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Prólogo: Pájaro robando pan

Contar ovejas no funcionó.

Daeron se volvió sobre su espalda con un suspiro. Él escuchó la respiración de Rhaena, tratando de dejar que lo amodorrara hasta dormirse. Eso no funcionó, tampoco. Su novia podría estar durmiendo a su lado, pero la persona que ocupaba su mente estaba abajo, emborrachándose.

Joffrey. Su mejor amigo.

Suspirando de nuevo, Daeron se sentó y enterró sus dedos en su pelo. Retuvo el aliento y forzó su audición. La casa estaba completamente silenciosa. Habían pasado horas; a lo mejor Joffrey había finalmente ido a
acostarse. Y a lo mejor todavía estaba bebiendo frente a la chimenea.

Apretando la mandíbula, Daeron miró hacia la puerta.

Él no debería. No debería ir abajo. Eso no cambiaría nada. No había nada que él pudiera hacer por Joffrey. Después de todo, él era la razón por la que Joffrey estaba bebiendo.

“¿No ves lo cruel que es esto? ¿No te importa? Lo estás quebrando.” La voz del primo de Joffrey resonó en su mente, una y otra y otra vez, cada palabra como un puñetazo en el plexo solar.

Daeron cerró los ojos, tratando de bloquearlo. Él no tenía intención
de revelarle a Addam que sabía acerca de los sentimientos de Joffrey por él. No se suponía que lo supiera nadie. No se suponía que Joffrey debiera saber que Daeron lo sabía. Ahora, Daeron no podría dejar de preocuparse.

Addam había prometido no decirle nada a Joffret, pero Daeron no estaba seguro de poder confiar en el tipo – se lo veía bastante enojado más temprano esa noche.

“—Él no es tu padre. Él no es tu hermano mayor. Él no es un monje. Él es un hombre saludable en su mejor momento. Si lo amas tanto como afirmas, dejarás de ser una pequeña mierda egoísta y lo dejarás ir.”

Addam tenía razón, por supuesto: Daeron era heterosexual, tenía una novia que amaba y no podía darle a Joffrey lo que quería. Lo correcto sería decirle a Joffrey, que él sabía sobre los sentimientos de Joff por él - y que cualquier cosa entre ellos era imposible. Hubiera sido más amable permitir a Joff dejarlo y encontrar a alguien más para amar.

Excepto que Joffrey no podía dejarlo. Incluso pensar en ello hacía que su estómago se retorciera en un nudo doloroso y una oleada de pánico le atravesara todo su cuerpo. Dios, esto estaba tan jodido. Le había dicho a Addam la verdad: realmente se alegraba de no ser gay. Si él era así de necesitado y dependiente, cuando no quería a Joffrey de ese modo, Daeron no podía imaginar la pegajosa ruina que habría sido, si él realmente quisiera a Joff de esa manera. Era lo suficientemente malo ya.

Por el amor de Dios. Él era una estrella del fútbol en ascenso y
millonario. No se suponía que se sintiera de esa manera aún. Ya no era un adolescente. Ya no estaba paralítico. No se suponía que todavía sintiera como que Joffrey uera su ancla.

Él tenía dieciséis años cuando se dañó la columna vertebral durante algún partido amistoso sin importancia, aquí en los Estados Unidos. El club lo había colocado en el centro de rehabilitación donde Joffrey estaba haciendo su residencia, y Jared había sido asignado como su fisioterapeuta.
Durante diecisiete largos meses, Joffrey había sido su mundo: él había sostenido la mano de Daeron mientras trataba de mover sus extremidades, limpiado el sudor de la frente de Daeron, lo había animado y elogiado cada pequeño logro suyo. Todo el mundo había pensado que la carrera de Daeron había terminado antes de que incluso hubiera comenzado adecuadamente – los médicos no eran optimistas sobre sus posibilidades de caminar de nuevo, mucho menos de regresar al fútbol - pero Joff le hizo creer que podía hacerlo. Y lo hizo. El día en que dio sus primeros pasos sin caerse, Joffrey lo abrazó con fuerza y le susurró, con voz llena de orgullo, “Este es mi niño.” Y Daeron no quiso soltarlo jamás. Joffrey era suyo. No sabía lo que habría hecho sin él. Él aún no lo hacía. Él podría tener veinte ahora, él podría ser capaz de caminar de nuevo, él podría ser un jugador estrella en un club Inglés de los mejores, pero nada había cambiado sobre la forma en que se sentía por Joffrey.

