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.Capítulo 20.

|IZZIE|

Demonios.

Me dolía todo el cuerpo y mi cabeza zumbaba como un enjambre de abejas. La claridad de la habitación era tenue pero suficiente para incomodarme. Sentía mi cerebro reseco y estaba sedienta. Me moví lentamente solo para que la resaca no me torturara aún más y sentí el calor de otro cuerpo junto a mí.

Estuve a un segundo de entrar en pánico hasta que las imágenes llegaron a mi mente, tan rápido como una jauría de lobos hacia su presa. Una sensación agridulce me recorrió y me giré para ver a Darien durmiendo a mi lado. Medio desnudo, medio fuera de la cama, y medio roncando. Amaba a ese chico aun viéndose lamentable.

Estaba tan jodida.

Cerré mis ojos y respiré hondo, intentando calmarme. No me arrepentía ni tampoco quería borrar lo vivido, pero estaba ese sentimiento que se apoderaba de mí y que me hacía dudar. Era una sensación molesta e incómoda que me advertía que debía volver a ser la desconfiada de antes y erigir mi coraza antes de salir lastimada. No dudaba en darle la razón, pero era demasiado difícil volver atrás con Darien.

En todo lo que concernía a él, siempre era un viaje de ida, sin posible regreso.

Me levanté lo más silenciosamente posible, vistiéndome a los tropezones. De repente, recordé que no éramos los únicos viviendo allí. Cuando abrí la puerta y entré al salón, me encontré con Mel durmiendo en el sillón junto a Alain. Ella estaba encogida sobre sí misma, y él abrazaba un oso de peluche.

Primero vino la ternura por la imagen y luego la maldita culpa. Sintiéndome la peor persona del mundo por dejarlos allí durmiendo, decidí que lo único que podía hacer era disculparme. Y el modo perfecto para hacerlo era con una buena comida. Era tan tarde que sería una mezcla entre almuerzo y comida de media tarde. Así que lo único que pedía era poder arreglármelas para comprar algo decente.

— ¿Qué dijo? —pregunté confundida; el alemán había pasado de encantarme a resultarme un tanto molesto. ¿Le habría pasado lo mismo a Darien en Paris?

— Hay que pagar, dame dinero —me respondió Darien, extendiendo su mano hacia mí. Le cedí la tarjeta de crédito pero esta vez no la miró con extrañeza como la primera vez—. Papá Novak va a estar encantado cuando vea el monto a pagar —susurró con una sonrisa, y se volvió hacia la cajera para pagar con rapidez y obtener nuestra comida.

— Él insistió —dije encogiéndome de hombros con despreocupación—. Ya sabes, la culpa de padre ausente aún perdura —agregué. Darien sonrió y saludó brevemente a la cajera con simpatía, viéndose tan bien como podía estarlo con resaca.

Dejamos la tienda y nos fuimos nuevamente a la habitación, caminando en silencio y con nuestras manos enlazadas. No habíamos hablado de la noche anterior. Flotaba cierta calma entre ambos y nos comportábamos como si nada hubiese ocurrido.

— ¿Y cómo está la pequeña Abbie? —preguntó de repente.

— Es como todo hermano menor: inquieta, un poco consentida y en su propio mundo —respondí. Darien me miró con lo que se suponía que era una expresión venenosa.

— Yo soy un hermano menor —murmuró, y sonreí con inocencia, porque aquello demostraba todo lo que decía. Pareció resignarse al instante—. Todavía no entiendo porque tenemos que hacerles algo demasiado bueno para comer —comentó después. No pude controlar mis mejillas sonrojadas y esperé hasta que cayera alguna idea de su cabeza.

— Durmieron incómodos en un sillón —le expliqué tras esperar sin éxito. Creo que su cerebro seguía estando desactivado. Hizo un sonido con su boca en desacuerdo que me resultó gracioso.

— Yo he dormido en peores condiciones tras llegar a mi casa y encontrar a Alain durmiendo en su cama con una chica y otras dos en mi cama —respondió. Mi expresión de desfiguró aunque no se bien porque me sorprendí de saber eso de Alain; había oído muchas cosas peores en los días en que llevaba conociéndolo.

— ¡Awww! —canturreé haciendo un mohín con mis labios. Su venganza me tomó desprevenida, agarrando mi cintura y arrinconándome contra una de las paredes. Arremetió contra mi boca con medida brutalidad, sosteniéndome con firmeza.

