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23. Cuatro años antes

Era pasada la medianoche. A Daniel le desagradaba verse obligado a regresar tan tarde a casa, pero atravesaba una temporada de bastantes ocupaciones y no podía desatender ninguna. Aunque las horas en la oficina eran demasiadas, luego le seguían reuniones de trabajo en otros sitios. La mayoría de los hombres con los que se codeaba prefería seguir hablando de negocios y trabajo en lugares destinados al entretenimiento, era una buena forma de relajarse que a él sin embargo únicamente lo hacía recordar que en casa seguían esperándolo.

Las luces de su residencia ya estaban todas apagadas cuando arribó a esta, supuso que Adriana se había ido a dormir una vez más antes de que él pudiera llegar. No la culpaba, aunque ese día en especial había sido tan condenadamente difícil que tenía la ilusión de al menos poder perderse en el abrazo de su esposa para descargar el estrés y cansancio acumulados. Adentro lo recibió un ambiente lúgubre, también llamó su atención el desorden del uso diario en la cocina cuando Adriana era especialmente cuidadosa con el orden y la limpieza en su hogar; tanto que había insistido en no contratar a nadie que se encargara de la casa porque no la complacía como lo hacían. A él no le importaba mientras ella estuviera conforme, pero no pudo evitar preguntarse si había sucedido algo de lo que no estuviera enterado. Adriana no le había enviado ningún mensaje y eso tampoco era común; acostumbraba a hacerlo dos o tres veces para compartirle su día o simplemente decirle que lo amaba. Él rara vez respondía o lo hacía rápidamente a determinadas horas, pero siempre le alegraba saber de ella.

Buscando a quien anhelaba se dirigió a la alcoba principal, como todo en casa estaba en penumbras así que solo encendió la luz del vestidor en tanto deshacía el nudo de su corbata para quitársela y junto al saco dejarla cuidadosamente dispuesta en el perchero destinado a eso. Al salir observó en su cama a Adriana mientras dormía, estaba envuelta en mantas hasta el cuello lo que volvió a parecerle extraño pues el ambiente era más bien cálido. Suavemente para no despertarla, se sentó a su lado en el borde de la cama y extendió su mano para intentar acariciarla; escucharla de pronto lo sobresaltó.

—Otra vez llegaste tarde —le señaló ella con la voz alterada de quien intenta reprimirse.

—Lo siento mucho...

—Siempre lo haces, pero hoy te pedí especialmente que no fuera así —Adriana se sentó intempestivamente y se limpió con los dedos las lágrimas de decepción que llevaba rato derramando —Era la cena de aniversario de mis papás, te pedí hace meses que me acompañaras. Te necesitaba, solo este día.

—Amor, yo...

—Sabes cómo es Toño, siempre que me ve sola hace comentarios hirientes al respecto. Me cansé de tener que ignorarlo y reírme de sus estúpidas bromas para sentir que no me duelen. Mis papás también preguntaron por ti, hace meses que no te ven... Seguro creen que ya no estamos juntos, igual que el resto.

—No lo hago a propósito, hoy fue un día realmente complicado —Daniel intentaba justificarse cuando la realidad era que sumado a todo lo que sucedía en el corporativo también había olvidado la cita —¿Por qué no me lo recordaste? —preguntó al fin arrepentido.

—¿Para qué? ¿Para qué le dijeras a tu secretaría que les enviara un regalo de tu parte? Eso lo puedo hacer yo, lo que te pedí es que fueras conmigo.

Daniel permaneció en silencio largos segundos. En los últimos meses había recibido más de una vez reproches similares que soportaba estoicamente sabiendo que Adriana tenía motivo para estar inconforme con su creciente ausencia. Él en verdad intentaba complacerla en todo lo demás, pero el tiempo era algo que apenas le alcanzaba y ella no parecía entenderlo. La naciente discusión tan parecida a otras le resultaba terriblemente molesta y sin que se diera cuenta el golpeteo de su corazón comenzó a acelerarse a la par que la tensión en sus músculos.

—¿Y qué es lo que quieres que haga? No puedo simplemente ausentarme o salir a la hora que tú quieres ¿Por qué no entiendes de una vez que no soy cualquier empleado? —con los puños apretados sobre sus piernas, la respiración acelerada y sin mirarla, Daniel externó el pensamiento que llevaba tiempo tragándose —Tal vez si trabajaras fuera en lugar de estar aquí todo el día te sería más fácil comprenderlo ¿Por qué no visitas a tu hermana o haces cualquier otra cosa que te entretenga? Ni siquiera tienes que encargarte de la casa, yo no te lo pido. Contrata a alguien y busca algo que te guste. Te he dicho miles de veces que vuelvas a estudiar o retomes la fotografía artística ¿Por qué insistes en quedarte aquí? —emitió la última pregunta mirándola a los ojos y Adriana pudo ver que realmente lo creía.

Sus palabras se le clavaron como puñaladas que eran eco a lo que ella misma pensaba de sí misma. Ante la acometida, el llanto volvió a brotar de sus ojos sin que pudiera contenerlo.

—Tú también piensas que soy una inútil.

