Capítulo único
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Música: The Book Thief - John Williams.
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Hace mucho años nació la maldad. Desde el fruto prohibido, y desde entonces, al pasar de los años la negrura espesa navegando por los aires continuó, contaminando a los humanos, quitándoles su humanidad poco a poco. Todos saben que llegó a tal punto esa contaminación que hasta hubo una inundación como nunca se ha visto, una que casi es imposible imaginar, pero hubo una promesa de amor que se puede ver en la Tierra, cada vez que hay un arcoíris. Dios prometió no volver a hacer algo así, pero considerando que las personas siguieron y siguieron creciendo en maldad, mucho más y peor que antes, muchos creerían que podría volver a pasar. Pero mi Señor no rompe sus promesas. Son los humanos quienes se olvidaron del Amor, cuando empezaron a pensar sólo en ellos mismos, se volvieron egoístas y abandonaron los dones que se le fueron otorgados; dones como la bondad, la gentileza y cosas similares que fueron reemplazadas por vibras negativas... finalizando con el amor quedando en el olvido, hecho piedra en los corazones de cada uno.
Cupido se quedó sin trabajo, y se lamentaba y lloraba viendo el corazón marchito de las personas. Lo peor de todo fue cuando él se enamoró de la última humana buena que quedaba.
Es lo único que sé. Todos pensamos que él arreglaría todo, porque era el encargado del don del amor, pero un día desapareció, y lo único que supimos todos fue que huyó porque tenía el corazón roto. Supongo que está pretendiendo ser humano, y al momento todos estamos preocupados en el Consejo, pero siempre habrá esperanza mientras la esencia del Amor siga latente, y ésta todavía existe. El único problema es que las personas no quieren aceptarla dentro de sus corazones, y eso es para lo que me ha llamado Elyon justo ahora, a mí y a todos los del Consejo.
Camino por los blancos pasillos con techos de nube y paredes de cielo, con una vista al pacífico mar de cristal. Veo a todos mis compañeros llegando a la junta casi al mismo tiempo que yo, todos puntuales. Me siento en uno de los tronos, el que está a la derecha del Trono del Rey. Tengo ese lugar porque soy uno de los más fieles a Él. Con Él a mi lado, yo y todos los ya presentes esperamos a que los que faltan por llegar lo hagan. Cuando estamos todos, Elyon empieza a hablar, con voz rugiente:
—Como saben, Cupido huyó, y aunque él no es imprescindible para que el amor regrese a los humanos, es necesario encontrarlo para saber qué paso dar a continuación para hacerlo. Él lo que hacía era unir a las personas, cuando yo le señalaba el alma gemela de cada persona, y le indicaba el tiempo en que debían unirse. Sin embargo, las almas gemelas no pueden unirse sin amor, y aunque el amor sigue existiendo, deben aceptarlo en sus corazones, y no pueden aceptarlo si no lo recuerdan. Lo olvidaron cuando se negaron a él. Quiero que hallen a Cupido y le pregunten qué es lo que sucedió. Yo lo sé, pero deben descubrirlo ustedes mismos, para así saber cómo hacerles recordar a la humanidad sobre el más magnífico Don. Vayan, mis amados ángeles.
Todos asentimos y nos levantamos; todos se van uno por uno pero yo me quedo en pie sobre mi lugar, vacilando. Siento la mirada de Elyon sobre mí y frunzo el ceño, devolviéndole la mirada al fin.
—Tú eres amor. Dios es amor. ¿Cómo se supone que encontremos al amor si Tú lo eres?
Sonríe. —Precisamente porque me olvidaron y me negaron, dejó de existir, pero sólo en su corazón. Yo existo, y nunca dejará de ser así. Tú sabes eso, y me amas como yo a ti; por eso sabes de la existencia del Don. Lo que tienes que hacer es mostrárselos, para que vuelva a existir en sus corazones. Con una persona que lo reconozca, habremos vencido. Y sé que lo haremos. estoy seguro de que serás tú, porque eres el más fiel a mí.
Asiento. Lo entiendo.
—Ahora ve, amado mío.
Y me voy. Volando.
