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Capítulo 4: Una amena charla

Álvaro se dirigió al extremo norte de la ciudad, a Vilapicina, uno de los barrios que conformaban el Nou Barris de la ciudad, cercano a la sierra. Con ayuda del GPS —pues Elena no sabía todavía llegar bien—, dieron con un edificio de apartamentos de color marrón. Elena sacó de su cartera las llaves y Álvaro abrió primero la puerta de entrada al edificio, para luego tomarla en sus brazos y subir con ella un tramo de escaleras. Para su suerte, el piso de la amiga de Elena se ubicaba en el primero. Era un departamento bien pequeño, pero para una sola persona o quizás una pareja, funcionaba bien: primero un recibidor, concebido para desembarazarse en el inverno de los abrigos y las botas pesadas; luego, un pequeño salón, con un sofá, dos butacones, una mesa para comer para cuatro personas, y algunas plantas.

Álvaro dejó a Elena sobre el sofá y sin pedir permiso cruzó el pasillo hasta dar con la pequeña cocina, donde se sirvió un poco de agua.

—¿Gustas beber alguna cosa? —le preguntó, como si la casa fuese suya.

—Gracias, pero no deseo nada, tan solo darme un baño, pero me pregunto cómo podré hacerlo.

Álvaro agradeció no encontrarse frente a ella, pues se estaba imaginando cómo sería bañar a Elena y el pensamiento le hizo sonreír. Después, con culpabilidad, alejó tamaña idea y volvió al salón. Elena era muy hermosa, muy joven, y a pesar de que se veía que era una mujer fuerte e independiente, el accidente la hacía notar desvalida y aumentaba en él el deseo de brindarle protección.

—Se me ocurre algo, —le dijo—, puedo colocarte una bolsa sobre la férula y buscar alguna silla donde puedas sentarte para darte una ducha.

Ella asintió y, con ayuda de él y de las muletas, se incorporó, dirigiéndose a la habitación donde había dejado su pequeña maleta. Seleccionó su ropa interior y un vestido, ya que le resultaría más cómodo. Álvaro la interrumpió en la recámara y ella apartó tus prendas de vestir, todavía no se acostumbraba a su presencia, y lo que le había sucedido parecía un tanto irreal. Él irrumpió con la bolsa en las manos y se la ayudó a poner sobre la férula.

—He encontrado una pequeña silla plástica y la he colocado en la ducha. ¿Puedo llevarte hasta allá?

Elena asintió mientras Álvaro volvía a levantarla del suelo y la colocaba en la consabida silla en el baño. Reprimió el deseo que sintió de desvestirla, pero ella podía perfectamente hacerlo, ya que solo llevaba un sencillo vestido.

—Te dejo a solas.

—Gracias, Álvaro.

Un rato después, Elena, enfundada en una bata de baño y con ayuda de las muletas, llegó hasta la habitación. Había silencio en la casa y no tenía idea de dónde se hallaría Álvaro, ¿acaso se había marchado? La pierna no le dolía ya con la inmovilización y el analgésico, y fue capaz de colocarse bien el vestido ancho, de color lavanda, que había seleccionado. Una vez que se recogió el pelo y estuvo lista, se trasladó al salón de estar, para su sorpresa se topó con Álvaro que estaba poniendo la mesa.

—Hola —le dijo él con una sonrisa—, espero que te sientas mejor después del baño. Me he tomado el atrevimiento de revisar los cajones de la cocina y encontrar los cubiertos y platos… Los necesitaremos ya que he pedido comida a domicilio.

Elena lo miraba con los ojos bien abiertos.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Has pensado en todo! Gracias, moría de hambre…

—¡Yo también! Iré un momento al baño, si me disculpas, pero la comida no debe tardar.

En efecto, unos minutos después el propio Álvaro atendía al repartidor y regresaba a la mesa con una caja de pizza familiar, que olía estupendo.

—No sé tus gustos y preferencias culinarias, pero pensé que te gustaría comer una pizza.

—Me encanta, por mí está bien, aunque temo que quizás tu paladar tenga que hacer un esfuerzo por acostumbrarse a una comida así.

Álvaro se rio.