Al escucharla, Daniel supo que tenía que haberse mordido la lengua, pero estaba tan agotado y frustrado que no lograba pensar claramente. Si hubiera sido cualquier otro día podría haber soportado el reclamo de Adriana y tratar de resarcirse con ella por su descuidado olvido; pero no ese en el que aunado a las ocupaciones que debía atender, sus sospechas sobre tráfico de influencias y malos manejos en el corporativo continuaban aumentando sin que encontrara todavía forma de probarlo. Aun así, se forzó a tomar aire profundamente para tratar de corregirse haciendo acopio de la poca paciencia que le quedaba luego de una extenuante jornada laboral.

—Eso no fue lo que dije.

—¿Entonces qué? ¿Sabes cuántas veces hoy escuché a mi hermano y el resto insinuar lo mismo? "No tienes hijos, ¿qué haces en casa?", "No te aburres de no hacer nada", "¿Por qué no vuelves a dar clases? Tan bonito que es" —Adriana buscaba con desesperación algo que no encontraba en Daniel; ambos estaban al límite.

—Solo quiero que estés bien, ¿Por qué no puedes verlo? Lo que hago, todo es por ti, pero no puedo solo. Ayúdame a ayudarte.

—¿Qué insinúas?

Daniel miró a otro lado contrariado, acababa de escoger el peor momento para decir lo que llevaba tiempo observando.

—Que esa apatía con la que vives no es normal.

—¿Apatía? ¿Es apatía intentar tener un hijo y formar una familia?

—Entonces hagámoslo como nos sugirió el último ginecólogo —propuso recordando el tratamiento de fertilidad que el especialista les había expuesto como una solución a la dificultad que habían tenido para concebir luego del primer embarazo dos años atrás.

—No quiero eso, él dijo que no había ningún problema ¿Por qué tenemos que hacerlo entonces como si lo hubiera?

La actitud de Adriana desesperaba a Daniel, era como si no quisiera resolver algo que de un tiempo a la fecha se había vuelto angustiante y doloroso. Sus ojos y gesto compungido exigiéndole una respuesta fueron la gota que derramó el vaso; Daniel no quería ni podía escucharla sin sentir que de hacerlo le diría algo de lo que se arrepentiría.

—Olvídalo —exclamó poniéndose de pie —Me daré una ducha, estoy agotado.

—¡Lo que no quieres es darme una respuesta clara! ¿Es que no valgo tu esfuerzo?

Otro reclamo, lo único que le faltaba. Exasperado, giró hacia ella cuando ya había dado media vuelta y la señaló con un dedo acusador.

—¡Estoy harto! Por mí puedes pensar y hacer lo que quieras —aseveró antes de desaparecer tras la puerta del cuarto de baño.

Adriana únicamente escuchó el sonido del agua comenzar a correr mientras su cabeza se inundaba de pensamientos sobre el significado de sus palabras. Él nunca le había hablado con tanto desdén y agobio. Siempre era tan complaciente y calmado que nada lo había sacado de quicio hasta esa noche. Un cierto temor a perderlo la hizo ahogar su propio enfado y cuando lo vio salir, no pudo más que mirarlo arrepentida.

En silencio y sin devolverle la mirada, Daniel se vistió frente a ella sintiendo culpa por el desahogo que se permitió; aun así, seguía terriblemente fastidiado. Lo que debía esclarecer en Grupo Urriaga ocupaba casi por completo su cabeza, encima el presidente Macías que era el hombre del que más apoyo recibía en el corporativo acababa de dejar su cargo para dedicarse por entero a su carrera política. Por otro lado, la mayoría de los altos directivos no hacían más que dificultarle la labor, demostrándole que se encontraban inconformes con su nombramiento. Con eso a cuestas simplemente le era imposible lidiar con las inseguridades que asaltaban a su esposa y que ella parecía no querer solucionar. Era tan diferente a él en ese aspecto que a ratos la empatía que le era tan fácil ejercer con los demás le fallaba precisamente con ella. Si de alguien recibía fuerza era de Adriana; verla perdida lo hacía sentirse igual, además de causarle un enojo que ni él mismo entendía.

—Te amo —la escuchó decir a su espalda cuando sentado en el borde de la cama se preparaba para intentar dormir.

Y por primera vez, le dio una respuesta cortante y fría.

—Buenas noches —dijo sin mirarla para a continuación acostarse a su lado.

Por esa noche, no quería pensar ni sentir más que el descanso que encontraría al cerrar los ojos.

NOTAS DE AUTORA:

Cuando una pareja no se encuentra en el mismo punto personal se produce un desgaste en la relación, mucho más cuando las incomprensiones y las tensiones se presentan en los escasos ratos de convivencia a los que en ocasiones obliga la complejidad del modo de vida moderno.

Para superar estos desgastes y reestablecer la comunicación es imprescindible escuchar, evaluar y comprender las propias emociones que se encuentran bajo esa insatisfacción que produce enfado y desestabiliza. El problema es que a pocos nos enseñan a gestionar nuestras emociones y en la mayoría de los casos ni siquiera sabemos reconocerlas antes de que nos desborden. Aprender a escucharnos y reconocer lo que sentimos debería ser una tarea diaria.   

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