13- Siempre estás allí
La charla entre Kaguya y Ayame mientras revisaban las letras del álbum, se vio interrumpido por Inuyasha que llegó allí con unos documentos impresos. Algo relacionado con Kagome... no se sabía porque él evitó mostrar muchos detalles. De cierta manera a Ayame se le hacía facil saber de qué se trataba aquel documento que llevaba Inuyasha.
Su voz resonó fuerte cuando Kaguya alzó la mirada.
—¿Y como está Sara? — la pregunta tomó por sorpresa a Kaguya.
—No sé, ahora a las once entra al quirófano — dijo la pelinegra, con un tono educado —, lo último que supe fue que tenía el brazo y el pie izquierdos paralizados y su esposo tuvo que llevarla al hospital, señor Taisho.
Inuyasha, fiel a su estilo de evitar ser tan formal, solamente soltó una risita nerviosa; el hecho de aún no haberse acostumbrado a ser llamado "señor" se le hacía realmente extraño aunque ya esté más cerca de los treinta que de la adolescencia ya que, por costumbre, siempre le llamaban señor a su padre: Toga Taisho.
—No hace falta que me digas "señor", eres amiga de Ayame así que llámame Inuyasha — él sonrió levemente —, Ay, voy a la estación de policía y de allí al taller de Muso. Veré si el carro ya está listo.
—Está bien — Ayame pronunció, sin despegar la mirada de la pantalla del computador.
(...)
Por el lado de Miroku, había quedado de reunirse con Kagome en un restaurante, el lugar no estaba demasiado concurrido para ser un domingo y rezumaba familiaridad al estar lleno de personas que iban con sus hijos a pasar un buen momento en familia, el hombre se sentó en una mesa algo lejana de las demás familias cuando allí apareció Higurashi. Elegante, ciertamente, como siempre y realmente eso le parecía bastante agradable a Miroku.
¿Le gustaba? le estaba siendo infiel a su esposa con su mejor amiga desde hacía varios meses, Sango lo conoció siendo un mujeriego y fiestero y aun así se quedó con ella pero Miroku no estaba seguro de lo que sentía por Sango. Kagome se sentó frente a él y quiso saludarlo con un beso en los labios pero él la alejó.
—Te pasa algo — más que una pregunta, fue una afirmación, Kagome —a ver, cuéntame.
—Estoy cansado de mentirle a Sango, y ella es una buena chica y no se merece esto — Miroku encaró a Kagome observándola con frialdad y molestia en sus ojos —¡además tienes a Koga!
—¿Y qué? es una tonta al casarse con un mujeriego como tú. Si se hubiera casado con Shiro, al menos — ella respondió con cinismo y eso hizo enfadar a Miroku —, sabes que Koga se la pasa trabajando en el ayuntamiento y siempre estoy sola.
—Ajá — Miroku alzó una ceja —, ¿y de qué trabaja?
—Pertenece al departamento de planeación — Higurashi le respondió.
Miroku resopló sintiéndose entre la espada y la pared, básicamente Kagome no era más que una manipuladora y eso lo sabía desde la universidad. Él debía mantenerse en calma y no parecer demasiado interesado aunque los instintos de mujeriego que gobernaban su cuerpo gritaban y clamaban poder salir y eso no lo haría.
—No me cuentes tu vida — Miroku le respondió —estoy aquí para hacer la campaña de marketing de tu boutique y nada más.... trabajo y nada más, Kagome Higurashi — su voz sonó enfadada cuando se levantó de la mesa.
—Está bien — ella se calmó —que cosa contigo.
Era palpable la sensación de tensión en el ambiente alrededor de los dos, incluso los que pasaban por su lado trataban de evitar mirarlos aunque la mesa estuviera próxima a la salida del restaurante. Kagome le comentaba la idea que tenía en mente para publicitar su boutique y Miroku, pese a su enojo por su relación personal, debía comportarse como un profesional de su área anotando todo en un cuaderno.
»Y eso sería todo — ella mencionó —¿Cuánto me cobrarás?
Miroku dejó su cuaderno sobre la mesa y la miró fríamente.
—Ciento cincuenta mil
—¡ciento cin...! — exclamó ella enfurecida —¿de dónde carajo quieres que saque tanto? apenas abrí hace dos semanas y no he conseguido ni cien mil.
—Con todo lo que me dices, es lo mínimo que te puedo cobrar — Miroku se quedó estoico.
