendo a la soltería con otra relación arruinada por su amante número uno: su trabajo. La mamá de Abbie nunca me había caído bien, pero no podía negar que me entristecía que mi hermana tuviese que pasar por lo mismo que yo. Si había algo bueno en todo esto, era que ella pasaba mucho tiempo conmigo y yo estaba siempre para ella cuando me necesitaba.
Me quité los zapatos de tacón y me adentré por la sala, directamente hasta mi habitación. Le eché un vistazo a una de las paredes laterales, donde se encontraban numerosas fotografías de viajes, paisajes y de personas que había tomado. Había algo en mí que encontraba paz al contemplar mi propia obra.
— Izzie —me llamó Abbie. Ella ingresó a mi habitación vistiendo su pijama a rayas, y se sentó a mi lado, contemplando las fotografías.
— ¿Qué sucede? —pregunté en voz baja, melancólica.
— Entonces, Darien es primo de Claire. De ahí se conocen... —murmuró, posando su rostro sobre sus manos y mirando con suspicacia las imágenes— ¿Es por él, por quién lloras a veces? —preguntó. Su tono era íntimo pero curioso, con cierta preocupación y tristeza.
Volteándome hacia ella, la observé un instante, deseando volver por un momento a tener esa edad. Mi vida no era fácil pero al menos tenía mi corazón asegurado contra cualquier tipo de daño. Sonreí con tristeza y negué.
— No lloro por él, lloro por mí —respondí—. Por todo lo que ha quedado atrás —terminé la frase en un susurró para no romperme. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me obligué a mantener la compostura.
Abbie me abrazó fuertemente y me aferré a ella para no pensar en lo que no había sido. En la parte de mí que perdí tras volver de Europa, que nunca recuperaría y pese a los esfuerzos, no podía olvidar.
— Prométeme algo —dije, tomando el rostro de Abbie y mirándola firmemente. Ella asintió lentamente con precaución—. Prométeme que intentaras ser feliz y aunque haya dolor en tu vida, siempre seguirás adelante. Uno simplemente no se puede rendir, pudriéndose en la tristeza sin hacer nada para cambiar. Los Novak no nos rendimos, nunca —agregué.
Sus ojos eran grandes, serenos y cálidos. Me transmitían la calma y contención que necesitaba.
— Por supuesto, hermana —ella me sonrió, y suspiré profundamente, depositando un beso sobre su frente.
Aquella noche dormí tranquila tras tanto tiempo. Abrazada a Abbie, y olvidándome de lo que no fue.
*******
Estaba llegando tarde. Lo sabía y me sentía horrible por eso.
Los tacones resonaban deprisa a través del interminable pasillo hasta que me detuve precipitadamente frente a un espejo para ver mi aspecto antes de entrar al buffet de abogados. Me había costado un poco de tiempo verme madura y elegante pero había valido la pena.
Llevaba un vestido color vino que caía ondulante sobre mis rodillas, y me daban una apariencia sofisticada y al mismo tiempo bohemia. Mi pelo estaba recogido en una tirante coleta, resaltando mis ojos. Además, llevaba cartera negra y mi maletín.
Tras eso, abrí la puerta del buffet e ingresé simulando verme tranquila e inexpresiva, y no como si hubiese corrido una maratón para llegar a tiempo. Oía los murmullos de mis colegas, a medida avanzaba, y me metí en mi oficina al final del pasillo menos transitado.
Era un lugar pequeño que mi padre había decidido cederme luego de Europa. Pero era tranquilo, y lo suficientemente privado como para que las cosas que pasen ahí no estuviesen a oídos de todos.
— Buen día, cielo. ¿Cómo estás? —me saludó Ava, ingresando a mi oficina; ella era la secretaria personal de mi padre y me conocía desde hacía tantos años que me trataba como si fuese un familiar más.
Ella era una mujer que superaba los 50 años, con una apariencia dócil y dulce pero que ocultaba una personalidad fuerte y decidida. No había nadie mejor que ella en el trabajo que realizaba; siendo simpática con todos y poniendo a raya a quienes lo merecían.
— Muy bien Ava, ¿Y tú? —respondí yendo a saludarla. Antes de darme un beso, me obsequió una taza de café, y no pude estar más agradecida—. Muchas gracias, no deberías haberte molestado —murmuré, y bebí cuidadosamente.
— No es molestia —me dijo, mirándome con sus brillantes ojos verdes pardos—. Tu padre está en una reunión importante, y me dijo que te hiciera saber que iba a salir de la ciudad por un caso que lo requiere en la Capital —agregó.
Suspiré, ya acostumbrada a aquellos casos que lo alejaban de todo por un tiempo.