—¿No parezco amante de la pizza? —abrió la caja y se llevó una rebanada con la mano a la boca, obviando los cubiertos que tenía delante.

—Te imagino más con una típica comida mediterránea y una botella de vino —Elena no había parado de sonreírle—. Pareces un hombre muy refinado.

—Sobre la botella de vino tienes razón y tal vez un poco respecto a la comida mediterránea, pero también me gusta la pizza y estoy muy hambriento.

Elena no añadió nada más y también comenzó a comer, su estómago ya estaba rugiendo puesto que no probaba bocado desde antes de salir de Madrid. A medida que fueron saciando su hambre, debieron saciar otra necesidad que les consumía: la curiosidad que sentían el uno por el otro, a fin de cuentas, no dejaban de ser dos desconocidos.

—Así que eres arquitecto y vives en Madrid —comentó ella en voz alta—, eso es todo cuanto sé de ti.

Álvaro se acomodó en la silla y se rio de ella.

—¿Estás preocupada porque pueda ser un asesino serial?

Elena se estremeció al escucharle, no le parecía que lo fuese, pero de pensarlo sintió miedo.

—¿Lo eres?

—No, no lo soy —afirmó—, de haberlo sido te hubiese secuestrado en mi barco, aprovechando tu caída y que no podías huir. Luego hubiese echado tu cuerpo al mar…

—¡Dios mío! —Elena estaba muy seria—. Lo dices de una manera que hasta me asustas.

—Lo siento —Álvaro le tomó la mano por encima de la mesa—, tan solo intentaba hacer una broma para que te relajaras, pero supongo que tienes motivos para asustarte, más que para reírte de mí.

Álvaro le soltó la mano.

—¿Qué quieres saber? —le instó a preguntar.

—¿Naciste en Barcelona?

Él negó con la cabeza.

—Nací en Murcia, luego me mudé a Madrid cuando era un joven, hice mis estudios en la Complutense, donde mismo estudias tú, y me radiqué en la ciudad. Sin embargo, amo Barcelona, y he venido a visitar a mi hermana, cuñado y sobrino por unos días, ya que se han establecido aquí.

El rostro de Elena se le iluminó.

—¡Qué bien! ¿Eres muy apegado a tu sobrino?

—Soy su padrino, tiene ocho años y se llama Sebastián. Hace unos meses se pasaron unos días en Madrid en casa de mi madre, y yo aproveché para llevarlo a ver el Rey León, el musical, en el teatro Lope de Vega. ¡Le encantó!

—Debió haber sido encantador —repuso ella sonriendo—, en lo personal me gustaría mucho ir al Coliseum a ver Anastasia, es el musical que más ha llamado mi atención…

Álvaro se rio nuevamente de ella.

—¡Por supuesto que sí, si eres una niña! Por cierto, ¿cuántos años tienes?

—Tengo veinticuatro años, hace tiempo que dejé de ser una niña…

—Créeme que cuando tengas cuarenta, que es la edad que tengo yo, verás que he tenido toda la razón al decir que eres una niña con tan solo veinticuatro años, y no lo digo solo porque ansíes ver Anastasia -sonrió-. Por cierto, ¿por qué no vas a verla?

—Por el precio de la entrada —le confesó—, no estoy en condiciones de gastar ese dinero por placer. Economizo bastante, vivo en casa de unos amigos y pago una renta pequeña.

—A veces uno tiene que darse ciertos lujos —le recomendó—, ¿en Madrid dónde te perderías sin dudarlo?

Ella se quedó pensativa por unos instantes.

—En el Prado, voy par de veces a la semana o más, siempre que puedo. Lo visito al final del día cuando la entrada es gratuita, pero no me canso de acudir. De hecho, he pedido una autorización para hacer una copia en el Museo de alguna pintura, sería maravilloso para mí.

Álvaro sabía que era una tradición que el Museo del Prado acogiese pintores y estudiantes, bajo un estricto proceso de selección, para que pudiesen hacer copias de las grandes obras allí recogidas.

—Sin duda es una gran oportunidad —contestó asombrado—, sé que hay pinturas como Las Meninas, las Majas o la Judit de Rembrandt que no se pueden copiar y que la copia que se haga debe ser cinco centímetros mayor o menor que la original.