Miroku sonrió viendo el rostro desencajado de Kagome, ciertamente le caía mal porque por su culpa había perdido el respeto y cariño de quien fuera su mejor amigo en la universidad, sin embargo también disfrutaba verla porque Kagome era una mujer hermosa, quizá mucho más hermosa que la propia Sango.
(...)
Al otro lado de la ciudad, Naraku daba lecciones de guitarra y otros instrumentos, el hombre orquesta le llamaban debido a que tocaba ocho instrumentos y hasta tenía nociones de técnica vocal, a diferencia de Inuyasha, Muso o Shiro a él sí le fue posible trabajar en lo que amaba que era, precisamente la música.
Siendo las diez y diez de la mañana, Naraku se encontraba dictando lecciones de guitarra a diferentes personas de todas las edades desde niños de cinco años hasta señores de la tercera edad; entre ellos Kohaku Takahashi, el hermano menor de Sango, y también a Setsuna Taisho, la sobrina de Inuyasha.
—No — Naraku miró a Kohaku —esa es la nota —, tu guitarra está desafinada. Mueve la clavija de la cuarta cuerda.
—¿Cuál es? — Kohaku se perdió viendo el diapasón.
Naraku le señaló con el índice la cuerda en cuestión y luego la clavija de la guitarra respectiva a la cuerda.
—Esta — respondió, era paciente con todos sus alumnos —Kohaku, recuerda: las cuerdas de la guitarra se cuentan de abajo hacia arriba. Desde la más delgada a la más gruesa — añadió y se alejó para revisar el trabajo de sus otros alumnos —Shiori, fuera de tiempo — chasqueó los dedos marcando un tempo en negras —, Setsuna, vas muy rápido. Tranquila, no eres Yngwie Malmstein, relájate, no estás en una carrera por ver quien es el más rápido..
Shiori y Setsuna se rieron de aquellas palabras de su profesor. Y Naraku silbó una famosa melodía y luego el grupo de ocho estudiantes aplaudió dos veces.
—He visto grandes avances — dijo él —, algunos han ido más despacio — Kohaku se encogió de hombros —y está bien, no todos tenemos las mismas capacidades. Quiero ponerles de ejemplo a un conocido — todos los estudiantes movieron sus sillas causando ruido y Naraku se rio de eso —chismosos — el salón estalló en risas —como sea, es un tipo que escribe muy bien y hace poquito una plataforma de streaming tuvo la osadía de producir su serie con su guion. Cuando estuve en bellas artes yo intenté dos o tres años pasar el curso con una tesis... me la rechazaron seis veces ¿y sabe que hice?
Los alumnos le pusieron más atención pero Naraku, fiel a su estilo filosófico y profundo les dijo.
—Entregué una séptima tesis y pasé, con eso les digo que no se rindan con lo que quieren hacer, todo hombre es una historia y todos somos un proceso, Kohaku le cuesta afinar su guitarra, quizá a Shiori le cuesta entrar a tiempo con el metrónomo o Setsuna quiere volverse Walter Giardino — todos se carcajearon —pero está bien, si te equivocas, está bien porque es un proceso. Es como una autopista, cada uno va en su carril, unos más rápidos y otros más lento; todos van a llegar al mismo destino. Bueno muchachos que pena hacerlos venir un domingo tan temprano pero era el único día que tengo disponible.
Al rato, cuando la clase terminó Naraku se quedó viendo a Shiro que estaba con alguien... ese alguien traía a un niño de cinco años con ella: Sango Takahashi.
—Hola, Shiro — Naraku lo saludó con la mano, de forma cortés.
—Oh... tú has de ser Naraku — Sango se quedó perpleja, nunca lo había visto —me llamo Sango. Le estaba comentando a Shiro que si podríamos hacer un concierto en Cienfuegos para mediados de este mes, llevo cinco años lejos de la música y quisiera volver.
—¿Un tributo? — Naraku preguntó y ambos asintieron —y permítanme deducir que va a ser de Mägo de Oz — los dos volvieron a asentir —, Shiro, cásate con ella.
Shiro y Sango se rieron.
—Bueno, si necesitan baterista, me tienen aquí. Aunque creo que me llevaré más de una mirada de alguna chica — dijo guiñándoles el ojo —bueno, les conseguiré a los mejores músicos de la ciudad — añadió saliendo de allí.
Sango y Shiro se miraron una vez más, sus corazones latieron en sintonía, sus manos sudaban y se sonrojaron levemente. Cuando volvieron a la realidad se trababan con las palabras y no sabían qué decir... sólo sabían que eran los dos amantes platónicos quienes la distancia no los separó.
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