— ¿De qué se trata? —pregunté con curiosidad. Ella miró a nuestro alrededor, asegurándose que no había chismosos a nuestro alrededor.
— Triple asesinato, al parecer lo tienen todo asegurado para ganar —susurró y sonreí con la noción de saber que mi padre nunca aceptaría un caso que no ganaría.
— No puedo esperar menos de él —canturreé, y la expresión de Ava se volvió más gentil.
— Él me aseguró que estaría aquí para tu cumpleaños, esperemos que así sea —comentó.
Había olvidado completamente que se acercaba mi cumpleaños número 27...
— Ya estoy acostumbrada a que no esté, y si acaso éste año también está ausente, al menos que me dé un buen regalo —sonreí guiñándole un ojo; parecía que le afectaba más a ella que a mí la ausencia de mi padre.
Ava rió divertida y tras hacerme un breve resumen de lo que se esperaba para ese día, se fue con la promesa de volver más tarde en algún descanso que tuviese.
El tiempo pasó a diferentes velocidades; cuando todo se ponía interesante las horas no alcanzaban y en los momentos en que debía servir café o actuar como la ayudante que no podía interceder, las manecillas quedaban estancadas en su sitio.
La hora del almuerzo llegó y se fue volando, mientras iba y venía con pedidos de fotocopias, archivos, café y comida. Me sentía bastante inútil pero al menos no era la única que padecía eso. Steve estaba en la misma situación que yo: hijos de abogados prestigiosos, intentando tener éxito por nosotros mismos y teniendo que trabajar de algo que realmente no era nuestro objetivo.
La mayoría del tiempo, estaba en la mañana mientras que él a la tarde, y así podía permitirme ir a trabajar en tribunales... que era lo mismo que hacía acá.
Tenía que rescatar que al menos teníamos un lugar propio donde podíamos aceptar cualquier cliente que viniese a requerir nuestros servicios, siempre y cuando supiesen de nosotros. Y confiaran. Eso era bastante importante.
Le di un beso en la mejilla a Ava y me despedí torpemente para irme a tribunales, mientras oía la voz de Mel quejarse en mi oído. Su situación no era diferente a la mía, pero si había que comparar, ella estaba mucho mejor. Aun así se quejaba porque si no lo hacía no era ella. Además de eso me contaba acerca de sus planes de aniversario con Daphne, su novia, y cómo manejaba estar viviendo en pareja.
Ella estaba teniendo tantos cambios en su vida como yo, pero Mel era más abierta a las posibilidades mientras que yo solía rehusarme un poco.
Tras oír su monologo, ella quedó en silencio y me pregunté si acaso había cortado la comunicación hasta que la oí suspirar. Definitivamente, necesitaría mucha agua para volver a hidratarse con todo lo que habló.
— ¿Y tú qué me cuentas, Iz? —preguntó. Torcí mis labios con disgusto mientras cruzaba la calle para llegar a mi otro trabajo.
— No mucho —respondí con inseguridad hasta que reconocí que era en vano mentirle a Mel—. Darien está en Clemencia, ayer me lo encontré en casa de Claire. Nadie sabía que venía —dije luego. Oí silencio y tras eso, un lento suspiro.
— ¿Y cómo estás? —preguntó.
— Bien, sobreviví a lo peor, creo que puedo con esto —reconocí.
— Me alegra oír eso —respondió, y la imaginé sonriendo con optimismo y sagacidad.
Ella cambió rápidamente de tema, y pronto la conversación llegó a su fin. Le agradecí una y otra vez, por estar conmigo en las buenas y en las malas. Y a pesar de eso, seguir siendo mi amiga y no recriminarme nada.
******
Abbie estaba con su madre. Mi padre estaba en Capital. Y yo aquí, en Clemencia, en una reunión familiar.
Me encantaba estar con mi madre y los demás, pero a veces me sentía tan ajena a todo eso. No sabía bien qué había ocurrido. Quizás la cercanía con Abbie y mi padre. Pero no quería sentirme así, y por eso mismo concurría cada vez que me invitaban.
Me encontraba en casa de los padres de Darien.
Tim y Henry seguían siendo los mismos de siempre pero un poco más viejos. Aún bromeaban y se comportaban de forma un tanto peculiar para su edad. Mantenían el encanto, y aquella sonrisa que caracterizaba a los hombres Amell tanto como sus ojos celestes grisáceos. Mi madre y Grace, continuaban mejorando sus dones para poder controlar y soportar a sus esposos. Hubiese pedido la receta pero quizás sería un tanto extraño.