Siempre amé volar. Para buscar a Cupido tuve que renunciar a eso, aunque temporalmente, afortunadamente. Tenía que buscarlo a pie si quería hacerlo meticulosamente, y tener éxito. Claro que primero volé por todo el mundo, para buscarlo por encima, pero no funcionó, así que hice uso de mis pies.
Veo a todas las personas, caminando como zombis. Por mucho tiempo se inventaron esa fantasía los humanos, y esto fue lo único a lo que se acercó; al perder el amor, se perdieron otros sentimientos, y ahora son sólo seres sin motivo, porque habían dejado atrás las emociones que los hacía humanos antes. En sus ojos, mientras camino, puedo ver sus ojos sin brillo, y me compadezco de ellos. Algunos van lento, como sin motivo, y otros van apresurados, demasiado preocupados, desesperados, y un sinfín de cosas que me hace preguntarme por que. ¿Por qué renunciarían al amor? Recuerdo darme cuenta de que la mayoría de ellos lo que más anhelaban era sentirse amados por alguien; que alguien los abrazara como si no pudieran vivir sin ellos...y ahora eso estaba en el olvido, habiendo decidido que fuera de esa manera ellos mismos. Se ve todo tan... solitario. Todos van por sí solos. No veo a absolutamente nadie acompañado, incluso me sorprende ver que no hay familias, y al contrario; veo a muchos niños solos. Yo sabía que el mundo era un caos desde antes de que el amor desapareciera, y había muchos niños así; abandonados... pero ahora es escandalosa la cantidad que veo. No puedo creerlo, siempre pensé que algo así sería imposible. Y ahora que lo veo lo único que pienso es que debo hacer algo; y justamente para eso estoy aquí, buscando.
Me llama la atención una persona que no camina. Casi todos, ya sea lenta o velozmente, caminan; o corren, incluso. Pero nunca vi a nadie que no caminara, que no se moviera, y ahora que la veo ahí, sobre una barda en un puente que permite el cruce de un pequeño río, con un abrigo, dándome la espalda, me late el corazón porque creo que pude haber encontrado lo que estaba buscando. Reconozco la silueta, la postura, y la parte trasera de la cabeza de Cupido.
Me acerco vacilante y conforme su perfil empieza a aparecer en mi campo de visión, decido asegurarme de si es quien creo llamándolo por su nombre. Si responde, estoy en lo correcto.
—¿Emanuel?
El ser responde a su nombre, porque sí era su nombre. Digo "el ser" porque sé que no es una persona humana sino algo como yo, como pensaba.
—¿Azael?—. Su rostro refleja sorpresa, y creo atisbar también algo de temor. Supongo que si huyó por amor es por algo, y teme que ahora lo hayan encontrado; precisamente por eso no puedo dejarlo volver a escapar ahora que lo he encontrado, tengo que saber el motivo de su huida.
Pero antes de poder decir algo, Cupido corre.
Lo persigo. Él corre tan veloz como yo, de una manera anormal. Pero basta con no mostrar nuestras alas para vernos normales y no causar revuelo; todos los que nos ven correr tan velozmente no lo ven fuera de lugar porque como siempre van tan lento (la mayoría), que alguien corra tan rápido es razonable por su propio paso lento. O eso creo, pero si a Cupido no le preocupa usar su velocidad, a mí tampoco me importará para poder alcanzarlo.
Cruza el puente por la barda, con la posibilidad de caer al río si da un paso en falso, igual que yo. Al terminar el puente el salto que se tiene que dar para llegar al piso del otro lado es considerable, pero lo da con facilidad y gracia; lo imito. Sigue esquivando personas a su paso y yo me tropiezo algunas veces tratando de hacerlo. Supongo que no estoy tan acostumbrado a este ambiente como él. Cuando llego a un área donde ya no hay tantas personas amontonadas caminando, pierdo de vista a Emanuel por un momento, pero lo vuelvo a ver dando la vuelta en una esquina, y aumento mi velocidad de nuevo para no perderlo de vista; al dar la vuelta en la esquina no lo veo, y desespero. Estoy a punto de rendirme, pero sigo caminando por el callejón en el que lo perdí de vista, y el único local que hay es uno que se ve un poco sucio; pareciera que está abandonado, pero no voy a descartar la posibilidad, así que entro.