Aproveché la ocasión para disfrutarlo en estado de sobriedad. Si antes sentía culpa o dudas, con la forma en que él me besaba y me tocaba, todo aquello desaparecía en el instante. Eran tan adictivos sus besos que podría necesitar terapia para alejarme. Mi cerebro se desactivaba y mis emociones hervían como lava.

Solo él podía encenderme de ese modo; éramos un encendedor y gasolina, y juntos creábamos fuego. Sus labios abandonaron mi boca y siguieron un sinuoso camino por mi mejilla hasta mi cuello. Sentí su lengua y sus dientes jugar sobre mi piel, y me moví inquieta por las cosquillas.

— ¿Vas a seguir actuando como que nada pasó anoche? —preguntó con voz ronca en mi oído. Iba a defenderme pero él comenzó a jugar con sus dedos en mi cuerpo y no podía hacer otra cosa más que controlarme.

De pronto, mi cerebro recobró un mínimo de sentido y comencé a golpearlo para alejarlo de mí. Él comenzó a reírse a carcajadas.

— No estoy haciendo nada, ¿Cómo quieres que actúe? ¿Despertándote con otra oferta de sexo y comida en la cama? —pregunté. Peinando su cobrizo pelo, me sonrió con encanto y malicia.

— No hubiese sido mala idea, ma cherie —respondió con aquella actitud despreocupada y soberbia que solía sacarme de mis casillas. Abrí mi boca capaz de decirle cualquier cosa, apuntándolo con mi dedo y mirada asesina, sin embargo recapacité, respirando hondo y sonriendo.

— Cuando tú seas capaz de hacer eso, bueno yo lo haré. Pero claro, mi oferta será mucho mejor —respondí, guiñándole un ojo y yéndome a la habitación con la comida.

Su risa me siguió en todo el camino, y yo no pude borrar mi sonrisa.

— Un momento —dijo Darien, elevando sus manos, pretendiendo que todos dejemos de hablar—. ¿Están diciendo que los trajo hasta aquí unos suecos y que como no daban más, prefirieron dormir en el sillón antes que intentar alcanzar la cama? —inquirió confundido. Sus dispares ojos se posaron en Alain con suma indignación—. ¿Y tú no te acostaste con nadie? —volvió a preguntar por décima vez. Eso último le seguía pareciendo inaudito.

Mel hizo de cuenta que se enterraba su cuchillo en la garganta, y puso expresión moribunda.

— Alguna vez debía suceder que yo no tuviese sexo y tú sí —respondió en un extraño español. Me puse tan roja como el mantel sobre el que comíamos, y tuve deseos de desaparecer de la faz de la tierra— Quelle tendresse. Elle rougit —exclamó Alain mirándome como si fuese un osito de peluche.

Sin saber qué demonios decía, me erguí a la defensiva y Darien me sonrió.

— Le das ternura porque te sonrojas —me tradujo, y Mel emitió un sonido de estar de acuerdo. Luego de eso, Darien le dio un sacudón a Alain debido a que continuaba mirándome fijamente de un modo bastante tétrico.

No me gustaba ser tierna, quería ser feroz.

— Da igual todo esto... —comentó Mel, poniendo orden—. Lo importante es que es nuestro último día en Múnich antes de terminar en Berlín —dijo. Los tres la miramos seriamente y quedamos analíticos con la idea de que este gran viaje culminaría pronto.

Solo quedaba un destino, para que Darien y yo volviéramos a separarnos.

— Es hora de recorrer la ciudad y hacerla nuestra. No perdamos el tiempo —exclamó Darian, dando un salto para ponerse de pie y viéndose como el capitán de nuestro barco. Por primera vez, vi a Mel sonreírle de buen humor. Y Alain golpeó la mesa con brusquedad y asintió.

En un segundo, todos nos arrancamos la melancolía y nos llenamos de optimismo. Solo Darien podía ocasionar eso en las personas. Repercutir en ellas de tal modo que se volvieran distintas, más liberadas y audaces. Él transmitía aquel optimismo por la vida que lo movilizaba a vivir aventura tras aventura. Darien hizo eso conmigo y mucho más; solo él pudo ayudarme a descubrir quién era, ayudándome a no ocultarme entre las tinieblas de mis miedos. Apoyó a la Isobel desafiante y huraña, intentando comprenderla y la fue ayudando a encontrar otras facetas de ella misma.

Sonreí, sin poder quitar mis ojos de él, y cuando estiró su mano hacia mí. La acepté, encantada de seguirlo para descubrir el mundo.

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