Además de Claire, Christian y Lydia, se encontraban Daryl y su esposa junto a su pequeño hijo. Nunca tuve mucha relación con ellos pero desde que eran padres, descubrí su faceta más sociable y divertida. Daryl era muy parecido a su hermano; diría que eran una copia exacta, pero Daryl no tenía heterocromia en sus ojos y sus rasgos no eran tan precisos ni su cabello tan castaño claro.
Claire y Daryl parecían llevarse cada vez mejor, teniendo en común el ser padre. Haciéndonos sentir un tanto fuera de foco a Darien, Jesse y a mí.
— Esto es aburrido, se la pasan hablando de pañales, comidas y leche —se quejó Jesse.
Sonreí ante la visión de mi hermano. Él ya había dejado de ser un niño. Tenía 15 años y era tan alto como yo. Su cabello castaño era una maraña de rulos incontrolables, y sus ojos celestes grisáceos resaltaban fríamente en su piel. Se movía de un lado a otro con la pelota de basket, intentando encestar algo en el aro colgado sobre la pared de afuera.
Él le erró y Darien se lo quitó con agilidad, encestando exitosamente y elevando sus brazos en señal de victoria. Jesse lo miró con rencor, y volvió a intentar hacerse cargo del juego.
— La vida es así. Pasas de hablar sobre tipos de cervezas a tipos de pañales, más rápido de lo que podrías darte cuenta —comenté, apoyada contra la pared, queriéndome alejar un poco de todos aunque eso significara estar cerca de Darien.
Tanto Jesse como Darien me miraron con curiosidad y diversión, admitiendo que tenía razón en mis palabras. Y segundos después continuaron con el juego hasta que Jesse quedó solo en el juego.
Sentada sobre una de las sillas reposeras, contemplé a Darien caminar hacia mí para ocupar la silla a mi lado. A paso lento y elegante, él se acercó rodeado de un aura de cansancio y austeridad. Había una opacidad sombría en sus ojos que me llamó la atención que lo hacía ver casi apagado. Él se recostó a mi lado, y se mantuvo mirando las estrellas que cubrían el cielo por un instante.
— Ella me contó todo —susurró. Y una sensación de alerta me recorrió hasta que supe de qué hablaba—. Mi madre me confesó todo acerca de su cáncer. Me dijo que se lo detectaron a tiempo, gracias a que sabían que mi abuela había tenido cáncer de mama. Solo necesita operación y nada más si es que todo sale bien —agregó; su respiración era lenta y profunda—. Ella está optimista, más que yo en esta ocasión —sonrió tristemente y frotó sus ojos para advertirle a sus sentimientos que debían controlarse.
Quería tocarlo, abrazarlo pero sentía una muralla que nos separaba.
— Ella es fuerte, más de lo que crees —dije—. Por supuesto que va a salir adelante, aunque eso no significa que haya momentos en que decaiga y sienta que todo está perdido —agregué.
— Va a ser un largo camino, pero intentaré hacer todo lo posible para acompañarla —murmuró meditabundo, observando el cielo nocturno hasta que ladeó su rostro hacia mí. Me mantuve silenciosa mientras me analizaba, y de pronto, la expresividad de su rostro se rompió con una suave sonrisa—. He extrañado a mi mejor amiga. Te he extrañado mucho. Quizás nunca pueda encontrar las palabras exactas para disculparme y hacerte saber cuánto vales para mí, pero eres muy valiosa —susurró.
Un cosquilleo me recorrió con sus palabras. Muchas veces se había disculpado conmigo desde que habíamos vuelto a interactuar, pero que me lo dijese a la cara, lo hacía diferente. Más real, más crudo. Respiré hondo, abrazando la sensación ahogada que se expandía en mi pecho. Era la necesidad de buscar liberación, sacando todo eso que me torturaba.
No me gustaba el rencor ni la venganza. Había aprendido a sacarlo de mi sistema.
Lo miré fijamente, teniendo la certeza de que él me ayudaba a ser una persona mejor a pesar de todo lo que había pasado. Y tras los años transcurridos, los momentos vividos y los recuerdos que perduraban, no podía guardar rencor por él.
— También extraño a mi mejor amigo, y deja de pedir disculpas, ya está todo perdonado. Hay que aprender de los errores y avanzar —respondí, sabiendo que eso también significaba tener que ser sincera con él.
Darien me sonrió con la mirada más encendida que antes. Una nueva luz nos iluminaba, más esperanzadora y pacífica. Me dije a mí misma que aquel momento no era el indicado para abrirme de nuevo a él, pero definitivamente lo haría. Y quizás de ese modo, al fin pudiese dejar todo atrás.
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