Se sentía verdaderamente en paz, sólo cuando Joff estaba con él. Si
pasaba unos pocos días sin ver a Joffrey, comenzaba a sentirse fuera de balance y malhumorado - lo que era enfermizo en tantos niveles que Daeron no podía incluso admitírselo a los psicólogos del club. Pensarían
que estaba loco, y tendrían razón.
Infiernos, él pensó que estaba loco por autoinvitarse cuando Joffrey decidió pasar sus vacaciones con su familia en los Estados Unidos.

Afortunadamente- o desafortunadamente – coincidió con que Daeron se estaba todavía recuperando de una pequeña lesión en el tobillo, o no habría sido capaz de dejar Inglaterra durante el apogeo de la temporada de fútbol.

No había querido traer a su novia consigo, pero no pudo decirle a Rhaena por qué exactamente no quería que viniera. Rhaena no sabía acerca de los sentimientos de Joffrey; ella no sabía que su presencia sería dolorosa para Joff.

Daeron se pellizcó el puente de la nariz. Joder, ¿por qué todo tiene
que ser tan complicado? Si tan sólo Joffrey no hubiera desarrollado algo por él...

Excepto…
Excepto que a él tipo que...
A él no le molestaba.

La embarazosa, vergonzosa verdad hizo que las mejillas de Daeron se calentaran. Sabía que era terriblemente egoísta. Él no podía estar complacido de que Joffrey tuviera sentimientos no correspondidos por él - y no lo estaba. Joffrey era la persona más agradable que conocía. No había
nadie en el mundo que mereciera más la felicidad que Joffrey. Pero Daeron no podía negar que a una parte suya le gustaba que Joffrey no estuviera enamorado de alguien más. Si fuera honesto consigo mismo, antes de que hubiera descubierto que Joffrey tenía sentimientos por él, había estado asustado de que Joff se enamoraría de algún idiota que no lo mereciera y que ese idiota se llevaría a Joffrey lejos de él. Ahora nadie podría.

Daeron sacudió la cabeza con una mueca. A veces, estos pensamientos egoístas lo enfermaban incluso a él. Tal vez los medios británicos tenían razón: tal vez él realmente era un imbécil egoísta.

Un perro aullaba fuera.

El aullido siguió y siguió, y Daeron sintió un escalofrío de inquietud bajando por su columna vertebral. Le hizo acordarse del viejo orfanato ucraniano, y de noches frías pasadas acurrucado bajo una manta delgada, deseando algo que pudiera llamar suyo. Hasta Joffrey, nunca había tenido nada que fuera realmente suyo. Bueno, por unos breves tres años, sus padres adoptivos, fueron suyos – o algo así. Eran gente lo suficientemente agradable, pero no muy buenos padres: siempre demasiado ocupados viajando por todo el mundo como voluntarios para prestar demasiada atención a sus hijos adoptivos. Daeron nunca llegó a amarlos. Se preguntó qué decía eso sobre él, que lo único que había sentido cuando se enteró de la muerte de sus padres adoptivos fue indiferencia. Él solía preguntarse si algo estaba básicamente mal en él, si él era incapaz de amar a alguien. Él ya no lo hacía. Podía amar a la gente.

Amaba a Rhaena. Y a Joffrey.

Amaba a Joffrey un poco demasiado para su gusto.

El perro aullaba fuera de nuevo, un aullido lastimero. El sentimiento de soledad creció dentro de él, como un amigo perdido hace mucho tiempo. Soledad y algo peor: miedo.

Con cuidado de no despertar a Rhaena, Daeron salió de la cama y dejó el dormitorio.

El segundo piso de la pequeña casa estaba completamente a oscuras. Él bajó las escaleras, temblando un poco mientras sus pies descalzos tocaban el suelo frío. El fuego estaba muriendo en la chimenea y las brasas apenas
iluminaban la sala de estar. Joffrey estaba dormido en el sofá junto a la chimenea, una botella medio vacía aún agarrada en su mano.

Daeron se acercó. Sus ojos recorrieron las familiares facciones y el rastrojo oscuro en la angulosa mandíbula. El rostro de Joffrey era pacífico, libre de líneas duras o preocupaciones, pero incluso dormido, parecía un poco triste y abatido.

La garganta de Daeron se cerró.

El viento aullaba; la tormenta de nieve aún estaba en su apogeo afuera. Se sentó en el sofá junto a Joff y apoyó su cabeza en su hombro. Él aspiró, dejando que el olor familiar de Joffrey lo impregnara. Generalmente era suficiente para calmarlo, pero esta vez, el miedo en la boca de su estómago sólo empeoró.

Perdería a Joff. Tarde o temprano, Joffrey decidiría que no podía
hacerlo más. Él lo abandonaría.