Me doy cuenta de que fue una buena decisión, porque lo que hay dentro es cientos de estanterías con madera tallada en distintas figuras. Y lo que más abunda es parejas juntas, abrazadas y en diferentes posiciones. Definitivamente aquí debe estar. Me adentro más y sigo observando las figuras, sin dejar de vigilar la puerta. Entonces escucho la voz al fondo, detrás de un estante con un montón de figuras que cuelgan del techo.
—No deberías estar aquí.
—Tú no deberías estar aquí. —Respondo.
Él sale de su escondite por completo y veo su rostro. Está inexpresivo, pero veo su dolor. Se siente sin motivos, puedo sentirlo. Me entristece, como todo últimamente por la situación. Vengo por respuestas, así que hago las preguntas.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué huiste?
—Supongo que no tiene caso ocultarlo más, te lo contaré. Pero prométeme que no tendré que volver. No quiero regresar para no hacer nada; al menos aquí puedo liberarme haciendo figuras... creo que has visto cuál es mi pasatiempo. Trato de entender a los humanos mezclándome con ellos, no quiero irme. Es mi decisión.
—De acuerdo, pero cuéntame... De todas formas Elyon nos envió en una misión para recordarles a las personas el Don, así que si lo logramos volverás a hacer lo de antes: dime qué pasó y entenderé.
—Bueno, te lo diré todo...
Y comienza.
—Como sabes, las personas olvidaron el amor poco a poco, y yo iba por el mundo buscando a personas que todavía no lo hicieran, personas que tuvieran un alma gemela que tampoco hubiera olvidado el amor, todavía esperando encontrarse. Seguí uniendo a personas con mis flechas, cada vez más pocas, hasta que sólo quedó una mujer que recordaba; su alma gemela ya no lo hacía, así que la seguí, porque era mi única esperanza. La seguía, la... espiaba, y en mi torpeza... terminé enamorándome yo de ella, así que reuní el valor y me presente ante ella como persona. Traté de enamorarla, pero apenas empezaba... y estaba tan esperanzado de lograrlo; tan confiado, que apenas vi que pudiera ser que la hubiera enamorado ya, traté de flecharla conmigo, pero en realidad ya había dejado de... c-creer, así que por no existir ya amor en su corazón, por no recordarlo, mi flecha la mató. Ya me había pasado antes. Cuando todos apenas empezaban a olvidar, y todavía ni nos imaginábamos que algo así podría suceder, yo no tenía idea, entonces flechaba personas y morían. En varias ocasiones me pasó que con una de las parejas, una de las dos personas recordaba y otra no, entonces una moría y la otra sufría por mi culpa, incluso morían en los brazos del otro. O morían los dos. Dejé de flechar sin asegurarme de si ambos recordaban o no, pero cada vez eran menos. El caso es que la peor de las veces fue cuando a mí mismo me pasó, y fui yo quien la mató con mi flecha. Además no se supone que nos enamoremos, sobre todo yo; eso me dejó de importar hace mucho... pero sigo culpándome por su muerte. Sharon murió por mi culpa... tantos lo hicieron.
No sé qué decir.
—No sé qué decir. —Pienso un poco en todo y saco una conclusión. —No fue tu culpa, ellos olvidaron.
—Pero yo no tuve cuidado.
—Eso no importa. No sirve de nada que te culpes, lo importante es encontrar una solución. Ayúdanos a hacerles recordar a todos.
Después de ese encuentro con Emanuel me fui. Él estuvo de acuerdo. No sé cómo, pero íbamos a hacerles recordar.
La siguiente idea que tengo es ir con Elyon y decirle que encontré a Cupido, para que me diga que hacer, porque no se me ocurre nada más.
Es un alivio volver a volar. Extiendo mis alas y sin que nadie me vea emprendo el vuelo hacia el Tercer cielo. Al llegar, Él me espera. Al llegar, me inclino ante él. Al llegar, Él ya sabe lo que vengo a decir antes de que lo diga.
—Lo encontraste.
—Sí, eso ya lo sabes. —Él asiente. —También sabes lo que pasó con él, no es necesario que te lo diga, y entonces me pregunto porqué nos enviaste a buscarlo. ¿Ahora qué hacemos?
—Hacerles recordar. Pero ya sabías que eso era lo que debías hacer, entonces pregunta lo que de verdad te preguntas. Llevas cargando esa duda desde hace mucho, pero si no preguntas no tendrás respuesta.
