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.Capítulo 19.

|DARIEN|

Y ella saltó.

Estaba tan sorprendido como orgulloso de que el miedo no la acorralara. Había pasado de verse aterrorizada a tener un coraje inmenso. Miró la ciudad que se abría frente a sus ojos, y saltó. Su grito se transformó en risa a mitad del descenso, y la euforia del momento no la abandonó en lo que restaba del día.

— ¡Salud! —gritó Mel con entusiasmo; llevaba tantas cervezas encima que desbordaba de simpatía. Su corto pelo rojo, estaba atado en dos coletas en la cima de su cabeza, y vestía tan provocativamente como ella siempre lo hacía.

Si algo había aprendido de ella en estos años, era que su desconfianza la camuflaba con encanto y amaba jugar con las dualidades. Le encantaba coquetear con hombres y mujeres, romper sus esperanzas y sentirse poderosa. Y ahí estaba, abrazando a un Alain tan festivo como ella. Ambos bailaban con torpeza, al compás de la música y la risa de Izzie.

La excitación no nos dejaba descansar, y no queríamos perdernos de la Oktober Fest. Cientos de personas se divertían entre amigos y cerveza, con música y baile. Muchos tenían la vestimenta costumbrista, entre ellos Izzie. Lejos de verse ridícula o intimidada por las miradas que le dedicaban, ella reía y bailaba con la felicidad en cada gesto y actitud.

Perdí la cuenta acerca del tiempo que llevábamos ahí, de las cervezas que habíamos tomado y de la cantidad de personas con las que habíamos hablado y bailado, aun cuando no nos entendíamos absolutamente nada.

— ¡Esto es increíble! —exclamó Izzie entre saltitos, acercándose a mí y abrazándome con fuerza. Comenzaba a disfrutar su cercanía en el instante en que se alejó—. Gracias, de verdad —me dijo, observándome con aquellos brillantes ojos ambarinos que me quitaban el aliento. Sonreí como un tonto, y ni me percaté de la cercanía de Mel.

— Yo también te agradezco. Te besaría, pero prefiero golpearme la cara con una puerta —comentó abrazándome. Sonreí divertido y un tanto ebrio, y agradecí cuando se alejó.

Esa chica me daba terror aunque estuviese de buen humor.

Izzie agarró mi mano para arrastrarme hacia las personas y bailar como todos allí: mal y descoordinado. Pero a nadie le importaba el otro si no era para festejar. Desde que llegamos al recinto no dejábamos de aumentar la euforia. Habíamos subido al Skyfall; ascendiendo metros y metros regalándonos una panorámica imaginen de Múnich hasta que comenzó a caer rápidamente hasta que aminoró la velocidad. Recorrimos todo el predio donde se llevaba a cabo el gran festejo, y lo último que hicimos fue comenzar a festejar a lo grande.

Tras todo eso, solo rezaba por poder llegar al hospedaje a total condiciones.

Creo que amo a esa chica —me dijo Alain, señalando a Mel. Menos mal que estaba entrenado en entender su francés en aquel estado. Sonreí maliciosamente y mi expresión se volvió sarcástica.

Tú siempre vas a lo imposible —respondí. Lo vi elevar sus cejas, con arrogancia e ironía—. Lo nuestro es diferente —le aclaré, aunque no sirvió de mucho. Me dedicó aquella expresión burlona que lo caracteriza y acomodó su pelo negro.

Eso no te lo crees ni tú, y creo que deberías ir aclarando las cosas, antes que tú mismo te enredes —me advirtió con aquella sabiduría de borracho mujeriego. Lo vi alejarse a tropezones, y quedé pensativo acerca de lo que me dijo. No podía evitar reconocer que llevaba la razón, y mi mente gritaba para hablar pero mi corazón me envenenaba con sus consejos. Era un veneno dulce y adictivo al cual no me podía negar.

— Darien, ¿Sucede algo? —me preguntó Izzie. Parpadeé saliendo de mi obnubilación y la miré. Era tan hermosa. Pero su belleza iba más allá de lo físico. Me intrigaban sus pensamientos, quería proteger sus sentimientos, me obsesionaban sus sueños y solo quería vivir para complacerla.

¿Cómo era posible que una chica como ella se interesada en mí?

Ella volvió a hablarme pero no la oía, solo podía pensar en sus labios. Unos labios que moría por besar desde que la volví a ver. No recordaba cuándo fue la última vez que me sentí tan sediento y torpe. Pero estaba cansado de luchar. Era humano y podía errar. Aunque Isobel nunca sería un error. Jamás.

Fui hacia ella y la besé sin ningún tipo de preámbulo. Mi corazón se sacudió de la emoción al sentir sus labios con los míos, y no le permití dudar ni alejarse. Tampoco parecía querer irse, y oí un gemido de placer que me hizo sonreír. Ella era mía, así como mi alma, mis deseos y mi corazón eran suyo. Nuestros trabajos y ambiciones nos alejaban, pero cuando estábamos cerca no había barreras.

La besé lento y duro, disfrutando de cada segundo. Ella se acercó a mí, enterrando sus dedos en mi pelo y jalándome más hacia ella. Mi cuerpo hormigueaba mientras el alrededor dejaba de existir. ¿Qué era la Oktober Fest? ¿Acaso vinimos con más personas?

No, ahí éramos solo ella y yo.

— Dios, cómo extrañaba besarte —susurró ella sin aliento, cuando no quedó más alternativa que alejarnos para respirar. Sonreí y la abracé para no dejarla ir.

A mí me pasaba lo mismo. No podía negar que besé a otras chicas. Pero con ella, las caricias, las miradas y las sonrisas tenían otro significado. Ni hablar de los besos. Todas nuestras tensiones se liberaban y estaba esa química única e irrepetible, que nos erizaba la piel y nos transformaba en seres totalmente emocionales e irracionales.

¿Cómo se dice cuando tienes esa sensación de urgencia en la que necesitas hacer eso que te tiene como loco? Cierto... desesperación.

Rozaba las barreras de la normalidad en el camino desde la fiesta , en la que dejamos a Mel y Alain bailando, hasta el hospedaje. No recuerdo cómo fue que detuvimos al taxi ni cuales fueron las indicaciones precisas para llegar. Ni siquiera recuerdo cómo fue que abrí la puerta y no despertamos a los vecinos.

Lo único que recuerdo, fue que estaba desesperado por besar a una Isobel que no se acobardaba acerca del camino hacia el que nos dirigíamos. La besé y la desnudé con necesidad de más. Caímos en la cama con torpeza y puede que me haya golpeado alguna parte de mi cuerpo que en ese momento estaba anestesiada. Ella me hizo saber que me amaba y necesitaba como yo a ella. Y estando dentro de Izzie, mirándola y oyéndola, supe que no necesitaba más nada para ser feliz.

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