—Así es —Elena estaba sorprendida—, al parecer posees una vasta cultura —le comentó.

—He vivido más que tú —le recordó con una sonrisa— y mi madre pintaba mucho, de hecho, todavía lo hace cuando se siente inspirada, a pesar de que ya es un poco mayor.

—Entonces el arte te viene por vía materna…

—Es cierto, —concordó—, mi padre era un científico, un microbiólogo, y ya murió, pero mamá ha sido una gran artista, así que lo que he aprendido sobre pintura se lo debo a ella.

—Tu madre debe ser una mujer extraordinaria.

—Lo es —afirmó—. ¿Y qué cuadro te gustaría copiar en el Prado?

—Un Goya —le respondió ella—, y no un Goya cualquiera, pienso hacer una copia del Fusilamiento del 3 de mayo. Recuerdo que la primera vez que fui al Museo, me impresionó tanto que estuve casi una hora frente a él, sentada en un banco sin poder moverme… El hecho tan palpable de la muerte, los fusiles apuntando al hombre de manos extendidas y camisa blanca, así como el contraste de la luz con la sombra, del amarillo con el rojo de la sangre en el piso… ¡Es impactante!

—Es una buena elección… —reflexionó—, pero pensé que te decantarías por uno de temática menos fuerte.

El resto de la noche transcurrió hablando de arte. Elena se sentía en las nubes charlando con él: era un hombre maduro, instruido, hablaba de manera pausada y con una voz grave que seducía… Era un hombre que había conocido medio mundo, gracias a su trabajo y siempre tenía algo interesante que referir.

Por otra parte, él encontraba en Elena un remanso de tranquilidad, era como una brisa fresca que, en medio de su vida agobiante y triste, le infundía ánimos para continuar. No podía explicárselo, pero con ella había tenido una conexión casi instantánea, y se sentía feliz de poder establecer esa plática con ella. Pocas veces encuentras a una joven tan hermosa dispuesta a tener una conversación profunda, que se escape de lo banal. Ella era extraordinaria, en todo el sentido de la palabra.

Si pensaba en su atractivo como mujer: en el contraste de su pelo ondulado y oscuro sobre su piel, sus ojos castaños, sus pobladas pestañas y esa sonrisa siempre en los labios, debía reconocer que se sentía más que atraído por alguien como ella. Sin embargo, él no podía dar cabida alguna a aquella atracción, así que se esforzaba por controlar cualquier impulso que Elena pudiese despertar en él en ese sentido.
Ambos se sobresaltaron cuando se percataron de que eran pasadas las doce de la noche y todavía estaban en la mesa del comedor, charlando animadamente. Elena escondió su decepción cuando la conversación llegó a su fin.

—Debo marcharme ya, pero la he pasado muy bien —le confesó—, me alegra que este día haya tenido un buen cierre. Mañana temprano tengo un compromiso con mi familia, pero a mediodía pienso venir a verte, te traigo algo de comida y conversamos, ¿te parece?

Elena asintió.

—Recuerda que me prometiste buscar un Uber para regresar a Madrid… —le recordó—. Si estuvieses muy ocupado mañana, yo misma puedo encargarme de ello.

—No es necesario —le contestó con una sonrisa—, sé un poco paciente y te prometo que mañana vendré con una respuesta para ti. He pensado en algo que quizás te agrade, pero es mejor conversar mañana y ya me dirás si lo que he considerado te parece adecuado para ti.

Elena se quedó más que intrigada, pero no se atrevió a preguntar.

—¿Te llevo a la habitación?

—No —ella sintió que sus mejillas se encendían—, yo puedo sola, gracias.
Por alguna razón, que él la llevase en brazos hasta la cama le parecía de lo más inapropiado.

—Hasta mañana —le dijo él, dándole un beso en cada mejilla.

—Hasta mañana —le respondió ella.

Cuando Álvaro cerró la puerta del pequeño departamento, Elena comprendió que ya no se sentía desalentada por su pie accidentado, sino que el disgusto había dado paso a un sentimiento mucho más difícil de explicar, unido a aquel desconocido de cuarenta años que, al parecer, le había caído del cielo.

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