Era cierto. En mi vida como ángel, siempre recuerdo haberlo sido, pero se sabe que antes de ser ángeles fuimos humanos, y algunos lo recuerdan pero otros no. Yo no lo recordaba. ¿Llevaba tanto tiempo sirviéndolo a Él que no recordaba mi vida humana? El amor. El dilema del presente. ¿Alguna vez tuve yo también mi alma gemela? ¿Alguna vez amé a alguien además de a mi Padre? ¿A una mujer humana?
Formulé las preguntas en voz alta.
—Llevas sirviéndome desde la Edad Media de la Tierra. Viviste en esa época, así que estás en lo correcto; efectivamente llevas mucho tiempo siendo ángel, después de morir en la Tierra. Por eso no recuerdas. Tuviste a tu alma gemela, y la amaste tanto que me glorifiqué viendo que el Don que te otorgué tenía buen uso. Tu corazón es puro, por eso eres el más fiel a mí. Pero precisamente por eso, renunciaste a ella para entregar todos tus servicios a mí, y por haber hecho eso, al morir y convertirte en ángel te concedí un lugar en el Consejo angelical, como mi mano derecha.
Pienso en todo lo que dijo y no sé si creerlo. Pero al final lo hago porque mi Señor no miente. Es sólo que, me parece que lo que yo hice al renunciar con mi alma gemela, se parece mucho a lo que hicieron los humanos al perder al amor, y no es algo que me imagino haciendo.
—¿Cómo se llamaba?—pregunto.
—Ana
—Ana. —Repito. Saboreo. Me pregunto cómo era.
—Puedo enseñarte cómo era.
Asiento, y Él hace aparecer en el aire una imagen flotante de su aspecto. A pesar de que se ve como se vería una persona de las épocas de la Edad Media, me parece hermosa. Tiene cabello castaño oscuro, y, aunque enmarañado, lacio; enmarca un rostro que me mira con unos ojos azules profundos, de un azul que me es difícil describir. No es un azul cielo, pero se acerca; sin embargo no lo es. Creo que a lo que más se acerca es al azul de un glaciar, es un azul demasiado claro, con un reflejo especial que brilla, que refleja, como el color del mismo azul reflejado en la nieve. Único. Todos sus rasgos me cautivan.
La imagen desaparece.
—Ahora vete, hazles recordar. Con una persona es suficiente.
De nuevo, me siento incompleto cuando debo hacer mis alas invisibles y abstenerme de volar para poder mezclarme entre la gente, pero para cumplir mis órdenes debo hacerlo y no vacilo. Sé que mis alas volverán cuando esto acabe, estoy seguro.
Camino. Y camino, y camino. No sé qué hacer para hacerles recordar. Estoy pensando mientras sigo caminando, cuando reconozco a alguien que viene hacia mí, uno de mis compañeros del Consejo. Nos interceptamos y nos damos un apretón de manos. Somos grandes amigos, porque él es uno de los más fieles, igual que yo.
—Hola, José.
—Azael.
—¿Has hecho progresos?
—Encontré a Cupido y me dijo lo que pasó, ¿a ti?
—Lo mismo, pero nada más. No sé cómo hacerles recordar, ¿y tú?
—Yo t... —Miro algo a lo lejos, sin poder creerlo, algo que me deja sin habla.
—¿Azael?... —José sigue mi mirada y ve a la chica, increíblemente parecida a la imagen que Elyon me enseñó de Ana.
—Ehh... nos vemos, ya me voy. —No sé qué hacer o qué decir para librarme de él, quiero hacerlo para poder ir tras la chica.
Él me toma del brazo, y al verlo a la cara veo reflejada la sospecha. Nos miramos el uno al otro, así; sin decir nada, hasta que él dice: —Ten cuidado.
Creo que tiene doble sentido lo que quiere decirme con ese "Ten cuidado", pero lo ignoro y contesto con lo primero que se me ocurre para poder zafarme ya. —Por supuesto.
Me suelto de su agarre y busco con la mirada a la chica, volviéndola a encontrar, para después seguirla.