Daeron se hundió más profundo contra el lado de Jared, envolviendo su brazo alrededor de su cintura. Joff se agitó en su sueño.

—¿Dae? — Su voz era un murmullo ronco. — ¿Qué estás haciendo aquí?”

—No podía dormir. — dijo Gabriel. —Sabes que odio las tormentas de nieve. Y esta casa es fría. Me estaba congelando.

—Todas las mejores razones para quedarte en una cama caliente,” dijo Jared.

No sonaba borracho. ¿Cuánto tiempo había dormido?

Daeron simplemente murmuró algo evasivo y se acurrucó más cerca.

Joffrey olía bien. Siempre olía bien.

—Mimosa-Puta, — Joff dijo con una sonrisa.

—Cállate. Estoy congelado.

Joffrey escabulló un brazo alrededor de su torso, tirando de él prácticamente sobre su regazo.
Daeron dejó escapar un ruidito contento.

Él estaba cálido ahora.

—Mmm, mucho mejor, — dijo en el cuello de Joff.

—Vivo para servir, — Joffrey dijo secamente.

Daeron se preguntó cómo Joff podía hacer esto. ¿Cómo podía fingir todo el tiempo? ¿Cómo podía ser tan agradable con Rhaena? Tenía que ser
duro y agotador. No podía seguir por siempre. Joffrey era la persona más fuerte que él conocía, pero todo el mundo tenía un punto de quiebre.

Todos.

Daeron se quedó mirando las brillantes brasas rojas de un fuego moribundo. Últimamente, Rhaena había estado tratando de sacar el tema del matrimonio y los bebés. Él había estado evitando el tema tanto como podría, pero no pudo hacerlo por siempre sin lastimarla. No era que él no amara a Rhaena; lo hacía. No era que él no quisiera tener niños; lo hacía.

Tener una familia propia siempre fue algo que él anheló. Pero ellos eran demasiado jóvenes. ¿Cuál era la prisa?

Y si él cedía a sus deseos, Joffrey…

¿Se quedaría Joffrey? ¿Podría hacerle eso a Joff?

"Déjalo ir." Era la voz de Addam, dura y enojada. "Si realmente lo amas, dejarás de ser una pequeña mierda egoísta y lo dejarás ir."

Daeron se retorció, apretando su brazo alrededor del centro de Joffrey.

Una mano cálida, fuerte, se instaló en su nuca.

—¿Daeron? — la voz de Joffrey era seria ahora. Preocupada.

Daeron se obligó a no apoyarse demasiado en el toque. “Ellos tienen razón, sabes: realmente soy un hijo de puta.”

Joffrey se quedó inmóvil.

Fuera, la tormenta azotó la nieve contra la ventana.

—Está bien, ¿qué pasa? — Joffrey dijo despacito.

Daeron negó con la cabeza.

—Olvídalo. Sólo... ¿me prometes algo?”

—¿Qué? — los dedos de Joff empezaron a recorrer su pelo.

No me dejes.

Él no lo dijo. No podía decirlo sin despertar las sospechas de Joffrey.

Él no podía decirlo sin sonar como un niño necesitado.

—¿Te arrepientes de mudarte a Inglaterra? — Daeron preguntó en cambio. Ellos nunca hablaron sobre ello. Sí, fue gente del club de fútbol de Daeron, quienes, impresionados por la poco probable recuperación de Daeron, le habían ofrecido a Joffrey un empleo. Pero sabía que él fue la razón principal por la que Joffrey se había mudado a Inglaterra después de terminar su residencia. Fue hace dos años. Dos años de vivir cada uno en el bolsillo del otro y Daeron nunca había preguntado. Había tenido miedo de preguntar.

Y ahora, el silencio de Joffrey le daba miedo. ¿Se arrepentía? Se había mudado a otro país por él y apenas había visto a su familia en el último par de años.

—No, — Joffrey dijo por fin, con la voz un poco entrecortada. —No me arrepiento.

—¿Y nunca lo harás?

—Hablar de nunca y siempre es ingenuo, — Joff dijo en voz baja. —Tú no eres ingenuo.

Daeron se mordió el interior de la mejilla, sintiendo un dolor físico en sus entrañas. Él se volvió muy consciente del sonido de tic-tac del reloj.

Tiempo, yéndose.

No sabía qué hacer.

Así que hizo lo que siempre hacía cuando se sentía perdido, o enojado, o molesto: cerró los ojos, se empujó más cerca del costado de Joffrey y fingió que los problemas no existían.

Él era bueno en eso – mientras que tuviera a Joffrey.

Mientras que tuviera a Joff.

El reloj siguió con su tic-tac.

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