Veo que entra a un local, un restaurante. Yo nunca tengo hambre por ser ángel, ya que no tengo cuerpo humano que necesite alimento, así que no entro; me pongo sobre la pared de la acera que está al otro lado de la calle que da a la ventana, para poder verla. Cada gesto me llama la atención, la observo todo el tiempo; el cómo gesticula para hacer su pedido y como da cada bocado después. A nadie le importa, en realidad, así que no me preocupa que alguien me vea, salvo que ella lo haga. Cuando veo que acaba, y pide la cuenta, empiezo a caminar, para que en lo que ella se levanta con sus cosas y camina hacia la salida, yo también lo haga al mismo tiempo que ella y choquemos. Mi plan funciona; chocamos y yo la sostengo del codo para que no caiga, pero dejo sus cosas caer para luego levantarlas y dárselas.
Al verla a la cara, confirmo mis sospechas por enésima vez. Desde lejos, al observarla, podía ver que era efectivamente parecida (demasiado) a Ana... pero ahora, de cerca, no puedo descartar el hecho; no había podido creerlo, pero lo tengo ante mí y es bastante claro. Tan claro como sus ojos. Me gusta observarlos -a toda ella en realidad-, pero no lo hago por mucho tiempo para no arruinar lo que he logrado hasta ahora. Tengo que pasar tiempo con ella.
—Lo siento, en verdad lo siento.
Cuando le doy sus cosas ella las toma y se me queda viendo, con el ceño fruncido. Me imaginaba que reaccionaría de esa forma, porque en estos tiempos nadie es amable con nadie, y si alguien choca contigo no se disculpa, y si tus cosas se caen ese alguien no las recoge; sólo sigue de largo, o incluso, roba las cosas. Sé que eso piensa y que por eso me mira así, extrañada.
Sonrío.
—¿Cómo te llamas?
Por mucho tiempo no responde, se me queda viendo. Supongo que asimila mi pregunta, y que debe responderla, hasta que reacciona, sacudiendo las pestañas en un gesto que reconozco hace para regañarse a sí misma, como seguro hace mentalmente.
—Hannah.
Veo sus labios al momento en que dice esa única palabra, ese nombre; son esponjosos, perfectamente delineados, y -supongo- suaves. Mi siguiente reacción es un latido frenético del corazón; me emociono, porque es un nombre muy parecido a Ana.
—Hannah. —Repito. Saboreo.
—Sí... ¿Y-y tú?
—Ah, sí... Yo me llamo Azael, mucho gusto. —Le tiendo la mano.
Ella se le queda viendo a la mano, pero no hace nada además de eso, hasta que veo que frunce el ceño y ladea la cabeza, finalizando la sesión de gestos al verme a los ojos, claramente extrañada. No sabe qué pretendo con mi mano.
—Ahm... tú... se supone que la estreches.
—Pues... —Vuelve a mirar mi mano frunciendo el ceño, pero no hace nada, ni un ademán de que hará lo que le indiqué. Así que, vacilando, tomo su mano derecha con delicadeza y la junto a la mía, para estrecharla. Misión cumplida: le sale una sonrisa. Mueve mi mano balanceándolas y me contagia la sonrisa al verla jugar así.
Pienso en lo irónico que es enseñarle una costumbre de cortesía que los humanos solían tener, la cual yo solo conozco por verlos haciéndola a ellos. Ahora que todos han olvidado la cortesía, soy yo quien le enseña a una humana tal sencilla costumbre.
Finalmente suelta la mano y me responde. —Mucho gusto, Azael. —Dice inclinando la cabeza. Veo sus labios al decirlo, de nuevo, pero al parecer ahora no soy tan cuidadoso al hacerlo porque se da cuenta y la veo apenarse, colocando un mechón rebelde tras su oreja.
Una persona trata de pasar entre nosotros para entrar al restaurante, así que nos damos cuenta de que estorbamos; doy un paso al frente para que ella de un paso atrás. Ella se incomoda y me contagia, me pongo nervioso porque me he quedado sin ideas o excusas para no tener que separarnos.
—Ahm...
—Creo que estorbamos —la interrumpo—, vamos a otra parte... ¿Estás ocupada? Podemos ir al parque aquí adelante.
No me preocupa que vea mis intenciones, porque en realidad no las ve, o cree que son unas diferentes a las verdaderas; no entiende que estoy tratando de hacer algo parecido al cortejo (¿En serio? Ni yo sé que estoy haciendo). Para ella tal vez lo que trato de hacer es una amistad.
—Me parece bien. —Dice sonriendo. Le devuelvo la sonrisa y vamos hacia el parque.
Llegamos a sentarnos a una banca, cuando ella mira alrededor y yo la miro a ella: decido que me gusta su fleco, delineando sus ojos, escondiendo su frente, cayendo por sus cejas; sus pestañas rozando las puntas de su cabello, como una cortina. La admiro, y decido, que esto no puede terminar aquí, debo seguirla viendo, y haré lo que sea. Seré como Emanuel, sin que ella muera, y ella recordará el amor gracias a mí. Ella será mi víctima, ella será mí "Con una persona es suficiente". Estoy decidido.
Tenemos una plática larga, empezando incómoda y transformándose en fluida. Mientras en un principio ella miraba alrededor, viendo a las personas vagando por ahí, yo la veía a ella, ahora ella también me ve a mí como yo a ella, porque las otras personas rodeándonos son muy aburridas.
Al final, hay un momento en que hay un silencio incómodo, pero ella lo llena con algo que no esperaba: —Eres diferente.
Después entiendo que piense eso, y a final de cuentas eso es lo que estoy tratando de hacer; que ella vea algo en mí que no vea en alguien más. Y por supuesto que puede hacerlo, porque yo llevo al Amor en mi corazón y ella no lo conoce. Que lo conozca es lo que quiero lograr.
No respondo, no sé cómo hacerlo, pero sonrío.
—Gracias por esto. —Dice mirándome a los ojos, sonriendo. Siento que es una despedida, y quiero impedirla, así que respondo para seguir la plática.
—¿Gracias por qué?
—Por ser... tan... —Busca la palabra. No la encuentra. —No encuentro la palabra para describirlo, pero no eres como los demás, no eres... descortés.
—¿Dices que soy considerado?
—Ehh... sí, eso creo.
—Gracias, entonces.
—¿Gracias por qué?
—Por decirme ese cumplido. Aunque no tienes que agradecer, no puedo evitar ser bueno contigo.
—Bueno... —Saborea la palabra.
—Sí... —Me da miedo que otra vez quiera despedirse tan pronto, pero veo que ya no quiere hacerlo, sino que mira al cielo.
Ya es de noche. Se ven las estrellas, aunque pocas.
—Me gustan las estrellas.
—A mí también. —Las veo. Las he visto antes más de cerca. —Son bonitas. —Veo a Hannah.
Ella es bonita, ella es hermosa. Ella es una estrella, y cuando me devuelve la mirada, veo estrellas en sus ojos. Creo que la veo por demasiado tiempo, porque se sonroja y aparta la mirada. Yo sonrío porque esto es un avance, o eso parece. Si cree que sólo trato de ser su amigo, como había supuesto yo, no lo entiendo, porque con un amigo no te sonrojas. Y creo que eso es bueno.
La llevé a su casa, y antes de despedirnos me alivió no tener que ser yo quien tuviera que hacer o decir algo para dar a entender que quería verla otra vez; ella lo hizo.
—¿Nos volveremos a ver?
Asentí. —Te encontraré.
Y la encontré.
Varias veces esperé en la puerta de su solitario departamento, y me invitaba a pasar, aunque nunca aceptara la comida que me ofrecía. Cuando no estaba con ella, lo estaba sin ella saberlo, porque me hacía invisible y volaba, viéndola desde arriba, en el aire o en las azoteas, donde descansaba mis alas, observándola en todo momento. No tenía otra cosa que hacer. Le estaba haciendo recordar el amor. Trataba de enamorarla, me di cuenta de eso para entonces.
Ahora estoy sentado junto a ella en su sillón, frente a la ventana, desde la que se puede ver otro parque. Tengo mi brazo rodeando sus hombros, y le acaricio el antebrazo; ella tiene recargada su cabeza en mi hombro y su mano está sobre mi pecho. Yo me siento pleno, y me pregunto si ya he logrado mi objetivo, o si ya es tiempo de hacer la pregunta.
—¿Sabes qué es el amor?
—¿El amor? —Responde.
—Sí, el amor.
—Puede que sí... me suena.
Eso es algo.
—¿Sientes algo por mí?
—Eso creo...
—¿Recuerdas ese primer día en que me dijiste que era diferente, que era considerado?
—Sí.
—Te referías al amor.
—No entiendo qué quieres decir.
—Veías que yo tenía Amor en mi corazón. Eso que ahora sientes por mí pero no lo reconoces.
—¿Siento amor por ti?
—Eso siento, o eso quiero creer... Eso espero, porque yo sí siento amor por ti. Lo reconozco, y quisiera que tú también lo hicieras.
—No sé cómo explicarlo, pero creo que tienes razón. Siento algo por ti, algo que no había sentido por nadie más. Algo único, especial, y no lo entiendo. Pero quiero entenderlo.
—Lo entiendes al amarme.
Y la beso.
Sus labios son tan suaves como imaginaba, y encajan perfectamente con los míos.
—¿Qué fue eso? —Pregunta.
—Un beso.
—Beso. —Repite. Saborea.
—Se los das a los que amas.
Entonces asiente casi imperceptiblemente, toma mi barbilla, mira mis labios, y los une con los suyos. Le devuelvo el beso, y ella, entendiendo mejor el concepto, también; profundizándolo más tomándome del cabello (sé que le gusta mi cabello, rubio y un poco largo, perfecto para dejarla acariciarlo) hasta que parece infinito pero se siente efímero, Dios sólo sabe por cuánto tiempo.
Hannah ya había recordado el amor, y había ido enseguida a buscar a su familia que la había abandonado, para hablarles de ello a ellos primero. Así se fue esparciendo. Sin embargo, Elyon ahora está preocupado por mí, así que ahora estoy con él, viendo qué procede a partir de ahora.
—Estoy preocupado por ti, hijo. Le hiciste recordar a Hannah el amor, y te concedo que fue lo que te pedí, y lo agradezco; ahora más personas lo recuerdan, pero aun así me preocupa. Esa no era la manera.
—Lo sé, y lo siento, pero no pude evitarlo, Padre. Yo... la amo.
—No quiero que ella se vuelva una prioridad, algo más importante que yo, y me dejes de ser fiel.
—Sabes que eso no pasará. A ella la amo, pero siempre se ama a un Padre más que a una pareja, y eso no será la excepción con nosotros. Además, al amarla... estoy glorificándote, porque estoy haciendo uso del Don que concediste, el amor; te estoy honorando. Ambos. ¿No lo ves?
—Sí, entiendo, y lo agradezco. Pero sigue habiendo un problema. Ella es humana y tú no.
—Lo sé...
Entones, creo que ve cómo me siento, porque cambia de tema tratando de calmarme.
—Azael, tú sigue haciendo lo que ordené; sigue haciéndoles recordar a más personas el Amor, ahora que Hannah ya ha compartido su experiencia ella misma al haberle hecho recordar. Ya varios millones recuerdan, pero faltan otros millones más que deben hacerlo. Sé que hay personas demasiado perdidas como para volver a recordar, pero todavía faltan más en las que confío que pueden hacerlo.
Asiento, y me retiro.
Ahora estoy por ir en busca de otra persona que tenga esperanzas de recordar, cuando escucho una voz conocida que me llama. Me vuelvo y veo a José yendo hacia mí; lo intercepto, y no me gusta la mirada que me dirige.
—¿Qué sucede? —Le pregunto.
—Elyon me pidió que viniera a avisarte.
—¿Avisarme qué?
Siempre se ha dicho que de entre todas las posibilidades, algo como morir en el mar a causa de un tiburón, o casi de cualquier otra manera, como por una bala o un rayo o algo similar, nunca será tan probable como un accidente de auto.
Hannah murió, llegando a formar parte de esa escala: las personas suelen morir por accidentes de auto más que por alguna otra causa.
Pero para mí, no ha muerto, está viva. Porque ahora está en el cielo conmigo, en forma de ángel.
—Gracias, Azael. —Se acerca a decirme Emanuel el día de mi unión con Hannah como almas gemelas, después de la ceremonia.
—¿Por qué agradeces?
—Gracias a ti ahora vuelvo a hacer para lo que nací, mi misión de Cupido.
Sonreí. —Un placer.
Yo, Hannah, las gigantes estrellas a lo lejos, y el mar infinito de cristal.
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